El sacrificio final #2
Había dejado el vehículo en el parking habilitado junto a la parte trasera del molino, donde se ubicaba un local de restauración cerrado desde la pandemia.
Al parecer, la nueva concesión municipal pensaba habilitarse en los próximos meses para buscar nuevos gerentes que gestionaran el negocio en un sitio tan privilegiado.
Así que Damián no temió encontrarse con clientes en el restaurante y a esas horas de una noche en la que al final había refrescado, tampoco esperaba que pasaran por allí muchos turistas despistados.
La hora bruja se había sobrepasado hacía rato y la mayoría de los visitantes nocturnos se habían quedado en el Puerto Viejo o en la playa de Ereaga, disfrutando de una cena tardía o de una noche de marcha en pleno comienzo del verano post pandémico.
Las primeras fases de su plan habían salido a la perfección.
Tras el chivatazo de Manolo, se había acercado al Puerto Viejo y se había camuflado entre la multitud que abarrotaba el lugar para tomar algo o cenar en algún local de las inmediaciones.
Se había disfrazado como en sus viejos tiempos de recién casado, cuando a su mujer y a él les dio por apuntarse a una compañía de teatro amateur que preparaba sus ensayos en el pequeño local de unos amigos.
Una época feliz que ya nunca regresaría a su vida pero que le serviría para pasar más desapercibido entre la muchedumbre y, sobre todo, por si llegaba a cruzarse con el ojo avezado de los investigadores.
Ropa cómoda y holgada, en tonos claros, sin nada que llamara demasiado la atención.
Lentillas de colores, gafas de pasta, una prótesis bucal para cambiar la configuración de su mandíbula y la barba que se había dejado días atrás deberían bastar para despistar a cualquiera.
Solo le quedaba acechar a su víctima y buscar el instante más propicio para sus intereses.
Al encontrar por fin al objetivo, sonrió ante su fortuna.
La aglomeración de gente provocó que la guardia civil se separara unos metros del ertzaina y quiso aprovechar la ocasión.
Llamó a Manolo con instrucciones precisas para que este hiciera lo propio con el subinspector.
Cuando vio que Galarza abandonaba el lugar, supo que había llegado el momento de pasar a la acción.
Dejó fuera de combate a Oliveira con la misma técnica utilizada en Basurto, gracias a los elementos preparados por la organización de don José María.
La sumisión química le valdría para sacar de allí a la policía judicial, aunque tendría que darse prisa en llegar hasta el vehículo que había dejado mal aparcado en las inmediaciones y que le serviría para la huida.
Todo el mundo iba a su aire y, pese a recibir algunas miradas extrañadas, nadie se metió con ellos ni quisieron saber por qué se llevaba a rastras a la muchacha fuera del Puerto Viejo.
Quizá pensaran que estaba borracha, Damián tampoco se detuvo a procesar aquella idea.
Estaba preparado para cualquier contingencia, pero afortunadamente nadie les salió al paso y pudo llegar sin problemas al coche.
Imaginaba que Galarza ya se habría dado cuenta del engaño y estaría como loco buscándole por los alrededores después del embuste de Manolo.
Pero ¿se habría percatado también de la desaparición de su compañera?
No iba a pararse a elucubrar sobre el tema, solo quería salir de allí.
Ni siquiera se dio cuenta de que el ertzaina les localizó poco tiempo después, ya que todo su afán consistía en subir a la bella durmiente al Clio y escapar de allí a la carrera.
Cuando vio llegar la imponente silueta de Koldo Galarza, justo al montarse en el vehículo, tuvo un momento de zozobra.
Tan cerca de su meta y aquel idiota casi lo estropea todo.
Pisó a fondo el acelerador y abandonó el lugar, satisfecho por haberse librado de su enemigo.
Sabía que el policía llamaría enseguida a sus compañeros, pero ninguno conocía su destino más inmediato, situado no demasiado lejos de allí.
Así que tendría tiempo de trabajar con calma en su recreación y preparar el golpe maestro final que le haría digno vencedor de una competición que le había cambiado la vida para siempre.
Jamás imaginó que se vería envuelto en una alocada persecución en las calles de Algorta, enfrentado a un absurdo patinete eléctrico.
