La noche de los perdedores (Bermejo y Roncero 6) La guarida del monstruo #2
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La guarida del monstruo #2

Koldo inspiró con fuerza antes de continuar.

Quizá habían encontrado la veta buena, tendría que insistir por ahí con precaución.

Se trataba de una persona vulnerable que lo estaba pasando muy mal, por lo que debía andarse con mucho tacto.

La mujer les había abierto las puertas de su casa y contestaba a sus preguntas con sinceridad, ajena a las causas que las autoridades podrían abrir contra su marido en un futuro.

Koldo no se anduvo con remilgos con sus preguntas. Si querían atrapar al asesino, no le quedaba más remedio.

—¿Sabe usted en qué trabaja ahora su marido?

Milene intervino con voz suave y sosegada, intentando calmar a la testigo.

Desde luego, no le mencionó lo que ellos sabían: que José Damián Pérez no estaba dado de alta en la Seguridad Social ni trabajaba de manera legal en ninguna parte.

Eso hubiera supuesto admitir en parte los motivos por los que preguntaban por su marido, detalle que no pensaban revelar de momento.

—Pues no exactamente. Me dijo que le contrató un ricachón de la margen derecha, un tipo con pasta que tiene varios coches.

Creo que trabaja de chófer y también de mecánico.

Mi Dami es un manitas, sabe usted. Y como las primeras semanas me pasaba el sueldo casi íntegro y yo podía sacar adelante a mis niñas, pues tampoco protesté ni pregunté demasiado.

—¿En la margen derecha? —quiso ratificar Koldo. Necesitaban acotar más la zona o sería tarea imposible—. Puede que le mencionara algún lugar en concreto, intente recordar. No sé, algo como Neguri, Las Arenas, Sopela…

—La verdad es que no, lo siento. Quizá fuera en Neguri; me suena habérselo oído en alguna que otra ocasión, pero no estoy segura. Y creo que a veces visitaba a un conocido que tenía un bar por el Puerto Viejo, no me hagan mucho caso.

—¿Recuerda el nombre del bar? —preguntó Koldo—. Sería muy importante para nosotros.

—No, lo siento. Creo que el dueño se llama Manuel. Sí, eso es, el bar de Manolo, un andaluz que abrió su negocio hace más de diez años. No conozco el nombre del local ni su ubicación, pero imagino que será fácil de encontrar.

—Muchas gracias por su ayuda, intentaremos localizar ese bar —aseguró Milene.

—Pero no me han contestado, ¿por qué me preguntan todo esto? Díganme la verdad, podré asumirlo. ¿Le ha pasado algo a mi Damián? Muchas veces me daba miedo cuando salía de casa con las llaves del coche tan cabreado y pensé que tal vez había tenido un accidente.

—Tranquila, Belén, no le he pasado nada —aseguró Milene para tranquilizarla con una pequeña mentira—. Ahora que menciona su coche, ¿sabe qué vehículo lleva su marido?

—Pues ni idea, no entiendo de coches. Se le estropeó el vehículo familiar con el que llevaba a las niñas al colegio, la reparación se nos iba de precio y tuvimos que deshacernos de él.

A principios de año sé que perdía el tiempo intentando arreglar un coche viejo, pero no sé si lo consiguió. Trastear con esos cacharros le relaja.

—¿Puede ser un vehículo como este? —inquirió Koldo mientras le enseñaba una foto del Renault 19 gris que perseguían.

—Quizá, no lo sé bien. Como les digo, no entiendo de coches. Y sigo sin saber a qué viene tanta pregunta, la verdad.

—Ya acabamos, no se preocupe. Entonces, ¿no tiene usted manera alguna de localizarle? Necesitamos hablar con él, nada más.

—No, ya le digo que no he podido localizarle.

Igual me meto en un lío por contárselo, pero me da igual ya.

No es la primera vez que a Dami le pagan en negro, ya saben que está todo fatal.

Comenzó a trabajar con el ricachón en febrero y me entregó el sueldo en un sobre, dinero con el que yo me fui apañando sin hacer demasiadas preguntas.

Pero la última vez que le vi me trajo mucho más dinero del habitual y eso me escamó.

Habían dado con algo, solo quedaba por tirar del sedal con cuidado. Koldo le hizo un gesto a su compañera para que continuara ella, parecía tener mejor feeling con Belén Parra. Y es que a él se lo llevaban los demonios al intentar comprender la situación.

Su marido desaparecía durante semanas, justo en los días previos a su inminente desahucio, y la mujer no hacía nada por remediarlo.

Entendía que se bloqueara ante una situación tan poco convencional, pero no comprendía muy bien su actitud.

Como si ya se hubiera resignado y no quisiera saber nada más de la vida.

—¿De cuánto dinero estamos hablando exactamente, Belén? No se preocupe, no somos de Hacienda ni vamos a denunciarles por eso.

—Nada menos que treinta mil euros, casi me caigo del susto cuando vi aquel fajo de billetes.

Le pregunté de dónde lo había sacado, se cabreó y me dijo que lo utilizara para pagar las deudas pendientes.

Aunque con eso no llega ni para empezar con lo que le debemos al puñetero banco.

Más de doscientos mil euros, sabe usted. Una auténtica ruina…

—Sí, es mucho dinero. Y esa fue la última vez que le vio…

—Ya se lo he dicho antes. Y tampoco le puedo localizar por teléfono. Siento insistir, pero estoy de los nervios, compréndanme. ¿Me pueden decir de verdad por qué están en mi casa? Si no está muerto, es que se ha metido en algún lío gordo, ¿no?

—Solo queremos hablar con él para descartarlo —intercedió Koldo—. Creemos que tiene algo que ver con una investigación en curso, pero no se preocupe por nada. Tememos que se haya juntado con gente poco recomendable y queremos asegurarnos de que se encuentra bien.

—No me asuste usted. ¿No se habrá metido en asuntos de drogas? Este idiota es capaz de cualquier cosa con tal de sacar dinero para no perder la casa. No puede ser, por favor, no me digan…

—Tranquila, no es nada de eso. Se lo aseguro, no se preocupe —insistió Milene mientras le echaba una mirada furibunda a su compañero.

A Koldo no se le daba bien improvisar y se había metido en un charco sin pretenderlo—.

Como comprenderá, no le podemos contar los detalles de la investigación, solo queremos contactar con su marido por si puede ayudarnos en algunos aspectos de la misma, nada más.

—Eso espero, no puedo llevarme más disgustos.

Bastante tengo ya encima, la verdad. Quizá soy una tonta al esperar un milagro imposible.

Pero Dami me aseguró que conseguiría ese dinero costara lo que costase.

Soy una ilusa, lo sé, no me queda otra. Si no pienso en que queda algo bueno para nosotros ahí afuera me hundiría sin remedio.

Y mis niñas no tienen la culpa de nada, no puedo permitirlo.

—No se preocupe, Belén. Y espero que todo se solucione más pronto que tarde. Tenga nuestros teléfonos de contacto por si averigua algo de su marido. Es muy importante que nos avise, de verdad.

—Claro, así lo haré. Y si ustedes lo encuentran primero, llámenme también, se lo suplico. Estoy en un sinvivir y ya no puedo más.

—Así lo haremos. Muchas gracias de nuevo por atendernos, nos mantendremos en contacto.

Koldo y Milene se despidieron de la mujer y salieron de allí con más dudas de las que tenían antes de entrar en su domicilio. ¿Dónde se habría metido Damián? El misterio se hacía cada vez más extraño y el tiempo se agotaba.