El muelle de la discordia #3
Koldo se fijó en el gin-tonic mediado que dormitaba en el mostrador, pero eso no le sirvió para mejorar su estado de ánimo. Ese cabrón se le había escapado por unos segundos y debía reaccionar a la máxima velocidad.
—¿Ha dicho dónde iba? ¿O te has fijado siquiera en qué dirección marchaba?
—No, lo siento. La verdad es que atendía clientes y no he podido hacer mucho más sin llamar la atención. Espero que puedan dar con él. ¿Y su compañera dónde anda?
—¡Joder, maldita sea! —exclamó Koldo antes de dejarle con la palabra en la boca.
El ertzaina salió de nuevo a la calle con un desagradable sabor en la boca del estómago. Llamó entonces a Milene por teléfono para ver dónde estaba y su intranquilidad se acentuó: la guardia civil no contestaba.
—¡No puede ser! No, por favor…
Galarza aceleró el paso hasta llegar al cruce en el que había dejado escasos minutos antes a su compañera, mientras un mal presentimiento se instaló de repente en su interior.
Recorrió cada centímetro de aquella plazoleta repleta de gente y no divisó rastro alguno de Milene.
La angustia comenzó a apoderarse de sus actos, pero no podía bloquearse en ese momento.
No si de verdad sucedía lo que ya sentía en sus entrañas, algo que le parecía casi imposible de creer.
—¡Milene, Milene! —gritó a pleno pulmón mientras los transeúntes le miraban extrañados.
No podía perder el tiempo preguntando a los visitantes del Puerto Viejo, su rival le llevaba demasiada ventaja.
El instinto policial le decía que Milene había desaparecido de allí por culpa de Damián, el sospechoso al que buscaban.
Oliveira era joven, fuerte, estaba en forma y era una buena policía, pero desconocía el entorno.
Y quizá el asesino se había aprovechado de esa ligera ventaja.
Koldo tenía la pequeña esperanza de que Milene hubiera desaparecido por propia voluntad de allí, tal vez al perseguir al tipo que buscaban, si es que de verdad se había topado con él entre la muchedumbre.
Quizá por eso no podía contestar al teléfono, porque se encontraba en plena persecución.
Aunque lo más probable en esos momentos era que la realidad fuera otra bien distinta.
El mecánico había resultado ser un criminal de primera.
Su aparentemente escasa experiencia como delincuente no le impidió convertirse en un despiadado asesino que crucificaba a jóvenes inocentes en medio de Bilbao.
¿Qué le impedía secuestrar también a su compañera, camino del destino más cruel?
La bilis apareció sin avisar en la garganta de Galarza, pero ese trago tan amargo tenía que dejarlo correr si quería salvar a su compañera.
Estos pensamientos se le amontonaban en su mente a toda velocidad, mientras su inmenso corpachón permanecía encallado en aquel enclave, mirando a su alrededor en busca de pistas.
Solo habían transcurrido unos pocos segundos que a él se le antojaron horas, por lo que no podía demorarse más.
Eligió una dirección y salió escopeteado hacia allí, sabiendo que la fortuna no solía estar de su parte en circunstancias tan extremas.
Creyó que el criminal se alejaría del maremágnum con Milene para no llamar demasiado la atención de la gente.
Lo más probable fuera que no regresara a la escalinata principal que unía el Puerto Viejo con el paseo marítimo de la playa de Ereaga, debía desaparecer del mapa lo antes posible.
Koldo conocía la zona, pero había infinidad de callejuelas por las que podrían haberse escabullido sin que nadie se diera cuenta.
¿La llevaría encañonada a punta de pistola?
No se le ocurría otra forma en la que Damián se hubiera hecho con el control de Milene.
Se trataba de una chica guerrera por lo poco que sabía de ella y lo más normal era que hubiera luchado contra ese tipo sin importarle su vida.
Sin embargo, en medio de un lugar tan repleto de gente, tal vez prefiriera contemporizar en busca de una mejor ocasión para librarse de su captor sin que nadie resultara herido.
No podían haberse ido demasiado lejos si Damián tenía que llevar a rastras a Milene para salir de allí.
La guardia civil opondría resistencia para ralentizar su marcha en busca de un imposible, que su compañero consiguiera localizarlos.
Koldo se lamentaría por el resto de sus días si llegara a pasarle algo a la chica por su culpa, pero en esos momentos no podía flagelarse ni pensar en el pasado.
Solo tenía que encontrar la senda correcta y ponerse en camino.
¿Y si el tipo la había dejado fuera de combate para abandonar el puerto de otra manera?
Demasiado arriesgado en un lugar tan concurrido, aunque siempre podía haber puesto la socorrida excusa de que la joven se había emborrachado y la quería sacar de allí.
