La noche de los perdedores (Bermejo y Roncero 6) El cerco se estrecha
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El cerco se estrecha

Los últimos días habían sido una locura, tanto en la comisaría central de Erandio como en las instalaciones de la Benemérita, donde las diferentes unidades de la policía judicial se afanaban por desentrañar los crímenes que estaban en boca de todo el mundo.

Y eso que habían conseguido evitar que el último asesinato trascendiera a la opinión pública.

Koldo no estaba muy de acuerdo con la teoría que Roncero le había metido en la cabeza a su compañera.

Milene se la había soltado casi pidiendo disculpas, como una posibilidad remota que no se atrevía a descartar, pero para él, la idea de que dos psicópatas estuvieran compitiendo en la cornisa cantábrica le parecía una locura.

Conocía la trayectoria de Roncero y, como aficionado al género policíaco, también había leído los libros de su pareja, Miriam Monfort, en los que convertía en ficción algunos de sus casos más famosos.

Pero de ahí a creerse semejante locura había un mundo.

—¡Maldita sea, Koldo! Mira que eres obtuso. Dame por lo menos la oportunidad de desarrollarte la idea y explicarte…

—No, Milene, no tenemos tiempo para tonterías. Mi jefe está a punto de echarme del caso y si yo me voy, no creo que te permitan a ti continuar indagando en un crimen cometido en Bilbao. Así que o nos ponemos las pilas, o estamos fuera antes de cuarenta y ocho horas.

—¿Eso te han dicho? Joder, no sabía que fuera tan inminente.

—No me lo han dicho de forma tan rotunda, pero conozco a Orbea, no se anda con chiquitas. Deberíamos centrarnos en los tres hilos principales de los que podemos tirar. Vamos a muerte con uno y si no conseguimos nada, continuamos con el siguiente.

—Vale, te escucho. Según tú, ¿qué tres hilos son esos?

—El primero y principal es terminar de sacar los trapos sucios de Pernía, hay que apretarle las tuercas.

Sonaba plausible que el amante celoso matara a su escort de confianza porque no fuera exclusivamente para él, pero está claro que él no montó toda la parafernalia del puente.

Y no creo que contratara a un sicario para matar a la chica y crucificarla después.

—Me jode admitirlo, pero tienes razón. Si Pernía fuera culpable de asesinato habría cometido quizá un crimen más pasional, algo más espontáneo.

Tal vez toda esa performance sea solo para despistarnos.

Podríamos pensar que se trata de un burdo imitador, pero que yo sepa la opinión pública no conoce los detalles de todos los crímenes.

—Seguiría sin encajar en el perfil. Pregúntale a Roncero, ya verás lo que te dice. Podemos escudriñar más en las intimidades de este tío, pero creo que es solo culpable de ser un hortera de campeonato. Aparte de lo que tenga la UDEF contra él, que yo ahí no me meto.

—Ya, te entiendo. ¿Y lo de relacionarle con los empresarios vascos? No hemos encontrado nada destacable, igual es que no hemos indagado bien.

—Eso podría ser, aunque nos iba a llevar demasiado tiempo.

Yo se lo comentaré a los agentes que nos dan cobertura, a ver si encuentran alguna relación.

Y tú habla también con la Comandancia, que le aprieten las clavijas mientras continúan investigándole.

No sé si tiene que ver con los asesinatos, pero ese tío no es trigo limpio.

—Sí, a mí tampoco me gustó. Menuda prepotencia al darse cuenta de que lo queríamos interrogar.

Se cerró en banda y dijo que solo hablaría con el oficial al mando y en presencia de su abogado.

Un gilipollas de tomo y lomo, por no hablar de la chulería con la que me habló y esas miraditas lascivas.

Le hubiera partido la cara sin cortarme un pelo.

—Sí, ya lo vi, un impresentable que solo quería amedrentarte. Y a vosotros os hizo algo de caso, a mí me miró como si no existiera. Pensaría que la Ertzaintza no tiene jurisdicción sobre él si no ha cometido ningún delito en el País Vasco, detalle que todavía está por esclarecer.

—De acuerdo, lo ponemos en marcha por si acaso. Yo tampoco creo que este idiota sea el asesino de Marta, pero había que descartar todas las opciones. ¿Qué nos queda entonces?

—El dichoso Renault 19 gris y el misterioso caso del secuestro que nunca existió.

Llevo comiéndole la oreja a mi jefe desde hace varios días para que insista con Larrea y no hay manera de hacerle entrar en razón.

Yo no conozco a nadie en las alturas y no puedo presentarme en EuskoPetrol para interrogar al jefazo si no quiero que Orbea me corte las pelotas.

No sé qué más intentar para que nos cuente su versión. Y sobre todo, para localizar a su hijo.

—En eso creo que puede ayudarnos Roncero. Sabemos que el joven está en un máster en el extranjero, algo relacionado con sus estudios universitarios. Y al parecer, va a permanecer fuera de España hasta que comience el nuevo curso académico.

