La hora de la verdad
Cuando se me pasó la euforia, después del subidón de endorfinas que me proporcionó mi fiel Cómodo con la velada más deliciosa de la historia, tuve que parar un momento y reflexionar sobre la situación.
Mis contactos me habían advertido sobre el devenir de las investigaciones y no podía esconder la cabeza en un agujero al igual que hacen los avestruces, como si no pasara nada.
La situación parecía grave y tendría que preparar bien el plan de emergencia por si las cosas se torcían del todo.
Entre la comisaría de Erandio y los mandos policiales que llevaban la Unidad de Investigación Criminal de la Ertzaintza conocía a muchos de los que se afanaban por encontrar a los culpables de los asesinatos.
Llevaba varios años tejiendo una sólida red de contactos dentro de la policía autonómica vasca y me jactaba de tener buenos amigos en el cuerpo, pero eso no me valdría de nada si llegaban a sospechar de mí por un instante.
No, yo debía mantenerme en las sombras, sin que mi nombre apareciera en ningún lugar.
Tenía la documentación convenientemente preparada por si se daba el caso y a algún agente, patrullero u oficial se le ocurría mencionarme en cualquier mísera línea de un informe policial.
Si eso llegaba a ocurrir y conseguían averiguar que yo era el verdadero creador de aquellas maravillas, el inductor de la más bella batalla entre dos seres humanos jamás concebida, no me quedaría más remedio que abandonar mi hogar y desaparecer para siempre.
Medios no me faltaban, y ya tenía arreglados los pormenores para escapar sin pérdida de tiempo en caso de que le viera las orejas al lobo.
También tenía dinero suficiente para una larga temporada, aunque en mi caso la esperanza de vida no se prolongara durante muchos años, colocado en varias cuentas opacas que se distribuían entre diferentes paraísos fiscales, y una nueva identidad, con papeles oficiales bien custodiados en mi caja fuerte, además de varias propiedades dispersas en países sin tratado de extradición con España, por lo que pudiera suceder.
Hombre prevenido vale por dos, eso había escuchado siempre desde pequeño.
Y yo me atenía a esa norma esculpida a fuego, siempre con mil ojos, atento a cualquier circunstancia adversa que pudiera torcerse en mi camino.
De todos modos, siempre quedaba un elemento discordante que no podía controlar desde mi privilegiada posición, por mucho dinero con el que hubiera regado durante años todos los escalafones de poder dentro de la maquinaria del Estado.
En mis negocios a lo largo de los años había hecho muchos amigos y también algunos enemigos.
Siempre había tratado de llevarme bien con los políticos y tenía a varios en nómina, sin importarme su ideología.
Es la mejor manera de salir adelante, nunca sabes en qué dirección va a venir el viento y uno debe estar preparado para cualquier eventualidad.
Por eso me cabreaba al no poder controlar lo que sucedía en la compañía de la Guardia Civil en Santoña.
Con la Comandancia de Santander sí había tenido algún trato en el pasado.
Incluso conocía a los mandos de la UCO en Madrid, pero había pinchado en hueso con la unidad de policía judicial de Santoña.
Me costaba horrores obtener datos de lo que ocurría en el interior de sus instalaciones.
Eso sí, me habían llegado rumores de la profesionalidad y destreza con la que trabajaban dos de sus guardias más jóvenes, dos mujeres que formaban pareja investigadora con suboficiales de la Ertzaintza encargados de los casos.
Quizá ya iba siendo hora de enviar un mensaje contundente a la sociedad, encargándome de dar una lección que nunca olvidarían a esos metomentodos que creían poder atraparme.
Tal vez no fuera una lucha en buena lid, pero nunca he dicho que yo fuera un hombre de ley.
No me duelen prendas en utilizar cualquier subterfugio con tal de ganar, me da igual hacer trampas al solitario.
Y en esa ocasión yo no podía perder, por lo que no me importaba utilizar todos los medios a mi alcance.
Como sois muy inteligentes, os habréis dado cuenta del patrón que hemos seguido en las pruebas realizadas hasta ahora.
Cómodo secuestraba a familiares de personas importantes del País Vasco, enemigos que me he creado a lo largo de las últimas décadas, que luego aparecían asesinados en lugares turísticos de Cantabria.
En su caso, las víctimas eran hombres, aunque se había colado por error la exsuegra de Labarrieta en una lamentable actuación de mi pupilo que supo resolver más adelante.
Para el bueno de Aquiles fue más complicado diseñar unas pruebas a la altura, por mi menor relación con la cercana Cantabria.
