Llamada a larga distancia #2
Había transcurrido más de media hora sin que nadie le atendiera, por lo que Ibai comenzó a ponerse nervioso.
Algo que se acentuó cuando quiso salir al pasillo y buscar a alguien que le hiciera caso.
La puerta se encontraba cerrada con pestillo desde fuera, así que no le quedaba otra que esperar.
No es que se hallara en una sala de interrogatorios tradicional, con esos espejos al uso tras los que se escondían los policías como en las series de televisión, pero el habitáculo le parecía cada vez más pequeño y le estaba empezando a crear un poco de claustrofobia.
Por fin apareció el agente Butler con gesto distendido, acompañado de otro hombre vestido de manera informal que no parecía pertenecer al FBI. El recién llegado se lo confirmó instantes después, al hablarle directamente en español, mientras Butler salía de nuevo afuera, dejándoles a solas.
—Buenos días, señor Larrea. Mi nombre es Pablo Roncero y soy capitán de la Guardia Civil en la UCO, nuestra unidad de policía judicial.
Lamentamos mucho los inconvenientes ocasionados, pero hay unas personas que quieren hablar con usted desde España y me han solicitado ayuda para dar con su paradero lo antes posible.
Y como yo me encontraba en Manhattan por un tema personal, he recurrido al agente Butler para agilizar los trámites.
—Disculpe, no entiendo nada… —replicó Ibai sorprendido—. ¿Hay algún problema con mi visado? Todo esto es muy irregular.
—No se preocupe, está todo bien. Se trata de otro asunto en el que espero que pueda ayudarnos —respondió Roncero—.
Y de nuevo, le pido mil disculpas por la urgencia y el modo de traerle hasta aquí a la carrera.
Pronto verá que se trata de un tema de vida o muerte, es un caso muy importante y necesitamos su colaboración.
El agente del FBI apareció de nuevo en el despacho a los pocos segundos, acompañado esta vez de un IPad que depositó en la mesa antes de sentarse enfrente del estudiante.
—Disculpe por la espera, hemos tenido unos pequeños problemas técnicos —informó Butler en inglés—.
Podrá hablar en un segundo por videoconferencia con los funcionarios españoles que llevan su caso, como ya le habrá comentado el capitán Roncero.
Yo me quedaré aquí por si necesitan algo, pero como simple espectador, no me tengan en cuenta.
—Sigo sin comprender por qué…
Butler encendió el aparato y pulsó la pantalla antes de ofrecérselo con amabilidad a Ibai, con el beneplácito del oficial de la Guardia Civil.
El chico lo cogió y lo colocó frente a su rostro al percatarse de que dos personas, un hombre y una mujer, se encontraban al otro lado de la pantalla.
Al menos podría seguir comunicándose en su idioma materno, aunque todavía ignoraba por qué habían montado toda esa parafernalia en el edificio principal del FBI en Nueva York.
—Buenas tardes, Ibai. Perdona el atraco, necesitábamos hablar contigo y le he pedido ayuda a mi superior, el capitán Roncero, al que creo que ya conoces.
Me llamo Milene Oliveira y soy cabo de la Guardia Civil, también asignada a la UCO.
Y mi compañero de investigación es el subinspector Koldo Galarza, de la Ertzaintza.
Si no te importa podemos tutearnos, si así te encuentras más cómodo.
—No hay problema. Pero no me asustéis, por favor. ¿Les ha pasado algo a mis padres?
—No, tranquilo, ahora te lo explicamos.
El joven se quedó momentáneamente bloqueado, no entendía tan absurda situación.
No quiso aventurar posibles escenarios hasta saber qué demonios sucedía y por qué le habían llevado casi a rastras a las oficinas del FBI, con un oficial español de intermediario.
¿Qué pintaban allí una guardia civil y un ertzaina?
Mientras especulaba sobre la situación, se fijó bien en sus interlocutores.
El subinspector de la Ertzaintza no podía negar su origen, parecía el típico muchachote que destacaba en casi todas las cuadrillas bilbaínas.
Un hombre de mirada noble y gesto serio que inspiraba confianza, aunque también apuntaba a que debías andarte con ojo si se te ocurría buscarle las cosquillas.
Por el contrario, la mujer no podía alejarse más de los cánones que se hubiera imaginado para un número de la Guardia Civil.
¿Una picoleta mulata tan atractiva? No quería prejuzgar, y menos en presencia de su superior, aparte de que parecía que era ella la que llevaba la voz cantante en el binomio policial, por lo que solo le quedaba averiguar qué querían de él.
Una ligera sospecha se apoderó entonces de su mente.
Su pesadilla regresaba y no podía hacer nada por evitarlo.
Esa misma mañana, a última hora, Milene había recibido una llamada del capitán Pablo Roncero desde Nueva York.
—¡Buenas noticias, Milene! Mi amigo Andy Butler, un joven agente del FBI destinado en Nueva York, ha accedido a ayudarnos. Ya tiene localizado a Ibai Larrea y está dispuesto a darle un pequeño susto para que acceda a hablar con vosotros, yo actuaré de intermediario.
