La noche de los perdedores (Bermejo y Roncero 6) El cerco se estrecha #2
70%

El cerco se estrecha #2

—Te entiendo perfectamente, me pasa lo mismo.

A ver si este próximo fin de semana por lo menos nos dejan en paz y podemos relajarnos y descansar un poco.

El domingo pasado nos jodieron la ruta y no pienso permitirlo otra vez.

Aunque tenga que apagar el móvil, necesito desconectar y resetearme si no quiero colapsar antes de tiempo.

Koldo aprovechó la coyuntura. Si ella sacaba el tema, nada le impedía mencionarlo a él también, a los dos les habían fastidiado el plan dominguero.

—Pues sí, no somos máquinas. Ya sé que andan todos revolucionados: los medios, los políticos, la opinión pública y nuestros amados jefes. Quieren soluciones y las quieren ya. Pero si nosotros no funcionamos, esto no llega a buen término.

—Yo no lo habría dicho mejor, tienes toda la razón.

Y de este finde no pasa, quiero disfrutar de las famosas playas cántabras.

Imagino que el agua estará fresquita, pero no me importa.

A ver si así me espabilo y me adentro en la siguiente semana de mejor humor.

Tal vez sumergirme en el Cantábrico estimule mis neuronas y dé con la pista definitiva.

—No te preocupes, no está tan fría. Si quieres, te puedo indicar un par de sitios donde las playas no son tan abiertas, con menos viento y olas, por si te apetece darte un buen chapuzón y nadar a gusto en sitios que cubre pero bien cerca de la orilla.

—Vaya, no suena mal del todo. Tampoco es que yo sea una enamorada de las olas. Me gusta tomar el sol y darme un bañito de vez en cuando para refrescarme. A ser posible, en playas no demasiado abarrotadas, no soporto las aglomeraciones en verano.

—De eso no tenemos en el norte. A ver, siendo sinceros, en Gorliz, Sopelana y otras playas vizcaínas te puedes encontrar problemas para aparcar en pleno verano y luego cantidad de gente paseando por la orilla. Nada que ver con Benidorm o Salou, tú ya me entiendes.

—Sí, me hago una idea. ¿Y cerca de Santoña?

Ya he visto que la playa de Berria es enorme, pero buscaba algo más recogido, alguna calita solitaria a la que no vaya mucha gente.

Imagino que estará complicado. Me han dicho que por aquí, en cuanto sale un rayo de sol, todo el mundo aprovecha para irse a la playa.

—Eso es cierto, y se supone que este verano no será como el del año pasado.

En el 2021, entre la pandemia y el mal tiempo, fue una temporada veraniega muy deslucida.

Las estimaciones para el 2022 son mejores en cuanto a clima y lluvias se refiere, así que supongo que eso ayudará a que los turistas vuelvan por aquí.

Está de moda, aunque muchos autóctonos prefieren que los veraneantes se marchen a otras latitudes y no acaben con nuestras esencias.

—Ya veo, unos puristas. ¿Y esas calas que me ibas a recomendar?

—Es verdad, perdona. Muy cerca de Santoña tienes Isla Playa.

Es un lugar demasiado turístico para mi gusto, con multitud de hoteles, apartamentos y locales para los de fuera.

Pero tiene algunas zonas de baño espectaculares, rodeadas de rocas muy curiosas y fotografiables.

Según la marea suba o baje se forman piscinas naturales e incluso puedes pasar andando hasta las playas de la vecina Noja.

Y además, cuenta con la playa del Sable, que tampoco está nada mal.

O las calitas de más arriba, junto al camping, que también son muy chulas.

Aprovecha si quieres ir antes de la temporada alta, luego es imposible.

—Ok, buscaré información sobre este lugar, no tiene mala pinta. ¿Alguna otra sugerencia?

Koldo le recordó a Milene que su familia disfrutó durante varios años de un pequeño apartamento en Ajo que ya habían vendido, pero que le permitió recorrer la comarca en su juventud. Le habló de las playas de Cuberris y Antuerta, aunque su preferida se encontraba un poco más allá.

—Realmente se sitúa entre Isla y Ajo, al abrigo de los acantilados.

Mucha gente se queda en el primer arenal, que casualmente se llama la playa de la Arena.

Pero lo que realmente merece la pena en la zona está tierra adentro, siguiendo la estela de la ría de los Castellanos.

Un auténtico paraíso, te lo aseguro. Nada que envidiar a las playas del Caribe o Fuerteventura, ya lo verás.

También depende de las mareas, allí puedes encontrar bancales infinitos de arena casi blanca y aguas transparentes en las que bañarte casi como si fuera una piscina.

Eso sí, hay que tener cuidado con las corrientes, que a veces son muy traicioneras.

Koldo observó a Milene mientras manipulaba su teléfono, quizá en busca de alguna imagen que corroborara lo escuchado. Su gesto de auténtica sorpresa le indicó a las claras que ya había encontrado lo que buscaba.

