La noche de los secretos (Trilogía de la Noche 2) Capítulo 3
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Capítulo 3

El barrio del Cabo de las Huertas se despliega ante Gabriel Somoza como la imagen de una postal.

Las casas, con sus fachadas impecables y sus jardines diseñados al milímetro, reflejan la opulencia de quienes las habitan.

Ese rincón de Alicante siempre ha sido un símbolo de éxito, un oasis reservado para los más afortunados.

Recuerda haber ido allí en su infancia, cuando el acceso al mar parecía más sencillo entre las rocas de los acantilados.

Su madre los llevaba a él y a su hermana, decía que eran playas más tranquilas donde apenas había bañistas.

Era una pequeña escapada al paraíso que, sin embargo, no consigue despertar nostalgia en su interior ahora.

Está centrado en el caso y sabe que el tiempo corre en su contra.

No puede permitirse perder ni un solo segundo.

Camina disfrazado de conserje por los aledaños de la urbanización Jardines del Edén, un enclave con casas enormes y de precio prohibitivo, donde viven Emma y Álvaro, los dos adolescentes desaparecidos.

Lleva puesta una chaqueta gris desgastada y una gorra que le cubre lo suficiente el rostro para pasar desapercibido.

Un agente de paisano se le ha adelantado para contactar con el verdadero conserje de la urbanización.

Los encuentra a ambos en la conserjería: una construcción apartada de las viviendas donde, además de herramientas de todo tipo, se alza un gran panel con las llaves de las zonas comunes y una pantalla que en esos momentos emite una imagen nítida de la puerta principal.

El hombre se levanta nada más verlo entrar. Se apresura a saludarlo, pero Gabriel se excusa con un gesto y se dirige a la ventana para bajar la persiana. Después se gira y, esta vez sí, le devuelve el saludo.

—Usted debe de ser Mateo. Un placer conocerlo y gracias por recibirnos.

El conserje asiente, con una expresión que mezcla desconcierto e inquietud.

—¿Alguien puede explicarme qué está pasando aquí?

Gabriel señala la pantalla.

—¿Esa cámara graba o solo transmite la imagen?

—Graba, evidentemente. Los vecinos de esta urbanización pagan un pastizal por ello.

Somoza asiente y se lleva una mano a la barbilla.

—Mateo, vamos a llevar a cabo una operación encubierta. Necesitaremos que se tome unas vacaciones y que no comente con nadie lo que ha sucedido aquí.

—¿Cómo? ¿De qué está hablando?

Gabriel cruza una mirada con el agente de paisano antes de responder.

—Esta mañana a primera hora se ha denunciado la desaparición de Emma Lago y Álvaro Sempere después de que Daniela, la madre de Emma encontrase la nota de un secuestrador en la puerta de su casa.

Es imprescindible que nadie sepa que la policía está investigando el caso.

Por eso me haré pasar por su sustituto. Ahora quiero que entienda que no tenemos tiempo que perder.

Vamos a sentarnos frente a esa pantalla y va a enseñarme las grabaciones de esta madrugada.

Además, necesito que conteste unas preguntas y que me haga una lista con las labores que debo llevar a cabo para que todo siga más o menos igual.

El hombre deja escapar un largo suspiro y se lleva una mano a la cabeza. Acaba de recibir toda la información de golpe y no termina de asimilarla.

Sin darle opción de réplica, el inspector Somoza ya ha tomado asiento frente a la pantalla mientras su compañero de paisano esboza una leve sonrisa.

La reunión termina con Gabriel tratando de organizar mentalmente cómo va a desarrollar la jornada.

No le ha costado convencer al conserje para que aceptara unas vacaciones remuneradas.

El hombre, un tipo corriente y sin demasiadas ataduras, ha aceptado sin titubear y ha prometido guardar el secreto.

Gabriel ha aprovechado la conversación para hacerle preguntas sobre las familias de los desaparecidos, pero ha terminado irritado por la simpleza de sus respuestas.

«Son gente normal. Ricos pero normales», ha dicho.

Sin embargo, Gabriel no lo cree. Más bien sospecha que procura no meterse en problemas por miedo a perder el empleo.

Tampoco han sido de utilidad las grabaciones de la cámara de seguridad. No se ve a nadie entrar o salir a la hora a la que Daniela, supuestamente, encontró la nota. Es cierto que hay ángulos muertos, pero no ha conseguido nada útil.

