La noche de los perdedores (Bermejo y Roncero 6) La guarida del monstruo
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La guarida del monstruo

Tras innumerables consultas y llamadas efectuadas a lo largo de las últimas horas entre técnicos, investigadores y altos mandos, incluyendo el definitivo toque de atención que el ministro del Interior efectuó a su homólogo del ministerio encargado de la Seguridad Social, gracias a la intermediación de Bermejo, por fin habían conseguido una buena pista sobre el paradero del principal sospechoso para las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado.

—¡Lo tenemos, Milene! —exclamó entusiasmado el subinspector Galarza tras encontrarse con ella en las instalaciones de la Ertzaintza.

Koldo sabía por medio de su compañero Ander que las dos guardias civiles se acercarían hasta Erandio a primera hora para continuar trabajando por parejas en las pesquisas de los casos asignados.

Carmen y Aguirre se dirigieron hacia otro departamento mientras ellos se quedaron junto a su mesa de trabajo, llena de listados interminables de nombres, direcciones y teléfonos.

—¿De qué me hablas? —preguntó entonces la suboficial de la Benemérita.

—De una posible pista sobre el tal Damián, se escondía bien el capullo.

Hemos tenido a un montón de gente cribando listados y dando por saco a la Tesorería de la Seguridad Social, al INSS, a Hacienda y a la madre que me parió.

Que si la ley de protección de datos, que si la confidencialidad y todas esas monsergas, ya sabes.

Se han tenido que poner duros desde arriba para conseguir que avanzara el tema.

—¿Y bien? Mira que te gustan a ti los preámbulos…

Koldo prefirió creer que aquella frase no llevaba segundas intenciones y decidió continuar. Necesitaba concentrarse en lo suyo y proseguir con la explicación.

—Aquí está, por fin hemos dado con el tipo, mira que es escurridizo el capullo.

Hemos peinado casi todos los talleres y desguaces del País Vasco y Cantabria hasta que lo hemos encontrado.

Se llama José Damián Pérez Tornero, natural de Cieza, provincia de Murcia.

Es mecánico de profesión, su último trabajo conocido fue en un taller de Muskiz y tenemos su ficha completa.

—¿También dirección y teléfono? Eso ya sería la leche…

—Pues sí, y mucho más. Ya te digo que los técnicos llevan bastante tiempo con este tema, tenemos hasta sus últimas declaraciones de la renta.

Como adelanto te diré que su situación económica no es muy boyante.

Más bien al contrario: van a desahuciar a su familia de la casa en propiedad que tienen en Castro Urdiales.

—¡La hostia! Vamos para allá, no perdamos más el tiempo.

—El teléfono está apagado, no íbamos a tener tanta suerte. Parece que la última ubicación del terminal se sitúa cerca de su domicilio, por el que lleva bastante tiempo sin aparecer. Vamos a hablar con su señora esposa, una tal Belén Parra, pero primero quería pasarme por el taller.

—De acuerdo, salgamos enseguida. ¿Harán falta refuerzos? Te recuerdo que es posible que nos enfrentemos a un peligroso criminal.

—No creo. De momento hablaremos con su jefe y a ver qué le sacamos a la mujer. Creemos que lleva tiempo sin dar señales de vida por sus lugares habituales, habrá que seguir el rastro de miguitas de pan. Y si vemos algo raro, siempre podemos llamar a la caballería.

—Por lo menos ya tenemos un nombre. ¿Alguna fotografía decente por ahí?

Koldo le mostró la foto del DNI del tal Damián y otras de perfil más familiar halladas en la cuenta de Facebook de su pareja.

Las imágenes tenían ya algunos años y lo más normal era que hubiera envejecido.

Por lo poco que se podía colegir con las imágenes fijas obtenidas de la cámara que le captó en Deusto, Damián no había variado mucho su aspecto, pero no lo podían asegurar.

Se trataba de un tipo de mediana estatura, constitución fuerte y rasgos anodinos.

Lo más destacable de un rostro francamente olvidable, con ojos tristes de color marrón y pelo castaño con entradas, sería su nariz aguileña y una pequeña cicatriz que asomaba en su pómulo derecho.

Detalles que podrían servirles en su trabajo, dispuestos a atraparle de una vez por todas.

La pareja de investigadores se dirigió por la autovía A-8 camino de Muskiz, una localidad vizcaína cercana a Cantabria.

Hablaron con el encargado del taller y les confirmó que Damián Pérez había trabajado para él hasta el año anterior.

Con la llegada de la pandemia tuvieron que hacer un ERTE parcial en la empresa con algunos de sus empleados, incluido el hombre que buscaban, aunque más tarde rescataron a sus trabajadores y continuaron todos contratados.

Al parecer, algunas decisiones empresariales y los cambios que se produjeron en los contratos de los empleados soliviantaron un tanto los ánimos en el taller.

Damián ejerció de portavoz de la plantilla para exigir unas condiciones justas, pero sus reivindicaciones cayeron en saco roto y acabó por discutir con el encargado.

