La noche de los perdedores (Bermejo y Roncero 6) El perseguidor perseguido
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El perseguidor perseguido

La fortuna no le fue esquiva en esa ocasión, sonriéndole juguetona desde su atalaya de superioridad.

Quizá si no se hubiera preocupado por la situación en su casa tras las advertencias de don José María nunca se habría topado de frente con su verdadero problema.

Visto en perspectiva, tal vez fue peor el remedio que la enfermedad; y al final, acabó él solito por meterse en la boca del lobo.

No quería contactar con su mujer porque intuía que le acarrearía más inconvenientes que otra cosa.

Su mala cabeza era la que lo había llevado hasta esa situación, por lo menos la inicial en la que estaba a punto de perderlo todo y arruinar a su familia para siempre.

Lo que había sucedido después, una vez que entró a trabajar para el vecino de Punta Galea, habría que apuntárselo al debe de la angustia y la desesperación.

Sabía que jamás podría superar lo que el dichoso Imperator le había obligado a hacer, por mucho que lo dulcificara asegurándole que él solo era uno de los participantes en la mayor contienda de la historia.

No, Damián no podía escudarse en pamplinas ni buscar excusas baratas.

Don José María se aprovechó de su precariedad, como tantas personas de buena posición habían hecho a lo largo de los siglos con otros desgraciados como él.

El millonario había utilizado sus deudas y su moral hundida para unirlo a su descabellada causa sin pensar en las consecuencias para los demás.

A su jefe le daba todo igual, le quedaba poco tiempo de vida y quería marcharse a lo grande.

Y si para ello había que hundir en el pozo más profundo de la miseria humana a todo el que se acercara a él, que así fuera.

Y mucho más en su caso que en el de su contrincante, al parecer acostumbrado a lidiar con la maldad o a despreciar el valor de una vida humana, como si fueran simples peones en el tablero de la podredumbre.

Jamás se perdonaría lo que le había hecho a esa pobre chica, privándole de su esencia para después humillarla públicamente de esa manera.

No podía siquiera imaginar el sufrimiento de su familia, de sus seres queridos, al saber que su querida Marta sería recordada como un despojo humano que acabó colgado de un puente.

De nada les serviría conocer el mimo con el que trató ese cuerpo ya marchito al limpiar su piel de cualquier vestigio forense que pudiera llevar hasta él, ni el cuidado con el que intentó mostrarle algo de respeto al trasladar su cadáver todavía tibio.

El respeto que se perdió al exhibirla de esa manera, con su bella y lánguida desnudez martirizada al recrear una crucifixión que se le aparecería en sueños hasta el momento en el que dejara de respirar.

Una barbarie que terminó por enterrar en el fondo del abismo sus últimos vestigios de cordura.

No, nunca habría paz para los malvados que acabaron con la condición de lo que un día significó Marta Hinojedo.

Los fantasmas se le aparecían de madrugada para torturarle e impedirle conciliar el sueño.

Un sueño lúcido y mortal que le acompañaba de la mañana a la noche, una forma poco convencional de agotarle física y psicológicamente mientras sus baterías vitales perdían poco a poco su vigor.

Sabía que no podía continuar así si pretendía tener una mísera oportunidad de acabar con aquella salvajada, pero para ello tendría que sobreponerse y seguir luchando.

Su angustia existencial se tornaba a veces en el optimismo más recalcitrante, mientras se conjuraba para terminar con la absurda competición cuanto antes.

Sí, Cómodo se había superado a sí mismo deslumbrando por el camino al juez de la competición, al maldito psicópata que los llevaba de cabeza al más profundo de los infiernos del averno.

Pero él todavía se veía con fuerzas para superarle con su segunda prueba y de ese modo poner en el marcador el definitivo dos a cero que acabaría con el sufrimiento de tanta gente.

Pero para eso debía evitar a toda costa que lo atraparan antes de tiempo.

Y tuvo que asumir que sin los contactos de don José María, lo más probable era que a esas horas estuviera ya encerrado en un calabozo.

Primero, porque su inexperiencia ante unos investigadores curtidos desnivelaba la balanza de un modo que nunca supuso en un principio y, segundo, porque había sido tan idiota de desobedecer las instrucciones de su jefe, dueño y patrón, ese Fausto que se había apoderado de su alma y no pensaba soltarla hasta que le hubiera exprimido hasta la última gota de sangre.

Sabía que estaban tras su pista, pero no pensó que su captura fuera tan inminente.

Don José María le aseguró que la policía había hablado con su antiguo empleador tras descubrir la identidad del sospechoso que buscaban.

Al parecer, el rastro de su viejo Renault 19 y alguna imagen captada por una cámara puso a los investigadores en la senda correcta.

El cerco se estrechaba, aunque él no sintiera todavía el nudo corredizo sobre su cuello.

Hasta aquella tarde en la que quiso acercarse a la que todavía era su casa, sin saber que estuvo a punto de cometer el mayor error de su vida.

Su domicilio se encontraba a las afueras de Castro Urdiales, en un barrio no demasiado alejado del puerto.