Mientras avanza hacia la casa de Daniela Vidal y Miguel Lago, analiza cada detalle a su paso.

Busca vehículos con capacidad para transportar a varias personas, examina las ventanas en busca de miradas furtivas y estudia con atención la expresión de quienes se cruzan en su camino.

Es posible que los secuestradores no sean de la zona, pero también que sí lo sean, y no puede, ni debe, obviar esa posibilidad.

Una furgoneta blanca con el logo de una supuesta empresa de reformas está aparcada frente a una construcción moderna con grandes ventanales.

Gabriel la observa de reojo y finge indiferencia.

Fue él quien sugirió la idea, así que conoce bien el verdadero propósito de sus ocupantes.

Cuatro agentes de policía disfrazados de operarios entran y salen de la vivienda transportando herramientas, cajas y bloques de baldosas.

Dentro de las cajas de cartón está el equipo que instalarán en la casa de Daniela: un ordenador con acceso al software de la policía, cámaras de vigilancia, micrófonos…

, todo lo que Gabriel necesita para operar desde allí.

Patricia coordina el trabajo desde fuera de manera sobresaliente, como de costumbre. Ya ha conseguido la orden para intervenir los teléfonos de las dos familias afectadas. Es crucial que, si los secuestradores contactan por teléfono, las conversaciones queden registradas.

En el domicilio de la familia Lago Vidal, dos de los agentes golpean ruidosamente una baldosa con un martillo para reforzar la tapadera. Los otros dos trabajan con precisión instalando el equipo.

Gabriel atraviesa el jardín, cruza el césped inmaculado y entra en la vivienda.

Daniela lo espera con las palmas de las manos juntas, como si estuviera rezando. A su lado, el hombre que debe de ser su marido lo observa con expresión tensa, claramente incómodo con su presencia.

—No tenemos tiempo que perder —dice Gabriel sin rodeos—. Llame a los padres de Álvaro e indíqueles que vengan por separado. Quiero interrogarlos a todos uno a uno.

Patricia Siles tiene los ojos hinchados por el cansancio acumulado.

No duerme bien desde que asumió la jefatura del Grupo de Homicidios.

Aún se pregunta por qué aceptó el cargo.

No lo quiere, lo detesta. Pero, por algún motivo, siente que es lo que debe hacer.

Quizá porque, en el fondo, teme que el trabajo se haya convertido en su único refugio.

Su situación familiar es un desastre. Su marido no pierde oportunidad para reprocharle su ausencia.

«Nosotros también te necesitamos», le dijo hace unos días en medio de una de tantas discusiones que ya se han convertido en la tónica habitual.

Patricia no supo qué responderle. Hay verdades que son incontestables.

Desde su despacho, observa parcialmente la sala de operaciones.

Los monitores brillan con imágenes de cámaras de seguridad y mapas interactivos que señalan ubicaciones clave.

Al otro lado del vidrio, los agentes trabajan en silencio, conscientes de la importancia del caso.

Con los brazos cruzados, Patricia permanece inmóvil, pero su mente no descansa.

En realidad, ha sido ella quien ha gestionado todo mientras Gabriel se infiltraba.

Lorenzo, un policía veterano apreciado y respetado por todos, se dirige hacia su despacho con un portafolios en la mano.

—¿Alguna novedad? —le pregunta Patricia antes de que cruce el umbral.

—Estamos procesando las grabaciones de las cámaras cercanas a la urbanización Jardines del Edén.

Algunas tienen ángulos muertos. También estamos cotejando las matrículas de los vehículos que se ven en ellas durante las horas en las que podría haberse producido el secuestro.

Hasta ahora, todas pertenecen a vecinos de la zona, pero aún es pronto.

Patricia asiente lentamente. Su mente ya visualiza los pasos siguientes.

Analizará cada segundo de esas grabaciones si es necesario, aunque todo apunta a que el secuestro no se produjo allí.

Ni Álvaro ni Emma se encontraban en ese lugar cuando desaparecieron.

La urbanización Jardines del Edén, con su aspecto tranquilo y lujoso, se ha convertido en el epicentro de una investigación que podría destapar secretos incómodos.

—¿Habéis empezado a rastrear los móviles de los dos chicos? —pregunta.

