Los problemas crecen #3
Le había partido el cuello a una víctima que languidecía en aquella silla desvencijada, en el interior de una nave infecta que impregnaba su piel y su ropa con el hedor de la muerte.
No tenían permiso para utilizar guantes durante el crimen, así que tuvo que limpiar todo a conciencia por miedo a dejar rastros de ADN en el cuerpo de la muchacha.
Había cogido a la chica del cráneo para evitar dejar huellas dactilares, pero se aseguró también de limpiar el escenario.
Cómodo ya había utilizado con anterioridad una solución acuosa con una base química preparada por el equipo de don José María para borrar todo tipo de rastros, así que Damián en su papel de Aquiles hizo lo mismo.
Durante la etapa de limpieza sí podía utilizar guantes, así que se puso unos de goma para intentar no dejar ninguna pista en el cuerpo de la joven.
Lo limpió a conciencia y se deshizo de toda su ropa, quemándola en un bidón preparado para tal menester.
Se había planteado despistar a los investigadores con alguna pista falsa, sin que llegara a convencerle del todo la idea.
No pensaba tocar el cadáver con sus manos desnudas, pero tal vez si introducía algún objeto en el cuerpo de la víctima para simular una agresión sexual, aunque fuera post mortem , podría confundir a la policía y hacerles creer que se trataba de un maníaco sexual.
Incluso pensó en marcarla o arrancarle alguna parte de su cuerpo, pero al final desechó la idea por completo.
No pensaba profanar el cadáver por nada del mundo.
Eso sí, decidió que la dejaría desnuda para mostrarla al mundo en todo su esplendor, como un Jesucristo femenino que diera su vida por los impíos y pecadores.
Tal vez a don José María le pareciera una blasfemia su recreación, algo irredento que iba contra sus principios morales y religiosos.
Pero Damián, en su momento de rebeldía, sintió que Aquiles —aquel engendro que su jefe había creado— tomaba el mando de sus manos para ejecutar la obra.
Utilizaría después un sistema de poleas para colgar el cuerpo, con sujeciones en cabeza y brazos para simular la crucifixión, y rezaría para que nadie le viera en plena noche.
Así que condujo de nuevo hasta Bilbao por la autovía A8, evitando el peaje de la N-637 en los túneles de Artxanda, aunque fuera el camino más corto desde Barakaldo.
Entró por San Mamés, dejó atrás la plaza del Sagrado Corazón y cruzó el puente Euskalduna sobre la ría, recorriendo la Ribera de Botica Vieja hasta el puente de Deusto.
Siguió un poco más allá, pasando por debajo de la pasarela Pedro Arrupe, su destino final.
Aparcó el coche en la avenida de las Universidades, justo en la salida de emergencia situada al lado de la Universidad de Deusto, y sacó el cuerpo del maletero con todos los aparejos necesarios.
Afortunadamente, todavía funcionaba el ascensor instalado bajo la pasarela peatonal, conocida también como el puente de la Universidad de Deusto, por lo que no tuvo que cargar el cuerpo a pulso para subirlo por las escaleras.
Se había colocado un pasamontañas como medida de precaución, por si alguna cámara le captaba antes o después de la ejecución de su plan.
Serían cerca ya de las tres de la madrugada y por allí no se veía a nadie, pero nunca podía estar uno seguro.
Siguió las directrices que se había marcado a la mayor velocidad que pudo y salió de allí como alma que lleva el diablo.
Se sintió extrañamente sereno tras escapar del escenario irreal que había preparado, casi como si se encontrara levitando fuera de su cuerpo.
Quizá su verdadera esencia le había abandonado al caer en las garras del demonio que se había apoderado de sus actos.
Él ya no tenía salvación, solo esperaba poder al menos salvar a su familia.
Lo peor era saber que aquella locura la acabarían también pagando de un modo u otro.
Hasta ese momento, aún podía aferrarse a su pequeña oportunidad.
Don José María le había asegurado que él había sido el único ganador de la primera prueba, lo que le daba un respiro.
En la segunda se encontraba en desventaja, pero no todo estaba perdido.