—¡Guauu! No me lo puedo creer, menuda pasada de sitio. Y al lado hay un garito que tiene una pinta increíble, ahí subido encima de un promontorio rocoso.

—Ya te lo había dicho, y te aseguro que las fotos no le hacen justicia.

Hace mucho que no voy, no sé si se habrá masificado en los últimos años.

Desde luego, tiene extensión suficiente para albergar a muchos turistas, pero en general la visitan más los vecinos de la comarca.

Como es zona nudista igual eso tira para atrás a mucha gente, no creo que haya hordas de bañistas.

Siempre ha habido buen rollo en esa playa y han convivido allí los textiles con los nudistas, así como familias con niños, parejas o grupos de amigos.

Ah, y está permitido ir con perros. Te aseguro que hay espacio de sobra para todo el mundo.

—¿Nudistas, dices? Bueno, a mí no me importa, ya he estado en otros sitios similares. Y eso que nunca te hubiera imaginado a ti en una playa nudista.

—¿Por qué lo dices? Allí nadie se mete con nadie y puedes permanecer con el bañador, no es obligatorio quedarse en pelotas. Y para tu información, este cuerpito serrano ha hecho nudismo allí y en otros sitios de España.

—Vaya, eso no me lo esperaba, señor Galarza —contestó Milene mientras le echaba un vistazo descarado de arriba a abajo.

Koldo se sonrojó un instante y le siguió el juego en cuanto se recompuso. Si ella quería guerra, la iba a tener.

—En el norte estamos más que acostumbrados al nudismo, hay muchas playas de ese estilo en toda la costa cantábrica. Y en las playas vascas se ve con mucha más naturalidad que en otras costas españolas, no te creas. Aquí no te vas a encontrar mirones y todo el mundo se siente a gusto.

—Bueno, habrá que pensárselo. No sé si estará bien señalizado para ir en coche.

—Sí, tranquila, no tiene pérdida. El camino tiene una bajada curiosa hasta la playa, hay un par de curvitas que se las traen. O te puedo llevar yo algún día que libremos, si te parece bien, claro.

—Te tomo la palabra, Koldo. Aunque sea con bañador, creo que merecerá la pena visitar ese lugar tan paradisíaco.

Milene le guiñó el ojo y el subinspector no supo cómo tomárselo. No quería meter la pata después de los avances logrados, así que asintió levemente con la cabeza y cambió de tercio. Le vino de perlas estar llegando a su destino, situado a las afueras de Basauri.

—Creo que es por aquí. Vamos a aparcar y buscamos el local. Se llama Talleres Irureta.

Los dos policías judiciales bajaron del vehículo y se dirigieron con paso firme hasta la entrada del taller.

Koldo le señaló a su compañera el espacio que se abría a espaldas del establecimiento, una campa vallada llena de chatarra en su interior que cuidaba un perro de aspecto fiero.

Milene asintió y se puso detrás del ertzaina justo antes de entrar en el local para permitirle tomar la iniciativa.

Allí se encontraron con un individuo mal encarado, de corta estatura y mirada desafiante.

Vestía un mono azul lleno de lamparones y se estaba limpiando la grasa de las manos en un paño roñoso.

Se quedó parado al verlos llegar y adoptó una postura que quería aparentar tranquilidad, pero que no engañaba al ojo bien adiestrado.

—Buenos días, caballero. Buscamos a Peio, nos han dicho que suele estar por aquí.

— Egunon , agentes. Y si no es mucha molestia, ¿para qué buscan ustedes al bueno de Peio? Espero que no se haya metido en ningún lio.

—¿Tanta pinta de policías tenemos? —preguntó Koldo ante la sorpresa de Milene.

—Es que huelo a los maderos a kilómetros, sin querer faltarles al respeto, ya me entienden.

Koldo pensaba sacar la placa de subinspector para identificarse, pero viendo el cariz que había tomado la conversación desistió de su empeño.

Y tampoco hacía falta que el tipo del taller supiera que la Guardia Civil y la Ertzaintza andaba husmeando en su negocio, por si acaso, así que no presentó a la oficial Oliveira.

—Tranquilo, venimos en son de paz. Solo queremos hablar con Peio de un cliente suyo al que estamos buscando.

—De acuerdo, acompáñenme a mi oficina. Soy Peio, por cierto, y les aseguro que no soy mal tipo. Solo tomo mis precauciones para proteger mi negocio, nada más.

Atravesaron el taller de chapa y pintura, subieron por una pequeña escalera y entraron en una oficina atestada de papeles. Peio les invitó a sentarse en los taburetes situados frente a la mesa principal y los recién llegados rehusaron el ofrecimiento.

—Disculpen que no les ofrezca un café, me pillan en un mal momento, la crisis nos afecta a todos.

—No se preocupe. Solo queremos hacerle un par de preguntas nada complicadas. Necesitamos que consulte sus registros y busque las matrículas incluidas en esta lista.

Peio se colocó unas gafas para ver de cerca y cogió el papel que le ofrecía el ertzaina.

Luego se sentó en su silla dispuesto a buscar los datos en el ordenador, aunque no parecía muy ducho en informática.

