Llamada a larga distancia
La jornada matinal había terminado antes de hora por un imprevisto del profesor, por lo que pensó que no le vendría mal relajarse después de una semana intensa.
Todavía le costaba asimilar el cambio de horario tras llegar a América y no le apetecía comer tan temprano, recién pasadas las doce del mediodía.
Aquel ritmo de vida neoyorquino, tan distinto al de sus rutinas en Bilbao, le seguía resultando ajeno, aunque empezaba a disfrutar de la libertad que su padre le había procurado al enviarlo tan lejos.
Quizá almorzara algo sencillo y se echara después una pequeña siesta, en honor a las viejas costumbres españolas, para así afrontar la tarde más despejado.
Ibai Larrea no llevaba demasiado bien lo de madrugar tanto para llegar a tiempo a las clases para postgraduados en finanzas internaciones.
Su padre se emperró en apuntarle a ese máster para futuros directivos, un carísimo seminario con lista de espera exclusiva, sin contar con su opinión.
Quería que se alejara de Bilbao y no le costó convencerle de las bondades de su repentina idea.
Acababa de terminar su curso universitario, por lo que no tuvo problemas en preparar maleta y pasaporte para volar hasta Nueva York.
No tendría que preocuparse por el dinero, se había llevado una de las tarjetas de la empresa y podía gastar lo que quisiera.
Además, la secretaria de su padre le había reservado un precioso apartamento en el Village, en una ubicación privilegiada dentro de la ciudad para que pudiera disfrutar aún más de su estancia.
Le había costado mejorar el nivel de inglés durante su adolescencia y siempre le habían inculcado la importancia de dominar ese idioma si quería tener éxito en la vida.
Creía que lo manejaba bien, después de haber realizado inmersiones lingüísticas en Dublín y Londres, sin que todavía se hubiera enfrentado a los neoyorkinos.
Su tono y acento característico le sorprendieron al principio, antes de que comenzara a acostumbrarse.
No lo controlaba a la perfección, pero ya se iba enterando de sus clases y enseguida comenzó a participar activamente junto al resto de compañeros.
No había quedado con nadie y pensaba relajarse un rato antes de bajar a picar algo.
Pero entonces se sobresaltó. Alguien llamaba al timbre de su puerta directamente, sin que el portero le hubiera avisado de ninguna visita inoportuna.
Se acercó a la mirilla y descubrió a un hombre joven, vestido con un impecable traje de color negro, que esperaba a pie firme frente a su puerta.
Se hospedaba en un barrio privilegiado de la ciudad y no tenía miedo alguno, pero había visto tantas películas americanas y leído tantas historias sobre Nueva York que prefirió ser precavido antes de abrir la puerta.
—¿Quién es? —preguntó en inglés.
—Agente Butler, señor Larrea —contestó una voz grave a la que le costó pronunciar su apellido—. Soy del FBI, permítame hablar con usted. Se trata de un asunto importante.
¿El FBI llamaba a su puerta? Ibai no salía de su asombro, ahora sí que se encontraba en medio de un telefilm de sobremesa.
Llevaba un pantalón corto y una camiseta del Athletic de Bilbao, pero no le daba tiempo a vestirse antes de que el agente federal se impacientara.
Así que abrió la puerta con su mejor sonrisa, ignorando todavía los motivos para una visita tan fuera de lugar.
—Buenas tardes, agente Butler. Disculpe mi atuendo, estaba descansando. ¿Le ocurre algo a mi familia? —preguntó por si acaso.
Le parecía extraño que el FBI se personara en su puerta, pero no conocía bien los protocolos americanos.
No tenía ningún mensaje importante en el móvil, pero no se fiaba, podría haber ocurrido cualquier desgracia.
Pensó que de ser así, se habrían puesto en contacto con él desde el consulado o el Ministerio de Exteriores.
—No se preocupe, su familia está bien. No obstante, le rogaría que me acompañara hasta nuestra oficina central, aquí en Manhattan, para que podamos arreglar un pequeño problema.
—Me está poniendo nervioso, agente Butler. ¿He cometido algún delito acaso?
Ibai no quiso dar nada por supuesto, quizá había posteado en sus redes sociales algo que llamara la atención de los censores norteamericanos.
No lo recordaba exactamente y su paranoia creció por momentos.
¿Había dicho algo inapropiado por teléfono o en el chat?
No se acordaba de nada que pudiera llamar la atención de las autoridades.
Además, creía que era la NSA la que se encargaba de monitorizar ese tipo de comunicaciones.
Se estaba poniendo nervioso, aunque el agente federal parecía tomárselo con calma, tal vez evaluando sus reacciones.
