Capítulo 5
Marta Ríos, la madre de Álvaro, se sienta frente a Gabriel Somoza con las piernas cruzadas y juguetea con los dedos sobre la rodilla, impaciente.
Su rostro refleja angustia, pero su voz, firme y en ese tono altivo que la caracteriza, se mantiene inquebrantable.
Su miedo, que hasta ahora la ha lastrado y ha expuesto su lado más vulnerable, empieza a convertirse en ira, como si necesitara encontrar un culpable por lo que le ha sucedido a su hijo.
No deja de repetir lo mismo: Álvaro es un chico maravilloso, guapo, educado, brillante, y todos le tienen envidia. Los labios se le curvan con orgullo cada vez que pronuncia su nombre, como si el mero hecho de que exista fuera una confirmación de su propio éxito.
—Es un niño que destaca —insiste, y se aparta un mechón de pelo tras la oreja en un gesto instintivo—.
Siempre ha sido así. Desde pequeño, los demás lo miraban con recelo porque es apuesto, tiene carisma…
Es natural que provoque celos. Hace algún tiempo, un hombre lo paró por la calle.
Dijo que era fotógrafo y le pidió hacerle unas fotos.
Casi aceptó, pero, cuando su padre se enteró, se negó rotundamente.
Alegó que era raro. Y, la verdad, tenía razón.
El inspector Somoza la escucha en silencio. Su libreta sigue abierta sobre la mesa, sin una sola anotación. Mantiene la mirada, fría y expectante, en Marta; parece esperar a que diga algo realmente útil.
—¿Cree que podría haber algún problema del que usted y su esposo no estuvieran al tanto? —pregunta reconduciendo la conversación—. Algo que se les haya escapado. Peleas, amenazas… Ya sabe, ese tipo de cosas que son comunes en los adolescentes.
Marta suelta un bufido y alza el mentón con desdén.
—¿Amenazas? Por favor… No sé con qué clase de familias está acostumbrado a tratar, inspector, pero nosotros no somos así.
Álvaro no es así. Los que no lo adoran es porque le tienen envidia.
—Levanta las cejas y pone los ojos en blanco.
Las palabras de Gabriel la indignan—. En lugar de perder el tiempo buscando razones absurdas, debería estar ahí fuera buscando a mi hijo.
¿Qué hace aquí? ¡Está perdiendo el tiempo!
Gabriel ni se inmuta.
—Cualquier detalle puede ser importante. Me queda claro que Álvaro es un chico extraordinario, pero, si hay algo más, debo saberlo.
—No hay nada turbio en la vida de mi hijo —insiste Marta. Sus ojos, ahora enrojecidos por la ira, lo desafían—. Si me pregunta, lo único que veo como un problema es Emma. Esa chica… siempre lo ha arrastrado hacia abajo. No lo merece. Mi Álvaro es demasiado para ella. Para cualquiera, en realidad.
El inspector Somoza alza una ceja.
—¿A qué se refiere?
—A que es un crío excepcional, de los que nacen para grandes cosas —responde Marta con cierto desprecio—.
Emma no tiene ambiciones, no tiene clase, no está a su altura.
No entiendo cómo Álvaro sigue con ella. Es guapa, sí.
En eso estamos de acuerdo. Pero nada más, no tiene otras virtudes.
Además… —Marta se inclina hacia delante y baja la voz hasta convertirla en un susurro—. No me gusta su familia.
—¿Por qué? —inquiere Gabriel.
—No es nada personal. Son solo manías mías, no sé. Daniela no trabaja, y eso es algo que no puedo soportar. No me gusta que les inculquen eso a las niñas.
Gabriel la observa con atención, parece meditar su siguiente pregunta.
—¿A qué se dedica usted?
Marta se yergue con cierta soberbia.
—Colaboro con varias asociaciones benéficas, organizo galas y cosas así. Se me da bastante bien.
Espera encontrar aprobación en la mirada del inspector; en su lugar, obtiene indiferencia.
—Hablemos de la noche en la que recibieron la nota —dice Gabriel sin apartar la mirada—. ¿A qué hora la encontraron exactamente?
Marta se aclara la garganta.
—A primera hora, cuando mi marido salió a pasear al perro. La encontró ahí, en la puerta. Entonces fuimos a hablar con Miguel y nos contó que ellos también habían recibido una carta.
—¿No la vieron antes?
—No. Mi hijo suele llegar tarde y no lo esperamos despiertos —explica Marta, con un dejo de fastidio—.
Confiamos mucho en Álvaro y no pensábamos que algo así pudiera pasar.
No hemos sabido nada de él desde que ayer se marchó sobre las seis de la tarde.
Es increíble, ¿no cree? Que alguien se acerque a la casa y nadie lo vea.
Gabriel se tensa de inmediato.
—¿Estuvieron en casa toda la noche? —pregunta cambiando el tono. Su expresión se endurece.
—Sí. Mi marido se metió en la cama temprano. Estaba muy cansado. Yo me quedé un rato viendo la tele en el sofá. Sigo sin entender a qué vienen estas preguntas. ¿Acaso cree que hemos tenido algo que ver?
—Solo intento recabar información, señora. Es parte de mi trabajo.
—Pues pierde el tiempo —le espeta Marta con frialdad.
—¿Tienen cámaras de seguridad? —pregunta Gabriel ignorando su actitud.
Marta chasquea la lengua.
