Capítulo 5 #2
Sube las escaleras para alejarse de David. Sin que le vea, descuelga el teléfono y llama a Daniela Vidal. Ella contesta casi al instante. Su voz suena al otro lado, apresurada, tal vez ansiosa por escuchar una buena noticia que no va a llegar.
—Diga
—Hola. Soy Irina.
Daniela mantiene el silencio cortado solo por el sonido de su respiración entrecortada.
—Estamos preocupados por Sonia. He hablado con los padres de Álvaro hace un rato y me han dicho que estáis en una situación similar —continúa Irina.
—¿Qué? ¿Sonia tampoco ha vuelto a casa?
—No —contesta Irina, sin poder contener una lágrima
—Esto es… ¡Ay, Dios mío! Debo decírselo al inspector… ¿Estáis en tu casa?
—¿Al inspector? No entiendo nada.
La conversación se corta.
Transcurren unos minutos de incertidumbre.
Cuando vuelve a bajar al salón encuentra a su marido bebiendo un whisky, sentado en el sofá, con la ira marcando la expresión de su rostro.
Le cuenta lo que acaba de hacer y le explica que, por lo que ha entendido, hay un inspector de policía investigando el caso.
Entonces estalla.
Comienza a gritar recriminando que hayan involucrado a la policía. Ella se tapa la cara, avergonzada de sus palabras y de la imagen que está ofreciendo. Desearía salir de allí de inmediato.
De repente, llaman a la puerta. Es ella quien abre tras secarse las lágrimas de la cara.
Encuentra a un hombre atractivo, vestido como si fuera el nuevo conserje de la urbanización, plantado frente a ella con expresión expectante. David lo observa desde atrás con desprecio, como si le hiciera un favor al tolerar su presencia, mientras un silencio incómodo se instala.
Él hace un gesto e Irina lo invita a pasar.
Una vez dentro, con la puerta cerrada, el hombre se presenta.
—Hola. Soy el inspector Gabriel Somoza. ¿Quiénes son ustedes? —pregunta al tiempo que alterna la mirada entre Irina y David.
—Yo soy David Velasco. Mi hija, Sonia, se fue de casa ayer y, mientras la buscábamos, los vecinos nos han dicho que a sus hijos los han secuestrado y que han recibido una nota de rescate.
—Señala con el dedo en dirección a la casa de los Lago—.
Así que haga el favor de explicarme qué está pasando aquí —exige.
El hombre parece sorprendido por la noticia. Es evidente que no sabía nada sobre la desaparición de Sonia. A Irina le sorprende que Marta Ríos, la madre de Álvaro, no le haya dicho nada. Daba por hecho que la policía estaba al tanto y que pronto les ofrecerían las novedades.
—¿Ustedes no han recibido una nota?
—No. Mi hija se fue de casa ayer y no la hemos vuelto a ver. Estábamos preocupados, por eso fuimos a preguntar a los vecinos. Entonces nos enteramos de lo que ha pasado y no entendemos nada —contesta Irina cruzándose de brazos.
—¿Sonia es amiga de Álvaro y Emma? ¿Hay alguna posibilidad de que estuvieran juntos ayer? —pregunta Gabriel.
Irina abre la boca para responder, pero se detiene. La duda se refleja en su rostro. El inspector Somoza percibe ese titubeo. Sus ojos están fijos en ella, esperando.
—Conocerse se conocían, pero no eran amigos y sería bastante raro que estuvieran juntos. No es algo habitual —dice finalmente.
Gabriel clava en David una mirada tensa.
—Necesito que me den sus datos. Tengo que llamar a la comisaría.
Jorge Sempere, el padre de Álvaro, se acomoda en una de las sillas de la cocina.
El inspector Gabriel Somoza ha pasado un rato a solas, hablando por teléfono con otros agentes de la comisaría.
La investigación parece haber dado un giro: ahora hay una tercera persona desaparecida.
Jorge ha oído que pedía rastrear también el teléfono móvil de Sonia y enviar una fotografía junto con su descripción a todos los agentes que participan en la búsqueda.
Aún no asimila que esto esté ocurriendo de verdad. Mantiene la esperanza de que todo sea una pesadilla, a pesar de que sabe que es real. Muy real.
Permanece con la espalda rígida. No le gusta la situación. Se odia a sí mismo por no haber estado más pendiente de Álvaro. Ahora su hijo no está, y él siente que no ha hecho absolutamente nada para protegerlo.