—Tranquilo, mera formalidad. Al parecer hay algún tipo de traba administrativa con su visado de estudiante y el departamento correspondiente nos ha pedido que nos encarguemos nosotros por encontrarnos más cerca de su domicilio.
—No entiendo nada. ¿Qué tipo de problema hay con mi visado? La secretaria de mi padre es muy eficiente y se encargó de todo el papeleo. Permítame que llame a casa para cerciorarme.
—Perdone, no me he explicado bien. Hemos hablado con el funcionario encargado y nos ha hecho el favor de acercarse a nuestras oficinas antes de que finalice su jornada, por lo que deberíamos marcharnos ahora mismo.
No querrá tener después problemas legales y que le anulen la matrícula de su curso.
Conozco bien el centro exclusivo en el que estudia y no les gustan este tipo de asuntos, si ven cualquier detalle anómalo en su solicitud podrían anular su matrícula sin miramientos.
Usted verá, no tenemos demasiado tiempo.
Ibai evaluó la situación por unos instantes.
El agente federal le había mostrado su placa oficial nada más llegar y él tampoco podía considerarse un experto en el tema.
¿Le habían tendido una trampa y pretendían secuestrarle de nuevo?
Le parecía demasiado enrevesado todo, no iba a pensar mal de ese hombre.
Después de lo que pasó en Basurto, le costaba volver a confiar en la gente, aquella escena de película barata no podía ser mentira.
Se dejó llevar por su instinto y confió en el agente Butler.
Su mirada limpia y serena ayudó a superar sus miedos.
Y eso que, tal vez, aquella pose y el traje de tipo duro fueran solo una estratagema con la que engañar a un pobre incauto llegado desde España.
Se la jugaría de todos modos, no le quedaba otra.
No fuera a ser todo cierto y le deportaran del país por una tontería.
Se imaginó la escena y no le apetecía nada escuchar el sermón de su padre llegado el caso.
—¿Me da cinco minutos para vestirme?
El agente asintió e Ibai le dejó allí plantado mientras se marchaba a su habitación para adecentarse.
Ideas rocambolescas surgían sin cesar en su cabeza, pero ya había tomado una decisión.
Le intentaría enviar un mensaje a su padre de camino, por lo que pudiera pasar.
Seguro que el abogado de la familia sabría lo que hacer si surgía algún inconveniente grave.
Si el agente del FBI le quería impresionar, a fe que lo consiguió nada más salir de su edificio.
En la misma puerta había dejado mal aparcado un flamante Cadillac Escalade negro que solo podía pertenecer a una agencia federal.
Butler le invitó a subir al asiento del acompañante, quizá para ganarse su confianza y que no se sintiera como un vulgar delincuente al ocupar una de las plazas traseras, y salió de allí quemando rueda.
Ibai no tuvo tiempo de enviar un mensaje a su familia, aparte de que no podría disimularlo delante de Butler. Tardaron menos de diez minutos hasta su destino en Federal Plaza, la sede central del FBI en Manhattan.
Intentó mantener una expresión impasible al acceder al edificio, no quería parecer un pueblerino ni mostrar su nerviosismo.
Mas no lo consiguió, debía reconocer que le habían impresionado.
Desde el traslado en aquel coche hasta la recepción en uno de los lugares más seguros del mundo.
Las piernas le flaqueaban sin que pudiera evitarlo y sintió que sus intestinos comenzaban a revelarse también.
No quería hacer el ridículo, pero si la situación se prolongaba tendría que salir urgentemente a un baño, por muy humillante que pareciera.
Por el contrario, Butler se tornó todo amabilidad con tal de que Ibai se sintiera más cómodo, algo no le terminaba de cuadrar en aquella pantomima, como pronto descubriría.
Tras subir en uno de los ascensores principales se adentraron en una planta en la que se veía a bastante gente trabajando a esas horas, cruzaron un pasillo y accedieron a otra zona más restringida.
El federal abrió la puerta de un pequeño despacho e invitó a Ibai a pasar, no sin antes sugerirle que depositara su teléfono móvil en una gaveta situada en un lateral.
—Ahora mismo vengo, señor Larrea. ¿Le apetece tomar un café o un vaso de agua?
—Un poco de agua, gracias.
El café americano solía ser un brebaje imbebible, así que prefirió el agua.
Así podría tragar mejor y generar algo de saliva en su garganta, que se le había quedado seca después del susto.
Solo debía esperar a que llegara el funcionario de turno y le explicara lo que sucedía, si es que Butler no le había mentido hasta ese momento.
El resquemor no le abandonó en ningún instante, sin imaginarse siquiera lo que vendría a continuación.
Tampoco podía utilizar su móvil, ni para distraerse ni para comunicarse con su familia, por lo que decidió armarse de paciencia.