—No. Antes sí, por eso verá que en nuestra casa hay cámaras colgadas, pero ya no funcionan. Hace años, la comunidad contrató a una empresa de seguridad que instaló cámaras en los accesos. Desde entonces tenemos un guardia por la noche, así que decidimos no arreglarlas.
Gabriel alza la vista como si calibrara la información. Marta intuye que acaba de decir algo que le resulta interesante. Siempre tiene que ser ella quien aporte los datos clave.
—¿La noche en que dejaron la carta había un guardia de seguridad trabajando? —pregunta el inspector Somoza con lentitud, midiendo cada palabra.
—«Trabajando» sería… pretencioso. Toda la vida tuvimos a Alfredo, él sí era de fiar, pero se jubiló antes del verano y contrataron a uno nuevo. Quizá lo conoce. Según tengo entendido, antes era policía.
Gabriel la observa con renovado interés.
—¿Cómo se llama? —inquiere con premura.
—Se llama Nico. Nico Ortiz, si no me equivoco —responde la mujer, aunque sabe perfectamente que no lo hace.
El mismo día que empezó a trabajar en los Jardines del Edén, lo buscó en las redes sociales y, desde entonces, se ha entretenido observando sus fotos sin camiseta en la playa o en el gimnasio.
Gabriel parpadea. Tiene la mandíbula tensa.
Marta sonríe, satisfecha por haber captado su atención. Tal vez así espabile, empiece a tomarse en serio su trabajo y vaya a buscar a su hijo. Es lo único que le importa.
—Parece que sí lo conoce —añade.
Gabriel entrecierra los ojos. No necesita responder. Marta ya ha notado la sombra que ha aparecido en su expresión.
Gabriel vuelve a quedarse solo. Desde el salón llegan sollozos contenidos. Ahora hay más personas en la casa, y eso no le gusta.
Aprovecha el momento para marcar el número de Patricia.
Se oye ruido de fondo, así que debe de conducir con el manos libres.
—¿Dónde estás? —pregunta Gabriel sin preámbulos.
—De camino al instituto donde estudian los chicos, para hablar con sus amigos —responde ella con seriedad.
—¿Vas sola? ¿Cómo piensas sacarlos de clase sin que nadie sospeche?
—Sí. Voy sola; no necesito a nadie para esto. Tengo a todo el equipo trabajando —contesta Patricia, tajante—. No queda más opción que hablar con el director y contarle alguna patraña. No sufras, algo se me ocurrirá.
Gabriel guarda silencio. Busca alternativas y no encuentra ninguna. Patricia tiene razón. Cada minuto que pasa disminuye la probabilidad de encontrarlos con vida.
—Tenemos un problema —advierte al fin. No esperaba reencontrarse con Nico Ortiz, su antiguo compañero al que expulsaron del cuerpo de policía por corrupto. Su repentina reaparición empeora la situación.
—¿Qué clase de problema?
—¿A que no sabes quién es el guardia de seguridad de la urbanización?
Patricia no contesta de inmediato; parece pensar la respuesta.
—¡No me…! ¿Nico? ¿En serio?
—Así es. Acabo de enterarme.
—¿Has hablado con él? —pregunta Patricia. La ansiedad se hace notar en su voz.
—No. Regresa esta noche. Lo buscaré y tendremos una charla. Pero antes debo volver a interrogar a Daniela. Ella encontró la nota durante la madrugada. Es posible que viese a Nico o hablase con él.
—¿Crees que es buena idea?
—Creo que no tengo otra opción.
Patricia dice algo entre dientes, pero Gabriel no lo entiende.
—Lleva cuidado, por favor. Te llamo cuando haya hablado con los amigos de esos chicos.
En la comisaría están todos trabajando sin parar.
Han salido varias patrullas de incógnito para rastrear la zona.
De momento no hay mucho. Intento reconstruir una línea temporal con sus últimas ubicaciones, pero me falta demasiada información. Envíame tus notas cuanto antes.
—Lo haré pronto —afirma Gabriel.
—Hay agentes preguntando puerta por puerta en la zona. Es posible que alguien viera algo, pero aún no tenemos nada. Quizá el registro de llamadas nos ayude.
—Me lo imaginaba. —Gabriel carraspea y baja el tono de voz—. Quiero pedirte un favor. Miguel, el padre de Emma, no tiene coartada para la noche del secuestro. ¿Puedes solicitar su registro de localización?
—¿El padre? Es muy retorcido. Es su propia hija.
—Se han visto cosas peores. Dice que salió a dar una vuelta con el coche y no volvió hasta tarde. Lo más extraño es que insiste en que iba solo, y nadie puede corroborarlo. A su mujer le mintió. Le contó que iba a una reunión de negocios.
Patricia suelta una leve exhalación.
—De acuerdo. ¿Algo más?
—Sí. No sé si será posible conseguir una orden para revisar los móviles de Marta Ríos y Jorge Sempere. Ella me ha dicho que estuvieron en casa toda la noche, pero tengo la sensación de que me oculta algo. Es un presentimiento.
—No sé si tu corazonada será suficiente, pero lo intentaré. Cuenta con ello. Me pongo manos a la obra —responde Patricia antes de colgar.
Irina no sabe dónde meterse. Su marido la está sacando de quicio y se comporta de forma agresiva. Intenta no llevarle la contraria, eso lo enfadaría aún más. Pero tampoco puede quedarse de brazos cruzados escuchando las barbaridades que salen de su boca.