Capítulo 4
Miguel Lago permanece en la entrada del salón, apoyado en el marco de la puerta.
Observa a Daniela mientras esta habla con el inspector Gabriel Somoza.
La escucha describir a Emma, la hija de ambos.
Le cuenta que es una chica increíble, que, si bien no destaca en el instituto, avanza de curso sin problemas; que quiere ser enfermera, aunque duda que le dé la nota para acceder y que, por eso, irá a una universidad privada; que con los años se ha vuelto cada vez más rebelde, que tiene un carácter fuerte y que chocan a menudo; que su padre no sabe manejarla y eso los distancia…
Cuando, hace un rato, su mujer le pidió que reuniera el dinero del rescate, Miguel sintió que el mundo se le venía encima.
Hace años fue un empresario de éxito, dueño de una empresa de importación de productos asiáticos, pero el negocio se hundió y la pandemia ha terminado de rematar su agonía.
Nadie lo sabe, salvo él. Su mujer y su hija piensan que su poder adquisitivo es el de siempre, y no ha sido capaz de pedirles que dejen de gastar.
Debe mucho dinero en créditos y, aunque le duela reconocerlo, la única salida es vender la casa y empezar de nuevo.
El inspector escucha con atención a Daniela y toma notas en un cuaderno.
Insiste en preguntarle quiénes son las amigas cercanas de Emma.
La mujer no sabe qué contestar porque, aunque Emma las ha tenido, desde que sale con el guaperas de Álvaro Sempere se ha aislado por completo.
Lo idolatra de tal forma que a Miguel le preocupa esa obsesión. O quizá sean celos, no está seguro.
Mientras Gabriel y Daniela siguen hablando, él siente que se le acelera el pulso.
Por supuesto que está preocupado por Emma.
Es su hija, su única hija. La idea de que esté en peligro lo consume por dentro y el miedo se apodera de él.
Pero no es solo eso, y se odia a sí mismo porque Emma no sea su preocupación exclusiva en este momento.
Un temor profundo y oscuro lo mantiene al borde del colapso.
El rescate. La cantidad de dinero exigida.
Sabe que no podrá reunirla, no con la situación en la que se encuentra.
Y si alguien empieza a indagar demasiado…
Bueno, no quiere ni pensar en ello. Vivir en una casa como la suya y en un barrio como el Cabo de las Huertas conlleva una reputación que se niega a perder.
Y luego está el otro asunto, claro. Ese que, en caso de salir a la luz, le acarrearía aún más problemas. La situación lo desborda.
Las preguntas del dichoso policía son cada vez más incisivas.
Ahora quiere saber si algún miembro de la familia tiene enemigos, si han discutido con alguien recientemente o algo similar.
Daniela lo niega todo, pero Miguel tiene presente que después será su turno.
El inspector ha pedido hablar con ambos por separado y, aunque ha dado a entender que desea realizar los interrogatorios con algo de intimidad, Miguel no ha obedecido.
Desde el salón se oye todo, y su mujer tiene un timbre de voz alto, lo que lo pone de los nervios continuamente.
Miguel no sabe qué contar y qué no cuando le llegue el momento.
¿Sería bueno decir toda la verdad? Se plantea bajar al sótano y llamar a un abogado para que lo asesore.
Tal vez él sepa qué hacer, porque Miguel no está centrado para tomar decisiones.
Pero ¿qué impresión daría eso? Solo los que tienen algo que esconder recurren a abogados antes de un interrogatorio.
Y en su caso es así, precisamente, pero de eso no tiene por qué enterarse nadie.
Cuando ya pensaba que las cosas no podían ir peor, distingue, a través de la ventana del salón, una silueta femenina acercándose a su casa. Es Marta, la madre de Álvaro.
Miguel corre hacia la puerta. Cuando la abre, descubre que la mujer tiene un aspecto deplorable, el de una madre a cuyo hijo acaban de secuestrar.
Lo mira con los párpados hinchados y los ojos enrojecidos.
Agacha la cabeza y se acurruca contra su pecho.
Durante un instante, Miguel duda si apartarla o no, pero debe mostrar humanidad.
La envuelve con el brazo y la invita a pasar.
Jorge Sempere, el marido de Marta, no tardará en llegar.
El inspector Somoza pidió que, cuando contactaran con los padres de Álvaro, les dijeran que acudieran por separado.
Miguel no sabe de cuánto tiempo dispone para hablar con Marta a solas.
La acompaña hasta el salón y, de camino, cierra la puerta de la cocina, donde Daniela sigue respondiendo a las preguntas del inspector.
—¿Cómo estás? —susurra Miguel.
Marta no puede contestar. Lo intenta, pero las palabras no le salen. Niega con la cabeza y comienzan a brotar lágrimas de sus ojos.
Miguel no sabe qué decir. Él tampoco encuentra las palabras adecuadas. Duda que haya algo apropiado en esos casos.
Marta emite un sollozo.
—Esto no puede estar pasando —dice finalmente.
—Van a aparecer, encontraremos la solución.
Ella se limpia las lágrimas con el dorso de la mano.
