Los problemas crecen #2
Ejecutó con maestría el plan para secuestrar a la chica en el entorno de Mataleñas y consiguió introducirla en el maletero del coche sin que nadie se percatara.
Condujo con cuidado para salir de la ciudad y se dirigió hacia la nave solitaria en la que su patrón había dispuesto todo para que pudieran trabajar a gusto.
Tenía instrucciones precisas para poder cumplir los requisitos de la maldita prueba y así conseguir los primeros puntos en una competición en la que tenía muy complicado ganar el premio final.
No podía perder demasiado tiempo si quería dejarlo todo dispuesto para esa misma noche, antes de que despuntara el alba.
En aquel instante, Cómodo se le había adelantado y ya tenía los primeros puntos en su casillero, por lo que él debería esforzarse más para alcanzar lo que el psicópata de su jefe quería conseguir a través de las dichosas pruebas.
Damián asumió que nunca saldría con bien de aquella locura, ni siquiera aun ganando la competición ante los ojos de don José María.
Sabía que podía meter la pata en cualquier momento y llamar la atención de las autoridades.
Sí, había recibido entrenamiento de tipo militar, sobre todo en la parte física y en la táctica, que le serviría para acercarse a sus víctimas.
Y después, algo de ciencia forense para no dejar rastros que pudieran incriminarles.
No era ningún experto en el tema y podía fastidiarlo todo, pero no le quedaba otro remedio.
Todavía le quedaba por acometer la peor parte de todo el proceso: el crimen en sí.
Debía matar a la chica con sus propias manos, según las instrucciones recibidas, de una forma lo más íntima y personal posible.
Y lo peor de todo, debía grabarlo para la posteridad, aún a riesgo de incriminarse para siempre en un delito de tamaña gravedad.
Al puñetero Imperator deberían encerrarle en un psiquiátrico.
Días antes de esa aciaga noche les convocó a una reunión en la biblioteca para explicarles las pautas a seguir en la competición.
Cómodo parecía tranquilo, casi relajado, al escuchar las barbaridades que salían de boca de aquel demente.
Pero Damián se sorprendió ante las nuevas instrucciones, asqueado y estupefacto.
No le quedó más remedio que apechugar con la situación y seguir adelante si quería tener una oportunidad de salvarse.
Don José María les habló de una historia extraña sobre su pulsión criminal y otros conceptos que se escapaban a la razón.
Al antiguo mecánico le sonaba todo a chino, pero tuvo muy clara una cosa: el ricachón estaba como una cabra y les iba a conducir también a ellos al fondo del abismo.
Cómodo parecía encantado con la situación y él no podía hacer otra cosa que dejarse llevar ante las circunstancias.
Ninguno de los dos contendientes quiso interrumpir a su jefe, que continuó con su digresión, un soliloquio que parecía haber ensayado más de una vez.
—No sé el tiempo que durará esta pequeña época de tranquilidad dentro de mi enfermedad. Tengo que aprovechar este valle en cuanto a dolor y pérdida de funcionalidad para llevar a cabo nuestro plan maestro. Os aseguro que pasaremos a la posteridad, queridos míos. No me falléis, os lo ruego.
Cómodo asintió, al parecer satisfecho, mientras Damián rezaba para que aquel suplicio terminara cuanto antes y pudiera regresar a sus tareas, aunque fueran tan ingratas como preparar un asesinato.
—Mi equipo de investigación os preparará los informes más completos que os podáis imaginar sobre las víctimas potenciales.
El resto es cosa vuestra. No sé si habéis oído hablar del síndrome de Münchhausen por poderes.
Esto será algo parecido. Podéis pensar que estoy tan loco como los que sufren esa enfermedad, pero me da igual.
El caso es que vosotros cometeréis esos crímenes también por poderes, por así decirlo, ya que yo soy el inductor y el que querría disfrutar del maravilloso momento de arrancar una vida y entregar el alma de un pobre desgraciado a su Creador.
Don José María era un poco meapilas, eso lo supo Damián en cuanto entró en esa casa, pero parecía que cometer esos pecados mortales de necesidad no le afectaba lo más mínimo.
Al contrario, lo estaba disfrutando a su modo particular.
Así que cuando los participantes de tan extraña competición supieron que el leitmotiv principal de las recreaciones posteriores a los asesinatos, por lo menos en su primera prueba, tendría que ver con Jesucristo y los orígenes del cristianismo, no les sorprendió lo más mínimo.
Damián conoció los problemas que su rival tuvo tras secuestrar a las víctimas de su primera prueba.
Don José María parecía cabreado, incluso colérico, cuando tuvo conocimiento de lo sucedido.
No obstante, después pareció satisfecho con el resultado final, aunque solo tuviera unas pocas fotografías para hacerse una idea del escenario fabricado por el hombre de Hong Kong.
