El final del camino #3
—Ya veo, ¡qué peligro tenéis los dos juntos!
—exclamó Milene—. Y hablando de la Benemérita…
Por lo que ha llegado a mis oídos, tampoco estaban demasiado contentos en la Comandancia de Santander ni en la Compañía de Santoña.
Pero hubo una llamada del ministro del Interior para calmar los ánimos entre los mandos de la Guardia Civil y felicitar a toda la unidad de policía judicial por el trabajo realizado, como si ya no hubiera nada más que rascar.
Todos los casos se dieron por finiquitados, le cargaron el mochuelo al desgraciado de Damián y aquí paz y después gloria.
—Lo que yo decía… Lo siento, pero si me conoces un poquito sabrás que yo no soy de estarme quieto. Y lo de cumplir órdenes absurdas tampoco va conmigo, aunque tendré que mirar por mi futuro.
—¡Pero Koldo! No quiero que te metas en líos, ten cuidado. Menos mal que trabajamos en cuerpos militarizados donde se supone que acatamos las órdenes de nuestros superiores.
—Sí, ya lo sé. Es que eso de obedecer sin rechistar tampoco se me ha dado nunca demasiado bien. Pregúntale si quieres a mi ama , ella te lo confirmará.
—Ya somos dos, tampoco estoy de acuerdo con este final. Aquí hay algo más que no hemos sido capaces de averiguar. Para empezar, no sabemos quién es el inductor.
—¿El inductor? —preguntó entonces Koldo—. Me suena a título de telefilm, o de novelas de las que escribe tu amiga Miriam. ¿A qué te refieres exactamente?
—Roncero tiene la pedrada de que todo esto lo organizó y financió alguien importante, un tío con recursos que proporcionó los medios para llevar a cabo los asesinatos.
Piénsalo bien: armas, vehículos, matrículas falsas, teléfonos no rastreables, productos químicos para borrar huellas, paralizar o adormecer víctimas, etc.
Damián era un don nadie y el ninja silencioso, como tú le llamas, tampoco parece que sea la mano que mece la cuna.
—¿Y entonces? No pensarás que el empleador del chófer, ese supuesto ricachón que contrató a Damián y que vivía en la margen derecha, es el causante de todo este desastre.
—¿Por qué no? Roncero opina que ese tipo organizó algún tipo de competición entre dos hombres, Damián y el otro individuo, pero que al final todo se torció.
No conseguimos encontrar esa relación entre el asesino confeso y ese honrado ciudadano, vecino de alguna de las mejores zonas de la costa vizcaína, pero creemos que ahí está el quid de la cuestión.
El camino comenzaba a empinarse y la conversación se detuvo unos instantes mientras tomaban aire para continuar la ascensión a una pequeña loma.
La senda se estrechó e incluso tuvieron que ayudarse a subir por medio de una cuerda colocada de forma estratégica para que los excursionistas pudieran sobrepasar el repecho.
El sendero se allanó poco después y siguieron caminando mientras retomaban la interesante charla.
—No sé vosotros, pero en Bilbao se dio carpetazo al asunto y el caso se ha archivado sin que se pueda acceder siquiera a sus informes.
Mucho secretismo me parece a mí, y eso es lo que de verdad me escama.
Igual hay algún otro político involucrado, como el tipo aquel que perseguíamos en Santander por acosar a la escort asesinada, aunque en realidad solo era un corrupto con la boca demasiado grande.
Por lo menos a ese sí le han pillado y pasará unos cuantos años a la sombra.
—Ya, pero eso es lo de menos. Me da rabia que esto haya quedado así, sobre todo sabiendo que casi muero en manos de ese tipo. Un individuo con infinidad de deudas que no sabemos si se vio obligado a realizar aquellas salvajadas por una mente criminal superior a la suya que le manipulaba a voluntad.
—Eso tampoco te lo compro, nadie le obligó a crucificar a aquella pobre chica en la ría de Bilbao.
Ni a secuestrarte a ti y montar toda esa parafernalia en Aixerrota.
Mancillaron uno de los paseos más bonitos de todo el litoral vasco, un lugar que imagino que no tendrás muchas ganas de visitar en una buena temporada.
—Imaginas bien, Koldo. Pero volviendo a lo de antes… ¿A qué no sabías que la familia de Damián ha desaparecido de la faz de la Tierra?
—Hombre, no es plato de gusto que te señalen por la calle sabiendo que son parientes del asesino que ha atemorizado a media cornisa cantábrica. Seguro que se han largado de Castro por eso, no pienses mal.
—Ya, pero casualmente alguien pagó sus deudas de forma anónima. Y ellos vendieron el chalet en un tiempo récord y se largaron hacia un destino desconocido, supongo que para empezar de cero. A mí me suena a algún tipo de acuerdo con el gran hombre.
—No estamos persiguiendo a la mafia, Milene. Ambos hemos visto y leído demasiadas historias policíacas y de misterio, no me seas peliculera. Y además, tampoco podemos hacer nada para remediarlo.
—No, tienes razón. Solo permanecer atentos por si esa mente superior vuelve a hacer de las suyas.
