Capítulo 6 #2
Quizá todo eso se deba a su potencial económico.
David sabe que es el más pudiente de todos los que ahora se encuentran en esa vivienda y se enorgullece de ello.
Si los secuestradores quieren dinero, es lógico pensar que se han fijado en su hija por ese motivo.
Él no viviría en una casa tan descuidada como esa ni tendría una cocina repleta de electrodomésticos baratos como los que ve a su alrededor.
No, de ningún modo. Tiene una reputación que ha construido durante décadas y no es el tipo de hombre que pase desapercibido.
—Acabemos con esto de una vez —apremia David en voz bien alta de nuevo; pretende asegurarse de que se lo oye más allá de esa estancia, quiere demostrar quién manda.
Gabriel lo observa con calma, apenas alza una ceja. No parece inmutarse.
—Como ya le he indicado, no soy el único que trabaja en este caso. Si le preocupa que estemos de brazos cruzados, ha de saber que no es así. Todo el cuerpo está volcado en encontrar a su hija.
David junta las manos y las apoya en la mesa.
—¿Qué necesita que le cuente? —pregunta con desgana.
—Para empezar, si han recibido alguna amenaza recientemente —contesta Gabriel.
David resopla con impaciencia.
—¿No cree que sería lo primero que habría explicado de ser así? ¿Hace cuánto tiempo que es inspector? —brama sin molestarse en disimular su desdén.
Irina se cubre la cara con las manos. Es posible que se sienta avergonzada, pero a David le da igual. Sonia no es hija de ella, así que su preocupación no puede compararse con la de él.
Gabriel no entra en su juego.
—¿Cuándo fue la última vez que vio a Sonia?
—Ayer por la tarde. Se marchó y no hemos vuelto a saber nada de ella.
—¿Es habitual que su hija salga a esas horas y llegue tarde?
David se encoge de hombros. No tiene idea de qué responder.
—No, no lo es —interviene Irina.
David le lanza una mirada furiosa. No quiere que se entrometa. Quiere ser él quien lleve la batuta.
—¿Les informó de adónde iba?
Gabriel entrelaza las manos y pone ahora toda su atención en Irina.
—No. Dijo que iba a dar una vuelta. Es cierto que no suele salir a esas horas, pero tampoco le dimos importancia —contesta Irina.
—¿A qué hora se fue?
—Serían las nueve, aproximadamente. No sé la hora exacta —se excusa la mujer.
—¿Recuerda qué ropa llevaba puesta o si salió con una mochila?
Irina aprieta los labios. Tiene la tez pálida y una expresión abatida. Asiente con la cabeza.
—Llevaba unas mallas negras y su abrigo rojo. No recuerdo que saliera con una mochila. No vi nada de eso.
El inspector Somoza termina de anotar en su cuaderno antes de volver a dirigirse a ella.
—Sonia no es su hija, ¿verdad?
David Velasco golpea la mesa con la palma de la mano. No es un golpe fuerte, pero es lo suficientemente contundente para que el inspector desvíe la mirada hacia él.
—No. La madre de Sonia murió hace diez años. Irina es mi segunda esposa —aclara David.
Gabriel vuelve a centrar su atención en Irina. David observa el gesto con recelo. Está convencido de que lo hace porque su mujer es atractiva, visto que prefiere hablar con ella antes que con él. Le ocurre con frecuencia. Lo detesta. Es inevitable, sí, pero lo odia.
—¿Se lleva bien con Sonia? —pregunta Gabriel manteniendo la vista fija en Irina.
—¡Ya basta! ¿Qué es todo esto? —estalla David—. ¡Claro que se lleva bien con Sonia! ¡Se adoran! ¿No estará insinuando que mi mujer tiene algo que ver?
—No insinúo nada, tan solo pregunto. De hecho, ahora iba a preguntarle a usted. ¿Cómo es su relación con su hija, señor Velasco?
David se apoya en el respaldo de la silla mostrando indignación. Su mirada es puro veneno.
—Buena. ¿Cómo va a ser? Claro que me llevo bien con ella —responde, esta vez en un tono más controlado.
—¿Es eso cierto, Irina?
Irina palidece aún más. Gesticula, pero no dice nada. Su rostro se crispa en una mueca tensa, y balbucea algo ininteligible, como si no hubiera comprendido la pregunta o no supiera qué responder.
David se incorpora levemente, a punto de intervenir, y alza un dedo en dirección a Gabriel, pero el sonido del timbre lo interrumpe.
El silencio se instala en la cocina.
Durante unos segundos de incertidumbre, nadie se mueve. Luego, David se levanta con la rapidez de un rayo. En su mente solo hay una posibilidad: su hija ha aparecido.
Gabriel se pone en pie al instante y lo sujeta del brazo con firmeza.
—No es su casa y se supone que no estamos aquí. Deje que Daniela abra la puerta —pide en voz baja pero firme.
David lo mira desde arriba, superándolo en estatura. Su expresión es de profundo desprecio. Con un gesto brusco, se zafa del agarre con un tirón del brazo y, tras unos segundos de tensión, esboza una media sonrisa arrogante y señala el camino hacia la puerta.
Gabriel lo ignora y sale al salón.
Los encuentra a todos expectantes, con el rostro tenso y la inquietud flotando en el aire. Marta, la madre de Álvaro, tiene las manos entrelazadas y mueve las rodillas, inquieta. Parece rezar en el sofá. Jorge, su marido, la rodea con un brazo mientras mantiene la mirada clavada en el suelo.
Daniela y Miguel, los padres de Emma, observan a Gabriel en busca de instrucciones.
—Vaya usted sola a ver quién es. El resto, escóndanse. Nadie debe saber que están aquí.
La mujer obedece con un leve asentimiento. Los demás se dispersan y buscan un rincón donde ocultarse.
Daniela avanza con pasos inseguros hasta la puerta y la abre.
Al otro lado, un repartidor sostiene una pequeña caja de cartón.
—Traigo un paquete para la familia Lago.
Daniela parpadea, aturdida. Se le entrecorta la respiración.
—No… No hemos pedido nada —balbucea.