El sacrificio final
Damián respiró algo más tranquilo tras desembarazarse del ertzaina, un policía al que le había costado dar esquinazo tras salir airoso de una persecución que jamás habría imaginado protagonizar en el centro de Algorta.
¡Un patinete!, pensó asombrado. Aquel idiota casi destroza sus planes persiguiéndole con un patín eléctrico, el mismo que lanzó contra él en una maniobra desesperada que estuvo a punto de dar al traste con su huida.
O eso imaginó instantes después del incidente, sin saber muy bien qué había sucedido en un primer momento.
El golpe recibido fue brutal y no lo vio venir, por lo que la sorpresa fue genuina para el criminal a la fuga.
Para desgracia del subinspector, Damián dominaba el arte de la conducción, por lo que absorber ese impacto con la parte trasera del Renault Clio solo le hizo perder el control durante unos segundos.
El vehículo culeó un poco, invadió el carril contrario al intentar dominarlo a tanta velocidad después del choque que modificó su trayectoria, y enseguida se recompuso para continuar calle arriba.
No tuvo que pisar apenas el freno, dispuesto a alejarse del único individuo que podría impedirle llevar a cabo sus planes más inmediatos.
Todo le había salido casi a la perfección hasta ese instante, solo le quedaba rematar la faena.
Ignoraba si su descenso a los infiernos se había acelerado o es que ya le daba todo igual, pero ni siquiera le apareció un ligero cargo de conciencia.
Los dilemas morales que le habían atormentado tras aceptar el pacto con el diablo parecían haberse evaporado como por encanto, como si su alma podrida ya no pudiera caer más bajo.
No se arrepentía de sus actos, ya solo actuaba por instinto, sin dejarse llevar por las emociones. Se sintió como un autómata que simplemente ejecutaba unas instrucciones, algo que le sirvió para enterrar las pocas briznas de humanidad que todavía albergaba en su corazón.
La empatía desapareció entre sus sentimientos y la sinrazón se apoderó de sus actos.
Dejó atrás las rémoras del pasado en pos de un futuro que quizá nunca alcanzaría.
Solo anhelaba terminar con aquel sufrimiento, y para ello debía ganar la partida.
Lo más probable era que muriera en el intento, pero debía demostrarle a don José María que él también era digno de elogio.
Si con sus actos desesperados lograba vencer en una competencia tan atroz y conseguía la salvación de su familia, incluso si él se hundía en el infierno, podría darse por satisfecho.
No podía confiar en la palabra de un tipo tan indeseable como su patrón, pero no le quedaba otra.
Se había saltado todas sus normas, pero el tiempo apremiaba y tenía a las autoridades casi encima, su jefe debería ser indulgente dada la extrema situación.
Tras ver salir a los policías de su casa, Damián supo que no le quedaba apenas tiempo e improvisó una respuesta inmediata.
Se coló por la parte trasera del patio y accedió al chalet por una puerta cuyo pestillo sabía que no cerraba bien.
Su mujer se llevó un susto de muerte, pero por lo menos pudo verla una última vez y despedirse de ella, sabiendo que jamás volvería a estrecharla entre sus brazos.
Le costó arrancar a su esposa el contenido íntegro de su conversación con los policías, ya que la mujer pensó que lo había vendido y comenzó a sollozar sin remedio.
Damián la tranquilizó, asegurándole que ella no había hecho nada malo y que solo debía contarle lo que hablaron minutos antes.
Cuando el chófer conoció el dato sobre el bar de Manolo, tuvo una idea que tal vez podría servirle para sus fines.
Se despidió de Belén con cariño y salió de allí con el ánimo recobrado, asumiendo que jamás volvería a poner un pie en esa casa, en la que había vivido tantas alegrías y sobresaltos en los últimos años.
Le daba igual a esas alturas desobedecer al cabrón de su jefe, miraría por su bienestar.
Tal vez el ricachón llevara razón y hubiera sido mejor permanecer agazapado, escondido en la mansión de Punta Galea hasta que la tormenta amainara.
Sabía que los policías andaban tras su pista y que le cazarían como a un conejo más pronto que tarde.
Así que decidió poner en práctica su plan para finiquitar la prueba final antes de que le pillaran.
En su última charla con el detestable Imperator habían comentado que debía secuestrar a su víctima en el centro de Santoña.
De ese modo cumpliría con una de las premisas de su participación en el juego mortal, la de llevarse a alguien relacionado con Cantabria antes de que su cuerpo apareciera muerto en algún lugar emblemático de Vizcaya.