Si en verdad ha tenido que esconderse por una temporada para no llamar la atención sobre su persona, después de idear la mejor coartada cargándole todas las culpas a un muerto, puede que algún día pretenda volver a las andadas.
Cosas más extrañas se han visto en la historia del crimen.
—Mejor nos olvidamos por ahora, si es que soy capaz. No quiero tener problemas de nuevo con mis superiores, en bastantes jaleos me he metido ya a lo largo de mi carrera. Así que mejor nos estamos quietecitos y volvemos a lo nuestro, ¿no?
—Pues sí, eso creo. Prefiero algo más tranquilito después de tantas emociones. Aunque el trabajo en la UCO tampoco sea el más sencillo del mundo.
—Ya imagino, espero que al menos no te pongas en peligro. En cuanto a mí, creo que los nuevos casos en Vizcaya tienen que ver con el narcotráfico y las peleas entre bandas, así que me tendrán entretenido el resto del verano.
—Ya veo, tampoco te vas a aburrir demasiado.
—Eso parece. Ah, y no me vuelvas a dar esos sustos, te lo ruego. No tuve tiempo ni de pensarlo cuando salí en tu búsqueda, pero pasé mucho miedo al saber que te habían secuestrado. Nunca me habría perdonado si te hubiera sucedido algo por mi culpa.
—Tú no tuviste la culpa de nada, Koldo. Demasiado hiciste jugándote la vida de esa manera, la verdad es que cada vez que lo pienso…
Milene se había detenido de nuevo y posó la mano en el brazo de Koldo de un modo amistoso, agradeciéndole lo que hizo por ella.
El subinspector pareció azorarse y farfulló alguna palabra ininteligible antes de salir del paso.
Tal vez la chica se equivocara, pero seguía existiendo una química especial entre ellos, una tensión que se podía cortar con un cuchillo.
Quizá no fuera el momento adecuado, pero tampoco quería dejarlo pasar.
De todos modos, no le dio tiempo a reaccionar.
—Vaya, por fin hemos llegado a la encrucijada que nos llevará hasta una de las maravillas de Cantabria.
Milene miró a su alrededor y se encontró con la visión de impresionantes acantilados de roca caliza que desafiaban al Cantábrico, erosionados por la acción del agua y el viento sobre su superficie. Pero ignoraba la verdadera meta a la que se acercaban.
—¿Te refieres al misterioso sitio en el que podremos bañarnos en medio del monte?
—El mismo, ya lo verás. Y espero que tus rodillas y cuádriceps se encuentren en buena forma. Tenemos una buena ristra de escalones para llegar a nuestro destino.
—¿Escalones? —preguntó confusa Milene—. No sé dónde narices me llevas, al final me voy a arrepentir de acompañarte.
—No te preocupes, ya verás cómo merece la pena el paseo. Tú ve con la mente abierta y sígueme. ¡Te va a encantar!
Un poco más allá, Milene fue por fin consciente de su destino. Muchos metros más abajo, sobre un promontorio rocoso que desafiaba al mar adentrándose aguas adentro, se topó con la belleza de un faro que parecía anclado en el tiempo.
—¿No pretenderás que bajemos hasta allí, verdad?
—Son setecientos sesenta y tres escalones de nada, es pan comido. El recorrido es una pasada y al llegar junto al Faro del Caballo me agradecerás el esfuerzo.
—¡Madre mía! Me estoy arrepintiendo antes siquiera de comenzar el descenso. Como después no haya otra manera de salir de allí y tengamos que volver a subir hasta aquí no vas a tener monte para correr…
—¡No me seas aguafiestas, Milene! —soltó Koldo mientras comenzaba a bajar sin esperarla—. Ánimo, que no se diga.
Milene fue descendiendo a su ritmo, sin agobios, recreándose también con el paisaje a su alrededor.
Koldo tenía razón y el lugar era mágico, merecía mucho la pena.
Claro que las agujetas del día siguiente, justo cuando se reincorporara al trabajo, no iba a quitárselas nadie.
Algo que tendría que agradecerle al ertzaina, al que se le veía muy risueño.
No había un escalón igual en toda la bajada, cada uno de una medida diferente, lo que motivaba que tuvieran que variar el ritmo.
Se toparon también con tramos de escalera más inestables que otros, en los que podían agarrarse a una cuerda situada a lo largo de ese recorrido a modo de improvisado pasamanos para descender con mayor seguridad.
Algunos de esos escarpados escalones fueron algo complicados, pero poco a poco se acercaron hacia la península en la que se enclavaba el Faro del Caballo, rodeados de aguas turquesas por doquier.
—¡Buff, qué pasada! —exclamó Milene al llegar por fin a su destino.
Un escenario de película se mostraba ante ellos en todo su esplendor.
Se encontraban ante una especie de plataforma sobre el mar, una azotea aledaña al faro propiamente dicho, en el que los visitantes podían tomar el sol en un entorno inigualable.
Y entonces Milene fue por fin consciente del verdadero propósito de Koldo al llevarle hasta allí.
—¿Ves cómo te podías bañar dentro de la ruta del Buciero?
—¡Serás capullo! Eso se avisa antes, no me lo esperaba…