La noche de los perdedores (Bermejo y Roncero 6) El mejor regalo de mi vida #3
66%

El mejor regalo de mi vida #3

Tardamos aproximadamente una hora en llegar a nuestro destino.

Desde mi posición no podía saber en qué dirección habíamos viajado ni los caminos por los que transitamos.

Sí creí distinguir un viaje por carreteras principales a velocidad moderada, supuse que para no llamar la atención.

Después, parecía que tomábamos la salida de una autopista, enseguida una rotonda, un giro hacia la derecha y poco después el vehículo frenó hasta parar del todo.

Cómodo abrió la portezuela y se llevó primero al chico a rastras, dejándome a mí encerrado, sin tiempo para protestar ni vislumbrar el lugar al que nos había llevado.

No quise elucubrar lo que estaría sucediendo en esos momentos.

Solo deseaba que no acabara con la vida del nieto de Lazcano sin que yo pudiera presenciarlo.

Ya que me había llevado hasta allí, con el consiguiente riesgo para nuestra misión, por lo menos que me dejara disfrutar de la función.

A los pocos minutos regresó mi pupilo y me pidió silencio llevándose un dedo a los labios.

Yo obedecí sin rechistar, sin saber que la situación se iba a volver un poco más humillante.

El hombre de Hong Kong me sacó de la silla de ruedas, me cogió en brazos y comenzó a caminar a buen paso conmigo a cuestas.

Me fijé en que se había quitado el pasamontañas, así que intuí que por allí no habría ninguna cámara que pudiera captar nuestra imagen.

Había aparcado la furgoneta en un camino asfaltado, flanqueado por árboles que parecían llevarnos hacia un bosque más frondoso situado en plena montaña. ¿Dónde demonios nos encontrábamos?

Cómodo se había colocado una visera con luz frontal en su cabeza, algo que le ayudó a transportarme de esa guisa en un lugar tan solitario y oscuro como boca de lobo.

Tardé todavía unos segundos más en adivinar el sitio al que me había llevado.

¿Sería posible? Sí, no había ninguna duda.

Menuda sagacidad la mía y eso que yo le había planteado el acertijo.

No conocía el lugar personalmente, por lo menos hasta ese momento, pero entonces caí en la cuenta.

Habíamos llegado a la Fuente del Francés.

Cómodo pareció ignorar el curso del río que bajaba con fuerza por allí, formando pequeños saltos de agua y cascadas que desembocaban en una poza de dimensiones considerables, escondida al abrigo del lateral de una cavidad en la roca.

Y es que el macizo montañoso formaba innumerables cuevas y oquedades en esa región.

Dejamos atrás el arrullo del agua y nos encaminamos por una senda boscosa que parecía continuar mucho más allá.

En ese momento, Cómodo se frenó en seco junto a una roca y entonces divisé lo que parecía una verja metálica. ¿Qué era aquello?

Luego supe que esa puerta cerraba el paso a la gruta del Diablomiengo o cueva del diablo.

El lugar en el que reza la leyenda que se cobijaba el abate francés que da nombre al enclave, justo antes de descubrir las aguas medicinales del entorno.

Y la ubicación exacta en la que Cómodo y yo ofreceríamos un sacrificio a los dioses de lo efímero.

Mi portador se adentró en la cueva por un pasadizo agreste, teniendo cuidado de no resbalar con la humedad de las rocas ni chocar con las paredes puntiagudas o los techos bajos sobre nuestras cabezas, hasta que llegamos a una especie de bóveda circular de piedra.

Allí nos encontramos con un espacio más ancho y alto en el que pudo descansar de su pesada carga y depositarme en un saliente rocoso que me serviría de asiento rudimentario.

Entonces me fijé en que Egoitz Lazcano permanecía tumbado en posición fetal en un lateral de la cueva, totalmente a nuestra merced.

La amenaza de Cómodo con un cuchillo de grandes dimensiones parecía haber surtido efecto y el chaval se comportaba como un corderito camino del matadero.

Ni siquiera pataleaba ni protestaba, parecía haber asumido su destino después de varios días encerrado en la nave industrial.

Cómodo se acercó a mí e iluminó la pared lateral situada a mi izquierda para no deslumbrarme con el haz de luz directo a mis ojos.

Nunca le había visto tan alterado y nervioso, el hombre tranquilo había mutado en alguien que parecía buscar mi aprobación con gestos grandilocuentes.

Y claro, yo intenté calmarle sin saber todavía a qué nos enfrentábamos.

Entonces comenzó a hablar con lengua de signos a toda velocidad y yo me perdí por el camino.

Con el mismo lenguaje gestual, sin emitir sonido alguno para no llamar la atención sobre aquella cueva perdida en el monte, le indiqué que fuera más despacio.

No entendía nada y necesitaba comprender lo que me quería decir.

