El muelle de la discordia #4
—Necesito tu patinete, chaval, es una emergencia policial —le aseguró tras mostrarle con rapidez su placa antes de apropiarse del vehículo—.
Llama al 112, les informas de tu posición y les cuentas que Galarza te ha requisado el patín para perseguir a un criminal peligroso que huye en un Clio tuneado. ¡Ya estás tardando! Agur .
El chico se quedó estupefacto, sin poder reaccionar, mientras Koldo se subía a ese artefacto eléctrico del que desconocía hasta lo más primordial.
El subinspector esperaba que el patinete aguantara su corpachón, pero eso no era lo peor.
En verdad, ignoraba todo lo relacionado con su funcionamiento, por lo que tiró de lógica y rezó para tener suerte por lo menos una vez en esa noche tan aciaga.
Quizá fuera peor el remedio que la enfermedad y al final acabara accidentado sin poder salvar a Milene, pero debía intentarlo con todas sus fuerzas.
Se subió con una pierna, se impulsó con la otra a la manera tradicional de los patines de toda la vida y el motor pareció cobrar vida.
Consiguió apañarse más o menos con su manejo y logró dominar el patín no sin esfuerzo.
Se fijó también en el funcionamiento de los frenos, pendiente de unas calles que podían convertirse en cuestas muy peligrosas, y comenzó a apretarle para sacarle todo el rendimiento posible mientras circulaba por el medio de la calzada detrás del criminal.
Koldo sabía que existían patinetes trucados que alcanzaban grandes velocidades.
A él le valía con poder seguir el rastro de Damián desde una prudencial distancia.
Jamás podría igualar la potencia del Clio, pero en aquellas callejuelas estrechas tenía algo de ventaja.
El coche no podía acelerar a fondo en muchas intersecciones y pareció incluso que conseguía disminuir poco a poco la distancia que los separaba.
Así que pensó que ese sería un buen momento para buscar ayuda, aunque para ello tuviera que jugarse la vida de nuevo.
Sacó el móvil, abrió la aplicación de WhatsApp y buscó el chat de Ander Aguirre, su compañero en la Ertzaintza. Consiguió dominar el patinete con una mano en una pequeña recta y grabó como pudo, con la voz entrecortada, un escueto mensaje para su compañero:
—Ander, necesito ayuda. Persigo a un Clio tuneado, matrícula 2786-DLM, por las calles de Algorta. El asesino ha secuestrado a Milene y no sé dónde la lleva. ¡Necesito refuerzos!
Estaba a punto de perder el rastro del coche que perseguía, tras adentrarse en calles más anchas y calzadas más preparadas para un vehículo de su cilindrada.
Al asesino no le importó entonces acelerar allí mismo, provocando más de un susto en peatones y vehículos que circulaban a su par, todo por librarse del incómodo perseguidor que seguramente ya habría captado a través del retrovisor.
La estampa parecía sacada de una comedia absurda de televisión, un vodevil de clase B, sin que Koldo estuviera para chanzas en esos momentos.
La gente le señalaba al pasar junto a ellos, extrañados de que un loco transitara por allí a esa velocidad, al parecer persiguiendo a un coche en pleno centro de Algorta.
El subinspector había perdido su pequeña ventaja tras abandonar la zona peatonal y las callejuelas estrechas, por lo que supo que en breve aquel coche trucado le dejaría muy atrás y nunca podría alcanzarle.
Koldo creyó saber dónde se encontraba, o por lo menos su sentido de la orientación le intentó situar en un plano mental que creía tener bien posicionado.
Según su brújula mental se acercaban a marchas forzadas a los aledaños de la estación de metro de Bidezabal.
Pensó que si continuaban rectos por aquella larga avenida, juraría que llamada Telletxe, alcanzarían enseguida las inmediaciones del comienzo de la carretera de La Galea.
¿Se dirigiría el delincuente hacia alguno de los caserones de Punta Galea?
La idea no era descabellada, tal vez viviera por allí el ricachón que supuestamente le había contratado para trabajar, según aseguró la mujer de Damián.
Un lugar perfecto para esconderse de una persecución policial, aunque fuera realizada con un vehículo tan ridículo.
