La noche de los secretos (Trilogía de la Noche 2) Capítulo 1
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Capítulo 1

El inspector Gabriel Somoza sigue llevando una vida ermitaña en su casa de la Coveta Fumá, con el mar como único testigo de su rutina solitaria.

Desde que resolvió la misteriosa desaparición de Rafael Sierra, su reputación en el vecindario no ha hecho más que crecer.

Para muchos, es un héroe discreto. Alguien que, sin buscar la atención de nadie, despierta admiración y respeto.

La gente lo observa con curiosidad. Sin embargo, aunque son muchos los que intentan acercarse a él, Gabriel evita las conversaciones largas y las relaciones profundas.

A veces siente cierto remordimiento, pero no el suficiente para hacerle perder el sueño.

Durante los últimos meses ha trabajado en varios casos, todos menores en comparación con aquel que le devolvió el propósito que había perdido tras la muerte de su mujer y su hija.

Tener la mente ocupada es lo que lo mantiene con vida.

No rehúye la rutina; al contrario, la abraza con firmeza.

Se despierta, va a trabajar, vuelve a casa con Azabache, su fiel gato negro, y sale a correr tres veces por semana.

La inspectora Patricia Siles, una de las pocas personas que Gabriel aún conserva en su vida —además de sus padres—, le insiste en que debería salir más a menudo.

No se cansa de recordarle que encerrarse entre las paredes de su pequeño chalet no le hace ningún bien.

En opinión de Gabriel, ella no lo entiende.

Hace unas semanas se presentó en su casa y, literalmente, lo arrastró para invitarlo a cenar con unos compañeros de la comisaría.

Gabriel aceptó a regañadientes, más por complacerla que por genuino interés.

La cena resultó un desastre: charlas repletas de anécdotas que le parecían ajenas e insípidas, y un ruido ensordecedor.

Terminó excusándose temprano, dejando a Patricia con una mezcla de enfado y resignación.

Blanca, una mujer que conoció durante su anterior caso, ya no vive en la Coveta Fumá.

Se mudó después de la muerte de María, la anciana a la que cuidaba.

Sin embargo, ha intentado quedar con él en un par de ocasiones.

Su carácter afable y cercano parece revelar un fuerte interés por conocerlo más allá de las interacciones casuales.

Pero Gabriel es firme: no se siente preparado para abrirse a nadie todavía.

No echa de menos la compañía femenina ni el calor de una relación.

Tiene a Azabache y su trabajo, y eso le basta.

Por las noches se sienta delante de su escritorio para, bajo la tenue luz de una lámpara, revisar informes y documentos.

El murmullo del mar se cuela por las ventanas abiertas, rompiendo el silencio que reina en su hogar.

Gabriel halla en esa rutina una paz engañosa, consciente de que, en el fondo, lo que hace es huir: de los recuerdos, de las emociones que aún no puede enfrentar y de las personas que, sin saberlo, podrían devolverle aquello que ha decidido no recuperar. La esperanza.

La mañana del 10 de noviembre, sale de casa temprano, como de costumbre.

El trayecto hasta la comisaría le lleva aproximadamente media hora, tiempo durante el cual el silencio lo reconforta.

Antes de entrar, se detiene en la pequeña cafetería con la fachada de madera donde siempre compra su café solo para llevar.

El aroma de los granos recién molidos le resulta agradable, uno de esos pequeños placeres que sostienen su rutina diaria.

La camarera, que ya lo conoce, le entrega el vaso de cartón sin que tenga que pedirlo. Gabriel asiente con una leve inclinación de la cabeza en señal de agradecimiento y se encamina hacia la comisaría, aprovechando el calor del café para templarse las manos.

Al cruzar las puertas, percibe cierta agitación en el ambiente. Lucas, el agente encargado del control de accesos, lo informa sin rodeos de que una mujer lo espera. Sin hacer preguntas, Gabriel asiente y se dirige a su encuentro.

Antes de llegar a su despacho, distingue al fondo del vestíbulo a una mujer que se levanta de uno de los bancos. Su figura se recorta en la penumbra. Su rostro, marcado por la preocupación y las ojeras de quien ha pasado la noche en vela, le resulta completamente ajeno.

—Inspector Somoza —dice ella a la vez que se le acerca con pasos apresurados. Parece contener el llanto, y su voz temblorosa anuncia la urgencia de sus palabras.

Gabriel entrecierra los ojos para tratar de ubicarla en su memoria, pero ella no le concede el tiempo necesario.

—Soy Daniela. Daniela Vidal. Necesito hablar con usted. Cuanto antes.

Con un gesto, Gabriel asiente y la invita a seguirlo hasta su despacho.

Cuando cierra la puerta, se crea un pequeño refugio de silencio en medio del bullicio de la comisaría.

Se sienta frente a la mujer, cuyos gestos delatan inquietud.

Daniela juguetea con un pañuelo arrugado; lo frota, lo estruja entre sus manos.

—Sé que no debería estar aquí —comienza.

Mira al inspector con una mezcla de determinación y miedo mientras la voz le tiembla con el peso de la desesperación—.