Cómodo repitió su alocución silenciosa y yo me bloqueé por un instante.

¿Había entendido bien? Quizá me hubiera equivocado con los signos, tampoco me consideraba yo el mayor experto mundial en ese lenguaje y además, mi interlocutor se encontraba al borde del síncope, muy nervioso y acelerado.

Se lo pregunté a mi vez en voz baja, por si no lo había comprendido del todo, y él asintió con la cabeza.

No era posible, me parecía una auténtica locura.

Pero al fin y al cabo, ¿qué tenía yo que perder?

Asentí a mi vez y le di permiso para poner en marcha su plan.

Había llegado la hora de la verdad y yo no me había preparado a conciencia para ese momento.

Me dejó allí sentado y se acercó hasta el cuerpo desmadejado que yacía en el frío suelo de la cueva.

Cómodo le espabiló para que el chico fuera consciente de lo que iba a sucederle, era fundamental para el buen desarrollo y finalización de nuestra prueba.

Y entonces, con una jeringuilla intramuscular, le inyectó en la pierna la cantidad de neurotoxina que esperábamos fuera suficiente para no estropearnos la función.

Al parecer, solo tenía unos pocos minutos para cumplir con la parte que me había correspondido en aquella representación de la muerte.

Sabía que el compuesto químico comenzaría a paralizar los músculos y funciones motoras de Egoitz y pronto colapsarían los órganos principales.

Si el cerebro no podía enviar la orden de seguir respirando ni el corazón continuaba con su labor de bombear sangre, el organismo del muchacho terminaría por sucumbir.

Y no habíamos llegado hasta allí para verle morir de una manera tan infame.

La neurotoxina hizo su efecto de manera inmediata. Sabía que esa dosis contraería poco a poco los músculos de Egoitz mientras le sumía en un sopor ambivalente que le conduciría por un túnel cada vez más oscuro, camino de su Valhalla.

Cómodo lo levantó en volandas sin que la víctima ofreciera resistencia.

Sabía que permanecía consciente, aunque no pudiera hablar ni moverse, por lo que intuí que la adrenalina habría disparado su presencia ante el inminente desastre absoluto.

Los ojos desencajados de Egoitz me indicaron que la ansiedad y la angustia habían invadido su organismo al no poder respirar con normalidad.

El rostro del joven Lazcano, al borde del paroxismo, mostraba el pánico que se había apoderado de lo poco que quedaba de su conciencia humana.

El chico no deseaba morir, no parecía resignado ante su suerte.

Me pareció incluso atisbar un ramalazo de rebeldía en sus pupilas al comprender lo inevitable. Tanto mejor, así lo disfrutaríamos más.

Mi fiel escudero colocó a nuestro invitado en pie, sujetándole justo enfrente de mí para que yo pudiera actuar desde mi atalaya rocosa.

Le quitó entonces la camiseta y noté como la piel se le erizaba involuntariamente debido al frío reinante en el interior de la cueva.

Antes de pasarme el testigo, lo giró hacia sí, sacó su cuchillo de combate Ka-Bar y comenzó a dibujar un semicírculo en el interior de su pecho, justo al lado del corazón, entrando en la carne poco a poco mientras rasgaba piel y músculo con determinación.

Egoitz aguantó como un jabato gracias al chute de toxina y al resto de hormonas que secretaba su propio cuerpo, con las terminaciones nerviosas en pie de guerra ante el ataque externo.

La acción de Cómodo no tenía por qué ser mortal de necesidad al no haber afectado a ningún órgano vital, pero la pérdida de sangre y la disminución de funciones motoras por culpa de la inyección acabarían con su vida en menos de tres minutos.

Si no me apuraba, perdería mi única oportunidad de redención.

Cómodo me pasó el cuchillo y yo inspiré aire profundamente.

Cerré los ojos un momento y me dispuse a cumplir con mi parte.

Mis piernas eran carne muerta, pero el ejercicio físico y la estimulación me permitían todavía ejercer una fuerza considerable con mis brazos.

Así que hundí el cuchillo en el pecho del muchacho mientras lo miraba directamente a los ojos.

La víctima me miró sin comprender nada de lo que ocurría.

Quizá pensó que ya debería estar muerto, pero su organismo todavía aguantaba.

Sus pupilas comenzaron a apagarse en mi presencia, unos ojos sin maldad que ni siquiera me lanzaron un destello de odio al arrebatarle la vida de ese modo.

Y entonces, Cómodo hizo un gesto inequívoco con su puño, abriendo y cerrándolo mientras efectuaba un movimiento circular.

Obedecí, claro; había llegado la hora. Retorcí el cuchillo en el interior de su torso con la mano derecha, mientras introducía la izquierda en la cavidad que habíamos formado.

Cuando tuve entre mis dedos el músculo sangriento y palpitante, tiré de él con fuerza, ayudándome del cuchillo para finiquitar el trabajo.