La noche de los perdedores (Bermejo y Roncero 6) Una investigación inacabada
95%

Una investigación inacabada

Su periplo por el País Vasco y Cantabria había terminado con un sabor agridulce, y eso que el asesor ministerial intentó mejorarlo con una extraordinaria comida de despedida en un afamado restaurante de Bilbao junto a algunos integrantes de la investigación dentro del cuerpo de la policía autonómica vasca.

Francisco Bermejo no estaba demasiado satisfecho con la resolución del caso, si es que aquel final tan abrupto podía considerarse como una investigación finiquitada.

Ni siquiera se encontraba conforme con su papel de enlace entre las diferentes fuerzas de seguridad y el propio ministerio del Interior.

Y para rematar su desazón, aquel borrón y cuenta nueva generalizado le había terminado de agriar el carácter, como si todo lo sucedido durante las últimas semanas en la cornisa cantábrica nunca hubiera tenido lugar.

Cuando vio el cariz que tomaba el caso tras la muerte del único sospechoso, Bermejo quiso hablar con Orbea.

El comisario le dio largas durante días y, cuando al final pudieron reunirse, solo le ratificó que cumplían órdenes de arriba.

Tampoco le fue mucho mejor con la Guardia Civil, ni en la unidad de policía judicial de Santoña ni en la Comandancia de Santander.

Aquel comportamiento tan errático de todos los involucrados terminó por escamarle del todo.

Al parecer, los altos mandos policiales de ambos cuerpos, en connivencia con los consejeros de Interior de las dos comunidades autónomas afectadas y secundados por el propio Ministerio del Interior, habían decidido echar una capa de tierra sobre el asunto.

Ya tenían un culpable de cara a la opinión pública, aunque hubiera muerto en la cárcel en circunstancias extrañas que impedirían su juicio, pero nadie quería echar más leña al fuego.

Ni siquiera los familiares de las víctimas se quejaron y asumieron como buena la versión oficial.

Pero Bermejo, al igual que algunos de los investigadores involucrados, sabía que allí había gato encerrado.

Intuía que a esas grandes empresas, que cotizaban en bolsa y tenían que rendir cuentas a sus accionistas, no les apetecía lo más mínimo seguir en el ojo del huracán.

Un final al parecer muy conveniente para todos, algo que terminó por escamar al antiguo inspector.

Su olfato de sabueso, aunque algo oxidado por el paso del tiempo y la falta de estímulos policiales, le decía que allí había todavía mucho por escarbar.

Y con esa situación tan anómala se lo llevaban los demonios, ya que debía limitarse a cumplir las órdenes recibidas y olvidarse del tema.

De regreso a Madrid, tuvo que rendir cuentas ante su jefe, Mardones. El secretario de Estado pareció recibirle de buen humor, algo que terminó por descolocar a Bermejo.

—No te calientes más la cabeza, Paco, todo ha terminado. El asesino ha pagado con su vida los crímenes cometidos, los familiares de las víctimas han podido enterrar y honrar a sus muertos y las grandes empresas vuelven a la normalidad. Y aquí paz y después gloria.

—¿Y os da lo mismo que pueda haber un asesino por ahí suelto? —preguntó cabreado Bermejo.

—Eso está por ver, amigo. Yo no termino de comprar las tesis de tu amigo Roncero, ya he hablado también del tema con Antúnez.

El viejo coronel no es tan reticente como vosotros, pero le ha costado cerrar el tema, ha habido que apretarle un poco más de la cuenta.

Al parecer, el capitán, tras regresar de Nueva York, le ha vuelto loco con sus historias de un duelo de asesinos y alguien poderoso que maneja los hilos desde las sombras.

—Sabes que a veces no sigo todos los razonamientos de Roncero a la primera, su cerebro va a demasiada velocidad para mí.

Pero en esta ocasión estoy de acuerdo con su idea, aquí hay más gente involucrada.

Han pasado demasiadas cosas en la costa norte durante este verano, no podemos creer que todo sea debido a ese desgraciado que supuestamente se ha quitado la vida en la cárcel.

—¿Tampoco te crees la autopsia del tal Damián? Los forenses dicen que se suicidó, sin ningún género de dudas.

