Capítulo 1 #2
Sostiene la bolsa de pruebas con cuidado.
No la abre; teme contaminar más de lo necesario.
Descubre que Gabriel ha incluido el sobre en cuyo interior se hallaba la nota.
Está cerrado con solapa autoadhesiva. Su mente, meticulosa, lamenta que no sea del tipo que se cierra con saliva, lo que habría facilitado obtener ADN.
Sin embargo, persiste la duda sobre la veracidad del caso.
—¿Estás seguro de que no es una chiquillada? —pregunta con cautela. Su voz está impregnada de incredulidad y aprensión.
—Sé que parece un disparate, pero no podemos dejarlo de lado —responde Gabriel con convicción.
Patricia suspira y fija la vista en el techo blanco, donde aseguraría que cada sombra refleja la incertidumbre que la invade.
—Vale. Hablemos con Urriaga y vayamos para allá. ¿Dónde están las familias? —pregunta, y se dispone a levantarse de la silla.
Gabriel le indica con un dedo que espere.
—Están en el Cabo de las Huertas —explica.
Ha apoyado las manos en el escritorio y agachado la cabeza para hablar a su compañera en tono confidencial—.
Patricia, no podemos presentarnos allí sin más.
La nota exige a esos padres que no hablen con la policía.
Si acudimos con coches patrulla y equipos, podríamos estar cometiendo un grave error.
Patricia conoce lo suficiente a Gabriel para saber qué terreno está preparando con ese preludio tan meditado. Odia consentirle sus excentricidades, pero no ignora que es extraordinario en su trabajo. Ni que tiene razón. Claro que la tiene.
Lo escucha con atención, tragando saliva con cada palabra a medida que las ideas de su compañero le parecen más retorcidas. En ese momento, detesta ser la jefa del Grupo de Homicidios, un cargo que ha roto su estabilidad familiar y emocional.
Cuando termina de hablar, Gabriel adopta esa expresión seria que suele aparecer en su rostro cuando está convencido de que tiene razón.
Ella lo mira. No quiere decidir.
—Vamos a ver a Urriaga. Si él te da permiso, adelante.
El comisario Urriaga está leyendo las noticias en su ordenador.
Apenas le quedan unos meses para jubilarse y su mente ya está en otra parte: una casa de una sola planta en Altea, con vistas al Mediterráneo y espacio suficiente para disfrutar con su mujer, lejos del ruido de la ciudad.
Todo está planeado. Nada debería alterar ese final que aguarda desde hace tanto tiempo.
Alguien llama a la puerta.
Patricia Siles entra con paso firme, seguida por Gabriel Somoza, ese hombre que siempre parece arrastrar problemas consigo. Urriaga reprime un suspiro. El día promete ser largo.
—Más vale que sea importante —gruñe, y se acomoda en su silla.
Patricia toma asiento frente a él, con Gabriel a su lado. El comisario se fija en el leve temblor de sus dedos y en cómo recorre con los ojos la habitación, como si buscara algo que no está allí.
—Han desaparecido unos adolescentes y una madre ha venido a denunciarlo —empieza Patricia en ese tono controlado que emplea cuando necesita que la escuchen.
Urriaga alza una ceja. Con un gesto, le indica que continúe.
Patricia le cuenta todo lo que saben hasta ahora, que no es mucho, y también el plan del inspector Somoza. En esa última parte no muestra el mismo convencimiento.
—Gabriel tiene una propuesta para abordar el caso —añade con un hilo de voz.
—¿Qué clase de propuesta? —pregunta Urriaga con más brusquedad de la necesaria.
Antes de que Patricia pueda responder, su compañero se inclina hacia delante, con los codos apoyados en las rodillas, y contesta.
—Infiltrarme.
Urriaga lo mira como si hubiera perdido la cabeza.
—¿Infiltrarte? ¿De qué demonios estás hablando, Somoza?
—Los dos adolescentes viven en la misma urbanización de chalets. Si aparecemos allí, vamos a ponerlos en peligro. Sugiero que permita que me infiltre como el nuevo conserje. Fingiremos que el actual está de baja. Puedo encargarme de todo eso, pero no tenemos tiempo que perder, comisario.
Urriaga abre la boca para protestar, pero Gabriel sigue hablando.
—Los equipos técnicos irán de incógnito, con una furgoneta de reformas o algo similar. Nadie sospechará. Desde dentro podré observar, moverme sin restricciones y recopilar información sin levantar sospechas. Quizá le parezca una chapuza, pero me veo capaz de resolverlo antes de que sea tarde.
Urriaga lo interrumpe golpeando la mesa con la palma de la mano.
—¡Es una locura! Esa no es nuestra manera de trabajar, Somoza.
—Lo que sí sería una locura es que el secuestrador cumpla su amenaza y los chicos aparezcan muertos —interviene Patricia en un tono más frío de lo habitual.
El comentario queda flotando en el aire, cargándolo de incertidumbre. Urriaga se cruza de brazos y estudia a ambos inspectores.
—Esto no es un juego —advierte.
—Lo sabemos —responde Gabriel, tajante—. Pero si no hacemos algo ya, no tendremos ni una oportunidad.
Urriaga respira hondo y se pasa una mano por el rostro.
De repente, el calor del despacho le resulta sofocante.
Su mente se debate entre la prudencia y el instinto.
Una parte de él quiere rechazar el plan de inmediato, pero otra, más pequeña, sabe que no tienen muchas alternativas.
No se ha enfrentado a nada parecido en todos sus años en activo.
Finalmente, se inclina hacia atrás en su silla y mira a Patricia.
—¿Crees que puede funcionar?
—Sí. Gabriel tiene razón. No debemos poner en peligro a esos chicos y podemos trabajar sin llamar la atención. Yo me encargaré de coordinar todo desde fuera.
El comisario tamborilea con los dedos sobre el escritorio en un gesto involuntario.
—Está bien —dice por fin con voz grave—. Convoca a todos los que necesites en la sala de reuniones y pon el operativo en marcha ya.