El inspector Somoza se apoya en la mesa con aire paciente, aunque sus ojos lo estudian con atención, como si intentara descifrar lo que esconde. Jorge no oculta nada, pero es posible que el policía tenga dudas al respecto. Esa parte la entiende.
Cree ser el único de los padres que mantiene la compostura y comprende que el inspector solo intenta ayudar.
Cuando salió al salón, dejó claro que se estaban llevando a cabo varias operaciones en paralelo: revisión de las cámaras de seguridad, rastreo de las ubicaciones de los móviles de Álvaro y Emma, indagaciones entre los vecinos…
Quizá el nerviosismo de algunos se deba a eso, a que ciertos asuntos saldrán a la luz.
Pero ese no es su problema. No debería serlo.
Lleva demasiado tiempo mintiéndose a sí mismo, fingiendo que todo está bien. En el fondo, no obstante, siempre ha sabido la verdad.
—Necesito que me hable de su hijo —dice el inspector—. ¿Ha notado algo extraño durante las últimas semanas? ¿Algún comportamiento fuera de lo normal?
Jorge resopla y cruza los brazos sobre la mesa. Tiene que ser sincero. Es lo mínimo que puede hacer.
—No estoy tanto en casa como me gustaría.
Soy abogado y estos meses he tenido mucho trabajo.
Bueno, más bien los últimos años. Me involucré demasiado en el despacho convencido de que era lo mejor para mi familia, pero está claro que no ha sido así.
—Hace una pausa. Le cuesta hablar. Está conteniendo las lágrimas—.
Mi mujer también está fuera a menudo, colabora con varias organizaciones benéficas…
Supongo que ya se lo habrá dicho. Álvaro pasa mucho tiempo solo.
El inspector percibe su angustia y le concede un momento para recomponerse. El silencio pesa en la estancia, hasta que, inevitablemente, las lágrimas se escapan.
—Lo siento… Yo… —solloza Jorge.
—No se preocupe. Tómese el tiempo que necesite.
Jorge trata de recomponerse. Alza la cabeza sin intentar ocultar su vulnerabilidad. Nunca ha sido un hombre que disfrace sus emociones. Tampoco podría aunque quisiera.
—Tiene un hermano mayor, ¿verdad? —pregunta Gabriel.
—¿Álvaro? Sí. —Jorge saca un pañuelo del bolsillo de su americana y se seca las lágrimas—. Se llama Asier, pero no sabe nada de esto. Su madre y yo hemos decidido mantenerlo al margen. Está en Madrid, estudiando Derecho en ESADE. No queremos preocuparlo.
Gabriel asiente y deja que el silencio se instale antes de formular la siguiente pregunta.
—¿Se llevan bien? Me refiero a Álvaro y Asier.
—Sí. Sí, por supuesto. Hablan a menudo. Siempre han tenido una gran relación.
—En ese caso, me gustaría pedirle que nos permitiera hablar con él. Es posible que nos ayude en la investigación —dice Gabriel con seriedad.
Jorge entreabre la boca, desconcertado. Preferiría que Asier no tuviera que verse involucrado, pero entiende la necesidad.
—De acuerdo. De todos modos, deje que hablemos con él primero, por favor.
—Por supuesto. —Gabriel anota algo en su cuaderno y después alza la vista—. Dígame, ¿cuándo fue la última vez que vio a su hijo Álvaro?
Jorge levanta las cejas y se recuesta en la silla.
—Ayer mismo, por la mañana. Durante el desayuno. Es el único momento en que lo veo a lo largo del día, por lo general. A veces coincidimos un rato por la noche, pero como él suele salir y llega tarde…
—¿Lo notó raro? ¿Diferente?
—Lo cierto es que no percibí nada extraño. Quizá no fui capaz de ver lo que tenía delante. No lo sé…
—No se culpe. Es posible que su hijo no supiera nada.
Jorge se pasa una mano por la cara y exhala un suspiro tembloroso.
—Todo esto es una locura…
—Usted encontró la nota, ¿verdad? —reconduce Gabriel.
—Sí. Esta mañana, cuando salí a pasear al perro. Al leerla, pensé que era una broma, lo admito. Pero cuando subí a la habitación de Álvaro y vi que no estaba… —A Jorge se le quiebra la voz—. Se me cayó el mundo encima. Desperté a mi mujer. Fue un caos.