El muelle de la discordia #2
Koldo intentó amedrentar a su rival, pero este era perro viejo, según le pareció a Oliveira. El dueño del bar no se achantó ni varió su discurso; él aseguraba que no sabía nada de Damián y de ahí no le iban a sacar.
—Lo siento, agentes, ya les digo que no sé nada de él desde hace tiempo. Pero si le veo por aquí, yo les aviso, no se apuren. Espero que no se haya metido en ningún lío.
—Es pura rutina, nada grave. Solo queremos localizarle para hacerle unas preguntas, nada más. Aquí tienes nuestros teléfonos por si acaso.
—Claro, faltaría más. Yo les llamo si averiguo algo. Les invito a unos zuritos si les parece bien, que hoy hace mucho calor. Por las molestias, ya saben.
—Estamos de servicio, gracias. Y no se olvide de avisarnos si se entera de algo —sentenció Milene antes de abandonar el local.
—Claro, guapa, así lo haré. Hay que ver cómo ha mejorado la Ertzaintza en estos años, ahora sí que es un cuerpo de categoría…
Manolo le guiñó el ojo a la guardia civil mientras chasqueaba la lengua con gesto lascivo. Galarza se tuvo que llevar de allí a rastras a Milene antes de que el asunto pasara a mayores, ya que la joven quería ajustarle las cuentas a aquel maleducado.
—Tengamos la fiesta en paz, Milene, no merece la pena.
La joven obedeció a su pesar y se quedó con las ganas de darle su merecido a aquel impresentable. Con un asalto de un par de minutos hubiera tenido bastante para darle la lección que realmente se merecía, pero no era el momento ni el lugar más adecuado.
—Nuestro gozo en un pozo. ¿Y ahora qué hacemos?
—No te preocupes, tengo una idea. Conozco algún que otro garito por aquí del mismo estilo, puede que sepan algo de nuestro hombre.
Los dos investigadores se adentraron de nuevo en el maremágnum de callejuelas intrincadas repletas de gente.
Llegaron incluso a separarse unos metros debido a la aglomeración de personas en determinados cruces, por lo que Milene permaneció atenta para no perder la referencia de Koldo.
Ella no conocía el puerto y no le apetecía lo más mínimo tener que preguntar para salir de allí como una vulgar turista.
Así que siguió con la mirada a Koldo hasta que distinguió un movimiento extraño en su compañero.
Se fijó en que el subinspector se paraba un segundo y sacaba el móvil del bolsillo.
Al parecer, por su gesto serio, había recibido una llamada importante.
Solo esperaba que no fuera el descubrimiento de un nuevo cadáver, bastantes tenían hasta ese momento para cargar con un muerto más a sus espaldas.
Koldo pareció entonces confuso mientras miraba a su alrededor.
Milene creyó que buscaba su ubicación sin encontrarla, lo que le hizo dudar un instante.
Ella levantó el brazo para intentar atraer su atención sin que el ertzaina llegara a verla en medio del tumulto.
La chica pensaba acercarse hasta su posición pero no le dio tiempo.
Justo entonces, el subinspector se giró y salió disparado en dirección contraria. ¿Qué habría pasado?
El instinto más primitivo se le activó enseguida a Milene al pensar que algo malo sucedía.
No entendía por qué su compañero abandonaba el lugar sin avisarla y sin saber bien dónde se encontraba ella.
En el manual del buen policía no se dejaba atrás al compañero ni se adentraba uno en ningún lugar o perseguía a un posible sospechoso sin cobertura, por mucho que ellos no estuvieran accediendo a un lugar peligroso en busca de un narcotraficante.
Solo se encontraban en medio de una zona de marcha, aunque Milene se sintió por un momento desamparada y algo perdida.
Y ese instinto primario, tal vez el de una investigadora en medio de un caso importante, la avisó de que algo no marchaba bien.
Giró sobre sí misma sin divisar nada fuera de lo normal, pero sus tripas no solían equivocarse.
No sabía si seguir a Koldo, intentar llamarle por teléfono o permanecer en ese lugar hasta que regresara.
No le dio tiempo a discutir consigo misma las diferentes alternativas, ya que entonces otro suceso vino a trastocar sus pensamientos.
—Pero qué demonios…
Milene se sobresaltó al sentir un pinchazo en el brazo.
Justo en ese momento se hallaba en medio de un tumulto de personas que iban y venían, por lo que no sabía bien con quién se había cruzado en el instante anterior.
Miró en derredor buscando al culpable sin divisar a nadie sospechoso.
Se miró entonces el brazo y comenzó a preocuparse de verdad.
Alguien la había pinchado con un alfiler, lanceta o utensilio similar, dejándole una marca visible.
Su mente viajó hacia las noticias que llenaban los telediarios durante las últimas semanas, con multitud de casos similares en fiestas por todo el país, casi siempre referidos a chicas que sufrían esos pinchazos, y terminó por asustarse del todo.
Cuando comenzó a sentirse mareada, supo que andaba metida en problemas.
