Los problemas crecen
El antiguo mecánico reconvertido en chófer se había metido en problemas.
No podía negar la evidencia: su jefe estaba encantado con la prueba realizada por su contrincante y le costaría superar dicha actuación.
Y lo peor no era eso. Al parecer, también había llamado la atención de las autoridades, lo que le hacía replantearse toda su estrategia.
Recordó entonces el comienzo de esa pesadilla, el fatídico momento en el que dejó de comportarse como un ser humano, cuando decidió aceptar aquella extraña oferta de trabajo.
Ni siquiera protestó ante la humillación sufrida a continuación en casa de su nuevo empleador, un ricachón de Neguri llamado don José María, que quiso bautizarle con el pomposo nombre de Aquiles, olvidando sus verdaderas raíces.
Rememoró el desastroso intento de secuestro de Basurto unas semanas después, una absurda prueba a la que se prestó sin saber muy bien dónde se metía.
No le quedó más remedio que ceder ante la verdadera naturaleza de su jefe, un megalómano autodenominado Imperator, para librarse de sus terribles accesos de ira.
Desconocía los motivos por los que le había encargado esa misión o quería perjudicar a esa familia en particular, pero no podía oponerse ni resistirse a su destino.
Él había aceptado los términos de un contrato implícito que nunca se llegó a firmar.
Estaba en juego su vida, y también la de su familia.
Su situación financiera era desastrosa y estaban a punto de ser desahuciados de su casa en Castro Urdiales, una localidad cántabra cercana a Vizcaya.
Diversos problemas laborales y personales habían desembocado en una situación límite y no veía una solución a su problema.
Entre crisis diversas, malas decisiones y una pandemia que terminó por hundirle, se encontraba al borde del abismo.
No quería vender su alma al diablo y depender de un hombre tan oscuro, un individuo de mirada cruel al que, sin embargo, le debía su sustento.
Lo que le exigía ahora era una tarea mucho más ingrata, sangrienta e ilegal a la que no podía negarse.
Le había prometido mucho dinero si llegaba hasta el final, pero en esos momentos no se sintió capaz.
Sin embargo, la necesidad y el hambre eran dos incentivos poderosos, y sus escrúpulos comenzaron a desvanecerse.
Para entonces ya tenía el aviso para el lanzamiento judicial y su familia sería desahuciada en menos de noventa días.
Quizá si consiguiera los doscientos mil euros que le debía al banco, más otros gastos adicionales, podría detenerlo todo y quedarse en casa con su mujer y sus hijos.
Lo peor era que su suegra le había avalado con su piso al pedir la hipoteca a esos desgraciados del BIB, el banco más ladrón de España según su parecer.
Y la señora, una anciana que se había quedado viuda y ciega durante una pandemia que terminó por arruinar a toda la familia, podría acabar también con sus bártulos en la calle por culpa de su mala cabeza.
En aquellos días de marzo tan lejanos ahora en el tiempo, la organización de Imperator le proporcionó un extenso dosier con toda la información relevante sobre el joven Ibai: sus horarios y rutinas diarias, aficiones, datos familiares, domicilio, centro de estudios, amigos e incluso novia.
En principio, según su nuevo jefe, se trataba de un encargo relativamente sencillo para él.
Si lo cumplía satisfactoriamente podría convertirse en su favorito, el que heredaría todas sus riquezas terrenales e inmateriales, significara aquello lo que significara.
Por expreso deseo de Imperator, y también para salvaguardar su integridad, debía olvidarse de su nombre o apellidos reales, por no hablar de su familia o vida anterior.
Era la única manera de librarse del castigo divino y pensar, aunque fuera casi un sueño quimérico, que algún día recobraría la libertad y podría regresar a su antiguo mundo.
Así que se resignó a cumplir las órdenes, sabiendo que se encontraba a merced de un lunático, un psicópata que los obligaba a cometer delitos cada vez más terribles y peligrosos. Y eso fue solo el principio…
Regresó a la realidad antes de que el patrón se diera cuenta, justo a tiempo de escuchar su perorata. Y es que don José María le quería trasladar su inquietud al llegar a sus oídos algunos detalles de la investigación policial en curso.
—Estimado Aquiles, no te preocupes por nada, lo tengo todo controlado.
Es cierto que la Ertzaintza anda preguntando por los talleres y desguaces de la provincia para ver si alguien ha revendido matrículas dobladas o dadas de baja administrativa.
Y creo que también buscan un Renault 19, no sé mucho más.
—Yo lo siento mucho, jefe, pero…
—Shhh, calla. Todo está bien, no te agobies. Nadie te relaciona con esta casa, así que te vas a quedar unos días aquí, sin salir a la calle. Así vamos pensando en tu siguiente prueba. Ya sabes que tendrás que esmerarte para superar a Cómodo.