Si lograba superar a Cómodo y obtener más puntos que él en esa ronda, podría ganar el duelo final con una ventaja de dos a cero.
En caso contrario, lo más probable, tendría otra oportunidad con la ronda de desempate.
La preocupación regresó para rasgarle el estómago con sus afiladas uñas tras enterarse de que andaban tras su pista.
Creía haber sido cuidadoso, pero él no era un delincuente profesional y además se enfrentaba a unos policías acostumbrados a perseguir criminales mucho más experimentados.
Cómodo y él habían utilizado el mismo proveedor de matrículas para cambiarlas en sus respectivos vehículos y sin embargo parecía que su Renault 19 se encontraba en el radar de las autoridades más que la furgoneta negra de su rival.
O eso le aseguró el inductor de aquella barbarie, otro detalle que debería tener en cuenta.
¿Y si don José María ya había elegido un ganador?
No podía obviar que Cómodo había sido su hombre de confianza durante los últimos años.
Él era solo un recién llegado a la casa, un advenedizo que habían elegido para darle algo de vidilla al asunto.
Necesitaban un contrincante para que el juego fuera más divertido, pero quizá el millonario ya se había aburrido de toda esta historia y ahora le iba a dejar caer.
No, eso no podía ser cierto, eso los arrastraría a todos en su caída.
Damián intentó atender a la perorata de su jefe mientras la procesión iba por dentro.
No creía que se diera cuenta de su despiste, más preocupado por su propia situación que por escuchar las andanzas del torturador tullido.
¿En verdad se creía que era un héroe griego por arrebatarle la vida de ese modo a un ser humano indefenso?
La locura se había apoderado de esa casa y él solo quería salir de allí para evitar caer también en sus garras.
Lo tenía muy difícil, por no decir imposible.
Había vendido su alma al diablo, entregándole el control de su vida en un acto desesperado.
Don José María le había prometido un jugoso premio en caso de ganar, pero eso no le aseguraba que pudiera salir vivo o libre de la cárcel.
Se encontraba en una situación límite y su familia dependía de su éxito, sin que pudiera confiar plenamente en las promesas del siniestro personaje.
Desde que puso un pie en aquella casa de los horrores, se había sumido en un auténtico descenso a los infiernos.
Maldita la hora en que aceptó ese trabajo, por mucho que necesitara el dinero.
Nunca imaginó que fuera capaz de cometer un asesinato a sangre fría, aun estando la vida de sus seres queridos en juego.
Jamás se lo perdonaría mientras viviera, y ese tormento le castigaría durante el resto de noches de su existencia.
Una existencia que ni siquiera pretendía alargar, a no ser que pensara en la familia que dejaba atrás.
Por él se hubiera quitado la vida en ese mismo momento sin que eso llegara a solucionar los problemas.
Y por supuesto, no podía entregarse a la policía porque esa acción acabaría con su familia para siempre.
Siempre había luchado por los suyos, y eso que había cometido muchas equivocaciones a lo largo de los años.
Abandonó su tierra natal para buscar un trabajo digno en el País Vasco, una región en la que parecía que podría encontrar su lugar en el mundo.
Siempre le costó mucho salir adelante, llevando a gala su honradez y profesionalidad en todos los puestos de trabajo a los que accedió.
Tenía conciencia de clase y sabía que jamás llegaría a ser un hombre importante, tan solo pretendía ganarse la vida con el sudor de su frente y poder mirar a cualquiera a la cara.
Algo que había perdido por el camino para no recuperarlo jamás.
Las circunstancias de la vida le llevaron a convertirse en un experto mecánico y a trabajar en diferentes talleres en Bilbao y sus alrededores.
Intentó siempre cumplir con su cometido, pero la providencia tenía otros planes para él.
Ya fuera por problemas empresariales, por desavenencias con jefes o compañeros o por las dichosas crisis que se encadenaban una tras otra, nunca terminó de asentarse en un trabajo estable.
Lo peor vino cuando escuchó los cantos de sirena que se lanzaban desde todos los altavoces mediáticos.
