La noche de los secretos (Trilogía de la Noche 2) Capítulo 6
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Capítulo 6

Patricia espera en un aula vacía del instituto Cabo de las Huertas.

El edificio es antiguo, pero tiene cierto encanto con su fachada de ladrillo rojo y sus pasillos amplios.

Hacía mucho tiempo que no pisaba un instituto; sus hijos aún son demasiado pequeños para eso.

Estar allí le evoca recuerdos de lo que considera la mejor época de su vida: sin preocupaciones, sin más obligaciones que estudiar y hacer los deberes, rodeada de amigos con quienes compartir momentos, romances efímeros e intensos que en su día parecían definitivos.

Daría lo que fuera por volver a vivir esas experiencias, por redescubrir el mundo desde la ignorancia que la vida adulta le arrebató y que su cargo como jefa del Grupo de Homicidios terminó de extinguir.

Gabriel la ha llamado justo antes de que entrara en el instituto.

El caso se ha complicado al sumarse una nueva desaparición, la de Sonia Velasco.

Podría no estar relacionado, pero que haya desaparecido el mismo día es una coincidencia demasiado grande para ignorarla.

Con poco tiempo para reaccionar, ha intentado investigar con las precarias herramientas a su alcance.

Solo ha logrado acceder al perfil de redes sociales de Sonia.

No es mucho, pero hasta que llegue a la comisaría tendrá que conformarse.

Sonia parece más introvertida que Emma y Álvaro.

Es la más joven de los tres, tiene dieciséis años y cursa un grado por debajo de ellos.

Apenas hay imágenes individuales de ella; la única excepción es la portada de su perfil, donde se la ve abrazando a su gato.

No parece tener una relación cercana ni con Álvaro ni con Emma.

Son amigos, al menos en redes, pero no hay fotos donde estén juntos, ni comentarios ni interacciones que sugieran cercanía.

Sus rasgos son delicados, con unos ojos que resaltan en su, a simple vista, tímido rostro.

Hay algo en su expresión que la muestra ajena al mundo que la rodea.

El director ha recibido a Patricia en su despacho. Antes ha hablado con el bedel, un hombre despistado que no parecía entender bien la situación. La inspectora ha tenido que sacar la placa, identificarse y explicarle los pasos a seguir como si le hablara a un niño de diez años.

Saluda con educación al director, un hombre que ronda la sesentena de cabello blanco, traje impecable y una intensa fragancia a loción para después del afeitado.

Irradia clase y seguridad en sí mismo. Se muestra sorprendido al escuchar la mentira que le cuenta Patricia.

Le dice que se ha denunciado la difusión de un vídeo íntimo de una menor y que ha de interrogar a algunos alumnos.

Le ruega discreción, dada la naturaleza del caso, y él le garantiza su compromiso para luchar contra ese tipo de delitos.

Su consternación parece genuina y le promete a Patricia toda la colaboración necesaria.

De esa manera la inspectora Siles ha llegado al aula en la que se encuentra ahora, un espacio pequeño destinado a clases de refuerzo para grupos reducidos.

Es perfecta: sin ventanas, sin posibilidad de albergar miradas curiosas desde el pasillo.

Ha insistido en ese detalle; es crucial que nadie sepa qué ha ido a hacer.

Se supone que la policía no está investigando la desaparición, pero es cuestión de tiempo que la verdad salga a la luz.

Patricia se pregunta cuánto tardará en suceder.

El primero en llegar es Ismael Reyes, amigo de Álvaro Sempere. Es un chico más bien bajo, de pelo engominado y tez pálida. Está blanco como la nieve. Es obvio que está asustado. Lo han sacado de clase sin darle explicaciones y la incertidumbre parece consumirlo.

Patricia lo recibe con cordialidad y le señala la silla frente a ella.

Se toma su tiempo. Deja que el silencio desempeñe su papel, que la duda se instale en el joven Ismael. Odia hacerlo, pero necesita que el miedo se apodere de él. Será mucho más fácil conseguir información de esa manera.

«Si piensan que eres blanda, no te toman en serio», se dice cada vez que le toca hacer algo así.

—Hola, Ismael. Soy la inspectora Patricia Siles, de la Policía Nacional. Necesito hacerte unas preguntas sobre tu amigo Álvaro Sempere.

A Ismael le cambia la expresión. Patricia intenta descifrar si es por alivio o por temor.

—¿Le ha pasado algo? —pregunta con un hilo de voz.

Ella le sostiene la mirada mientras mide sus palabras.

—Estamos investigando un delito en el que podría estar involucrado —dice finalmente—.

Y no solo él. También su novia, Emma Lago, y Sonia Velasco.

Quiero que quede claro que todo lo que hablemos aquí es confidencial.

No puedes comentarlo con nadie porque te meterás en un lío. Me encargaré personalmente de ello.

El chico asiente y desvía la vista hacia el suelo. En ese momento, suena el timbre que anuncia el cambio de clase. Desde el pasillo llega el murmullo de los alumnos que deambulan entre las aulas.