Su rival, Cómodo, había hecho lo propio tras hacerse con víctimas bilbaínas que luego asesinaba en enclaves turísticos de Cantabria, pero el chófer pensó entonces en salirse de los cauces establecidos.
Su precaria situación vino a reconducir la situación.
No podía esperar agazapado en las sombras a que su odioso patrón tuviera a bien facilitarle la identidad de la mujer elegida, el tiempo se le echaba encima.
Así que pergeñó un plan suicida a la carrera que cumpliera además con las premisas impuestas por el enajenado que le había enfangado hasta el cuello.
«¡Al diablo con las normas!», exclamó. La pista del bar de Manolo era demasiado golosa para dejarla escapar, los policías se personarían en el tugurio en cuanto tuvieran un hueco.
Eso le dejaba poco margen de maniobra, pero quería intentar un imposible.
Llamó a Manolo con uno de los teléfonos indetectables de su patrón y le dio unas instrucciones muy precisas.
El muy capullo le debía más de un favor y no le puso ningún pero.
Solo tenía que llamarle al número que le dio si algún madero aparecía por su local preguntando por él.
Por supuesto, debía darles largas: Manolo afirmaría que desconocía su paradero y que hacía tiempo que no le veía.
Algo muy sencillo que el barman estuvo dispuesto a realizar por un módico precio.
La sanguijuela quería su parte y Damián accedió a regañadientes, aun sabiendo que ese pago nunca se realizaría si sus planes llegaban a buen término.
Se escondió en el chalet de Punta Galea tras inspeccionar el cercano lugar en el que finalizarían todas sus miserias, donde dejó escondidos algunos elementos que podrían servirle para más adelante.
Había descubierto la solución al último enigma planteado por el inductor de aquella tragicomedia en varios actos, o eso le pareció tras investigar un poco.
A don José María también le encantaban los retos y parecía disfrutar con el peligro, por lo menos a tenor de la proximidad a sus dominios de la supuesta ubicación ideal para su última prueba.
Y es que ese enclave construido por un inglés en el siglo XVIII, relacionado con los problemas de sequía en la región según el acertijo planteado, solo podía ser el molino de Aixerrota.
Un molino de viento muy alejado de los cánones habituales de los molinos de La Mancha, inmortalizados por el insigne Cervantes en Don Quijote, su obra magna.
El peculiar molino vizcaíno, situado junto a los acantilados de La Galea, formaba parte de un impresionante entorno con una belleza salvaje que dejaba sin habla al viajero que visitara aquel enclave por primera vez.
Aixerrota provenía de la palabra molino de viento en euskera: aixe (haize ) significa viento, y errota es molino, dando nombre a un enclave muy conocido en la región.
Muchos vecinos y turistas recorrían la senda que corría junto a los acantilados, con impresionantes vistas sobre el Cantábrico, la desembocadura del Nervión y el puerto de Bilbao.
Un paseo que conducía hasta los restos arquitectónicos del Fuerte de La Galea, el vigía del Abra, desde donde se controlaba una amplia parcela del litoral cántabro y vizcaíno.
Un lugar estratégico desde el que poder vigilar la costa, ya fuera para ver llegar a los enemigos, controlar el comercio marítimo o divisar las ballenas que se acercaban a la costa.
Las crónicas cuentan que en aquel enclave privilegiado ya existían atalayas desde la Edad Media, aunque los primeros indicios concretos apuntan al siglo XVI.
Ya en 1740 se construyó el Castillo del Príncipe, el actualmente semiderruido Fuerte de La Galea, como medida para fortalecer esa franja costera ante las amenazas de la escuadra inglesa.
Dos siglos después, al comienzo de la guerra civil española, dicha edificación sirvió para localizar una batería costera de cañones que defendería la zona frente a los ataques por mar de los sublevados.
A esas horas de la noche, Damián no tenía tiempo para recrearse con el paisaje ni con historias antiguas que allí sucedieron.
Unos acantilados famosos en la región, un lugar especial pero también trágico, según contaban algunas de las leyendas de la comarca.
Los aterradores muros de roca sobre el Cantábrico habían sido mudos testigos, a lo largo de los siglos, de la caída de varias personas acantilado abajo, ya fuera de forma accidental, provocada o incluso por propia iniciativa.
Un lugar en el que dejar volar la imaginación y en el que los espíritus errantes de esos desaparecidos se mezclaban con la bruma que envolvía el entorno.