Galarza casi provocó un terrible accidente en aquella plazoleta, del que Damián se libró por los pelos.
Lo malo era que había dejado al ertzaina en la rotonda, a un kilómetro escaso de Aixerrota, por lo que ya podía olvidarse de tomarse con calma la traca final que tenía pensada como epílogo del espectáculo.
Su instinto le dijo que el subinspector o sus mandos podrían valorar el entorno del molino como un posible lugar para sacrificar a la víctima, por lo que no tenía tiempo que perder.
Ya era noche cerrada en La Galea y debía apresurarse.
Milene seguía bastante afectada, aunque estaba comenzando a recuperar facultades poco a poco.
Sacó a la joven del vehículo y la llevó hasta la parte trasera del restaurante.
Allí había dejado un bolso de deporte grande, en el que guardaba diversos utensilios que le servirían para su performance : una gruesa maroma de varios metros; un artilugio plegable de plástico que le serviría como taburete improvisado; ramas secas de árbol y algunas hojas; aparte de un cuchillo de carnicero, un mechero y la cámara que grabaría el momento para la posteridad.
En un primer momento pensó en evocar a Juana de Arco con una nueva mártir por la causa, pero al final pensó que podría añadirle un toque original a la representación artística.
En vez de atar a la condenada a un palo o tronco vertical, creyó que sería mejor colgarla de las aspas del molino para que el impacto visual fuera mucho mayor.
Depositó a Milene en la base del molino, todavía semiinconsciente, y se dispuso a trabajar en su obra maestra.
Lanzó entonces la cuerda sobre la parte inferior del aspa más cercana.
Necesitó tres intentos para que la punta de la maroma atravesara una de las cuadrículas huecas del aspa y regresara a sus manos.
Manipuló las dos mitades de la soga, las ató con una lazada especial dejando un metro libre en un extremo y remató la faena con un nudo corredizo.
Esperaba que la cuerda y el andamiaje resistieran el peso de la chica sin partirse, por lo menos hasta que la mujer exhalara su último aliento.
Al principio pensó en subirse a lo alto del molino y lanzar desde allí a la víctima, enganchada ya dentro del nudo corredizo.
Eso le partiría el cuello sin remedio, por lo que el sufrimiento sería menor pero, por el contrario, no veía factible encaramarse allí arriba sin romperse él la crisma.
Así que optó por el plan B, un nudo que le apretara el cuello.
Eso le supondría una mayor agonía en un primer momento, pero la intentaría acortar con una pequeña fogata.
Desplegó el objeto de plástico y lo colocó como taburete, con la superficie superior para apoyarse situada a unos treinta centímetros del suelo.
Distancia suficiente para que los pies colgaran en el aire y la chica no tuviera ningún asidero al que agarrarse antes de su inmediata muerte.
Le ató las manos a la espalda por si acaso y la puso en pie a duras penas.
Milene pareció reaccionar de repente y quiso balbucear:
—¿Qué…, qué pasa? ¿Dón…de estamos?
—Tranquila, guapa, ya terminamos.
No tenía tiempo de ponerle otra dosis para dejarla dormida, debía darse prisa.
La Ertzaintza podía aparecer en cualquier momento o tal vez alguna parejita de enamorados que buscara un lugar recóndito y romántico en el que dar rienda suelta a su amor.
La noche avanzaba a toda prisa pero el reloj mental de Damián parecía haberse detenido y se imaginaba que las manecillas se movían a cámara lenta, dando tiempo a sus perseguidores para que le atraparan y le chafaran el espectáculo que le supondría la gloria eterna.
No quiso mirar a la cara a la joven a la que iba a arrebatarle la vida.
Él ya se había condenado y no tenía salvación, y necesitaba arrancarse cualquier atisbo de compasión si quería llegar hasta el final.
No podía pensar en ella como en una persona inocente, ni nombrarla más o recordar lo que un día fue.
Simplemente se trataba de una muñeca que dejaría allí colgada, todo dentro de un teatrillo mortal que comenzó a provocarle náuseas.
Creyó que se había librado de sus sentimientos más humanos, única manera de alcanzar sus objetivos.