Patricia espera a que Ismael diga algo, pero el silencio se prolonga.

—¿Hace cuánto que conoces a Álvaro? —pregunta intentando romper el hielo.

—Desde hace años. Bueno…, desde que entramos en el instituto. Pero no nos hicimos amigos cercanos hasta este año. El curso pasado repetimos segundo de bachillerato los dos y, quizá por eso, nos unimos más.

—¿Te llevas bien con él?

Ismael asiente con vehemencia.

—Sí. Como todo el mundo. Es el chico más popular del instituto.

—¿No tiene enemigos?

Patricia finge anotar algo en su libreta. Sabe que la pregunta no es especialmente relevante, pero la acción surte efecto: Ismael se remueve en su silla.

—Bueno… Hay mucha gente que le tiene envidia. Es muy guapo y siempre conquista a las chicas. Entonces…, claro…, hay chicos que lo odian porque les levanta las novias y cosas así.

—Pero él sale con Emma, ¿verdad?

Ismael levanta las cejas. Patricia nota que quiere decir algo, pero no se atreve. Le desespera que tarde en responder.

—¿Verdad? —insiste.

—Sale con Emma, sí. Solo que… tiene sus líos con otras chicas —admite Ismael bajando la voz.

—¿Se ve con varias chicas?

—Pues sí. A ver…, él no cuenta nada, ¿vale? Es muy reservado con esos temas. Si le preguntas, se ríe y habla de cualquier otra cosa. Pero todo el mundo está enterado… o eso creo.

Ismael se inclina ligeramente hacia delante, como si lo que fuera a añadir pudiera comprometerlo.

—Los sábados solemos ir a las rocas a beber, la gente del instituto, ya sabe. Hace unas semanas, Álvaro se fue con Martina, una chica de primero, y se perdieron por ahí. Todos los vieron marcharse juntos.

Patricia apunta el nombre de Martina en su libreta. Esta vez, sí lo hace a sabiendas de que puede ser un dato trascendente.

—¿Y Emma? ¿Los vio?

—No, ella no estaba. Se encontraba mal y ese día no vino.

—Hay algo que no entiendo. —Patricia entrecierra los ojos—. Si tan mujeriego es y todo el mundo está al tanto, ¿cómo es posible que su novia no sospeche nada?

Ismael suspira y se encoge de hombros.

—Porque la gente lo respeta mucho —admite al fin—. Es muy carismático y, en cierto modo, se le tiene miedo. Nadie quiere llevarse mal con él. Por eso Emma no sabe nada, porque nadie se lo va a contar.

Patricia levanta las cejas y niega con la cabeza. Se esfuerza por entender la lógica de los adolescentes.

—¿Te ha contado Álvaro algo que te haga pensar que se ha metido en algún problema? ¿Ha mencionado nuevas amistades o algo parecido?

Ismael se muerde el labio y cambia de postura por enésima vez.

—Pues… no. No que yo recuerde. Aunque…, bueno… No sé.

—¿Qué? —La inspectora se inclina hacia Ismael—. Te repito que estamos investigando un delito. Tal vez no entiendas la gravedad del asunto. Si sabes algo, dímelo.

Ismael duda un instante antes de hablar.

—Quizá no sea nada. No sé… El caso es que el grupo de amigos solemos ir al gimnasio tres días a la semana. Pasamos la tarde allí los lunes, miércoles y viernes. Llegamos a las cinco y terminamos, entre unas cosas y otras, a las siete.

—Vale. ¿Y qué más?

—Pues que desde hace unas semanas, Álvaro llega a las cuatro. Hace todos los ejercicios rápido y, a las cinco menos cuarto, se va. O al menos eso dice, porque como nosotros llegamos más tarde, nadie lo ve. Luego, hasta la noche, no contesta mensajes ni da señales de vida.

Patricia anota la información sin levantar la vista.

—¿Puede que estuviera con Emma?

—No, imposible. Emma tiene clases de baile esos días. Nadie sabe dónde se mete él durante esas horas. La verdad, no sé si es importante.

Patricia deja el bolígrafo sobre la libreta y lo observa con atención.

—Sí. Ya lo creo que lo es.

David Velasco está sentado junto a Irina, su esposa, frente al inspector Gabriel Somoza.

Le dedica la mirada que siempre ha considerado intimidante, esa que, a lo largo de la vida, le ha servido para imponer respeto.

Sin embargo, el inspector no parece impresionado.

Tal vez sea por su oficio, por los años que lleva lidiando con criminales y testigos hostiles.

O quizá, simplemente, es que no lo teme.

Aun así, David no tiene dudas: lo respeta.

Se ha negado en redondo a ser interrogado por separado.

Ha dejado claro al inspector, alzando la voz, que hablará con él junto a su esposa, que ya han perdido demasiado tiempo y que lo único que debería hacer es salir a la calle a buscar a su hija Sonia.

Los otros dos chicos le dan igual. Según le ha contado Irina, se trata de una pareja de novios que resulta que viven en su misma urbanización.

David no les ha prestado atención nunca y no tiene ni idea de quiénes son.