—Ha ocurrido algo extraño. Ha venido a casa esa mujer rubia que va siempre tan elegante, la que tiene un Mercedes descapotable. Dice que su hijastra no ha vuelto a casa desde ayer. Ha preguntado por Álvaro, por si él sabía algo, y se lo he tenido que contar. ¿Cómo se llama esa niña?
—Sonia, creo —contesta Miguel.
—Sí…, eso.
Miguel se lleva la mano a la barbilla y trata de procesar la información que Marta acaba de darle.
—Entonces ¿esa chica también ha desaparecido? —pregunta contrariado.
—Eso parece. Después de contarle lo sucedido, esa mujer ha venido con el marido y les he enseñado la nota. El padre está cabreadísimo. Dice que la habéis cagado al ir a hablar con la policía.
Miguel suspira. Piensa lo mismo. También está enfadado con su esposa, pero no puede culparla por algo así. Y no va a permitir que ese hombre, sea quien sea, le recrimine lo más mínimo a Daniela, porque es su mujer, a pesar de todo.
—Daniela ha hecho lo que tenía que hacer.
—¿De verdad lo crees? —pregunta Marta alzando la cabeza para encontrar su mirada.
Miguel asiente, poco convencido pero firme.
—Por favor…, que todo esto sea una chiquillada —murmura Marta.
—¿Crees que puede serlo? ¿Es algo que haría tu hijo?
A Marta se le tuerce el gesto.
—¿Mi hijo? Tiene que ser mi hijo, claro. No puede ser cosa de tu hija, ¿verdad?
Miguel levanta las manos pidiendo calma.
—No he querido decir eso, Marta. ¡Por Dios!
Ella se aleja de él, da un par de pasos y se sienta en el sofá del salón. Miguel se acomoda en el sillón. No quiere sentarse a su lado en ese momento.
—Están interrogando a Daniela. Van a interrogarnos a todos, uno a uno —anuncia.
Marta asiente con desgana.
—Tenemos que decidir qué contar.
Ella gira el rostro y lo fulmina con la mirada.
—Nada —sentencia—. Y tú vas a hacer lo mismo.
Cuando Gabriel termina de hablar con Daniela, le pide un momento a solas en la cocina.
La mesa donde la familia Lago desayuna a diario se ha convertido en su centro de operaciones.
Se imagina a Emma con cara de pocos amigos tomando algo antes de ir al instituto.
O tal vez sonriente, aunque nadie sonríe a primera hora de la mañana.
Las dudas lo asaltan. Infiltrarse en la urbanización Jardines del Edén para investigar sin que nadie sospeche que las familias han acudido a la policía puede que sea una idea brillante, pero la impotencia de no poder ayudar a Patricia en comisaría lo irrita.
Por otro lado, cabe la posibilidad de que sus esfuerzos por mantener en secreto la investigación sean en balde y los secuestradores lo descubran igualmente.
No tiene forma de saberlo ni intención de poner en peligro la vida de Álvaro y Emma.
Piensa que ha llegado el momento de llamar a su compañera y averiguar si ha descubierto algo.
—¿Cómo estás? ¿Has hecho avances? —dice Patricia al descolgar el teléfono.
—Iba a hacerte la misma pregunta. —Gabriel suspira—.
Acabo de hablar con la madre de Emma, Daniela.
Sigue muy nerviosa, lo cual es lógico, y me cuesta sacarle información.
El padre parece más entero; ahora hablaré con él.
He visto llegar a una mujer, debe de ser la madre de Álvaro.
Será la siguiente. En cuanto termine, les pediré que me dejen echar un vistazo a las habitaciones de los chicos, a ver qué encuentro.
—Debería estar ahí contigo y ayudarte con los interrogatorios —comenta Patricia—. No tenemos mucho tiempo.
—¿Y quién se encargaría de gestionar todo lo de fuera? ¿Se te ocurre alguien mejor?
Patricia no contesta. Se produce una pausa que se alarga unos segundos.
—¿Qué hay del conserje? ¿Te ha dicho algo relevante?
—No. Creo que le preocupaba decir algo indebido.
Ya sabes cómo es la gente con dinero, un día se les cruza el cable y acabas despedido.
Hemos revisado la cámara de seguridad de la entrada.
No aporta nada. No se ve a nadie entrar ni salir a la hora a la que Daniela dice que encontró la nota. Aunque hay varios ángulos muertos.
—Entiendo —contesta Patricia—. O sea, que entraron de alguna manera que las cámaras no pudieron captar o alguien puso esa nota desde dentro.
—Eso mismo he pensado yo. Averiguaré si hay algún otro acceso, por no dejar nada en el aire —añade Gabriel.
—Estupendo. Por otro lado, ninguno de los familiares tiene antecedentes.
Solo multas de tráfico y cosas así, pero nada serio.
Estoy investigando también al resto de los vecinos.
Nunca se sabe. Y voy a interrogar a los amigos del instituto de los desaparecidos, puede que nos enteremos de algo.
A ver cómo me las arreglo para no llamar mucho la atención.
—Genial, Patricia. Buen trabajo. Sigo por aquí. En un par de horas tendré que salir a limpiar las aceras y ese tipo de cosas para que nadie sospeche.