La noche de los perdedores (Bermejo y Roncero 6) El final del camino #4
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El final del camino #4

Semiescondido entre las rocas, Milene había encontrado una especie de trampolín que desafiaba a las frías aguas del Cantábrico.

A esas horas de la mañana, las aglomeraciones para saltar desde allí al mar no eran todavía muy numerosas, pero se acercaba el mediodía y cada vez llegaban más visitantes al Faro del Caballo.

—¿Saltamos o qué? —preguntó Milene entusiasmada.

A Koldo no le dio tiempo de llegar hasta su posición antes de que la chica se decidiera a probar con el salto al vacío.

Milene se desembarazó a toda velocidad de su conjunto deportivo y las zapatillas de deporte, quedándose solo con un minúsculo biquini que no pasó desapercibido para nadie.

Lo dejó todo en el interior de la pequeña mochila que había traído y se dirigió hacia el borde del improvisado trampolín de piedra.

—Vamos, Koldo, que no se diga…

Milene cogió carrerilla e imitó a unos chavales que se habían lanzado justo delante de ella.

El vuelo duró apenas un instante, el tiempo justo de arrepentirse de haber saltado al agua sin fijarse en las rocas que desafiaban a los bañistas, emergiendo del mar de forma visible por toda aquella zona sin un orden aparente.

—¡Cuidadooo!

A la chica le pareció escuchar a su amigo justo cuando su cuerpo se adentraba en el mar.

El golpeteo contra la superficie del agua fue algo más brusco de lo que se esperaba desde esa altura, pero le sorprendió gratamente la temperatura del agua.

En un verano excepcional en la cornisa cantábrica, Milene tuvo que reconocer las maravillas de la costa norteña.

Ella había estado en otros lugares de la península ibérica, como en algunas playas de Málaga o el Algarve portugués, donde la impresión al adentrarse en el mar era mucho más fuerte.

El agua estaba buenísima y pensaba disfrutarla a conciencia.

Cuando Milene miró hacia arriba divisó a Koldo acercándose al borde del trampolín.

El subinspector quiso dar la nota delante de unos chavales que no hacían nada más que picarle por lo que pudo atisbar la chica desde su posición, y se lanzó al vacío con un poco de suspense.

Cogió carrerilla, saltó hacia delante y se agarró de una cuerda desde la que se balanceó con su enorme corpachón.

Al segundo movimiento de vaivén se impulsó con todas sus fuerzas y voló sobre la posición de Milene, cayendo unos metros más allá.

El grupito de adolescentes le jaleaba desde la plataforma, sorprendidos por el gran salto de Koldo.

El bilbaíno se agarró las piernas con los brazos, encogiendo el cuerpo y entrando en el mar a toda velocidad.

La bomba fue perfecta y levantó una gran cantidad de agua y espuma, momento que aprovechó su improvisado público para aplaudir el intento.

—¡Mira que eres bestia! —le soltó Milene cuando llegó a su lado.

—A mí me iban a vacilar esos niñatos, creían que no me iba a atrever. No había nacido ninguno de ellos cuando yo ya me tiraba al mar desde ahí y desde sitios más peligrosos, como aquel promontorio rocoso de allí arriba.

Koldo le hizo una señal a Milene para que lo acompañara a nado y lo siguiera hasta un pequeño recodo al abrigo de las rocas, algo más alejados de la entrada y salida natural desde la que los bañistas saltaban al agua o regresaban a tierra firme.

Un poco más allá se encontraba una rampa de piedra a la que se podía acceder desde el mar, ayudados de nuevo por una cuerda para regresar al punto de partida.

—Espero que te haya gustado la sorpresa…

—Es increíble, Koldo, ¡me encanta! Soy idiota, seguro que si hubiera buscado en internet lo del Faro del Caballo me hubiera enterado antes de este sitio.

—Pues sí, seguramente… Pero de este modo ha sido mejor. Tenías que ver la carita que has puesto al verlo. Parecías una niña en la mañana de Navidad, después de encontrar en el salón de casa los regalos que le ha traído el Olentzero .

—Igual tienes razón, me ha hecho mucha ilusión encontrarme con algo así.

Seguro que mis padres me habrían echado la bronca por lanzarme de ese modo, justo después de mi convalecencia, pero me ha salido de forma espontánea.

No sé, ha sido una sensación extraña, como de completa libertad.

Me he visto ahí arriba y no lo he dudado ni un momento.

Ya tengo un lugar al que volver cuando regrese al norte, me he enamorado de este sitio.

