La noche de los perdedores (Bermejo y Roncero 6) El final del camino #2
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El final del camino #2

Y allí se encontraba Milene de nuevo, resguardada a la sombra bajo las faldas del monte Buciero, esperando a su caballero andante.

Un déjà vu pareció querer adueñarse de su mente al evocar su anterior reunión en idéntico enclave con el mismo acompañante, pero la chica alejó esos pensamientos de su cabeza.

Borrón y cuenta nueva, quiso pensar, se lo habían merecido con creces.

Nada de regodearse en el pasado y en lo que podría haber sucedido si las decisiones tomadas hubieran sido distintas.

Ya no había forma de cambiarlo, por lo que solo le quedaba mirar hacia delante.

La joven se preparó para la ocasión con un conjunto deportivo muy sugerente que había adquirido recientemente en Madrid: unos shorts cortitos y un top de color fucsia, todo muy ajustado para resaltar su estupenda figura y tejido en unos tonos que destacaban al contraste con su piel morena.

Solo esperaba que el atuendo no fuera demasiado cantoso y asustara al bueno de Koldo.

Y por si acaso, recordando la anterior visita al Buciero, se había puesto debajo un biquini que tampoco dejaba mucho lugar a la imaginación, por si finalmente se bañaban en ese misterioso lugar mencionado por el subinspector.

—¡ Kaixo , Milene! —exclamó Koldo nada más verla—. ¿Cómo estás?

—Muy bien, aquí esperándote desde hace un rato —contestó la chica mientras le guiñaba un ojo a modo de broma.

—Ya te veo, estás estupenda.

El ertzaina dijo estas palabras con algo de rubor en sus mejillas, tal vez nervioso al juntarse de nuevo después de los sinsabores sufridos.

De todas maneras ese detalle no evitó que le hiciera un escaneo completo al llegar a su altura.

Hubo entonces un momento extraño entre los dos, ante el amago de saludarse con dos besos tras encontrarse después de tanto tiempo, que finalizó con un torpe abrazo no demasiado efusivo que ninguno de los dos quiso prolongar demasiado.

—Aquí estamos de nuevo, esperemos que hoy nos dejen finalizar nuestra excursión —afirmó Milene.

—Sí, eso estaría bien. Tú sigues de permiso y yo no pienso contestar al móvil a no ser que caiga un meteorito, que es lo único que nos falta en los últimos tiempos después de una pandemia, un volcán, una guerra y una crisis global.

—Ni se te ocurra mencionarlo, por favor… Tengamos la fiesta en paz.

—Tienes razón, mejor solo hablemos de temas inocuos. Eso sí, me permitirás preguntarte por tu recuperación, o eso espero al menos. ¿Qué tal la garganta?

Milene se llevó la mano al cuello de forma inconsciente, acariciando la marca que le había quedado tras su encuentro con aquella soga que debía acabar con su vida.

—Perdona, soy un idiota. No quería recordarte lo que…

—Tranquilo, no pasa nada. Ya estoy mejor, tuve mucha suerte.

Si no llega a ser por vosotros no lo hubiera contado, os estaré eternamente agradecida.

Solo me ha quedado una pequeña marca que los médicos esperan que desaparezca del todo con el tiempo, al igual que esta voz de recién levantada con la que tengo que convivir de momento.

—A mí me parece muy sexy ese tono grave, pareces una locutora de un programa nocturno de radio.

—Menos coñas, Galarza, o tendrás que enfrentarte a mi furia. Bueno, habrá que comenzar la caminata un día de estos, ¿no?

—Claro, allá vamos. Hoy parece que el calor va a apretar de lo lindo, menos mal que hemos quedado a primera hora. Si no tardamos demasiado podremos disfrutar de una ruta más solitaria antes de que esto se llene de turistas.

Los dos jóvenes recorrieron los mismos senderos por los que comenzaron a transitar la vez anterior, esta vez de forma más tranquila.

Milene no quería forzar demasiado tras regresar de su baja médica e intuía que Koldo tampoco impondría un fuerte ritmo.

Se lo tomarían como un paseo por aquel entorno maravilloso que ya la cautivó en su anterior visita.

Bromearon por el camino, mientras charlaban sobre temas intrascendentes y soltaban chascarrillos sobre personas que ambos conocían, como la guardia Carmen o el subinspector Aguirre. Y claro, una cosa llevo a la otra y acabaron hablando del caso que les había vuelto a reunir después de tantos años.

—Ya sé que habíamos prometido no hablar del tema, pero me gustaría saber qué tal por la comisaría de Erandio tras finalizar la investigación.

—Pues no te voy a engañar, Milene, durante esos días se respiraba un ambiente extraño en la sede central.

Sí, los mandos se felicitaban por el éxito de la misión e incluso se habló de condecorarnos a Ander y a mí por nuestro desempeño, pero afortunadamente les quitamos esa idea de la cabeza.

Nosotros no queríamos ser protagonistas, solo hicimos nuestro trabajo.

—Sí, claro, pero si no es por vosotros yo no estaría aquí vivita y coleando. Ya sé, ya sé, no lo voy a repetir de nuevo, esto lo hemos hablado antes. Y la deuda de gratitud que tengo contigo será eterna, eso lo puedes tener claro.