Pero su naturaleza más profunda se rebelaba, avisándole del terrible error.
Damián dudó unos instantes y estuvo a punto de abandonarlo todo y tirarse por el acantilado en busca de su redención.
Sin embargo, sabía que eso solo serviría para condenar a su familia a ojos de don José María, por lo que se repuso a tiempo para completar la tarea.
Tragó saliva y lo dejó todo dispuesto. Pasó el nudo corredizo por el cuello de la joven y lo apretó un poco.
No quería dejarlo demasiado suelto para no provocarle una agonía innecesaria, pero tampoco ceñirlo tanto que le provocara una muerte inmediata.
Debía grabar la escena y todavía le quedaban algunos elementos por añadir.
Dispuso las ramas y hojas secas en una circunferencia, subió a la rea encima del taburete colocado en medio del pequeño círculo y le ajustó el nudo por última vez.
Acercó después la llama del mechero a la improvisada chasca y le prendió fuego.
Buscó la cámara y se colocó en posición para grabar la muerte de la chica como prueba para el inductor de semejante barbarie.
En esos momentos escuchó un sonido atronador que se acercaba desde el mar. Un viento huracanado se formó a su alrededor y divisó un potente foco que barría el entorno de Aixerrota. Cuando quiso darse cuenta, ya los tenía casi encima. La policía los había encontrado y no tenía escapatoria.
El fuego comenzó a crecer, mientras crepitaba alrededor del taburete y lamía las zapatillas deportivas de la chica.
Damián supo que había fallado estrepitosamente, pero todavía le quedaba una última bala.
Al homicidio por doble causa que quería haber provocado, entre el ahorcamiento y la muerte en la hoguera, pensaba añadir el toque de rajar a la joven con el cuchillo de carnicero para dejar sus tripas al aire.
Un dolor inimaginable e innecesario del que Milene Oliveira, ahora sí se permitía nombrarla en su cabeza, se había librado in extremis .
Ni siquiera tenía ya tiempo de grabar la escena, a escasos segundos de que los cuerpos especiales de la Ertzaintza se abalanzaran sobre él.
Pero todavía podía apuntarse un tanto, después de todo.
Ya que iba a pagar por sus crímenes, por lo menos que don José María tuviera en cuenta su osadía a la hora de preparar semejante representación.
Recobró por un instante un atisbo de lucidez en su castigada mente y supo que no lograría su objetivo.
Tanto sacrificio realizado en vano en una vorágine mortal de sucesos que habían desembocado en aquel trágico desenlace, todo para que al final fracasara como casi siempre.
Su padre siempre se lo había echado en cara y tuvo que darle la razón.
Siempre había sido un desgraciado sin suerte y aquella madrugada aciaga lo corroboraba por última vez en su vida.
Una sonrisa amarga recorrió su semblante mientras su pensamiento iluminaba una idea casi poética.
Y es que por lo menos había luchado hasta el final, cayendo con honor en la noche de los perdedores.
Ese momento supremo en el que todos los desdichados de este mundo comprendían que jamás lograrían ser felices.
Y, sin embargo, quiso rebelarse antes de claudicar ante su destino, así que le dio una patada al taburete y la suboficial de la guardia civil perdió pie.
Damián permaneció allí debajo, contemplando su agonía, mientras la chica pataleaba de impotencia y el nudo corredizo se iba apretando cada vez más sobre su garganta.
El falso Aquiles esperaba que ella muriera por ahogamiento antes de que las llamas treparan por su cuerpo y lo devoraran, en medio de una terrible angustia que no podía siquiera imaginar, pero se atrevió incluso a mirarle a los ojos en esos instantes finales.
Solo vio incomprensión en sus pupilas, justo un segundo antes de que un fogonazo a su espalda le sobrecogiera.
En medio del fragor de la batalla, por encima del infernal ruido provocado por los rotores del helicóptero que aterrizó sobre la explanada de césped que separaba la zona peatonal de La Galea de los acantilados, Damián creyó escuchar una detonación.
Pero entonces, la niebla lo envolvió por completo y el mundo se desvaneció a su alrededor sin saber si había llegado a cumplir con su misión.