—¡Fantástico, Pablo! Muchísimas gracias por tu ayuda, te debo una.
Roncero le explicó el pequeño plan que había pergeñado con su amigo el agente federal y a Milene le pareció estupendo.
Esperaba que Ibai se acongojara un poco al verse envuelto en semejante despliegue y se aviniera a hablar con ellos sin la presencia de su padre ni ningún abogado.
Se la estaban jugando al no contar con autorización oficial, pero a grandes males, grandes remedios.
No les quedaba otra si querían acotar aún más la búsqueda del criminal.
La joven citó a Koldo a media tarde en las instalaciones de la Benemérita en Santoña después de contarle los detalles del encuentro virtual con Larrea.
Sabía que el subinspector no había conseguido el visto bueno de sus superiores para molestar al directivo de EuskoPetrol, por lo que decidieron atajar por el camino más corto y atacar al eslabón más débil.
Tal vez el chico, fuera de su entorno y acobardado por la presencia de un agente del FBI, un capitán de la Benemérita y otros dos investigadores españoles, se quebrara de una vez y confesara lo que en realidad ocurrió en aquella noche ya lejana de marzo.
—Espero que no nos metamos en un lio. Como el chaval haya llamado a su padre para ponerle sobre aviso, aquí va a arder Troya. Orbea me tiene en su punto de mira y bastante cabreado está ya con todo lo que está pasando.
—Tranquilo, todo ha salido según lo previsto. El chaval anda con la mosca detrás de la oreja, pero es normal. Creo que el del FBI se ha divertido a su costa al trasladarle hasta sus oficinas, pero nada grave. A ver si nos ganamos su confianza y podemos sacar algo en claro.
Los dos investigadores se encerraron en una sala anexa en la que Milene había dejado con anterioridad un ordenador portátil.
Puso en funcionamiento el dispositivo que se encontraba en hibernación, accedió al enlace de la aplicación de videollamada que le había proporcionado con anterioridad el agente Butler y enseguida se conectaron gracias a la magia de la tecnología.
Al otro lado de la pantalla se encontraron con el rostro sorprendido de Ibai Larrea.
Tras las presentaciones de rigor, Milene atacó a fondo sin más dilación.
—Necesitamos tu ayuda, Ibai. Solo tú puedes echarnos una mano, pero para ello nos tienes que contar lo que ocurrió en realidad aquella noche lluviosa de marzo en Basurto.
—¿Otra vez con eso? Ya se lo explicó en su momento mi padre, creo que habló con la Ertzaintza. Fue una tontería, nada más. Me pilló en un mal momento, lo siento. En mi casa se asustaron al no saber de mí, pero yo estaba perfectamente, tenía que haberles avisado antes.
—¿Seguro? —intervino entonces Koldo con gesto adusto.
—En serio, no fue nada. Estaba agobiado allí dentro, toda la noche velando a mi hermana en el hospital, con la mascarilla y demás. Se me fue la olla y me largué, solo quería despejarme. Fui un idiota y no me di cuenta de que me había quedado sin batería, tampoco es tan grave.
—Ya, por eso dejaste tu mochila y tus cosas en el hospital y ni siquiera te despediste de tu hermana. Tampoco asististe a las clases de esa mañana en la universidad, ¿me equivoco? Nos gustaría saber dónde pasaste esas horas, Ibai.
Milene intentó suavizar el tono, pero con voz firme le quería indicar que nadie se tragaba sus patrañas. Había llegado el momento de decir la verdad.
—Lo siento, fue una chiquillada, ya le pedí disculpas a mis padres y a mi hermana.
Quise escapar de allí, lo de la enfermedad de mi hermana me estaba superando.
Me encontraba cerca de Termibus y pillé el primer autobús que salía para la costa.
Necesitaba calmarme y pensé que un paseo junto al mar podría ayudarme a despejar las ideas.
—Creo que había dejado de llover a esas horas, Ibai, pero no termino de creérmelo, la verdad. ¿Un paseo por la playa un día de diario por la mañana, en pleno invierno?
—Hombre, creo que a la gente del norte nos gusta disfrutar del Cantábrico durante todo el año, ¿no? —contestó algo desafiante.
—Tienes razón, pero no hay constancia de que accedieras a Termibus esa mañana, ya hemos comprobado las cámaras de la estación. Pero otras cámaras si te pillaron, ¿quieres verlo?
Milene se fijó en el rostro del chico, que parecía levemente sorprendido.
Butler también se había quedado en la sala para formarse su propia opinión sobre el interrogatorio, sin querer intervenir.
Al parecer, el norteamericano no hablaba el castellano muy bien, pero lo entendía lo suficiente como para poder seguir más o menos la conversación.
Tal vez su experiencia les fuera también de utilidad para evaluar mejor las reacciones de Ibai, aunque no creyera que el joven vasco pudiera engañar a un experto en el comportamiento como Pablo Roncero.