La noche de los perdedores (Bermejo y Roncero 6) Una retirada a tiempo
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Una retirada a tiempo

El juego había llegado a su fin y, lamentablemente, no pudo terminar del modo que yo me había imaginado.

Claro que nunca hay mal que por bien no venga si con ello consigo unos meses más para disfrutar de este mundo tan inhóspito.

Quizá en un futuro pueda volver con ánimos renovados y retomar el increíble desafío que me había planteado en un primer momento.

Diréis que soy un mentiroso y no cumplo mis promesas.

Y tal vez llevéis razón si nos atenemos a las circunstancias.

Cualquiera comprendería que después de los acontecimientos sucedidos en Aixerrota y sus consecuencias para Damián Pérez Tornero, alias Aquiles, no iba a inmolarme yo también de mala manera.

No, preferí lamerme las heridas en alguna cueva lejana, a ser posible exótica y lujosa, en la que disfrutar de mis últimos coletazos de existencia.

¿Y qué ha sucedido para que huya con el rabo entre las piernas?

, os preguntaréis. Tantas ínfulas sobre la mejor competición de la historia, de la que todos los medios glosarían cuando conocieran al artífice de tamaño reto, quedaron en agua de borrajas.

Ningún periódico hablaría sobre mí, ningún editor publicaría una novela basada en esta historia, ni por supuesto productor alguno rodaría una película sobre los asesinatos perpetrados entre Cantabria y el País Vasco.

Quizá penséis que soy un cobarde y de nuevo es probable que acertéis, sobre todo a la hora de enfrentarme a la realidad.

Pero ¿qué ganaba el mundo si me entregaba?

Al permitirme este pequeño impasse que esperaba que no fuera demasiado largo, tal vez podría regresar con más fuerza y terminar lo que una vez comenzamos juntos.

Sí, amigos, tengo intención de completar mi gran reto, aunque tenga que recorrer los confines del mundo hasta encontrar un sucesor de Aquiles y, sobre todo, un buen competidor para luchar contra Cómodo, el vencedor derrotado.

Esta contradicción se entiende de la siguiente manera: de puertas para dentro, detrás de los muros de mi casa de Punta Galea, Cómodo sería siempre el único vencedor del duelo a muerte.

Así se lo hice saber en persona y por eso le transferí una generosa cantidad a su nombre en una cuenta abierta en un paraíso fiscal, como ganador absoluto de la contienda.

También le di a escoger entre acompañarme en mi nuevo periplo, repleto tal vez de emociones fuertes antes de nuestro regreso, o comenzar de cero en otro lugar, lejos de mí.

El hombre silencioso me ha pedido tiempo para reflexionar sobre el asunto.

De momento le he convencido para acompañarme en este vuelo, a bordo de mi jet privado, con destino a algún lugar desconocido de Sudamérica.

Se quedará a mi lado durante las primeras semanas en mi nuevo domicilio, que será a la vez lugar de descanso y sosiego, a la par que escondite ante posibles futuras injerencias policiales en mi contra.

Además, nos alojaremos en un lugar privilegiado situado muy cerca del hospital en el que un novedoso programa de investigación sobre mi enfermedad augura grandes beneficios a medio plazo.

Quizá mi tiempo se agote antes de poder disfrutar de ese tratamiento, dado lo avanzado de mi estado, pero yo intentaré retardarlo lo máximo posible en busca de un milagro.

Como os comentaba, al bueno de Cómodo no le he dicho toda la verdad.

La Ertzaintza detuvo a Aquiles en las inmediaciones del molino de Aixerrota y confiscó todos los objetos relacionados con su performance salvaje, incluida la cámara de video.

Todavía no he conseguido el acceso al contenido de dicha cámara, pero espero que mis espías logren pronto una copia de esa prueba irrefutable de los crímenes para guardarla en mi biblioteca particular.

Aquiles había llegado muy lejos, nadie lo negaba, pero tampoco podría considerarle ganador absoluto a tenor de las imperfecciones de su prueba.

Sí, debía tener en cuenta lo arriesgado y complicado de un emprendimiento a todas luces fuera de concurso, sin que llegara a ser suficiente.

No al considerar que Cómodo seguía vivo e iba a pedirme explicaciones sobre mi veredicto final, por lo que tuve que contemporizar con mis decisiones.

Y para ello, debía asegurar el silencio del antiguo mecánico.

Todos los vecinos de Punta Galea nos enteramos del jaleo que se montó en el entorno de Aixerrota.