Pero no puedo quedarme callada. Mi marido…

mi marido cree que debemos seguir las instrucciones.

Pero yo no. No me quedaré sentada sin hacer nada.

Gabriel interviene en un tono tranquilo pero incisivo.

—¿Qué instrucciones? No sé de qué está hablando. ¿Nos conocemos?

Daniela inspira hondo, como si cada aliento le supusiera un esfuerzo por reunir el coraje para hablar.

—No, no nos conocemos. Bueno…, yo a usted sí. Vi su foto en el periódico hace unos meses, por el caso de aquel hombre desaparecido que usted resolvió.

Gabriel asiente levemente. Aunque detesta la atención mediática, aquella vez fue inevitable. Con un gesto discreto de la mano, le indica que continúe.

—Se trata de mi hija y su novio. Han desaparecido. Y esta madrugada hemos recibido una nota. Decía que no debíamos acudir a la policía, que si lo hacíamos… —La voz de Daniela se quiebra en medio de la frase, y Gabriel nota cómo los labios se le contraen en un intento de contener las lágrimas.

—Tranquila. Tómese su tiempo —le dice con voz serena, ofreciéndole la oportunidad de recomponerse.

Daniela cierra los ojos un instante antes de continuar.

—Cuando esté lista, necesito que me cuente qué ha sucedido para poder ayudarla —añade el inspector Somoza.

La mujer inspira de nuevo y se llena los pulmones de ese aire frío que parece fortalecer su determinación.

—Mi marido no quiere arriesgarse; cree que debemos hacer lo que nos han pedido. Pero yo no puedo quedarme esperando sin saber si están bien, si están… vivos. Tenía que venir. Tenía que contárselo. Necesito que me ayude. ¡Por favor!

Gabriel la observa con atención. Cada palabra resuena en el aparente sosiego de su mente. Una corriente de tensión le recorre el cuerpo y acelera sus pensamientos.

—Ha hecho bien en venir —responde con calma, si bien con un matiz de urgencia en la voz—. Es preciso que me explique todo lo que sabe, con detalle. No vamos a poner a su hija ni a nadie en peligro, se lo prometo. ¿Ha hablado con alguien más?

—No, solo con usted. Bueno…, hemos hablado con los padres de Álvaro, eso sí. Son nuestros vecinos. Pero nadie sabe que estoy aquí, ni siquiera mi marido. Él cree que he salido a tomar el aire. Ya tengo dos llamadas perdidas suyas; debe de estar preocupado.

—Dice que recibió una nota. ¿La ha traído?

Daniela asiente, ahora incapaz de contener las lágrimas. Se las limpia con el dorso de la mano y saca del bolso un sobre que entrega a Gabriel. Él no lo toca de inmediato. Abre un cajón de su escritorio y se pone unos guantes de látex antes de cogerlo.

Extrae del sobre una hoja mecanografiada y la lee en silencio.

Daniela no le quita los ojos de encima. Está rota, pero en su expresión se vislumbra un atisbo de alivio fugaz, apenas un segundo antes de que la realidad vuelva a golpearla con furia.

Gabriel levanta la vista al terminar de leer y fija la mirada en el rostro de Daniela. Necesita un momento para procesar la información y pensar.

Patricia Siles está sentada frente a su escritorio.

La luz del monitor se refleja en sus ojos oscuros y acentúa la fatiga que le invade el rostro.

Lleva horas inmersa en un caso sin resolver de hace varios años; aunque prometió trabajar en él para dar consuelo a una familia destrozada, se ha estancado y se encuentra en un callejón sin salida.

A su derecha, el café matutino permanece a medio terminar, olvidado desde que revisó su correo sin hallar nada relevante.

La puerta se abre de golpe, interrumpiendo sus pensamientos y sacándola de su ensimismamiento. No necesita levantar la vista para saber quién es.

—Gabriel, lo de llamar antes de entrar es algo que debemos mejorar —dice con desgana.

Su compañero cierra la puerta y se sienta frente a ella sin esperar invitación. Su rostro, grave y sereno, refleja una preocupación que Patricia reconoce de inmediato. Es un hombre de pocas palabras, así que está segura de que lo que va a decirle es importante.

—Una mujer ha venido a verme. Me ha entregado esta nota —declara al tiempo que le tiende la bolsa de pruebas en la que ha guardado la carta.

Patricia la coge y lee el escrito a través del plástico transparente, absorbiendo cada palabra. Gabriel tiene ahora su atención; todo lo demás se desvanece ante la gravedad de la situación.

—Es de un secuestrador. Dos adolescentes no han vuelto a casa. La mujer dice que ha encontrado un sobre en el felpudo esta madrugada. En la nota se exige un rescate de doscientos cincuenta mil euros por familia y se advierte que no deben hablar con la policía.

Patricia parpadea con rapidez; la información le revuelve el estómago y la descoloca por completo. Nunca ha trabajado en un caso así. Hasta ahora, secuestros como ese le habían parecido exclusivos del cine. Lo primero que piensa es que se trata de una broma de mal gusto.