—Bueno, no todo está perdido. Hablaré con los de relaciones internacionales sin que se entere el comisario, por si se puede rascar algo por ahí.

Yo le daría un toque al mismísimo vicelehendakari, que es también el consejero de Interior, para que hiciera una llamada y nos solucionara la vida.

Y entonces tendría el finiquito encima de la mesa antes de colgar el teléfono.

—Tranquilo, nosotros hablaremos también con la Interpol. Puede que consigamos algo, pero no es seguro. ¿Y cuál era la última opción? Nos quedamos sin margen de maniobra.

—El puto coche, el Renault 19 potroso que aparece en las imágenes.

Te recuerdo que lo hemos visto tanto en los alrededores de Basurto durante aquel día de marzo como en el itinerario hasta los alrededores de la ría.

Por no hablar del momentazo captado por la cámara de la universidad de Deusto, ese en el que nuestro amigo muestra su rostro al mundo.

—Lo de que es el mismo coche que el de Basurto no podemos afirmarlo con rotundidad, siento decirte.

Y la lástima es que la imagen captada en Deusto esté tan granulada.

No es que en España tengamos esos aparatos tan modernos de reconocimiento facial, pero llegado el caso, no creo que pudiéramos encontrar una coincidencia en las bases de datos.

—Bueno, hay que intentar también mejorar la calidad de esa imagen, hablaré con los técnicos. Creo recordar que en otro caso hace años contactaron con una empresa tecnológica israelí que limpia imágenes digitales. Quizá saquemos algo en claro, no perdemos nada.

—Claro, me parece perfecto. Imagino que será como buscar una aguja en un pajar, no sé si las matrículas que ha utilizado nos pueden ayudar a encontrarle.

—Estamos en ello, pero pertenecen a coches dados de baja que han pasado por demasiados talleres y desguaces, a saber de dónde las sacaron.

Tengo a dos agentes llamando sin cesar a todo establecimiento que tenga relación con el ramo automovilístico y yo también he visitado in situ algunos desguaces cercanos a Bilbao.

He pasado por Arrigorriaga, Santurtzi, Derio e incluso el valle de Trápaga, pero sin resultados hasta ahora.

—Bueno, no nos vamos a rendir. Y algo tendremos que hacer mientras tanto, ¿no?

—Sí, me han dado un soplo sobre un taller en Basauri que al parecer tiene una especie de desguace clandestino. Mi fuente asegura que el dueño no suele preguntar por la procedencia de los coches o las piezas de recambio que le llegan, igual tenemos suerte y damos con una pista.

—Perfecto, vamos para allá entonces. En algún momento tendrá que cambiar la dirección del viento, ya va siendo hora de que nos llegue el turno a nosotros.

Los dos investigadores abandonaron las instalaciones de la Ertzaintza en Erandio y se dirigieron hacia el taller mencionado tras montarse en el vehículo de Koldo.

Nada más salir de la comisaría se instaló una especie de calma tensa entre los dos, un silencio prolongado que rompió Milene sin percatarse de la incomodidad de su compañero.

Ambos andaban estresados con lo sucedido durante los últimos días, pero eso no debía repercutir en su relación personal, o eso opinaba Koldo.

Después de los buenos momentos vividos en la cena y posterior baile en Santoña, o la ruta de senderismo truncada en pleno Buciero por aquella inoportuna llamada, el subinspector sintió que los pocos avances logrados para distender lo que hubiera entre ellos dos habían desaparecido casi por completo.

Y lo peor de todo era que no sabía cómo retomar esa senda que parecía llevarlos en la buena dirección.

—Se me olvidaba contarte las novedades del último crimen. He hablado antes con Carmen; al parecer, han encontrado el corazón del pobre muchacho.

—Ummm…

—No te lo vas a creer, ha aparecido en el interior de una cueva cercana al parque mitológico, depositado en una especie de altar. Y al lado, pintarrajeado con sangre en la pared más cercana, habían escrito en mayúsculas la palabra imperator . No sé qué sentido…

Koldo mantenía la vista fijada en la carretera, concentrado en la conducción y en sus propios pensamientos.

Le parecía percibir un leve murmullo de fondo, pero no fue capaz de distinguir la alocución de su acompañante.

Seguía rumiando lo sucedido, aun sabiendo que debía comportarse de manera profesional y solo centrarse en lo básico: atrapar al asesino antes de que hubiera más víctimas.

—¿Me estás escuchando, Koldo? Eh, Tierra llamando a Koldo, ¿me recibes?

—Sí, eh…, perdona. Estaba distraído pensando en mis cosas. Ando un poco estresado y no duermo demasiado bien. Voy a tener que pedirme vacaciones o pillar otra baja en cuanto terminemos con esto, reconozco que no me encuentro muy allá. ¿Qué decías?

Milene se lo repitió antes de continuar con la conversación.