Todo español de bien tenía que comprar una buena casa para su familia e hipotecarse durante treinta años porque eso es lo que demandaba la sociedad.
Los intereses bancarios se encontraban muy bajos y había que aprovechar la oportunidad.
Su mujer se empeñó en que se compraran un hermoso adosado en Castro Urdiales, una localidad cántabra cercana a Vizcaya cada vez más llena de bilbaínos, y firmaron un contrato con el banco que no sabía si podrían pagar en su totalidad.
Y entonces llegó el desastre. Corría el año 2008 y el mundo globalizado entró en crisis, por no hablar de su taller, que despidió a casi toda la plantilla.
El Euríbor comenzó a subir y cada vez les costaba más pagar las cuotas de la hipoteca.
Trapicheó durante varios años para sacar adelante a su familia, pero al final claudicó, agotado tras luchar contra unos molinos que en verdad sí se habían convertido en gigantes.
Aceptó el trabajo de chófer para un ricachón de Neguri porque necesitaba el dinero para pagar sus necesidades básicas, con la idea ya asumida de que en breve los echarían de su propia casa.
Había intentado negociar con el banco BIB, pero esos desgraciados se negaron: no entendían de sentimentalismos, solo querían su dinero.
Damián no se alegraba por los muertos de la familia Labarrieta, pero en su fuero interno tenía que reconocer que no le parecía tan mal que el banco se hubiera pegado un buen batacazo.
Y todo gracias a la inventiva de don José María y su perro fiel, el mismo que recreó la sacrílega Piedad en esa cueva frente al mar Cantábrico.
¿Se habían vuelto todos locos en aquel lugar?
Damián nunca fue demasiado religioso, pero sabía que había perdido toda oportunidad de salvación.
Su alma atormentada ardería en el infierno, si es que de verdad existía ese lugar.
No podía quitarse de la mente los ojos de pánico de la joven universitaria al percatarse de su inminente final.
El chasquido de su cuello al partirse le martirizaría durante el resto de sus días, un sonido mortal que se le había metido en el oído interno y le provocaba náuseas imposibles de evitar.
El mínimo castigo que se merecía por haber acabado con la vida de una chica inocente.
Por su mente pasaban ideas cada vez más locas para acabar con tanto sufrimiento: tirarse por los acantilados, entregarse a la policía o, la mejor de todas, inmolarse junto a toda esa panda de indeseables.
Solo tenía que prender fuego a la mansión por la noche, cuando todos durmieran, y esperar que las llamas acabaran con tanta podredumbre.
Eso no salvaría a su familia ni impediría que los echaran a la calle como a un perro abandonado.
Así que seguiría tragando mierda hasta que su benefactor quisiera, mal que le pesara.
No le quedaba otra que transigir e intentar lograr su objetivo final: resultar ganador de la competición más cruel jamás inventada.
Creía que iba a recibir algún tipo de castigo al saber que la policía le andaba buscando, pero al parecer su jefe no albergaba esa idea.
Debía aprovecharse de su buen humor tras ver cumplido su último deseo, el ansia asesina que parecía devorarle por dentro, por lo que guardó fuerzas para el siguiente combate.
El final estaba muy cerca, para bien o para mal, y solo tenía que dejar pasar la tormenta.
—Creo que lo mejor es que aguardemos unos días para continuar con nuestro pequeño entretenimiento.
Aprovecharé para hacerme unas pruebas médicas que tengo pendientes y así vosotros podréis descansar un poco, tanto de mi presencia como de una competición que puede llevar a cualquiera al límite de sus fuerzas, sean físicas o mentales. ¿Os parece bien?
—Claro, no hay problema —contestó Damián mientras su rival asentía.
—Perfecto entonces. Os dejaré algunas instrucciones para estos días, no quiero que os desmandéis demasiado.
Y así de paso voy pensando en la siguiente prueba, querido Aquiles.
Te plantearé también un pequeño reto antes de adentrarnos en el meollo de la cuestión.
No sé si será también al estilo de El tiempo es oro o se me ocurrirá alguna otra cosa.
—A mandar, jefe, estamos a su entera disposición —contestó Damián displicente.