—Ya saben ustedes, la crisis nos afectó a todos y tuvimos que recortar gastos.

Para poder mantener a toda la plantilla debíamos apretarnos el cinturón desde el primer hasta el último hombre.

Damián se puso muy borde y me tenía revolucionado al personal.

Y yo no quiero ningún sindicalista de esos en mi taller, aquí venimos a trabajar.

—Y entonces, ¿lo despidieron? —preguntó Milene.

—No, llegamos a un acuerdo amistoso. Ambas partes nos encontrábamos a disgusto con la situación y decidimos cortar por lo sano.

Un buen finiquito y los papeles del paro, no podía hacer otra cosa si quería conservar mi taller.

Y la verdad es que no he vuelto a saber nada de Damián.

Era un buen hombre, pero en los últimos tiempos parecía haber perdido la cabeza.

Salieron del taller sin haber obtenido nada en claro, más bien con más preguntas en la cabeza. «¿Qué le habría ocurrido a ese tipo para cambiar de actitud?», se preguntó Koldo. Milene se haría la misma pregunta en voz alta, una vez montados de nuevo en el coche, camino esta vez de Castro Urdiales.

—Parece que la relación contractual no acabó en los mejores términos, no sabemos lo que le ocurrió realmente a ese hombre. ¿Sabéis si tenía deudas de juego o andaba metido en algún lío de drogas o similar?

—No hemos encontrado nada parecido. Sí teníamos constancia de que sus últimas cotizaciones a la Seguridad Social habían sido a través del paro, nada más.

Hace varios meses que no ingresa ni un duro, por lo menos de manera oficial y por los cauces reglamentarios.

A saber si se está buscando las habichuelas por otro lado.

—Ni idea, la verdad. Por lo que sea, Damián perdió el norte, pero nos sabemos si eso es suficiente para convertirle en un despiadado asesino. Seguimos dando palos de ciego, esperemos que su mujer pueda orientarnos mejor.

Tardaron menos de quince minutos en llegar a Castro Urdiales, un antiguo pueblo de pescadores convertido en una gran urbe debido a la cantidad de construcciones levantadas en su casco urbano al albur de la burbuja inmobiliaria.

Multitud de bilbaínos se fueron a vivir allí, empujados por precios más baratos, menores impuestos y la cercanía con sus lugares de trabajo.

—Este pueblo ya no es lo que era, me encantaba venir por aquí cuando era joven, tomar unos potes en su casco histórico o salir de marcha por Castro eran un clásico en mi cuadrilla. Ya no lo reconozco, se ha convertido en otro Benidorm sin alma.

—Otro día nos ponemos nostálgicos, hoy no tenemos tiempo.

Estamos cerca y algo no me termina de cuadrar.

Muchos lo han pasado mal durante la pandemia o con las crisis anteriores, pero eso no te convierte en un asesino en serie.

Un hombre de familia, trabajador y sin antecedentes no se transforma en Jack el Destripador de buenas a primeras.

Nos falta algo más, hay un elemento discordante en esta ecuación que no consigo comprender del todo.

—Salgamos de dudas, a ver si su mujer puede ayudarnos a comprenderlo mejor.

Con los datos obtenidos del padrón y el registro de la propiedad se dirigieron hacia el último domicilio conocido de José Damián Pérez Tornero, El Torturador del Nervión, como ya le habían bautizado los medios más sensacionalistas.

Allí les abrió la puerta una mujer ojerosa, con gesto abatido y mirada triste, que les invitó a pasar al interior de su casa en cuanto los investigadores se identificaron con sus placas oficiales.

—¿Por qué la Ertzaintza y la Guardia Civil me preguntan por mi marido? No me digan que le ha pasado algo, ya me lo olía yo…

Koldo y Milene se miraron un segundo y decidieron darle carrete a la mujer. El subinspector hizo entonces la pregunta pertinente:

—¿A qué se refiere, señora?

—Pues que llevo varias semanas sin saber de él.

Se dejó aquí el teléfono y yo no me sé su pin, así que ni siquiera lo he encendido.

La última vez que me llamó fue con un número que no conocía; he probado a marcar ese teléfono y nadie me contesta.

Es todo muy extraño, presiento que le ha pasado algo malo. ¿Han encontrado su cuerpo?

—No, de verdad, tranquilícese usted. ¿Ha denunciado su desaparición a la Guardia Civil?

La intervención de Milene tenía todo el sentido para Koldo.

Les había costado dar con el nombre del sospechoso, pero nadie había comprobado si existían denuncias previas sobre él, ya fuera por desaparición, malos tratos o lo que fuera.

Sí habían constatado que no presentaba causas pendientes con la justicia, nada más.

La señora Parra les sacó pronto de dudas.

—No, la verdad es que no. Me dijo que no me preocupara, que había encontrado un buen trabajo y que, además, todo se solucionaría en unas semanas. Me aseguró que conseguiría el dinero para saldar nuestra deuda con el banco, cosa que a mí me parece imposible.