Lorenzo asiente.

—Ya lo hemos solicitado, pero sabes que eso lleva tiempo.

—Lo quiero todo —contesta, y desvía la vista hacia la pantalla del ordenador—. Ubicaciones, mensajes, llamadas… No dejemos ningún cabo suelto.

Lorenzo toma nota con el portafolios apoyado en el escritorio de su jefa.

—¿Algo más?

Patricia le devuelve la mirada.

—Sí. Quiero que alguien revise los antecedentes de los familiares de Emma y Álvaro. Que busquen debajo de las piedras si hace falta.

Lorenzo asiente y abandona el despacho. Patricia cierra los ojos por un instante en un intento de controlar el agotamiento.

Lleva un buen rato escudriñando las redes sociales de los desaparecidos en busca de cualquier pista: un comentario sugerente, una publicación compartida, amigos que llamen la atención…

, cualquier detalle que arroje algo de luz. Pero no ha encontrado nada relevante.

Álvaro Sempere y Emma Lago, dos nombres que ahora se graban a fuego en su mente.

En apariencia, dos adolescentes normales.

Son novios desde hace más de un año. Él es extraordinariamente guapo: ojos azules, complexión atlética y unos rasgos dignos de Hollywood.

Parece tener mucho cariño a un diente de marfil que lleva colgado al cuello en todas las fotos.

Es mayor de edad; cumplió dieciocho años hace dos meses.

Emma también es atractiva. Comparte en las redes libros que ha leído sin dejar de lado su cuota de protagonismo en cada publicación, donde se la ve en poses quizá demasiado estudiadas.

Nada fuera de lo común en la adolescencia.

Nada impropio para una chica de diecisiete años.

Patricia copia los enlaces de dos perfiles en un correo electrónico: los de Ismael Reyes y Camila Vega. Parecen ser los mejores amigos de Álvaro y Emma. Pulsa la tecla de enviar y, acto seguido, descuelga el teléfono.

Una voz de mujer responde al otro lado de la línea.

—Buenos días, Lucía. Acabo de mandarte un correo con dos perfiles de redes sociales. Necesito que los localices y me proporciones sus datos cuanto antes.

Lucía no tiene tiempo ni de contestar. Patricia ya ha colgado.

También ella quiere salir de su despacho y aportar algo a la investigación.

Álvaro Sempere despierta sobresaltado con un dolor punzante en la cabeza que lo obliga a llevarse una mano a la sien. Siente la textura pegajosa de algo seco y resquebrajado: sangre.

Parpadea varias veces tratando de ajustar la vista a la penumbra que lo envuelve.

La cabaña en la que se encuentra está construida con madera tosca y desprende un aire de abandono que lo hace estremecer.

Las ventanas están tapiadas. Una tenue luz se filtra a través de la rendija que hay en una de ellas y proyecta sombras alargadas sobre el suelo polvoriento. El hedor a humedad es sofocante.

Mientras recorre con la mirada el lugar, distingue una figura inmóvil en el suelo, a pocos metros.

Es Sonia Velasco, la reconoce por su inconfundible melena rizada.

Está de costado, con el cabello revuelto cubriéndole parte del rostro.

No sabe si está consciente, dormida… o algo peor.

Nota cómo el calor le sube a las mejillas.

Un nudo le aprieta la garganta mientras intenta llamarla con la voz ronca.

—Sonia —susurra al principio, y luego con más fuerza—. ¡Sonia, despierta!

No hay respuesta.

A su derecha, un leve movimiento llama su atención.

Emma, su novia, está sentada en el suelo con las piernas dobladas y los brazos alrededor de las rodillas.

Su rostro, bañado en un halo de luz mortecina, revela heridas y un rastro de sangre reseca que le baja desde la frente hasta la barbilla.

Sus ojos, grandes y asustados, se pierden en la nada.

El pánico parece haberse apoderado de ella.

Tiembla ligeramente y su respiración es irregular.

—Emma… —susurra Álvaro, e intenta incorporarse; sin embargo, un mareo lo obliga a apoyarse en el suelo. La cabeza le palpita con fuerza, pero eso no le impide arrastrarse hacia su novia—. ¡Emma! ¿Estás bien?

Ella no contesta. Sigue en shock. Aun así, es evidente que no lo está. Ninguno de los tres lo está.