El Renault Clio zigzagueó entre los coches que taponaban la calle, dispuesto a poner distancia con su perseguidor.
Se formó un poco de atasco en las inmediaciones de una pequeña rotonda que partía en dos la avenida, por lo que Koldo intentó adelantarse para interceptar a su contrincante.
La locura que se le había ocurrido tenía un porcentaje ínfimo de posibilidades de prosperar, pero bajo la presión de una situación tan poco halagüeña no se le ocurrió nada mejor para solventar el problema.
El patinete iba a su máxima velocidad, con el consiguiente peligro para un conductor cuyo único parapeto ante un posible choque o caída sería su propio cuerpo.
Koldo no tenía miedo por su integridad, ya que solo tenía una cosa en mente.
Y si la barbaridad que se había instalado en su cabeza como idea más que peregrina no salía bien acabaría con todos sus huesos rotos o algo incluso peor.
Aceleró aún más un cacharro eléctrico que estaba a punto de explotar y se santiguó mentalmente ante la salvajada que iba a intentar como último recurso para detener al criminal.
Se cambió al carril más a su izquierda e invadió el sentido contrario por unos instantes, con la consiguiente sinfonía de pitidos y cláxones por doquier.
Entonces decidió seguir circulando por la acera anexa, paralelo a un seto de casi un metro de altura que separaba los jardines aledaños a una zona residencial de la acera por la que transitaba, con cuidado de no estamparse contra los árboles que jalonaban el recorrido cada pocos metros.
Al fondo divisó su única esperanza, una recoleta glorieta circular situada en el siguiente cruce de caminos.
Un macizo de flores y arbustos dominaban ese espacio situado sobre una base de cemento, unos centímetros elevados sobre el firme de la calzada, y justo debajo de una enorme farola con cuatro focos que señoreaba el centro de la plazoleta.
La adrenalina se le disparó sin darse cuenta mientras su corazón bombeaba sangre a toda velocidad.
Le pareció sentir la vibración del teléfono en su bolsillo, pero no podía detenerse para contestar al móvil.
Bastante tenía con no abrirse la cabeza y seguir viviendo tras intentar provocar un accidente que consiguiera detener el avance de su rival.
Unos metros antes de la rotonda dirigió el manillar del patinete hacia su parte central, apuntando hacia la situada más a la izquierda, la misma por la que atravesaría el Renault Clio si quería girar hacia ese lado o continuar recto.
Cada vez veía más claro que fallaría estrepitosamente en su intento, pero a escasos segundos del choque ya no podía echarse atrás.
Koldo saltó del patín tras llegar al final de la acera y se lanzó hacia el seto situado más a su izquierda.
Intentó caer de la mejor manera posible para minimizar los daños, mientras con el rabillo del ojo quiso seguir el camino del vehículo eléctrico que había lanzado como un cohete contra su enemigo.
Se arriesgaba a provocar una verdadera catástrofe en la rotonda si erraba el tiro, pero estaba dispuesto a afrontar las consecuencias.
Ya habría tiempo de asumir su culpa y cargar con el expediente que a buen seguro le caería en la comisaría, pero a grandes males, grandes remedios.
Ante tal situación solo le quedaron unas medidas desesperadas, más desesperadas que nunca según su humilde opinión.
El patinete cruzó la calzada a toda velocidad, pasando por el medio de dos coches que ya habían efectuado el giro completo en la rotonda para regresar en sentido contrario al que marchaban ellos.
Koldo pretendía apuntar a la puerta del conductor y esperaba que la energía cinética del engendro mecánico fuera suficiente para conseguir parar aquel coche trucado.
La masa del patín no era demasiado elevada, pero su velocidad al chocar contra otro vehículo pesado en movimiento podría provocar verdaderos daños, por lo que se aprestó para conocer el desenlace final de su burda estratagema.
No tuvo tanta suerte, sin llegar a errar el tiro del todo.
El Clio no giró a mano izquierda, sino que continuó recto por la avenida, pero el patinete se desvió en el último instante y colisionó contra la intersección entre la puerta situada detrás del conductor y la parte trasera del vehículo.
El impacto fue menos tremendo de lo que pretendía en un principio.