Quise darle una lección al tocapelotas de Pernía con la primera prueba, y lamento confesar que esa pobre niña no tenía la culpa de nada.
Daños colaterales, se suelen llamar. Y no la elegimos por su vida dispersa, yo no soy el guardián de la moral, y eso que siempre he sido un poco meapilas a mi manera.
Todo fue un cúmulo de circunstancias y la chica se encontró en el lugar equivocado y en el momento menos apropiado, como suele decirse.
Aquiles realizó a la perfección su encargo y se lució con la recreación que organizó después en pleno centro de Bilbao.
Ambos contendientes tenían la orden de efectuar sus operaciones de ese modo, para que las autoridades a ambos lados de la muga que separa Euskadi de Cantabria no supieran a qué atenerse.
Y ahora me encontraba ante una disyuntiva que debía valorar en su justa medida.
¿A quién le había llegado el turno de servir como nuestro próximo sacrificio a los dioses?
Tenía varios candidatos, y entonces una idea disparatada comenzó a posarse en mi cabeza. ¿Y si…?
Había decidido que la siguiente víctima de Aquiles fuera también una mujer y debía tener relación con Cantabria y aparecer después muerta en un lugar emblemático de Vizcaya.
Tenía una audaz idea en mente, sin dejar de contemplar otras alternativas.
Quizá fuera jugar con fuego, pero no lo descartaría del todo hasta obtener un buen expediente de las chicas con el que poder contentar al contendiente en la justa.
Mientras me ausentaba de casa por unos días para unas pruebas médicas, decidí darle algo de trabajo a mi querido chófer, el bueno de Aquiles.
El ganador de la primera prueba tendría que espabilar si quería alcanzar la puntuación de Cómodo en el segundo round , algo que se me antojaba casi imposible, pero no quería despreciar el talento de mi nuevo pupilo.
Ya me había sorprendido en una ocasión y supe que podría volver a hacerlo.
Le había desnudado mi alma al mostrarle lo que sentí tras arrebatarle la vida al joven Lazcano, esa ceremonia realizada en la cueva en la que hace dos siglos se cobijó un viejo clérigo francés que huía de la convulsa situación en su país.
Y eso me dio una idea que podría utilizar para poner a prueba su ingenio.
Aquiles no se había criado en las calles, como el hombre de Hong Kong, pero él se jugaba mucho más que mi fiel escudero.
Su vida tal y como la conocía hasta ese momento, así como la de su familia y el techo que les cobijaba, se encontraban a merced de un destino incierto que solo él podía cambiar.
Aunque para ello tuviera que convertirse en el asesino más despiadado de la historia, no le quedaba otra opción.
Tenía en mente un pequeño juego con el que poner a prueba su intelecto antes de pasar al plato principal.
Si Cómodo tuvo que buscar la Fuente del Francés con las pistas que le facilité, podía hacer algo similar en este caso para desafiar a Aquiles.
Algo relacionado con la patria chica de un marino que partió con Colón en aquel viaje mítico a bordo de las dos carabelas y la nao con las que descubrieron América.
O tal vez le hiciera buscar el último bastión que Napoleón conservó en el norte de España, incluso con la guerra de Independencia ya finiquitada.
Todavía no lo tenía decidido del todo, aplazaría mi decisión final hasta la vuelta de mis pequeñas vacaciones médicas.
Mientras tanto, esperaba que Aquiles obedeciera mis órdenes y permaneciera escondido hasta que las aguas se calmaran un poco.
No me convenía que las autoridades se inmiscuyeran en nuestro trabajo, no cuando nos encontrábamos tan cerca del final.
Mi mente desvariaba con ideas locas con las que convertir el nuevo juego en el más difícil todavía.
Un lugar cercano me llamaba poderosamente la atención como escenario para la representación con la que Aquiles finiquitaría su prueba.
Y los ojos me empezaron a brillar con las consecuencias que podría tener tamaño desafío.
¿Seríamos capaces de atrevernos a tal desfachatez?
Pista también para vosotros, por si acaso no nos queda tiempo para realizar después el experimento, a ver si lo adivináis.
Estaba pensando en algo situado en un lugar emblemático y privilegiado, una construcción realizada por un inglés como única esperanza para luchar contra la pertinaz sequía que se apoderó de estas tierras hace más de doscientos años.
A mi vuelta resolveremos el misterio. Hasta entonces, disfrutad de este verano recién comenzado que promete ser épico y legendario.