Capítulo 7
Marta Ríos alza la vista. En el salón de la casa de la familia Lago hay seis personas, además de ella. Están tan juntos que apenas corre el aire. El espacio es demasiado pequeño para una casa que, desde fuera, parece lujosa. Esperaba algo diferente antes de descubrir cómo es por dentro.
Durante unos largos segundos, nadie se atreve a hablar. La tensión es asfixiante. Todos contienen la respiración, pendientes de la caja. Marta también lo hace. Sea lo que sea lo que hay dentro, no puede ser nada bueno.
Ojalá no tuviera que compartir ese momento con los demás.
Especialmente con Irina. A fin de cuentas, Sonia no es su hija, así que…
¿Qué hace ahí? Marta no piensa prestarle atención ni concederle voz en lo que está por venir.
Para ella, sobra. Además, la detesta y ni siquiera se esfuerza en disimularlo.
Tal vez debería ser más cuidadosa con las miradas de desaprobación que le lanza constantemente o dejar de torcer el gesto cada vez que interviene en la conversación.
Pero no es capaz. No cuando tiene que verla pasearse con ese cuerpo perfecto y esas facciones impecables.
Quizá fue esa la razón por la que le pinchó las cuatro ruedas de su flamante Mercedes descapotable hace un par de meses.
Aunque eso ha de seguir siendo un secreto.
«Yo también estaría así de delgada si no trabajara, viviera del cuento y tuviera tiempo para hacer ejercicio todos los días», piensa Marta con amargura.
Aprieta los párpados y respira hondo. Debe centrarse en lo importante y apartar de su mente pensamientos absurdos que solo aumentan su angustia.
En el salón, Gabriel Somoza ordena a Daniela que deje el paquete en la mesa y advierte a todos que no lo toquen. David Velasco resopla, aunque se contiene.
Acto seguido, el inspector realiza una llamada.
Su voz resuena en el silencio absoluto. Habla con la patrulla que trabaja de incógnito fuera de la urbanización.
Les ordena interceptar al repartidor que ha dejado el paquete y llevarlo a comisaría para obtener de él toda la información posible.
Cuando cuelga, abre un bolsillo de su chaqueta y saca un par de guantes de látex que se coloca con calma.
Todos forman un círculo alrededor de la mesa, expectantes. Irina intenta asomarse, pero no le dejan ver. Encuentra un pequeño hueco, entre Miguel Lago y Jorge Sempere, y logra inclinarse lo suficiente para ver lo que ocurre.
Gabriel secciona con cuidado la cinta adhesiva que sella la caja y accede a su contenido.
Lo primero que extrae es una pulsera de cuero con el nudo cortado. La levanta para que todos la vean.
—¿Alguien reconoce esta pulsera?
Marta suelta un grito ahogado y se lleva las manos al rostro, incapaz de contener las lágrimas.
Jorge, su marido, se acerca y la rodea con un brazo.
—¿Estás segura de que es la de Álvaro? —susurra.
Marta asiente con firmeza y se tapa la cara otra vez.
Gabriel deja la pulsera dentro de la caja con el mismo cuidado con que la había sacado y continúa inspeccionando el contenido.
Marta consigue recomponerse lo suficiente para vencer su pánico y volver a mirar la escena. Repara en que Gabriel cierra los párpados y advierte que la expresión se le endurece. Algo le dice que lo que el inspector Somoza va a enseñarles ahora no será tan inofensivo como la pulsera.
Cuando lo muestra, Miguel Lago abre los ojos de manera desmesurada.
Son unas braguitas de encaje.
Daniela grita y Miguel corre a abrazarla. No hay dudas. Esa reacción delata que son de Emma, su hija.
Nadie dice nada. No hay preguntas. No en este momento. Solo sollozos y lamentos que llenan la habitación como un murmullo de desesperación.
Pero la caja contiene algo más. Marta se inclina ligeramente y lo ve: una nota mecanografiada.
Desvía la mirada hacia el inspector Somoza, que mantiene la calma y la compostura.
Lo observa con atención, con una mezcla de admiración y curiosidad.
Es atractivo; sin embargo, hay algo en él, en su expresión, en la manera en la que se mueve, que sugiere una carga pesada, algo que lo lastra.
Le impresiona la forma en la que maneja el caos. Su temple.
Gabriel coge la nota y la lee para sí en primer lugar. Evalúa si es prudente compartir su contenido. Marta no es la única que se da cuenta. Jorge se inclina un poco sobre el hombro de su mujer para echar un vistazo.
David Velasco, en cambio, estalla.
—¡Es una nota! —grita—. ¿Qué pone? ¡Joder!
Sin inmutarse, Gabriel levanta la cabeza del papel y, con voz firme, anuncia:
—La leo en voz alta.
Estimadas familias Lago y Sempere:
Debéis comunicaros entre vosotros. No es posible enviar un paquete a cada familia.
Los chicos están bien.
El pago del rescate se efectuará este sábado por la noche. Hay una fiesta de disfraces en la discoteca Onyx. Uno de vosotros, solo uno, irá disfrazado de ladrón y llevará un saco con el dinero. A medianoche, deberá dirigirse a la barra. Una persona recogerá el saco.
Si seguís mis instrucciones al pie de la letra, vuestros hijos serán liberados de inmediato.
Si sospecho que habéis avisado a la policía o que habéis intentado cualquier tipo de trampa, la operación se cancelará.
Aprovecho la ocasión para enviaros un saludo cordial.