Para sorpresa de los investigadores, comenzó a teclear a gran velocidad mientras manejaba con destreza el ratón.

En unos segundos accedió a una aplicación que parecía una base de datos específica para sus registros.

—Pues no, lo siento mucho. No aparecen ninguna de estas matrículas en mis archivos, no ha habido suerte. ¿Puedo preguntar para qué lo necesitan?

—Secreto del sumario, ya sabe. Una última pregunta y ya no le molestamos más. ¿Conoce a este hombre?

Koldo sacó una copia impresa de la imagen digitalizada en la que se veía el rostro del asesino tras bajarse del Renault 19, justo al lado de la universidad de Deusto.

El subinspector deslizó la foto sobre la mesa sin dejar de mirar al hombre para ver su reacción.

Y esta le dijo sin duda alguna que Peio había reconocido al tipo que buscaban.

—No, lo siento —contestó de forma demasiado apresurada, devolviéndole la fotografía.

—Está mintiendo, Peio. No se busque problemas —intervino Milene.

—Vaya, creía que a la becaria le había comido la lengua el gato. Por cierto, ¿desde cuándo dejan entrar a mujeres así en la Ertzaintza?

Koldo tuvo que parar a Milene antes de que la sangre llegara al río.

La guardia civil parecía dispuesta a callarle la boca a ese tipo de un puñetazo, pero no se encontraban allí para eso.

Primero obtendrían información y después ya ajustarían cuentas.

El subinspector adelantó un paso y se colocó frente a Peio estirando toda la envergadura de su anatomía mientras le mostraba un gesto serio que no admitía más tonterías.

—Anda, prueba otra vez, majete. ¿Conoces o no a este tío?

Milene seguía lanzándole miradas furibundas que a Peio parecían no importarle. Quizá habría que apretarle un poco más las tuercas, pensó Galarza.

—No te preocupes, no vamos a perder más el tiempo contigo.

Si no quieres colaborar, te metemos en el coche, ponemos el pirulo y montamos un buen cirio en el barrio para que todos tus colegas sepan que eres un soplón de la policía.

¿Te parece bien? Por no mencionar que puedo hacer una llamada y te precintan este sitio en menos que canta un gallo.

Esa campa de ahí atrás huele a kilómetros a desguace clandestino.

¿Tienes todos los permisos en regla? Me da que no…

La estratagema pareció surtir efecto y el tipo cambió de actitud. Cogió de nuevo la fotografía y la observó con mayor interés.

—Ves, guapito de cara. No era tan difícil —le soltó Milene con mala leche.

Peio prefirió ignorarla y comunicarse únicamente con Koldo. Parecía decidido a colaborar, otra cosa era que supiera algo de verdad.

—A ver, no es que se vea muy bien la imagen, agentes…

—No me vengas con hostias, Peio, se me está acabando la paciencia. Toma, a ver si la foto de este coche te refresca la memoria.

—Bueno, no sé. El tipo se parece un poco al Damián, pero no estoy seguro.

—¿Quién es ese Damián? Me estás hartando, te lo advierto. Última oportunidad —aseguró Koldo mientras acortaba aún más la distancia con un individuo que no podía ser ajeno a la diferencia de tamaño con su adversario.

—Bueno, es un tío que trabajaba en un taller de Barakaldo y a veces se pasaba por aquí, no sé nada más. Se lo juro, señor agente.

—Subinspector para ti, idiota. ¿En qué taller de Barakaldo trabaja ese tal Damián? Dame más datos y te dejamos en paz.

—No sé más, de verdad. Sé que buscaba piezas para arreglar un Renault 19 que estaba para el arrastre, pero yo no le pude vender nada.

Koldo miró un segundo a Milene al comprobar que habían dado con la pista adecuada.

—El coche no lo sacaría de tu desguace, ¿verdad? No me mientas, porque al final te encerramos y tiramos la llave al mar.

—No, palabrita del niño Jesús, ya se lo he dicho —contestó más nervioso Peio—. Les aseguro que no sé nada más. Hace varios meses que no veo a ese tío, lo juro.

—Está bien, por hoy hemos terminado. Ya hablaremos otro día con más calma, no te preocupes.

—Eso no es lo que me habían prometido, señor agen…

—Calla y escúchame bien, gañán —intervino Milene con su pose más macarra—. Nosotros nos vamos y aquí no ha pasado nada. ¿Te ha quedado claro? Si llega a nuestros oídos que has largado por ahí, te aseguro que te corto las pelotas y me hago un llavero con ellas.

—Haz caso a mi compañera, yo no me andaría con hostias, Peio. Ah, y como dicen en las películas, pero esta vez en serio: no salgas de la provincia sin avisarnos, puede que necesitemos una declaración oficial en comisaría un día de estos.

El rostro de Koldo no admitía réplica, pero parecía que Peio no quería verse involucrado en una investigación policial.

—No, yo no puedo…

—Pues haz un poder, es por tu bien. Hasta más ver, Peio. Agur .