Capítulo 5 #3
—¿A qué hora la encontró? —pregunta Gabriel con la vista sobre su libreta.
—¿La nota? A las seis de la mañana. Madrugo mucho para ir a trabajar —responde Jorge con la voz entrecortada.
—Entonces usted encuentra la nota a las seis, después sube a comprobar que su hijo no está en casa y despierta a su mujer, ¿correcto?
—Así es.
—Y luego vienen aquí, a casa de los Lago. Sin embargo, Daniela la encontró alrededor de las tres de la madrugada. ¿Por qué cree que no lo avisaron antes, si en la nota constaba que se habían llevado a los dos, a Álvaro y a Emma?
Jorge parpadea, descolocado. No había pensado en eso. El inspector Somoza tiene razón, es extraño. Lo primero que hicieron él y Marta al leer la nota fue ir directamente a casa de los Lago, con la esperanza de encontrar a los chicos allí y que todo fuera una broma pesada.
—No lo sé. Supongo que por miedo…
Gabriel lo observa en silencio, evaluándolo.
—¿Han hablado con alguien más sobre la desaparición de su hijo?
—No. Solo con usted y Daniela. Bueno, y con Carmela, nuestra asistenta. Ella estaba en casa esta mañana cuando apareció la nota. Puede parecer entrometida, pero confiamos en ella.
—De acuerdo —murmura Gabriel, y hace una anotación—. ¿Hay alguien que pudiera querer hacerles daño a usted o a su familia?
A Jorge se le hiela la sangre. Se pasa una mano por la nuca y evita la mirada del inspector. Se le había ocurrido esa idea, pero la desechó por absurda. Ahora, de repente, parece posible.
—Fue lo primero que pensé. Aunque… suena retorcido.
No sabría decirle con seguridad, pero me he ocupado de casos complicados…
—Su voz se vuelve más baja, casi un susurro—.
Cosas feas. Asesinatos. Hay nombres que es mejor no pronunciar, pero la mafia de Torrevieja está detrás de algunos de esos crímenes.
Yo solo hice mi trabajo. Si soy sincero, siempre temí que pudiera haber consecuencias.
Gabriel lo mira fijamente.
—Necesito saber los nombres. Por favor, sea más concreto.
Jorge suspira. Las lágrimas vuelven a asomar.
—Lo cierto es que ni siquiera estoy seguro de que tenga algo que ver. Puede que no signifique nada —se justifica con la voz entrecortada por el llanto.
—O podría ser algo. Tenemos que investigarlo.
Jorge se acaricia la coronilla, donde el pelo ya comienza a escasearle.
—Está bien —responde finalmente—. Hace dos meses me contrató una familia de Calpe.
Un matrimonio mayor. Su hijo llevaba años metido en el mundo de la droga y no sabían nada de él, hasta que apareció muerto en las Salinas de Torrevieja.
Le habían disparado en la cabeza. —Centra la mirada en el inspector Somoza—.
Sé que lo que voy a decirle le resultará familiar.
Yo lo conozco, sé quién es y estoy al tanto de los casos en los que ha trabajado.
Lo admiro, de hecho. Y le digo esto porque a ese chico lo asesinó un sicario del clan de los Bobrov.
Gabriel arquea una ceja. Jorge ha tardado en admitirlo.
Primero, porque no quiere poner a su familia en peligro, aunque ya lo está.
Segundo, porque no le gusta la idea de parecer condescendiente.
Durante semanas, en los juzgados no se habló de otra cosa cuando Gabriel Somoza resolvió el caso de la desaparición de Rafael Sierra.
—¿Ganó el juicio? —pregunta Gabriel.
—No. No pude demostrarlo, pero sé quién mató a aquel chico. Estoy convencido. Artem Novikov, un sicario que trabaja con los Bobrov. Suele venir a España solo para hacer encargos, utilizando identidades falsas. Mata y regresa a Rusia. El problema es que no tenía pruebas suficientes.
—Pero ¿se le llegó a acusar de algo?
—Sí. Hubo un juicio, pero lo perdí. Fui sincero con la familia. Con las pruebas que teníamos, les advertí que sería difícil ganar el caso. Aun así, insistieron en seguir adelante. No fue barato, precisamente.
Gabriel anota en su cuaderno.
—¿Ha recibido amenazas desde entonces?
—No directas. A veces son advertencias veladas: miradas durante el juicio, comentarios que oyes en el pasillo de un juzgado… Pero nunca pensé que podría llegar a suceder algo así.
Gabriel lo observa en silencio, calibra cada palabra.
A Jorge le está costando mantener la compostura.
Se siente observado por el inspector, como si intentara estudiar todas sus reacciones.
Se pregunta cuántas veces habrá interrogado a alguien en esas circunstancias.
Seguramente, demasiadas. Y eso, en cierto modo, lo tranquiliza.
Sabe que Gabriel es el hombre indicado para encontrar a su hijo.
—Voy a necesitar más detalles sobre los casos en los que ha trabajado —dice Gabriel sin apartar la mirada de Jorge—.
Todo lo que recuerde. Haré una llamada a comisaría y un agente se pondrá en contacto con usted para iniciar esa línea de investigación.
Yo seguiré con los interrogatorios. ¿De acuerdo?
Jorge asiente con un leve cabeceo. Reza para que todo eso no tenga nada que ver con la desaparición de Álvaro. No se perdonaría que a su hijo le pasara algo por su culpa.