La noche de los perdedores (Bermejo y Roncero 6) El muelle de la discordia
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El muelle de la discordia

Milene sentía que los acontecimientos se precipitaban a toda velocidad, estaban cada vez más cerca de su objetivo.

Estaban estrechando el cerco sobre el sospechoso principal y, sin embargo, la investigadora de la policía judicial intuía que ese tipo no podía ser el único responsable de la serie de crímenes cometidos en la región durante los últimos días.

Se les había hecho tarde tras la conversación con Ibai Larrea, pero con el solsticio de verano recién estrenado, las horas de luz eran más largas y podían extender la jornada. Todo con tal de acabar con aquella pesadilla que había sacudido la cornisa cantábrica durante las últimas semanas.

Así que decidieron encaminar sus pasos hacia los lugares mencionados por Belén Parra con la esperanza de lograr obtener algún tipo de información sobre el esquivo mecánico.

Sabían que disparaban un tiro al aire, pero en ese momento no contaban con una pista más fiable para encontrar su paradero.

Y por si fuera poco, Koldo se encargó de echarle un jarro de agua fría antes siquiera de empezar la búsqueda.

—La margen derecha de la ría es un área demasiado extensa para que podamos recorrerla nosotros solos.

Ya solo revisar Neguri, con su gran cantidad de casoplones, nos llevaría semanas.

Por no hablar del hecho de que no disponemos de órdenes judiciales ni nada parecido que les obligue a abrirnos las puertas de sus humildes chabolas.

Allí nadie nos va a hacer ni puñetero caso, por mucha placa de la Ertzaintza o de la Guardia Civil que les enseñemos, ellos están por encima del bien y del mal.

—Y entonces, ¿qué hacemos? —inquirió Milene, confusa—. ¿Nos rendimos y ya está?

—Ni por asomo, solo necesitamos algo de suerte. Para empezar, vamos a buscar al dichoso Manolo, a ver si puede contarnos algo de Damián. ¿Conoces el Puerto Viejo de Algorta?

—Qué va, no he estado nunca por ahí. Me sonaba lo del puerto deportivo, pero eso es otra cosa, ¿no?

—Sí, pero andan muy cerca el uno del otro.

En mis buenos tiempos pasaba bastante por allí con la cuadrilla, y eso que a nosotros nos gustaba más el poteo en el Puerto Viejo.

Podemos aparcar cerca y recorrer los diferentes garitos, a ver si damos con una pista.

Además, allí comienza la playa de Ereaga y las casitas de Neguri, quizá tengamos un golpe de suerte y alguien conozca a nuestro amigo Damián.

Se dirigieron en el coche de Koldo hacia Getxo.

Recorrieron la consabida A-8, la autovía del Cantábrico, hasta Barakaldo y se desviaron entonces por la N-637.

En menos de media hora llegaron a su destino, otra cosa sería encontrar una plaza de aparcamiento junto al puerto deportivo.

A esas horas de un viernes por la noche los bares y restaurantes de ese enclave ya se encontraban a tope de gente, por lo que dejaron atrás esa zona para dirigirse caminando hacia el comienzo de la playa de Ereaga.

—¿Y ese edificio tan extraño? —preguntó entonces Milene señalando un lugar situado en la intersección entre la entrada del puerto deportivo y el comienzo de la playa.

—Ah, son las Galerías de Punta Begoña. Recuérdame que te cuente otro día su historia, es bastante interesante. Si te parece, apretemos el paso para adentrarnos en el Puerto Viejo.

Milene se quedó con el nombre de aquel peculiar edificio.

Le había picado la curiosidad, ya buscaría información por su cuenta si Koldo no le daba más datos, ahora tenían otras preocupaciones más importantes de las que ocuparse.

Recorrieron el paseo marítimo junto a la playa de Ereaga, otro lugar que Milene pensó en visitar más adelante, con tiempo.

Le gustó el ambiente junto al arenal, lleno de bares, restaurantes y garitos repletos de gente, por lo que el paseo se le hizo más largo de lo que pensaba hasta llegar al famoso Puerto Viejo de Algorta.

—Madre mía, esto está de bote en bote. Y eso que ayer se celebró la noche de San Juan, pero parece que aquí todo el mundo tiene ganas de fiesta.

—En Madrid no es muy típico celebrar la noche de San Juan, no tenemos playas para organizar hogueras y saltar sobre ellas. Lástima que me perdiera también las fiestas de aquí, es lo que tiene este trabajo.

—No te preocupes, ya tendrás tiempo de disfrutar de esas y otras fiestas. Parece que nadie se acuerda ya de la dichosa pandemia y solo quieren pasarlo bien.

—Sí, ya veo que hay mucha animación por aquí. E imagino que esas casitas con vistas al mar forman parte del famoso Neguri.

—Efectivamente, no te equivocas, Milene. Neguri es toda esa parte, como si dijéramos a partir de la segunda línea de la playa de Ereaga. Un poco más arriba, tras pasar esta playa y llegar a la de Arrigunaga, en Punta Galea, también hay chalets que quitan el hipo.

—¿Trabajará por aquí el famoso Damián? No me pega mucho, por lo que sabemos de él.