Milene era alta y esbelta, no debía de pesar mucho más de cincuenta y cinco kilos de pura fibra.
Un peso que alguien tan corpulento como Damián podía cargar sin demasiados esfuerzos.
Al final la gente se apartaba en casos similares, aun mirándote con extrañeza, pero nadie haría nada por impedirlo.
Koldo se desesperó pensando en las diferentes opciones que podrían haber sucedido.
Se asomó entonces desde un coqueto mirador situado más adentro del antiguo poblado de pescadores y divisó una pequeña algarabía unas calles más abajo.
Un grupo de personas parecían recriminarle algo a otras, pero no podía distinguir bien lo que sucedía desde su posición.
El subinspector corrió hacia allí con el pálpito de que quizá aquello significara algo, lamentándose por su falta de fuelle.
Tanta carrera le pasó factura y su organismo estaba a punto de colapsar.
Si conseguía salir con bien de aquella situación se prometió a sí mismo ponerse en forma cuanto antes.
No había excusas, su cuerpo y su trabajo lo demandaban, aparte de que en esos momentos tal vez significara la salvación o no de una compañera en peligro de muerte.
Un vistazo rápido le hizo reconocer el entorno.
Su mente analítica le avisó de que había llegado a la parte peatonal de la avenida Basagoiti, una de las arterias principales del centro de Algorta, no demasiado lejos de la estación de metro del mismo nombre.
Entre casonas típicas y edificios emblemáticos muy bien conservados, por allí se topó con cantidad de terrazas repletas de clientes que disfrutaban del entorno, ajenos al drama que vivía él en esos momentos.
Cuando llegó a la altura del grupo en cuestión estuvo a punto de preguntarles qué había sucedido, pero no le hizo falta.
Se paró un segundo a descansar y boqueó en busca de ese oxígeno que demandaban sus pulmones para seguir funcionando con normalidad.
Apoyó sus grandes manos en las rodillas mientras miraba en todas direcciones, hasta que distinguió el inconfundible peinado de Milene en lontananza.
Un poco más abajo, en el extremo en el que la calle peatonal se cruzaba con la calzada, y medio parapetado tras un grueso muro de piedra, localizó por fin a su objetivo.
Por allí divisó a un individuo que intentaba introducir a Milene en un coche de color oscuro mal aparcado, con las luces de emergencia encendidas.
Su subconsciente le avisó de que aquel vehículo era un Renault Clio tuneado, tal vez preparado por esos locos que trucaban los motores y colocaban alerones y accesorios inútiles que debían luego quitar para pasar la ITV.
—¡Policía, deténgase! —gritó desesperado cuando supo que no podría alcanzarles.
Los allí presentes se apartaron al verle salir disparado en esa dirección pero Koldo no se amilanó, debía impedir que ese coche escapara de allí por lo civil o por lo criminal.
—¡Alto o disparo! —amenazó en vano.
Cuando llegó hasta el cruce de caminos supo que ya era tarde.
Damián aceleró con Milene en el interior del coche mientras quemaba rueda para escapar de allí.
La chica giró un momento la cabeza en dirección hacia su compañero, sin llegar a percatarse de que Koldo intentaba salvarla.
Su rostro parecía sin vida, como si estuviera drogada y no se diera cuenta de la situación.
En esas circunstancias sería muy difícil que opusiera resistencia; tal vez la habían reducido con algún tipo de sumisión química.
Galarza lamentó su mala suerte, a escasos metros de pillar a su adversario.
El vehículo tuneado aceleró y pasó a pocos centímetros de él mientras se perdía calle arriba.
En esos precisos momentos Koldo ignoraba hacia dónde se dirigía el coche desde aquel lugar tan céntrico.
Le era imposible saber si los huidos se encaminaban hacia la playa de Arrigunaga o quizá más hacia el interior del mismo Algorta, en busca de algún local o garaje donde resguardarse para que nadie los encontrara.
Y tal vez para que el asesino tuviera tiempo para preparar lo que no quería siquiera nombrar en su cabeza: la muerte de Milene tras un horrible sufrimiento que él sería incapaz de impedir.
Hizo una fotografía mental de la matrícula del coche mientras buscaba un vehículo con el que poder perseguir al asesino. Estaba a punto de sacar el teléfono para llamar a la caballería cuando la providencia vino a verle, pero no de la forma en la que le hubiera gustado.
En tres zancadas llegó a la esquina siguiente, justo cuando un chaval de unos quince años se subía a su patinete eléctrico después de arrancarlo, uno de esos engendros del demonio que se habían puesto tan de moda en los últimos tiempos.
Koldo no podía ponerse exquisito con el único medio de locomoción que había encontrado en tan escasos segundos, por lo que tiró de autoridad y de presencia física para acongojar al muchacho tras llegar a su lado.