La noche de los perdedores (Bermejo y Roncero 6) El mejor regalo de mi vida #4
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El mejor regalo de mi vida #4

Una imagen se vino entonces a mi mente, la de aquella película de aventuras de Indiana Jones, en la que el sumo sacerdote Mola Ram arrancaba el corazón de un hombre durante un sacrificio a la diosa Kali con sus propias manos. Y allí estaba yo, dispuesto a realizar mi propio sacrificio.

Aún tuve tiempo de lanzar un último vistazo al rostro del hombre que me había devuelto a la vida.

En ese instante fugaz en el que la luz se apagó completamente en sus ojos, pude atisbar entre tinieblas cómo su alma se evaporaba delante de nosotros, elevándose en el interior de la cueva hasta perderse entre las rocas.

Y justo entonces, una chispa de sabiduría me atravesó de parte a parte hasta casi elevarme de mi pedestal, envolviéndome en una ráfaga de bienestar que jamás podría explicar con palabras.

Me quedé con el corazón en la mano mientras observaba cómo el músculo que mueve este mundo dejaba de latir.

Cómodo soltó el peso muerto del ya cadáver y el cuerpo cayó como un fardo, desmadejado y sin vida después de perder su órgano vital.

Cómodo cumplió su promesa y yo pude calmar mi ansia criminal, ese maldito impulso que llevaba martirizándome desde hacía tantas décadas.

No quería recrearme en la suerte, así que le hice un gesto a mi fiel lacayo para que abandonáramos el lugar.

La noche no había terminado para el jugador, aunque sí para su maestro e inductor de aquella tragedia en tres actos.

En mi fuero interno ya le había dado a Cómodo la máxima puntuación en su prueba, pero todavía le quedaba el epílogo, una representación con el fallecido que estuviera a la altura de las circunstancias.

Antes de marcharnos, quise dejar un pequeño regalo a nuestros amigos de la Guardia Civil, un giro de tuerca más que los desorientara en sus incorrectas apreciaciones.

Sí, ya sé que pequé de presuntuoso y de soberbio, esos pecados siempre los he llevado prendidos en el pecho.

Dejaba una pista innecesaria pero me daba igual.

Llegados a ese punto ya nada cobraba sentido, había alcanzado el summum de la perfección.

No habría nirvana más perfecto para el fin de mi existencia, y todo se lo debería a ese hombre al que rescaté en la lejana China.

Deposité con cuidado el corazón en el lateral más alejado de la cavidad central en la cueva principal, encima de unas piedras lisas que servirían como improvisado altar.

Dispuse el sacrificio a los dioses sin mayor ceremonia y quise añadirle un toque final.

No quería dejar mis huellas en la pared, así que le pedí a Cómodo que buscara un palo en el suelo.

Cuando lo encontró, lo unté con la sangre que chorreaba del músculo arrancado y escribí una única palabra en la pared, dibujada de forma tosca con aquel lapicero extraño que nos llevaríamos con nosotros para mayor seguridad.

Había dejado mi impronta para siempre, y ya solo nos quedaba salir de allí.

Cómodo me llevó de vuelta con el mismo método de carga y me dejó en el interior de la furgoneta.

Cogió después una manta oscura y regresó a por la víctima a la cueva.

Debió envolver el cuerpo y lo depositó de nuevo en su habitáculo restringido antes de ponerse al volante para dirigirnos hasta la siguiente parada.

El trayecto fue bastante corto, menos de diez minutos, calculé a lo sumo.

Cómodo aparcó en una especie de parking externo y me dejó de nuevo allí mientras completaba su tarea.

El rigor mortis todavía no había aparecido y logró introducir el cadáver en una enorme bolsa de deportes, acompañado de otras herramientas que no pude distinguir bien desde mi posición.

Me pidió absoluto silencio y prometió volver enseguida, momento que a mí se me hizo eterno.

Los nervios comenzaron a afectarme cuando el tiempo de espera superó la media hora.

No temía por mí, ya que la presencia de una furgoneta allí aparcada en plena madrugada no debía llamar la atención, pero sí por mi fiel escudero.

¿Y si alguien lo veía? Ignoraba qué habría hecho con el cuerpo, parecía que le estaba costando finalizar su recreación.

Tal vez el pobre quería impresionarme de nuevo, sin saber que ya nada podría satisfacerme más que lo que había hecho por mí en una noche que jamás olvidaría.

Me había sentido vivo una vez más, con una energía y una vitalidad que traspasaban los umbrales de lo reconocible.

Mi cuerpo reaccionó a los poderosos estímulos que el sacrificio humano había obrado en mi organismo.

Casi estuve a punto de ponerme en pie y volver a caminar, aunque eso fuera físicamente imposible.

La conjunción entre alma y espíritu, una comunión suprema que jamás imaginé, me elevó hasta el séptimo cielo de mi propia existencia.

Había disfrutado de una droga más pura que cualquier otro compuesto químico que hubiera inventado el hombre, cuyos efectos todavía notaba en mi interior.

Un instante que jamás olvidaría, y eso que en esos momentos ya comenzaba a preocuparme por la tardanza de mi pupilo.

Regresó pocos minutos después, cubierto con su pasamontañas.

De todos modos, pude vislumbrar la sonrisa que amanecía en su rostro, supuse que satisfecho con el trabajo realizado.

Salimos de allí en silencio y regresamos a casa sin saber lo que la providencia tenía preparado para nosotros.

Y sin poder imaginarme el escenario de película que mi vasallo había preparado para la posteridad.