Capítulo 4 #2
Gabriel oye que su compañera se ríe. Una mueca se dibuja en sus labios; no llega a ser una sonrisa, pero casi. Después de eso, se despiden.
Antes de continuar con los interrogatorios, realiza otra llamada. Esta vez a Roberto Valero, el padre de Carlos, un joven al que conoció en su anterior caso.
—Roberto, necesito pedirte un favor. Estaré unos días fuera. ¿Podrías ir a mi casa y poner comida y agua al gato? La ventana del jardín trasero sigue rota, accede por ahí.
Miguel Lago entra en la cocina tratando de aparentar tranquilidad. Quizá no sea lo más correcto; tal vez debería dejar salir sus emociones y permitir que el nudo de la garganta termine de romperse.
El policía lo observa y le hace un gesto con la mano para que se siente.
Es serio, tanto que Miguel no puede evitar pensar que sospecha de él nada más verlo.
Hay que ser muy mala persona para creer que un padre secuestraría a su hija y pediría un rescate.
Tal vez haya descubierto que está en la ruina y por eso desconfía.
O quizá solo esté haciendo su trabajo. Sea como sea, Miguel no tiene más remedio que sentarse y colaborar, aunque esa sea su cocina y un desconocido le haya indicado que tome asiento.
—Entiendo que es una situación difícil para usted y su mujer. Siento que tengan que pasar por esto, pero es importante que recabe toda la información posible para encontrar a su hija —dice el inspector Somoza rompiendo el silencio.
Miguel lo mira. Le duele la mandíbula de tanto apretarla por los nervios; la siente como una roca. Hace un esfuerzo por relajarse y se limita a asentir.
—¿Conoce bien a su hija, señor Lago?
Se encoge de hombros. No esperaba esa pregunta.
—Diría que sí. La conozco desde que nació.
No le ha hecho gracia su propio comentario. En realidad ha sido un error decir algo así en un momento como ese.
—¿Sabe si su hija ha hecho amigos nuevos últimamente? —pregunta Gabriel.
Miguel niega con la cabeza.
—Todo lo contrario, y ese es el problema. Emma está dejando de lado a sus amigos desde que empezó a salir con Álvaro. Se pasa todo el día con él.
—¿Por qué es un problema? ¿Hay algo en Álvaro que no le guste?
—Yo no he dicho eso… A ver, a ningún padre le gusta que su hija esté todo el día con un chico manoseándose y esas cosas. Pero no, no tengo ningún problema con él ni con su familia.
El policía anota algo en su libreta.
—¿Se lleva usted bien con Emma?
El sudor empieza a condensarse en la frente de Miguel. Ese poli ha ido directo al grano.
—Nos queremos mucho. Es verdad que discutimos a menudo, pero como todos los padres con sus hijos, ¿no?
Busca en los ojos del inspector una complicidad que no encuentra.
—Dígame una cosa: ¿en alguna de esas discusiones Emma ha amenazado con marcharse de casa o ha hecho comentarios similares?
«Mierda», piensa Miguel. Estaría encantado de mentirle y contestar que no, pero su mujer ha hablado antes con él, y ella no puede mantener la boca cerrada.
—A ver… Es que eso…
—Miguel, ¿sí o no? —lo interrumpe Gabriel antes de que divague más.
—Sí, pero…
—¿Cuándo fue eso? —insiste Gabriel.
Miguel frunce el ceño y da un leve golpe en la mesa, sin violencia, solo como muestra de descontento.
—Hace tiempo, no sé… ¿Un par de meses? Pero son cosas que uno dice cuando está cabreado.
—¿Emma se ha ido alguna vez, aunque sea solo una noche?
Miguel niega con vehemencia.
—No. En absoluto. Ella nunca haría algo así, se lo puedo asegurar.
El inspector parece escrutarlo. Se toma un momento para hacer más anotaciones en su libreta. Cuando termina, levanta la cabeza y fija de nuevo la mirada en Miguel.
—¿Cuándo fue la última vez que vio a su hija?
Miguel suspira. Con esa pregunta sí contaba.
—Cuando se marchó a clase de baile. Ayer, sobre las cinco y media. Los lunes, miércoles y viernes, Emma va a clases de baile moderno… o algo así lo llaman.
—¿Dónde son esas clases? —inquiere Gabriel.
A Miguel le sorprende que eso le interese.
—En el gimnasio Arena —contesta extrañado—. ¿No se lo ha dicho su madre?
—Sí. Pero ahora le estoy preguntando a usted —responde el inspector, tajante.
Miguel se queda mudo. Piensa que se trata de algún truco del policía para averiguar si le están mintiendo.
—Eso queda bastante lejos para ir a pie. ¿Cómo va Emma hasta allí?
—Normalmente la llevo yo, pero ese día cogió el autobús.
El policía vuelve a tomar notas en el cuaderno, y Miguel empieza a perder los nervios. El sudor de la frente ya le resulta molesto. Se pasa la mano para limpiárselo.
—¿Por qué no la llevó? —indaga Gabriel.
Miguel desvía la mirada y levanta una mano, como restándole importancia.
—Estaba ocupado con asuntos del trabajo —miente. Eso fue lo que dijo, pero en realidad no tenía ganas de coger el coche. Lo cierto es que se encerró en su despacho para estar solo hasta que llegó el momento de irse.
Gabriel asiente. Luego alza el bolígrafo y lo agita.
—Solo una cosa más: ¿dónde estaba esta madrugada cuando su mujer encontró la nota?
—Yo… había salido —contesta Miguel. Le tiembla la voz.
—Vale. ¿Adónde?
—Fui a cenar con un posible inversor para mi negocio.
—¿Dónde cenaron? —pregunta el inspector Somoza con el bolígrafo preparado para apuntar la respuesta.
Miguel guarda silencio durante unos segundos. Ha metido la pata, debería haber sido más listo.
—Mire, la verdad es que mentí a mi mujer. No fui a cenar con un inversor. Necesitaba salir de casa para estar solo. Estuve dando vueltas con el coche, pensando. No estoy en un buen momento y, a veces, necesito salir para despejarme.
El inspector se incorpora, asiente y lo escruta durante unos segundos.
—¿Alguien puede corroborar su versión?
Miguel levanta la cabeza y sus ojos se encuentran con los de Gabriel.
—No.