Aun así, consiguió desviar la trayectoria del Renault, que tuvo que frenar para no chocar con una furgoneta que venía en dirección contraria al haber invadido el otro carril.
Esos escasos segundos le sirvieron a Koldo para levantarse del suelo a toda velocidad, dispuesto a seguir en la lucha, sin fijarse demasiado en los cortes y arañazos producidos tras una caída en la que, aparentemente, había conservado todos los huesos en su sitio.
Le dio tiempo incluso a sacar su teléfono del bolsillo y contestar a la insistente llamada antes de que el asesino colocara su vehículo en la senda correcta y huyera de nuevo a toda velocidad.
Eso sí, con el coche ligeramente abollado y tal vez con algún daño estructural en el vehículo tras el accidente provocado.
—Aquí Otxoa, confirme posición. No pierda al sospechoso, Galarza, las unidades están ya en camino.
—¡Daos prisa, lo estoy perdiendo! El sospechoso se dirige en dirección hacia la carretera de La Galea.
—Recibido, corto y cierro.
Otxoa, siempre tan estirado, le sacaban de quicio sus maneras.
Koldo se encontraba presa de un estado de nervios febril tras una persecución en la que se había jugado el tipo, sin que al final le hubiera servido para nada.
No consiguió el objetivo de detener al asesino y Milene permanecía bajo sus garras, tal vez en sus últimos momentos de vida.
Al menos sabía que los refuerzos se encontraban de camino, otra cosa era que llegaran a tiempo para detener al psicópata.
Entonces le vibró de nuevo el móvil y se fijó en que le había llegado un mensaje de voz de Aguirre a través del WhatsApp.
—¡Estamos de camino, Koldo! Aguanta, llegamos en unos minutos.
Tuvo que imaginarse la mayor parte de la frase pronunciada por su amigo Ander, ya que el ruido a su alrededor era ensordecedor y no se escuchaba con claridad. ¿Dónde se habría metido Aguirre? Galarza solo esperaba que llegara a tiempo, mientras las manecillas del reloj corrían en su contra.
Su enajenación mental transitoria había estado a punto de provocar una desgracia en aquella rotonda.
¿Y si el patinete hubiera atravesado el cristal para impactar contra el cuerpo de Milene?
¿O tal vez chocado contra otro coche? Koldo no quiso pensar en las posibles consecuencias de sus alocados actos, afortunadamente no había sucedido nada grave.
Y ni siquiera tuvo tiempo de fijarse en los cortes y laceraciones que recorrían su cuerpo tras la caída, solo quería encontrar una solución para salvar a su compañera.
—¡Ahí va la hostia! —exclamó en voz alta mientras salía corriendo de nuevo calle arriba—. ¡Ya sé hacia dónde se dirige este cabrón!
Una insólita idea se adueñó entonces de la mente del ertzaina.
Teniendo en cuenta los últimos crímenes y las perversas recreaciones representadas en sitios tan emblemáticos de la cornisa cantábrica, algo hizo clic en su cabeza.
¿Qué lugar simbólico situado por allí cerca podría servir para los fines de aquel desalmado?
Solo había una posible solución, o por lo menos eso esperaba.
—¡Ander, ya sé dónde van! Creo que se dirigen a Aixerrota, daos prisa —grabó como mensaje antes de proseguir calle arriba.
Se encontraba a menos de un kilómetro de su posible destino final, pero las fuerzas ya flaqueaban y la distancia con Milene y su secuestrador era cada vez más amplia.
Solo un milagro podría interponerse entre la joven guardia civil y su aparentemente trágico final, por lo que el pasado de monaguillo de Koldo apareció de repente para recordarle todas las oraciones que aprendió a rezar en su infancia.
La suerte estaba echada, pero el subinspector no pensaba arrojar la toalla.
Ya tendría tiempo de descansar, por lo que apretó de nuevo el paso.
Quiso conseguir un trote lastimero que le acercara a su objetivo en el menor tiempo posible, con suerte sin echar el hígado en el intento.
Le quedaban unas gotas de aliento por exprimir, solo le faltaba el último esfuerzo.
—¡No te rindas, Milene! —murmuró para sus adentros—. Por favor, sigue luchando, ya casi te tenemos…