El dueño de la mansión situada en la mejor zona de Punta Galea, a escasa distancia de los acantilados sobre el mar Cantábrico, reunió a los contendientes de la justa en su biblioteca personal.
Allí les había mostrado el vídeo que realizó Cómodo tras colocar a la víctima como una atracción más del parque temático de la mitología local.
—Espectacular, ¿verdad? No tenemos imágenes del momento supremo que precedió a este vídeo, eso solo se guarda en el disco duro de mi memoria. Y te aseguro que fue algo sublime, nunca podré olvidarlo. Cómodo me regaló la dicha eterna, y eso es algo que hay que valorar en su justa medida.
Damián asintió a su pesar, sabiendo que tendría que pasar el mal trago de la mejor manera posible. Ver, oír y callar, como aprendió desde muy pequeño en su familia.
—No soy el mejor poeta de la historia, pero me gustaría glosar la pequeña hazaña que perpetramos entre mi fiel escudero y yo.
¿Te apetece escuchar nuestras andanzas nocturnas, Aquiles?
Tu compañero de fechorías me preparó un pequeño viaje, y eso que no soy muy amigo de las sorpresas a horas intempestivas.
Pero he de confesar que mereció la pena el trayecto hasta la Fuente del Francés.
¡Qué maravilla de escena recreamos en el interior de la cueva!
El conductor permaneció con gesto serio y la cabeza gacha, mostrando sumisión.
No comprendía del todo la naturaleza psicótica de su patrón y sospechaba que no le gustaba que le interrumpieran ni le llevaran la contraria, aunque no tuviera razón.
Sabía que se encontraba en sus manos y además, tras escuchar sus elogios hacia Cómodo, en inferioridad de condiciones por lo menos en esa segunda prueba de la competición.
Así que asintió levemente y se aprestó a escuchar el resto de la explicación.
Don José María se explayó sobre lo ocurrido en el interior de la cueva, elevando aquella carnicería a la categoría de epopeya griega.
A Damián se le revolvió el estómago al escuchar las barbaridades que salían de boca de aquel enajenado, pero solo podía darle la razón como a los trastornados e intentar salir de allí lo antes posible.
Hubo un momento en el que desconectó, mientras el millonario deliraba al narrar su batallita nocturna.
Le pareció escuchar algo sobre su impulso criminal y la paz interior que había logrado al expulsar ese demonio antinatural que le acongojaba.
Por fin había liberado su verdadero yo, o algo así, al torturar al pobre muchacho.
Menuda sarta de tonterías que soltó en un momento, la enajenación se había apoderado de su mente enferma.
Damián intentó alejarse de allí, por lo menos con su pensamiento.
Evocó los buenos momentos vividos con su familia, demasiado lejanos en el tiempo.
Pero la bilis trepó entonces por su garganta, sin permitirle ni un momento de sosiego.
Su subconsciente acabó por regalarle otras imágenes infinitamente más amargas, como todo lo relacionado con sus deudas, las discusiones con su mujer o el inminente desahucio que no había podido evitar.
Y claro, sus pensamientos se retrotrajeron hacia el momento en el que perdió su humanidad por completo. La noche en la que se convirtió en un asesino cruel y sanguinario, olvidando cualquier esperanza de redención para su alma pecadora.
Fue el momento más complicado de su existencia, la madrugada terrible que le atormentaría por el resto de sus días.
El antiguo mecánico había sobrepasado la línea y dejó atrás la lucidez para convertirse en algo que siempre había odiado.
Ya no se trataba de pequeños hurtos o del secuestro fallido de Basurto, por mucho que aquellos delitos le hubieran llevado indefectiblemente a la cárcel durante muchos años si las autoridades le hubiesen pillado.
No, aquello era mucho más espantoso y ya no tenía vuelta atrás.
Damián se había convertido en un criminal de la peor calaña.
Siempre había pensado que le costaría mucho arrebatar la vida de otro ser humano llegado el caso.
Y que, como mucho, podría matar a otra persona en una lucha a muerte por salvarse él, y solo en legítima defensa.
Nunca imaginó realizar su primer asesinato en su escala más alta, con premeditación, alevosía y sin que la víctima le hubiera hecho nada ni pudiera defenderse de su agresor.
Lo peor de todo es que en ese momento imaginó que aquel hecho no sería algo puntual y que el psicópata de don José María le tenía preparadas pruebas cada vez más difíciles.
Le había prometido que si llegaba hasta el final del juego todos sus problemas burocráticos y financieros quedarían enterrados para siempre.
Pero allí lo único que habría que enterrar de momento sería el cadáver de la joven estudiante que había matado.