La noche de los secretos (Trilogía de la Noche 2) Capítulo 2
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Capítulo 2

David Velasco camina de un lado a otro del amplio salón de su casa en el Cabo de las Huertas, la mansión por la que pagó casi tres millones de euros hace cinco años.

Las manos le tiemblan, aunque no sabe si es por la ira o por el miedo.

No está acostumbrado a que nadie sino él tenga la sartén por el mango.

El mármol del suelo refleja las luces del techo, pero también le devuelve su propia imagen: envejecida, descompuesta, incapaz de tomar el control de la situación.

El reloj de péndulo de la esquina parece haberse detenido desde que Sonia, su hija, se marchó ayer por la tarde.

No ha llamado a la policía. No todavía. Sabe que debería hacerlo.

Cualquier padre lo haría sin dudar si su hija desapareciese.

Pero él no es cualquier padre, y el peso de ciertas verdades que arrastra lo mantiene paralizado.

Debe esforzarse por mantener la calma. Son rabietas típicas de adolescente, o eso intenta creer.

Lo normal sería que apareciese de un momento a otro.

En el otro extremo del salón, Irina, su joven esposa y madrastra de Sonia, está sentada en el borde del sofá blanco, con las piernas cruzadas y la mirada fija en él.

Su melena rubia, recogida en un moño apretado, acentúa aún más sus rasgos perfectos, escultóricos, el motivo por el que nunca pasa desapercibida.

Es una de las pocas veces que no va vestida con elegancia.

—¿Vas a quedarte ahí de pie, David? —dice con ese acento apenas perceptible que delata sus raíces ucranianas.

David no responde. Se lleva la mano al pecho, donde una presión constante amenaza con desgarrarlo.

Hace tiempo que la relación con su hija es tirante.

Ha llegado a decirle que la odia, algo que un padre nunca debería decir.

Pocas cosas pueden ser más dolorosas que eso.

Pero no es del todo cierto. Al menos, no hasta el punto de alegrarse por su desaparición.

Lo peor es que haya sucedido después del incidente que ocurrió entre ambos. Eso lo martiriza.

Irina se levanta con un movimiento fluido dejando al descubierto la silueta impecable que tanto fascinaba a David años atrás. Se acerca y le agarra de la camisa.

—¡Tienes que hacer algo! Es tu hija, por el amor de Dios.

—¿Y qué demonios quieres que haga? —responde él con una voz más tensa de lo que le gustaría—. ¡Ya sabes cómo es! Vendrá tarde o temprano y se encerrará en su cuarto, como siempre.

Irina lo mira de soslayo. Sus ojos enrojecidos delatan que ha pasado horas llorando.

—Todo esto es culpa tuya.

—¡Cállate! No sabes lo que dices —gruñe David, y se aparta de ella.

—Voy a llamar a la policía. Estamos perdiendo el tiempo —advierte Irina.

David no contesta. Se da la vuelta y, con pasos firmes, pasa al lado de su mujer como una exhalación. Agarra el teléfono de Irina, que reposa sobre la mesa de centro, y lo estrella contra el suelo. La pantalla estalla en mil pedazos.

—No vas a llamar a nadie. Quédate quieta y deja que lo hagamos a mi manera.

Sube la escalera con un nudo en la garganta. No debería haber hecho eso. Ni lo que hizo ayer.

Daniela Vidal cierra la puerta y, en cuanto cruza el umbral, el miedo la invade.

Ya no tiene el sobre con la nota del secuestro; lo ha entregado a la policía porque era lo correcto.

Se alegra de haberlo hecho. Ahora no puede volver a mirarlo cada diez minutos aferrándose a la esperanza de que todo sea un error.

La madera del suelo cruje bajo sus pies mientras se adentra en el salón. Su mirada se detiene en la fotografía de Emma sobre la repisa: un verano en la playa, piel bronceada, ojos llenos de vida. Contemplarla acentúa su dolor, como si la propia imagen la acusara de lo sucedido.

En la cocina, su marido, Miguel Lago, remueve los utensilios con torpeza. Finge estar ocupado, pero Daniela sabe que la espera lo carcome tanto como a ella. Su mera presencia le resulta desagradable.

—¿Dónde has estado? —pregunta Miguel sin girarse, en un tono cargado de sospecha.

—Fui a dar una vuelta. Necesitaba despejarme —responde Daniela evitando su mirada. Sabe que él no la cree, pero no puede permitirse discutir. No ahora.

—¿A despejarte? —repite Miguel, y deja caer la cuchara de madera sobre la encimera con un golpe seco—. Dime que no has ido a la policía.

Daniela siente que un nudo se le forma en la garganta. Las palabras se le agolpan. Tiene que decirle la verdad. En un par de horas, Gabriel Somoza se plantará en su casa. Ya no hay vuelta atrás.

—Sí. He ido a comisaría —admite con voz entrecortada.

El silencio se adueña de la estancia. Le basta con echar un vistazo a la cara de su marido para saber que se avecina una discusión.

—Has cometido un grave error, Daniela. La nota decía claramente que no fuéramos a la policía. Si pasa algo, será culpa tuya.

Esa recriminación la atraviesa. Sabía que debía tomar una decisión, pero ahora la duda la asalta.

Miguel suelta una risa breve y amarga.

—No me puedo creer que hayas hecho eso sin mi consentimiento.

—¡Es mi hija! —grita Daniela dando un paso al frente con los ojos vidriosos clavados en su esposo.

—¡Y la mía, joder!

Daniela no contesta. Cuando toma una decisión, la mantiene hasta el final. Más aún en esta ocasión, en la que, por mucho que lo intenta, no encuentra un escenario en el que acudir a la policía no sea lo más sensato.

—Es posible que todo esto sea una broma de mal gusto —sugiere Miguel.

—¿Ves a tu hija por algún lado? —pregunta Daniela con ironía.

Espera una respuesta que no llega. Su marido baja la vista al suelo.

—No. No la ves. Dime una cosa, ¿has tenido problemas con alguien últimamente?

Miguel levanta la cabeza. Su expresión se tuerce en una mezcla de ira y tensión contenida.

—¿Cómo te atreves a insinuar que esto es culpa mía?

—Te he preguntado. No he insinuado nada —contesta Daniela con voz firme. La rabia asoma entre la desesperación—. Lo mejor será que prepares el dinero.

Miguel la mira con desaprobación. Para Daniela, es un gesto cargado de dramatismo por lo que acaba de decirle.

Aunque hay algo más en esa expresión. Lo conoce desde hace muchos años y sabe cuándo algo no va bien.

Permanece inmóvil observando cómo se marcha.

No le ha contestado, pero ella no necesita una respuesta; su reacción ha sido suficiente.

No se fía de él. Sospecha que su negativa a contactar con la policía no tiene nada que ver con proteger a su hija. Lo hace para protegerse a sí mismo.