En esos precisos momentos ignoraba que Aquiles hubiera encontrado la solución a mi pequeño enigma sobre el enclave en particular.

Me había extrañado su atrevimiento, preparando su propia hoja de ruta sin mi consentimiento previo, pero no podía tenérselo en cuenta.

El desgraciado chófer se había visto con la espada de Damocles sobre su cabeza y se lanzó a lo loco, sin pensar en las posibles consecuencias, quizá de un modo suicida que solo yo podría comprender.

Desde luego, me había sorprendido la audacia de mi pupilo, con esa recreación de una Juana de Arco moderna, colgada de una horca peculiar que pendía de las aspas de un molino centenario.

Unas imágenes que podrían haber dado la vuelta al mundo, pero que las autoridades vascas se encargaron de silenciar.

Nada de alertar a la opinión pública, y mucho menos después de atrapar a tan sanguinario asesino.

Las redes sociales tendrían que conformarse con elucubrar sobre lo sucedido, sin escabrosas fotografías que se convirtieran en virales al instante.

Mis informantes en la comisaría de Erandio me avisaron pronto de la detención de Damián Pérez Tornero.

No podía relacionársele conmigo de ninguna manera, pero me quise curar en salud.

Así que me cercioré para que un abogado de plena confianza, un cabronazo bien conocido en las altas esferas vizcaínas, se hiciera cargo de su caso de un modo un tanto diferente.

No solo debía representarle ante la justicia, sino trasladarle a Damián mi última voluntad mientras todavía se encontraba bajo custodia policial.

Con el privilegio abogado-cliente por medio, me aseguré de entregarle una carta mecanografiada por mí, del modo más aséptico posible para que nadie me relacionara con el caso, en la que el asesino confesaba todos sus crímenes.

Y no solo los suyos, claro, había que aprovechar la coyuntura.

En la carta se explicaba, con detalles que solo conocería alguien que hubiera participado en dichos homicidios, los diferentes retos a los que sometí a mis pupilos en los últimos tiempos.

Obviaba el secuestro de la familia de Labarrieta, ya que las cámaras y varios transeúntes habían visto como un hombre que no podía ser Damián se encargaba de subir a la abuela y a su nieto a una furgoneta negra.

Pero sí podíamos cargarle el mochuelo de esas muertes en La Ojerada y, ya de paso, el secuestro y asesinato de Egoitz Lazcano, el curioso caballuco del diablo que se convirtió en la nueva atracción del parque mitológico de Mina Pepita.

Las autoridades ya tenían conocimiento de la participación de Damián en el secuestro y muerte de la joven universitaria crucificada enfrente de la Universidad de Deusto y, naturalmente, de todo lo relacionado con Milene Oliveira.

Añadimos además un toque adicional, para que las autoridades vieran que el asesino confeso no se guardaba ningún as en la manga.

Damián mencionaba también, aunque fuera de un modo interpuesto a través de mis palabras, el secuestro exprés de Ibai Larrea, un hecho significativo que quizá confundiera a la Ertzaintza y de paso tal vez comprometiera al patriarca de la familia por mentir a la policía.

El leguleyo, un capullo arrogante que me recomendó mi buen amigo Ormaechea, el abogado de la familia, tenía que cumplir una última premisa.

Le entregó otra carta a mi pupilo, escrita y firmada de mi puño y letra, en la que me comprometía a cumplir la palabra dada si firmaba esa confesión y se dejaba aconsejar por el abogado en todo momento.

Por supuesto, Damián debía mantener silencio en torno a todo lo que sucedió realmente.

De ese modo, yo permitiría que su familia siguiera viviendo, pagaría todas sus deudas y les daría la oportunidad de comenzar de cero con una generosa donación para que no les faltara de nada en su ausencia.

Damián estuvo de acuerdo, firmó la confesión y entregó de nuevo la misiva al abogado, que me la devolvió sin ningún problema para que no quedara prueba alguna.

El antiguo mecánico permaneció en prisión preventiva a la espera de pasar a disposición judicial, pero no llegó a presentarse delante de un juez.

Los tentáculos de mi organización llegan a todas partes y ya me había encargado del trasunto de Aquiles, no podía dejar ningún cabo suelto.

Tal vez Damián no hubiera hablado, eso ya nunca lo sabremos.

Entenderéis que no pudiera dejarlo en sus manos, se trataba de un considerable riesgo que no pensaba asumir.

No sé quién cumplió el encargo, pero lo hicieron de forma muy profesional.

