El final del camino
Habían pasado ya cuatro semanas desde la fatídica noche de Punta Galea y los acontecimientos que sucedieron en el entorno del molino de Aixerrota, una experiencia traumática que Milene Oliveira jamás olvidaría.
Gracias al empeño de Koldo pudo salvar la vida, aunque en su rescate hubo otros compañeros que tuvieron que poner toda la carne en el asador para que la misión llegara a buen término.
Milene quería regresar a Santoña tras un mes alejada de la población cántabra.
Después de la detención de José Damián Pérez Tornero fue trasladada de urgencia, en el mismo helicóptero que se convirtió en el artífice del pequeño milagro, hasta el hospital de Cruces.
Allí permaneció varios días para curarse de la traumática experiencia.
La cuerda que aprisionaba su garganta dejó marcas profundas en la piel de su cuello y estuvo a punto de asfixiarla, pero las autoridades vascas llegaron en el momento oportuno.
También tenía quemaduras leves de primer grado en pies y pantorrillas debido a las llamas que comenzaron a lamer su cuerpo instantes antes de su liberación.
Tuvo suerte de caer fuera del círculo de fuego que el asesino había preparado a su alrededor en aquella pira funeraria que debía acabar con su vida mientras moría a la vez por estrangulamiento.
Milene no era muy consciente de lo sucedido junto al molino, cuando los agentes del Grupo Especial de Intervención de la Ertzaintza irrumpieron en La Galea.
Los efectos de la droga proporcionada por el asesino antes de abandonar el Puerto Viejo provocaron una nebulosa en su mente que le impedía recordar muchos detalles, por lo que tuvo que fiarse de lo que le contaron después Koldo y Aguirre, el otro subinspector que ayudó en su rescate.
La alocada persecución de Galarza a lomos de un patinete eléctrico consiguió entretener al criminal y orientar al resto de las Fuerzas de Seguridad para dar con el paradero de la desaparecida.
Por lo que le contaron a Milene, Aguirre se unió al equipo de intervención para ayudar a salvarla.
De ese modo se convirtió también en un espectador de excepción, situado en primera línea de batalla, de lo que ocurrió junto a los míticos acantilados de Punta Galea.
Según la narración de los ertzainas, todo se torció en un instante.
En el momento en que el asesino se vio a merced de las fuerzas del orden, quiso morir matando y casi provocó una tragedia.
Encendió la fogata que rodeaba a la chica mientras le daba una patada al improvisado taburete sobre el que Milene se sostenía a duras penas para que perdiera pie y se ahorcara de forma inmisericorde.
Aguirre apremió entonces a los hombres, que ya se aprestaban para bajar del helicóptero, lanzándose incluso antes de tomar tierra.
Pero no había tiempo material para efectuar el operativo completo, la chica podía morir en cualquier momento.
El jefe del escuadrón tomó entonces una determinación que a la postre resultó correcta, aunque muy arriesgada en esas condiciones de inestabilidad.
El helicóptero no se había posado sobre el césped y las fuertes rachas de viento que castigaban a esas horas la costa, unido a la escasa visibilidad en la zona, no ayudaban precisamente a tomar una decisión tan complicada.
El oficial no se amilanó y tiró de galones, sin encomendar la misión a ningún subordinado.
Mientras sus hombres se lanzaban desde el aparato para capturar al criminal y asegurar el perímetro, él asumió la tarea más difícil: salvar a la rehén.
Preparó uno de los rifles de precisión que llevaban a bordo y efectuó un disparo complicado que podía haber acabado en desgracia.
Afortunadamente, el tiro dio en el blanco y segó la cuerda a unos treinta centímetros por encima de la cabeza de la víctima.
Milene se desplomó entonces como un fardo, con la suerte de que su cuerpo rebotó al chocar contra el taburete, por lo que no cayó dentro de la fogata y las quemaduras resultaron solo de carácter leve.
Por lo que le contó Koldo después en el hospital, el subinspector llegó al entorno de Aixerrota justo en el momento del disparo salvador.
Les había perseguido en aquel vehículo improvisado por las calles de Algorta e hizo el último kilómetro cuesta arriba y a marchas forzadas con las pocas fuerzas que le quedaban tras lanzar el patinete contra ellos.
Una carrera contrarreloj que finalmente logró salvar su vida con la ayuda de sus compañeros en la Ertzaintza.
En el hospital recibió otras visitas ilustres, como la de su superior en la UCO, el capitán Roncero, recién llegado de Estados Unidos.
El oficial se mostró preocupado por su estado de salud y lamentaba que su pupila, ya que él se encontraba en Nueva York durante esos días, hubiera sufrido las consecuencias de enfrentarse a semejante psicópata sin su ayuda.