Una situación complicada, con dos personas que secuestrar, asesinar y colocar en su escenario.
Menos mal que no le había tocado a él comenzar con semejante reto.
El chófer escuchó las palabras de Imperator sobre La Piedad recreada por Cómodo y estuvo tentado de buscar información en la Red.
Tenían prohibido hacer cualquier tipo de búsqueda con sus móviles habituales y solo debían utilizar los de prepago para comunicarse con su jefe por SMS, unos aparatos sin acceso a internet para prevenir posibles curiosidades o despistes.
Sabía que las autoridades podrían rastrear ese tipo de búsquedas y era la mejor manera de pasar desapercibidos.
Así que a Damián no le quedó más remedio que acudir a la amplia biblioteca de la casa para averiguar qué demonios era eso de La Piedad .
Cuando lo encontró, tuvo que darle la razón al patrón.
Cómodo había salido muy bien de la situación.
Su enemigo no pudo utilizar la cámara de vídeo para grabar las muertes, pero su recreación había maravillado a don José María, a tenor de las palabras de elogio que soltó el millonario en su presencia.
Por culpa de ese pequeño desastre al comenzar la competición, ahora les obligarían también a grabar los dichosos crímenes, aparte de cometerlos.
No ignoraban que esa sería la forma perfecta para que el cabrón les tuviera pillados por los huevos, pensó entonces Aquiles, ya que aparecerían a cara descubierta mientras acababan con la vida de sus víctimas.
Un modo más de tenerles controlados, por mucha excusa que don José María pusiera sobre que quería sentir la vulnerabilidad de esas personas que estaban a punto de pasar a mejor vida.
Y claro, conociendo la seguridad de las operaciones, nada de grabar las escenas con un smartphone o teléfono algo moderno.
Los archivos dejaban rastros, ya fuera en la nube o en la memoria de los aparatos electrónicos, por mucho que hubieran sido borrados.
Así que utilizarían una vieja cámara de vídeo de las de toda la vida para que don José María se deleitara en la soledad de su dormitorio con unas grabaciones totalmente gore que no podían caer en manos ajenas.
«¿Se masturbaría viendo las imágenes?», llegó a pensar Damián. Su jefe estaba al borde de la locura, si no la había sobrepasado ya, pero él y su némesis, por lo menos durante aquella trifulca tan peculiar, debían mantenerse firmes y cuerdos si querían llegar hasta el final.
—Y recordad que estáis en mis manos, no intentéis ninguna tontería.
El ganador tendrá una recompensa suculenta, un premio en metálico suficiente para satisfacer todas vuestras necesidades.
Y se llevará también alguna sorpresita más por mi parte.
Solo tenéis que cumplir las instrucciones y no cagarla por el camino.
Algo que parecía tan sencillo al escucharlo en palabras del organizador, pero que se complicaba según se iban sucediendo las diferentes fases de cada prueba.
Damián había pensado en la forma de presentar el cuerpo e incluso en la ubicación, una recreación llamativa que esperaba captara también la atención del que otorgaba las puntuaciones.
Pero todavía no tenía muy claro la forma de matar a la chica.
Al final, ató y amordazó a la víctima, sentada en una silla, y dispuso un espejo de cuerpo entero enfrente de ella.
Primero la grabó con la cámara cuando despertó de su letargo y empezó a patalear al verse así en presencia de un extraño.
No podía darle la oportunidad de chillar, ni siquiera de hablar con él, para poder deshumanizarla y acabar con su vida sin demasiado sufrimiento.
No era un sádico, y si no lo hacía de manera rápida nunca sería capaz de cometer el crimen.
Ni pulsión criminal ni leches, él solo lo hacía porque no le quedaba más remedio.
Dejó la cámara grabando y la depositó en una mesa auxiliar situada detrás de la muchacha, apuntando hacia el espejo donde se reflejaba su imagen.
Entonces se acercó por la espalda y respiró profundamente.
No quería mirar a la chica, ni siquiera a través del espejo, para no desfallecer en su misión.
Solo tenía que imaginar que se encontraba ante una gallina o un conejo, un pequeño animal que tendría que sacrificar para llevar comida a su familia.
Nada más y nada menos, algo que no era nada fácil.
Cuando ya estaba colocando los brazos para hacerle una presa a la víctima, tuvo la mala idea de mirar un segundo al frente.
Pudo distinguir entonces la mirada de pánico que se adivinaba en los ojos de la universitaria, una joven que pareció comprender lo que iba a pasar.
El miedo reflejado en sus pupilas dio paso a una especie de petición muda de auxilio, pero ya era tarde.
Damián situó sus poderosos brazos en posición, la cogió de la cabeza y efectuó un movimiento brutal de torsión.