El sueño de su mujer era el de tener su propia casa a orillas del mar y por eso se habían hipotecado para adquirir un pequeño chalet adosado en el que poder criar a su familia.

Un lugar privilegiado al lado del Cantábrico, a escasos kilómetros de Bilbao y muy cerca de las mejores playas cántabras.

El efímero comienzo de la felicidad suprema y el fin último de su desgracia más duradera.

No vio ningún coche patrulla de policía en las inmediaciones de su casa, y tampoco las fuerzas de seguridad contaban con medios ilimitados, pensó Damián al acercarse con sigilo.

Como precaución adicional, para cambiar algo su aspecto exterior se había dejado barba y llevaba una gorra de deporte en la cabeza.

Las gafas de sol ocultaban aún más su rostro, pero eso no impediría que algún vecino del barrio o cualquier policía que hubiera visto su imagen en un cartel de «Se busca» en su comisaría pudieran reconocerle al instante.

Damián no quería pecar de paranoico. Sabía que llegados a ese punto toda precaución sería bienvenida.

Y menos mal que se dio una última vuelta antes de dirigirse hacia su casa, porque entonces divisó un anodino Ford Focus aparcado en su misma calle.

Allí se conocían todos, se trataba de una zona residencial, y ese coche le llamó la atención por desconocido.

Se ocultó tras una furgoneta de reparto desde la que podía vislumbrar la entrada de su chalet.

En cuanto vio salir a la pareja del vehículo supo que se avecinaban problemas.

El coche no llevaba ningún distintivo policial, pero el hombretón que conducía el Focus apestaba a madero desde lejos.

Su compañera, por el contrario, se asemejaba más a una actriz o modelo, aunque las apariencias suelen engañar.

Y en sus circunstancias no podía fiarse de nadie, por lo que permaneció atento a sus movimientos.

Desde su posición no podía escuchar lo que decían, pero sí distinguió el rostro de sorpresa de su mujer al abrirles la puerta.

Si se acercaba más perdería la seguridad de su posición, por lo que prefirió pecar de prudente.

Nunca habría logrado escuchar lo que decían, pero pudo imaginarse el devenir de la conversación.

Las autoridades habían descubierto su identidad y venían a hablar con su mujer.

Su tiempo se agotaba y debía tomar una decisión.

Los policías acompañaron a su esposa al interior de la casa, por lo que los perdió de vista sin remedio.

Ignoraba lo que ocurriría en el interior de lo que en breve dejaría de ser su hogar.

Y solo para engordar más aún el pasivo de un banco que había dejado en la calle a miles de familias durante las sucesivas crisis que el supuesto primer mundo no dejaba de encadenar durante los últimos años.

«¡Bienvenidos al capitalismo, fuente de todos nuestros problemas!

», pensó Damián. En qué maldita hora había firmado los papeles que el ejecutivo del BIB le plantó delante de su cara, todo por cumplir el sueño de cualquier familia española de clase media aspiracional.

«Menudos ilusos estábamos hechos», pensó.

Todos como borreguitos siguiendo las directrices que los que mandan dejan estipuladas para sus súbditos aunque eso conlleve tu propia ruina.

Una idea peregrina comenzó a instalarse en su cabeza.

¿Y si lograba sorprender a don José María con un arriesgado plan que incluyera cumplir las pruebas que le había impuesto de antemano?

Tal vez el malvado Imperator le había aleccionado sin pretenderlo, o embaucado sin él saberlo para llevarle hasta la única víctima posible.

Sí, la joven policía que acababa de entrar en su casa podría ser la víctima perfecta para cuadrar el círculo de terror en el que la locura del inductor de aquella infamia acabaría por envolverlos a todos.

Una solución que podría terminar de golpe con sus problemas de una forma u otra.

Como decía su abuelo, taurino de pro, la prueba solo podía terminar de dos maneras: o puerta grande o enfermería.

Y él no quería acabar ni en la enfermería, ni en la comisaría. Y por supuesto, tampoco en la morgue.

Le quedaba mucho trabajo por delante antes siquiera de imaginar que podría llegar a encargarse de una tarea tan complicada.

Hablaría con el patrón y le mostraría alguna de sus cartas.

Necesitaba su ayuda para acometer la parte más difícil de su plan, pero sabía que al jefe le apasionaban los retos y aquel era uno mayúsculo.

Total, si estaban allí para jugar, no perdía nada por intentarlo.

Su caída en desgracia no podía ser más profunda, y a malas, terminaría por fin con su sufrimiento.

Sabía que con su final se despediría de su familia para siempre, algo que le produciría un dolor casi más inhumano que el provocado por sus infames actos.

Antes de abandonar su barrio le quedaba algo por hacer.

Tras comprobar que los policías se habían marchado de las inmediaciones, se acercó a su casa por la parte de atrás, con cuidado de que no le viera ningún vecino y se coló por el patio.

Quería hablar con su mujer una última vez y averiguar lo que le había contado a los investigadores.