La noche de los perdedores (Bermejo y Roncero 6) La prueba más difícil
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La prueba más difícil

El título de esta entrada de mi diario de bitácora puede llevar a engaño.

O tal vez me venga como anillo al dedo al referirse a dos puntos de inflexión casi simultáneos que lograron arrancarme una sonrisa.

¿Sería esa la famosa serendipia de la que todo el mundo hablaba?

No lo creía, no al menos abiertamente, pero tampoco desaprovecharía la coyuntura.

Si nos venían esas cartas en la partida habría que jugar contra el destino, no me quedaba otro remedio.

Mis pruebas médicas de los últimos días, ese primer punto de inflexión mencionado, habían arrojado resultados más esperanzadores de lo que barruntaba en un principio.

Contaba con un amplio equipo multidisciplinar que peinaba los últimos avances en medicina y cualquier proyecto o ensayo clínico a nivel mundial que tuviera que ver con mi enfermedad.

Se estaban obteniendo resultados prometedores en estudios llevados a cabo por los mejores científicos en lugares tan distantes y distintos como la India, Brasil o Estados Unidos.

Y claro, yo me emocionaba como un colegial pensando en que todavía quedaba una oportunidad para mí, aunque ya hubiese firmado mi sentencia de muerte hacía mucho tiempo.

No quería lanzar las campanas al vuelo, pero así tendría a lo que aferrarme en esas largas noches de insomnio en las que mi mente deambulaba por los acontecimientos más relevantes de mi vida.

No me arrepentía de nada, y a su vez me martirizaba por no haber logrado ciertos hitos que un buen día me planteé como puntos fundamentales en el devenir de mi existencia.

Y allí me encontraba de nuevo, a merced de los elementos mientras esperaba un milagro que tal vez nunca llegaría.

Y como siempre hay que poner buena cara al mal tiempo, me había buscado mi propio entretenimiento.

A fe que lo había conseguido con creces, admirado por el grado de superación que mis dos fieles escuderos mostraron a lo largo de la exigente competición.

Si creí que Cómodo se había superado al proporcionarme uno de los mayores placeres de mi vida, llegaba ahora el turno de Aquiles.

Y yo que había pensado que el chófer solo valía para arreglar bujías y conducir coches, menudo descubrimiento…

A mi regreso, Aquiles me abordó sin rodeos.

Siempre me han gustado los hombres que van de frente, y él parecía ser de esos.

Quizá se mostrara más tímido o esquivo al principio, pero en esos momentos yo le veía con un poso mayor de seguridad en sus ademanes, en sus palabras.

Un halo de suficiencia que no terminaba de enmascarar lo que sus ojos me mostraban sin ambages: el sufrimiento que le producía plegarse a mi voluntad para acometer lo que cualquier persona de bien consideraría terribles actos de naturaleza criminal, por no hablar de los pecados mortales que le habían arrebatado su esencia como ser humano.

—Jefe, creo que he descubierto el lugar al que se refería con sus acertijos —me aseguró en cuanto pudo reunirse conmigo.

—Sorpréndeme, querido amigo.

Y de verdad que me sorprendió el muy cabronazo, no me lo esperaba ni por asomo.

Quizá sí que descubriera en buena lid la ubicación a la que llevaban las pistas históricas que le proporcioné antes de mi marcha.

Tal vez hiciera trampas buscando en internet, pero creo que fue sincero al mostrarme los pasajes precisos de libros de mi biblioteca en los que aparecía la villa marinera que estábamos buscando.

Y es que solo una población cumplía todas las premisas descritas con anterioridad, un lugar importante en nuestra pequeña aventura.

—Sin duda se trata de Santoña, jefe. No hay constancia histórica de que fuera el lugar de nacimiento del marinero Juan de la Cosa, pero las crónicas oficiales de la época nos lo muestran como vecino de la villa, al igual que a su mujer y a su hija.

Se embarcó con Colón en sus dos primeros viajes a América, el primero a bordo de su propia nao, rebautizada como la Santa María para aquel viaje inaugural que descubrió América en 1492.

A su regreso a España dibujó su famoso mapamundi y los vecinos de Santoña le homenajearon con un monumento en su honor en pleno paseo marítimo de la ciudad.

—Vaya, veo que has sido un alumno aplicado. Todavía te falta una parte del acertijo para poder asegurar que es Santoña, ¿me equivoco?

—Santoña fue también un enclave muy importante durante la Guerra de la Independencia e incluso antes, durante las diferentes incursiones que los franceses realizaban por el norte de España. De ahí sus numerosas fortificaciones…

Aquiles me mostró información sobre el tema, datos obtenidos de tres lugares distintos de mi biblioteca que me dejaron bastante impresionado.