La pareja se había parado en lo alto de una loma, justo frente al mirador de Punta del Águila.

Desde allí se divisaba la belleza salvaje del imponente arenal de Berria, el penal del Dueso y al fondo se adivinaban también las playas de la vecina Noja.

Milene miró entonces a Koldo directamente a los ojos, y quiso transmitirle en silencio lo que de verdad significaba para ella el sacrificio que el joven bilbaíno realizó para salvarla.

Koldo carraspeó, tal vez nervioso ante esas pupilas profundas del color del mar embravecido con las que la chica pretendía impresionarle, y prefirió cambiar de tema mientras abandonaban el mirador y seguían adelante con su excursión.

Dejaron atrás el Faro del Pescador y tras salir de la pista asfaltada se adentraron en un frondoso encinar, un bosque cantábrico repleto de laureles y madroños que jalonaban todo el recorrido.

—No te preocupes, me debes una y ya está. Seguro que en un futuro tendrás oportunidad de resarcirte, aunque espero que no sea porque también a mí me ha capturado un serial killer .

—¡Serás idiota! —contestó Milene mientras le golpeaba cariñosamente en el hombro—. Pero no te escapes, me decías que había un ambiente extraño en Erandio.

—Sí, fue todo muy raro. El asesino confesó y se declaró culpable de todos los crímenes, muy conveniente para todos. Y después se suicidó en su celda sin que nadie se percatara de nada. Algo que les vino de miedo a los que tenían ganas de zanjar el tema cuanto antes.

—¿Y tú no crees que se haya cerrado el asunto?

—Por supuesto que no, y me extrañaría si tú pensaras lo contrario. No creo que ese pobre infeliz cometiera todos los crímenes, ni por asomo. Y sobre todo, me niego a pensar que no hubiera nadie más detrás de esta ola de asesinatos.

—Sí, estoy de acuerdo contigo. Y en mis conversaciones con Roncero y Miriam llegamos a la misma conclusión: nos la han jugado.

—¡Por fin alguien cuerdo en medio de toda esta locura! ¿Y qué opina el gurú de la UCO?

—Venga, no te metas con el bueno de Pablo, él solo quería ayudar.

En cuando la noticia de aquella confesión tan oportuna llegó a oídos de la UCO, Roncero tuvo claro que allí había gato encerrado.

El tal Damián no se ajusta al perfil que había trazado el capitán para los crímenes de La Ojerada y Solares, allí actuó otra persona.

—Seguramente, el tipo de la furgoneta negra, el que se movía como un ninja entre las sombras. Pero mis jefes no quisieron saber más del tema, por mucho que insistí en ello.

—¿No me digas que volviste a las andadas?

—Pues sí, que le vamos a hacer, soy un cabezota.

No me podía creer que todo el mundo se tragara aquella patraña.

Me sucedió lo mismo que cuando quise investigar el misterioso secuestro de Basurto, donde casualmente yo llevaba la razón.

En esa ocasión, mi jefe me ordenó no seguir indagando y aquí tres cuartos de lo mismo.

A todos les interesaba enterrar el asunto, ya teníamos al culpable para los medios.

Y encima se había quitado de en medio él solito, menuda casualidad.

Un ahorro para las arcas del Estado, así no había que celebrar un juicio que iba a molestar a mucha gente.

—Y no has sido capaz de estarte quieto, claro. Al final van a abrirte un expediente disciplinario o algo peor, déjalo correr.

—Dicen las malas lenguas que Orbea se está pensando si expedientarme o no. Y mira, si al final lo hacen tampoco me voy a asustar. Apechugaré con el castigo y ya está. O me buscaré la vida por otro lado, el mundo no se acaba en la Ertzaintza.

—Venga, no pienses así. Seguro que al final no pasa nada, solo tienes que dejarlo correr.

—Eso me dice la razón, pero mi instinto va por otro lado. Y encima, tras comentarlo con el asesor especial antes de que se marchara de Bilbao, me vi reforzado en mi tesis.

—¿Te refieres a Bermejo? —preguntó Milene sorprendida.

—El mismo. Al final terminamos por congeniar, aunque al principio no le diera mucha bola.

Acabamos por tomar unos vinos en el Casco Viejo, por despedirse de Bilbao, junto a otros compañeros de la comisaría.

Y ya sabes, una cosa llevo a la otra y terminamos dándonos un buen homenaje gastronómico con chuleta de a kilo incluida.

—Ya veo, hay que mantener a tono esos corpachones. ¿Y qué opina Bermejo?

—No te creas que yo le metí en canción ni nada parecido, él ya venía mosqueado también.

Al final se nos soltó un poco la lengua a ambos con el vino y acabamos despotricando de todo el mundo.

Llegó a comentar que tal vez tuviera que ofrecer sus servicios al mejor postor, Guardia Civil incluida, que estaba un poco harto de tanto politiqueo.

Un rato después cambió de tercio y afirmó que igual dimitía de su cargo y montaba una agencia de detectives.

El alcohol hace estragos, incluso me aseguró que contaría conmigo llegado el momento.

No le hice mucho caso, aunque nunca se sabe.