—Eso se puede simular, ya lo sabes; para mí que le ayudaron a quitarse de en medio, si es que esa era su idea inicial.

—De verdad, no veas fantasmas donde no los hay.

—Ya, y por eso la familia le ha incinerado a toda prisa, por si en algún momento alguien solicita una segunda autopsia. Y también he podido confirmar que han pagado sus deudas, vendido la casa a escape y desaparecido de la circulación. Todo muy conveniente, no me lo trago.

—Pues es lo que hay, Paco. Lo siento, pero son lentejas.

—Si tú lo dices, jefe… —soltó Bermejo con retintín—.

Creo que a Orbea también le ha salido una mosca cojonera en su comisaría que no da su brazo a torcer.

El subinspector Galarza tuvo razón desde el principio con su teoría sobre aquel extraño secuestro fallido en Basurto y ha seguido la investigación al milímetro.

En sus pesquisas junto a la cabo Oliveira dieron con algunas claves que no se deberían olvidar.

Creo que es nuestra obligación, no podemos dejarlo pasar.

—En serio, Bermejo, no me quiero enfadar contigo. Has hecho un buen trabajo y ya está, es agua pasada. Cumple con lo que te he dicho y mantente alejado de esta investigación, es una orden.

—¿Y si no? Igual voy a hablar con Galarza y Oliveira, seguro que Roncero me secunda y Antúnez puede reabrir el caso desde la UCO.

—¡Ya está bien! —soltó Mardones, enfadado—. Tengamos la fiesta en paz, por favor. Yo estaba de buen humor y me estás tocando un poco las narices, por decirlo finamente. Ah, y te aconsejaría que no metieras tampoco en un lío a nadie.

—¿A qué te refieres? No sé por qué yo…

—¿No lo sabes? —preguntó Mardones con chulería—.

He sido tu jefe durante muchos años y creo que valoras nuestra amistad.

Y te pido por favor que te olvides de esto, el expediente ya se ha archivado y nadie puede acceder a él.

Mejor dejas en paz a Galarza y a su jefe, al que yo mismo he tenido que calmar para que no abriera un expediente disciplinario al subinspector.

—¿En serio? Hombre, sé que Koldo parece un hombre vehemente, pero es buen policía. De hecho, a mí no me recibió de muy buen grado al principio, pero creo que me lo gané con el paso del tiempo. Y si insiste en el tema por algo será…

—Pues eso, cada palo que aguante su vela y no te metas donde no te llaman.

En Erandio no tienes nada que rascar, aparte de que no acudirías como asesor ministerial, ya que te revoco el permiso ipso facto .

En el País Vasco están conformes con el resultado y allí nadie quiere que se reabra el caso bajo ningún concepto.

—A no ser que aparezca otro cadáver mediático que no puedan ocultar.

—¡Joder, no seas cenizo! Se ha terminado, no tengo nada más que hablar contigo —dijo Mardones desabrido—. Y ahora, si me disculpas, tengo otros asuntos que atender. Vete a casa y descansa. Ya hablaremos más adelante para buscarte alguna otra ocupación.

Bermejo no se arrugó ante el ultimátum de su jefe.

Después de tantos años de servicio público, no se iba a arredrar por una pequeña discusión con Mardones, aunque supiera que había perdido el combate dialéctico.

Nunca había sido de plegarse ante los poderosos, lo que le había granjeado más de un problema a lo largo de su carrera profesional.

Decidió entonces contemporizar, valorar los pros y contras y tomar una decisión al respecto con más calma.

—No te preocupes, no te molestaré más con este tema.

Otra cosa es que te coja el teléfono cuando me vuelvas a llamar, igual me pillas ocupado —respondió en un tono irónico con el que pretendía suavizar la tensión, con guiño de ojo incluido—.

O igual me voy con el cuento a Antúnez, tengo que valorarlo.

Tal vez me contraten directamente como asesor en la Benemérita, que también los conozco muy bien.

—Anda, lárgate ya y olvídate de gilipolleces. Ya hablaremos, Paco, cuídate. Y no hagas ninguna tontería, que nos conocemos. Parece mentira, a tus años…

—Eso intentaré, jefe. Ya veremos si lo consigo o no.