Incluso me enseñó detalles que yo desconocía sobre la historia del «Gibraltar del Norte», como llegó a llamarse a la villa de Santoña durante esa época.

Y es que los franceses ya habían capitulado ante el ejército anglo-español, con Napoleón camino de la isla de Elba durante esa primavera de 1814, pero mantuvieron la plaza de Santoña por no entregársela a los ingleses.

Que la Pérfida Albión hubiera conservado dos bastiones en la península ibérica como Gibraltar y Santoña, dos puntos tan estratégicos situados tanto en el norte como en el sur, hubiera supuesto un grave problema para todas las potencias europeas durante las siguientes décadas, por lo que el conde de Lameth, encargado de la guarnición de Santoña, solo accedió a rendir la plaza ante una dotación española para no favorecer los intereses de los británicos.

—¡Bravo, querido Aquiles! Te has superado, la resolución del enigma ha sido más que satisfactoria. Pero esto solo supone la primera parte de la prueba, ya sabes…

—Antes de esa parte quería comentarle algo, don José María.

—Veamos de qué se trata —le contesté con curiosidad.

Yo estaba dispuesto a escuchar sus posibles peticiones, aunque le abronqué cuando me enteré de su comportamiento durante las últimas horas.

En mi ausencia desobedeció las órdenes de ocultarse, de pasar desapercibido hasta que se enfriara el tema, pero fue por una buena causa: la familia.

Y su preocupación por los suyos derivó en lo que podía haber sido una confrontación fatal para nuestros intereses, una bala traicionera que afortunadamente pudo esquivar.

Le reiteré que debía mantenerse alejado de los investigadores, por lo menos hasta que tuviera claro el nombre de la nueva víctima.

—Te voy a pasar un dosier completo sobre algunas de las candidatas para que vayas estudiándolo, todavía no tengo muy clara la elegida final.

Sé que será complicado y tendrás que evaluar diferentes variables, pero me gustaría que el secuestro tuviera lugar en el interior de Santoña.

¿Te atreverás a semejante desafío en pleno centro de la ciudad?

—No lo sé, tendré que estudiar el terreno cuando conozca su elección.

Pero sí, no se preocupe, buscaré la mejor manera de afrontar el desafío.

No le decepcionaré, de eso puede estar seguro.

Hallaré la mejor solución y le prometo que no se arrepentirá de haber confiado en mi criterio, pienso regalarle una actuación memorable.

—¡Así me gusta, Aquiles! Esa actitud es primordial para afrontar la prueba en las mejores condiciones.

Sabes que tienes muy complicado superar el puntaje de Cómodo después de su soberbia actuación, pero espero que me sorprendas de nuevo.

Estás muy cerca de tu objetivo final, no creo que necesites que te lo recuerde.

Por cierto, quiero que me mantengas informado de todos los avances.

Y en cuanto decida quién es la agraciada te lo comunicaré a la menor brevedad.

Hasta entonces mantén un perfil bajo, no queremos problemas con las autoridades.

—Así lo haré, don José María, no se preocupe.

—Ah, y no quiero presionarte más, ya sabes que me encantan los retos.

Y después de apoderarte de tu nueva víctima, tengo otro desafío para ti, quizá el mayor al que nos hayamos enfrentado jamás.

He pensado que el lugar para representar tu gran escena final sea una construcción singular que pasa desapercibida para mucha gente.

Un enclave ideado por un inglés durante el siglo XVIII, un elemento singular que pretendía acabar con los problemas derivados de la falta de lluvia en la región en aquella época lejana.

—No se preocupe, señor. Estudiaré bien la estrategia a seguir para acercarme a la elegida. Y buscaré también ese lugar único, aunque sea lo último que haga en esta vida.

Aquiles se despidió de mí con fuego en los ojos.

Sabía que me odiaba por haberle convertido en un asesino sin escrúpulos, aun siendo consciente de que tenía su vida en mis manos.

Además, la posibilidad de recuperar su casa y a su familia y comenzar de cero sin ninguna deuda pendiente se convertían en acicates demasiado poderosos para dejarlos de lado.

Su determinación parecía férrea, pero el destino ya sabéis que a veces es caprichoso.

Y no porque su desempeño fuera el erróneo o hubiera cometido algún fallo grave, sino porque a veces la vida nos lleva por unos derroteros que jamás hubiéramos previsto.

Solo nos quedaba esperar acontecimientos mientras la rueda del tiempo giraba sin descanso.

Os prometo que ya queda poco, queridos lectores. El final de esta historia se acerca a marchas forzadas. Hasta entonces, disfrutad de estos pequeños momentos antes de que la zozobra se apodere del universo.