Damián apareció muerto por estrangulamiento, ahorcado de mala manera con la sábana de su cama, tal vez como homenaje postrero a la joven Oliveira.

Y nadie supo jamás que él no había tenido nada que ver con su propia muerte.

Fue entonces, cuando el caso quedó definitivamente sellado con su muerte, cuando afloró algo de piedad en mi corazón corrompido.

Cumplí en parte lo prometido a Aquiles. Me encargué de pagar sus deudas y de que su familia pudiera salir adelante.

Total, yo tampoco ganaba nada deshaciéndome de esa pobre gente que ya había sufrido bastante en la vida.

Pagué también el sepelio del cabeza de familia de un modo anónimo y el abogado que gestionó todos estos movimientos le dejó muy claro a su viuda que tendrían que empezar una nueva vida lejos de Castro Urdiales y por supuesto de Bilbao, si querían recibir la generosa contraprestación que les ofrecía.

Ya no pesaba deuda alguna sobre la casa y se pagaron el resto de los créditos pendientes, por lo que pudieron vender el chalet y comenzar de cero en otra parte.

Tengo entendido que se han marchado a Andalucía, pero eso ya no es problema mío.

No les deseo ningún mal, pero tampoco quiero saber nunca más de ellos. Ojos que no ven, corazón que no siente.

A pesar de mi gesto hacia los suyos, tampoco me sentía culpable por el indigno final de Aquiles, él sabía perfectamente a lo que se exponía.

Solo espero que muriera en paz con su Dios, si es que creía en Él, aunque sé que en sus últimos momentos tuvo un arrebato de lucidez y luchó en vano por su vida.

Una muerte más que daría carpetazo definitivo al caso del asesino en serie que mantuvo en jaque a las autoridades de dos comunidades autónomas durante las últimas semanas.

A todos nos convenía ese final. Las autoridades no querían un juicio mediático que supondría un hito en la historia moderna de las televisiones en España.

Las familias de los fallecidos tampoco buscaban más publicidad a su alrededor, ni las grandes empresas del Ibex necesitaban más fluctuaciones en sus acciones debido a factores externos.

Los políticos se congratularon por el abrupto final del caso y la Ertzaintza se apuntó un tanto al atrapar al asesino.

Quizá la Guardia Civil no estuviera muy contenta con el resultado, ya que todo el mérito se lo arrogaría la policía autonómica vasca.

Y eso que una de sus investigadoras había caído en las garras del homicida.

Recibieron órdenes del Ministerio del Interior para no agitar más el avispero y todo se cubrió con el manto de la indiferencia, por lo que en unos días ya nadie se acordaría de Damián ni de sus crímenes abyectos.

Los periodistas hablaron sobre el tema durante una semana, pero enseguida pasaron a otros asuntos más importantes en el primer verano después del Covid.

Mis ojos y oídos en las diferentes instituciones me informaron del escaso interés en la sede de Erandio por averiguar el lugar de trabajo de Damián, por si de ahí se podía colegir que había alguien más envuelto en los asesinatos.

Decidieron cerrar definitivamente el caso por orden directa del Consejero de Seguridad vasco y el expediente quedó archivado hasta nuevo aviso.

No sé si la opinión pública o el grueso de los investigadores a ambos lados de la frontera que separa Cantabria del País Vasco estarían de acuerdo con esta decisión.

Ni si todo el mundo se tragaba que Damián fuera el único responsable de lo sucedido, pero eso ya no era de mi incumbencia.

Nadie había llamado a la puerta de mi casa en Punta Galea, ni a la de ningún vecino que yo supiera, por lo que respiré tranquilo, por lo menos de momento.

Permanecería atento por si las tornas cambiaban en el futuro, pero mientras tanto debía pensar en mí.

Me venía bien cambiar de aires, tanto por si los investigadores decidían reabrir el caso buscando cómplices o inductores, como por el tema médico.

Solo esperaba que los próximos meses fueran igual de fructíferos que los anteriores, en los que había disfrutado de unas experiencias que jamás pude llegar a imaginar.

Así que me despido de vosotros, queridos amigos.

Espero y deseo que esto sea solo un hasta luego, pero ya no depende de mí.

Y si Dios y mi naturaleza lo permiten, regresaré algún día para daros ese final que merecéis.

Confiad en mí, volveré y cumpliré mi promesa como hizo el general MacArthur al abandonar Filipinas.

Y no os olvidéis de disfrutar de los buenos momentos, que la vida se puede torcer en un instante. Hasta más ver.