—Hacía tiempo que no venía por aquí, lo reconozco.

Pero de chaval, cuando pasaba las vacaciones en Ajo con mi familia, mi hermana y yo nos acercábamos siempre que podíamos.

Y eso que ahora se ha convertido en un sitio de peregrinaje habitual para turistas y autóctonos de la zona, ha perdido toda su inocencia.

Prefiero venir en temporada baja, cuando no te encuentras a nadie en la bajada hasta aquí y además puedes deleitarte con el salto al mar en plena soledad.

—Habrá que probarlo también en alguna ocasión, si es posible, aunque prefiero venir aquí acompañada. Gracias por enseñarme un lugar tan maravilloso, al final voy a tener que agradecerte demasiadas cosas.

—¿Y eso?

—Umm, no sé. Hace poco me salvaste la vida, ahora me devuelves la ilusión y me convierto de nuevo en una niña alocada que no le tiene miedo al riesgo. No sé yo si me conviene demasiado su compañía, suboficial Galarza…

Milene se había ido acercando a Koldo mientras hablaba.

Ella era consciente de la cercanía de sus cuerpos casi desnudos, cubiertos con un simple bañador que en su caso era bastante minúsculo.

El ertzaina pareció sorprendido ante sus avances, pero no se movió de su posición y aguantó impertérrito mientras se mantenía a flote en el agua.

—¿Seguro que esto es una buena idea, Milene? —preguntó con un brillo especial en sus ojos.

—De perdidos al río, Koldo. O al mar si hace falta, nunca mejor dicho. He visto las garras de la muerte demasiado cerca de mí y no pienso perder más el tiempo con tonterías.

La joven enganchó sus brazos en el cuello del chico, mientras sus largas piernas se enroscaban a su alrededor.

Milene no se encomendó ni a Dios ni al diablo antes de lanzarse a por su propósito, que no era otro que besar los labios de aquel hombre que le había arrebatado el corazón.

No podía seguir luchando contra sus sentimientos, no ahora que había sido consciente de lo precario de la vida humana.

Ya tendría tiempo de arrepentirse llegado el caso, pero ese momento mágico era solo para ellos dos.

Koldo le devolvió el beso y sus bocas y lenguas se fundieron en un solo ente que les transportó muy lejos de allí.

Ni siquiera fueron conscientes de los vítores lanzados desde la plataforma por los mismos chavales que alentaron al ertzaina en su particular salto.

Se olvidaron de las penas y de los sufrimientos de los últimos tiempos mientras paladeaban el salado sabor de unos labios que parecían hechos para estar juntos.

—Esto no está bien, Milene, no podemos…

—No me puedo creer que no te haya gustado, tu cuerpo parece decir todo lo contrario —afirmó Milene mientras le guiñaba un ojo.

—No, sí, quiero decir… No me líes, por favor. Ya sabes a lo que me refiero.

Milene separó su rostro unos centímetros, sin llegar a soltar a su presa. No estaba dispuesta a dejar escapar la felicidad, no después de haber salido victoriosa de una pelea a cara de perro en la que llevaba todas las papeletas para perder.

—No te preocupes, Koldo, ya no somos compañeros de trabajo.

La operación conjunta ha terminado y no tenemos que dar explicaciones a nadie de lo que hacemos con nuestras vidas ni con nuestros cuerpos.

Pero si lo prefieres, podemos mantener una relación secreta, a escondidas de todo el mundo, lo dejo a tu elección.

—¿Una relación, dices? Eso ya son palabras mayores… Y te recuerdo que vivimos a cuatrocientos kilómetros uno del otro.

—Anda, calla; no seas idiota, me has entendido perfectamente —contestó Milene algo azorada—. Y en cuanto a lo de la distancia, ya nos apañaremos. Buscaremos una solución si te parece.

—No, si a mí me parece genial. Me ha encantado trabajar contigo, pero creo que se me notaba demasiado que yo quería algo más. Aguirre me estaba todo el día comiendo la oreja, me decía que los jefes me iban a apartar del caso.

—Pues ahora que lo dices… Yo también llevaba mi penitencia y en este caso, mi Pepito Grillo particular era la buena de Carmen, menudas broncas me echaba.

Sobre todo después de aquel bailecito tras nuestra cena conjunta.

Afortunadamente todo ha terminado y ya no tendremos que volver a trabajar juntos, ni rendir explicaciones a nadie.

—Bueno, eso nunca se sabe, Milene...