—A saber, puede que cualquier ricachón de la zona le contratara de mecánico, manitas o lo que sea. Aquí se junta gente de todos los estratos sociales y nadie se sorprende por nada.

—Sí, eso me había parecido.

—Si te fijas bien, el ambiente en estas terrazas junto a la playa de Ereaga es un poco más pijillo. Pero en el Puerto Viejo se suele ver otro tipo de clientes, ya lo verás.

Llegaron por fin a unas escaleras que parecían perderse cuesta arriba, en una estampa pintoresca que llamó la atención de la recién llegada.

A Milene le gustó el contraste de las casas encaladas de blanco con sus postigos de colores llamativos, rojos y verdes en su mayoría, que resaltaban en un enclave que dominaba la bahía del Abra.

Subieron esas empinadas escaleras y se adentraron en un lugar totalmente diferente, como anclado en un pasado cercano que ya nunca regresaría.

Allí se encontraron con un ambiente muy animado, lleno de cuadrillas tomando pintxos mientras disfrutaban de las vistas sobre el mar.

—¿Qué te parece? Han intentado conservar la esencia del antiguo pueblo de pescadores, el origen del actual Getxo, entre estas callejuelas repletas de historia.

La oferta gastronómica es muy buena, sobre todo en pescados y mariscos, pero no es apta para todos los bolsillos.

Y mucha gente prefiere beber en la calle mientras degustan unos pintxos mirando al Cantábrico.

—La verdad es que me encanta, lástima que no podamos recrearnos. ¿Preguntas tú por el bar de Manolo? Creo que te harán más caso a ti por aquí, yo parezco una turista despistada.

A Milene le apetecía sacar el móvil e inmortalizar algunos rincones del Puerto Viejo, dignos de las mejores fotografías de cualquier perfil de Instagram que se preciara.

Pero no le pareció apropiado ponerse con la cámara en medio de una investigación y quiso ser profesional, por lo que interpeló a su compañero para encontrar el sitio que andaban buscando.

Koldo asintió y se dirigió a un grupo heterogéneo de chicos y chicas para preguntarles si conocían el sitio deseado.

Eran unos chavales demasiado jóvenes y no les sonaba el lugar, por lo que el ertzaina siguió buscando.

Hasta el tercer intento, cuando habló con un grupo de gente más cerca de los cuarenta que de los veinte años, no logró su objetivo.

—Vamos, ya sé dónde está el dichoso bar.

Milene se dejó guiar por su compañero entre los intrincados callejones, cada vez más llenos de gente.

Al final llegaron al local de Manolo, un bareto de mala muerte al que no hubieran entrado por propia iniciativa.

El mismo dueño les atendió en la barra y sus inequívocos gestos de nerviosismo les advirtieron de que también él les había calado nada más llegar.

—¿Podemos charlar en un sitio más tranquilo? —le preguntó Galarza al barman mientras le mostraba la placa con discreción.

Manolo les hizo un gesto para que le acompañaran hasta la parte trasera del local, mientras indicaba a un chaval joven que se hiciera cargo de la barra en su ausencia.

—¿En qué puedo ayudarles? Espero que no haya ningún problema con la licencia, la renové hace unas semanas.

—No venimos por eso, no se preocupe —contestó Koldo.

A Milene tampoco le hicieron gracia las miradas subrepticias del tal Manolo, pero no quiso liarla nada más llegar.

Le recordó un poco a Peio, el dueño del taller con el que habían hablado anteriormente, otro que iba de listillo.

Seguro que todos eran colegas y estaban cortados por el mismo patrón, pensó entonces la joven.

De eso conocerían ambos a Damián, Dios los criaba y ellos se juntaban.

—Estamos buscando a Damián Pérez Tornero, ¿le conoce usted? —se quiso adelantar Milene ante el gesto chulesco del interrogado.

—No, la verdad, no me suena de nada. ¿Quién es ese tipo y por qué le buscan?

—No es asunto tuyo, Manolo. Y no te hagas el listo con nosotros —soltó entonces Koldo.

Milene se fijó en que el subinspector había pasado al tuteo para que el interpelado no pensara que podía vacilarles.

También le echó a ella una mirada contrariada al no dejarle manejar la conversación, pero enseguida relajó el gesto y se concentró en el testigo.

Galarza le enseñó la fotografía del sospechoso y Manolo pareció recobrar la memoria.

—Ah, coño, el Dami. Perdónenme, al escuchar su nombre completo no caí en la cuenta.

—¿Le conoces bien? —continuó Koldo.

—Bueno, sí, a ver… Lo que se puede saber de un parroquiano cuando viene por mi bar a beber, nada más. Lo cierto es que hace tiempo que no le veo, antes era un habitual.

—Su mujer nos ha dicho que ustedes dos son amigos desde hace tiempo. Y que a veces hacían negocios juntos —intervino Milene.

—Bueno, sí, le conozco desde hace años, pero no diría que somos amigos. Y yo no sé nada de sus chanchullos, a mí no me metan en líos. Además, hace meses que no sé nada de él, ni tengo idea de por dónde andará ahora, la verdad.

—¿Seguro, Manolito? Eso no es lo que nos han dicho.