Algo que Milene no le echó en cara, asegurándole que se encontraba bien y que le podía haber pasado algo similar en cualquier otro operativo, con o sin su presencia en el mismo.
Incluso se pasó por el hospital de Cruces para interesarse por su estado el coronel Antúnez, aunque casi por obligación, pero la joven no se lo tuvo en cuenta.
Sí agradeció el gesto más cercano y cariñoso de Bermejo, el antiguo inspector reconvertido en asesor ministerial, que acompañó un día a Roncero para saludarla y desearle una pronta y completa recuperación.
Tras abandonar el hospital vizcaíno, al que acudieron enseguida los padres de Milene desde Suances para velar por su estado, la familia Oliveira regresó al completo a Madrid.
La cabo de la Benemérita siguió recuperándose en la capital de España, primero en una clínica privada y después en casa, rodeada de los suyos.
Recibió el alta médica unos días después pero, en connivencia con sus mandos, la joven decidió prolongar su ausencia del trabajo con unos merecidos días de vacaciones.
Casi un mes después de acabar con los horribles crímenes que asolaron la cornisa cantábrica a principios del verano, Milene regresó al norte.
Quería despedirse de todos los compañeros con los que había trabajado en el operativo, ya fueran de la Guardia Civil o de otros cuerpos.
Se incorporaba a su puesto de trabajo en Madrid a la semana siguiente y decidió viajar hasta Cantabria unos días antes.
Así pasaría el fin de semana en la comarca, por lo que se preparó para ser el centro de atención cuando apareciera por las instalaciones de la Guardia Civil en Santoña.
También necesitaba alejarse del infernal calor que azotaba Madrid durante esos días, aparte de olvidarse de lo sucedido y visitar a ciertas personas.
Le apetecía mucho reencontrarse con Carmen, su compañera temporal de piso y trabajo que ya se había convertido en una buena amiga.
Y, por qué no, también tenía ganas de volver a ver a Koldo, ese desgarbado mocetón vasco que lo había dado todo por intentar salvarla.
Aun costándole tragar y hablar durante aquellos primeros días en el hospital, recordó entonces Milene, la chica tuvo que aguantarse la risa ante las payasadas de Koldo y Aguirre.
Los médicos le habían aconsejado forzar lo menos posible las cuerdas vocales y cuidar su garganta, pero con aquellos dos era imposible.
Al final les prohibirían visitarla en su habitación si seguían comportándose de esa manera, eran incorregibles.
Los dos subinspectores escenificaron delante de ella, en tono de broma, la surrealista persecución de Koldo a lomos de un corcel eléctrico expropiado de cualquier manera a un chaval en la calle.
Milene fue enseguida consciente de lo peligroso de la situación y de que los dos ertzainas se comportaban de ese modo delante de ella para quitarle hierro al asunto.
Pero las miradas que le lanzaba Koldo, entre preocupado y aliviado por el resultado y, sobre todo esos silencios que llenaban el espacio a su alrededor, le confirmaron lo que ya intuía: había tenido mucha suerte y podía considerar que había vuelto a nacer en La Galea.
Y ese mismo día, en la jornada previa a su vuelta a Madrid, regresaba al monte Buciero, un lugar del que atesoraba un recuerdo agridulce.
Sonrió al rememorar su agradable paseo junto a Koldo en aquel entorno salvaje entre el mar y la montaña, sin poder evitar que sus pensamientos se dirigieran hacia el motivo por el que tuvieron que abandonar la excursión: una llamada de la Comandancia de Santander referente al caso en el que trabajaban, el mismo por el que casi había fallecido en acto de servicio.
En la capital también había recibido después el cariño de sus compañeros en la unidad de élite.
Sobre todo por parte del capitán Roncero y su pareja, Miriam Monfort, cuando Milene regresó a Madrid para su completa recuperación.
Ella se flagelaba delante de sus amigos, sobre todo por haberse dejado capturar como una pardilla por alguien que no podía considerarse un delincuente habitual, pero que derivó en un peligroso asesino en serie que puso en jaque a la vez a dos cuerpos de seguridad del Estado.
Roncero se metía con ella y ambos bromeaban sobre diferentes investigaciones, asegurándole el capitán que él había sufrido más que ella cuando se enfrentó al célebre Jasón.
Milene no estuvo de acuerdo con esta teoría y Miriam le dio la razón, para disgusto del oficial de la UCO, ya que las dos mujeres se aliaron contra él.
Eso sí, Milene no consiguió convencer a Miriam para que se olvidara de escribir una novela que contara lo ocurrido en un caso tan reciente, ya que la periodista y escritora se quería guardar esa carta para un futuro próximo.