—No se preocupe, señorita, yo le ayudo…
Milene escuchó esas palabras entre brumas y ni siquiera pudo distinguir bien los rasgos del hombre que se situaba a su lado.
El buen samaritano la agarró por el costado para sacarla de aquel enjambre de personas, dirigiéndose hacia un lugar más despejado.
Sus sentidos querían alertarla del peligro, pero alguna sustancia química se había introducido en su organismo anulando su voluntad, por lo que no pudo luchar contra su destino.
—Tranquila, Milene. Enseguida llegamos, no te preocupes.
Las pupilas de la guardia civil aumentaron ligeramente de tamaño ante la pequeña subida de adrenalina, su cuerpo le avisaba del peligro inminente pero ella no podía reaccionar.
Tal vez la hubieran drogado con escopolamina, burundanga o algo parecido, llegó a pensar entre tinieblas.
En esos momentos no podía hacer nada para remediarlo ya que sus músculos no le respondían.
No reconoció en un primer vistazo el rostro de su acompañante, camuflado entre falsas prótesis, gafas y barba de varios días, sospechando que Damián Pérez Tornero había tomado el mando de las operaciones.
En esos momentos Milene rezó todo lo que supo y eso que no era demasiado religiosa.
Y claro está, temió por su vida, a sabiendas de que estaba en manos de un peligroso criminal.
Luchó para no perder la consciencia del todo, pero los párpados se le cerraban y creyó que el final se encontraba muy cerca.
Solo esperaba que fuera rápido y no se llegara a enterar del todo, le tenía mucho miedo al dolor.
Su destino parecía ya escrito, solo le quedaba esperar un milagro…
Escasos segundos antes, Koldo había notado la vibración del móvil en su bolsillo. Sacó el teléfono y no distinguió el número que le llamaba. Contestó de todas maneras por si acaso, era su obligación como policía judicial.
—¿Inspector Galarza? —preguntó una voz grave que no distinguió de primeras.
—Sí, soy yo. ¿Quién llama?
—Disculpe, soy Manolo, el del bar del Puerto Viejo. No sé si me oye bien, se escucha mucho ruido.
El ertzaina miró en derredor y no localizó a Milene, pero la llamada le interesaba.
Si Manolo le telefoneaba tan rápido sería por una buena razón.
Quizá habían encontrado esa pizca de fortuna que les esquivaba desde que comenzaron con la investigación, por lo que decidió alejarse unos metros de aquel cruce de caminos repleto de gente.
Ya buscaría a su compañera en cuanto colgara el teléfono.
—Sí, perdona, hay mucho jaleo. Ya me he apartado unos metros, ¿me escuchas mejor?
—Sí, agente, ahora se escucha algo mejor. Creo que tengo algo que puede interesarles…
—Al grano, Manolo, no tengo todo el día.
—Sí, perdone, tiene razón. El bueno de Damián está por aquí ahora mismo.
—¿Cómo dices? —preguntó Koldo incrédulo.
—Como oye, está en el baño. Me ha pedido un copazo y se ha ido al tigre mientras tanto, así que he aprovechado para llamarle. Espero haber hecho bien.
—Sí, claro, perfecto. Tú entretenle un rato, voy para allá enseguida.
—Por supuesto, jefe, no se preocupe. Aquí le esperamos.
Koldo colgó el teléfono con una sonrisa en el rostro.
¡Lo tenían! Buscó de nuevo con la mirada a Milene, sin conseguir localizar su característica melena a lo afro.
Y eso que la chica llamaba la atención por donde fuera, pero en esos momentos él solo pensaba en atrapar al sospechoso.
No podía perder más el tiempo; quizá Damián se largara del local, se perdiera entre el gentío y ya le fuera imposible dar con él.
Así que tomó una determinación de la que más tarde se arrepentiría.
Se dio la vuelta y salió a la carrera mientras apartaba gente de su camino, directo hacia el bar que habían visitado un rato antes.
Dejó atrás a su compañera sin avisarla ni pedir más refuerzos, sin darse cuenta de que igual el asesino no se dejaba atrapar tan fácilmente.
No calibró las posibles consecuencias y solo sopesó una rápida valoración de pros y contras.
Su ego pudo más y decidió ir en busca del sospechoso sin más ayuda que sus fuertes brazos y su experiencia policial.
Un error que podría costarle muy caro a los protagonistas de esta historia.
Llegó sofocado al bar, pensando en que necesitaba mejorar su estado físico antes de que le diera un síncope por cualquier esfuerzo mayor de lo normal. Enseguida apartó con rapidez ese pensamiento al ver el gesto de Manolo. No le gustaba un pelo, allí había gato encerrado.
—¿Dónde está tu amigo? —soltó a bocajarro ante la mirada huidiza del barman.
—Lo siento, inspector, se ha largado con viento fresco. He intentado darle charleta para que no se fuera, pero me ha dicho que tenía prisa y no he podido retenerlo. Mire, hasta se ha dejado la copa casi entera en la barra, menudo desperdicio.