El mejor regalo de mi vida #2
Diréis que eso es lo que pretenden las élites para que el populacho no se les soliviante e instaure una revolución que acabe con sus privilegios.
¿Por qué tengo que hipotecarme durante treinta años por una mierda de piso?
, pensarán muchos. Y claro, diréis con razón que yo pertenezco a la élite y soy uno de esos privilegiados que os aprieta el cuello con mi bota.
No andáis muy desencaminados, no pretendo ser un mártir a estas alturas, pero yo me lo he ganado.
He luchado y me he rebelado, quizá igual que tú, pero a otro nivel.
Al final, todo esto no es más que palabrería barata con la que no tenéis por qué transigir.
No soy un visionario ni pretendo liderar ningún tipo de revolución.
No me avergüenzo de mis actos, ni de confesar que ahora me siento más libre, más cercano a la idea del hombre primigenio.
Y no me da miedo admitirlo ni pretendo ocultarlo nunca más.
Todo ser busca satisfacer sus necesidades más primarias y en mi caso no era diferente.
Hasta que ideé este descabellado proyecto y pude por fin comenzar a respirar de verdad.
Ya no tenía que fingir, mi naturaleza se había revelado y ya no había por qué tener miedo.
Solo me quedaba una cosa por hacer en la vida y no pensaba ocultarlo de nuevo.
Sí, soy un pecador y no me arrepiento de nada.
Necesitaba sentirme completo una vez más antes de morir y mi disparatado plan no lo había conseguido del todo.
Hasta que el bueno de Cómodo vino a salvarme de mi propia inmundicia humana, consiguiendo satisfacer mis mayores deseos.
En el momento en el que escribo esta entrada de mi particular diario vosotros todavía no sois conscientes de la grandeza de su obra.
Mi fiel lacayo ha superado todas las expectativas, alcanzando unas cotas inimaginables cuando soñé cómo se desarrollaría nuestra competición.
Ha compensado con creces su cagada de la primera prueba, deleitándome con un dos por uno que me ha dejado literalmente sin palabras.
El hombre silencioso superó la prueba que le planteé y descubrió el lugar indicado en mi enigma: la Fuente del Francés, en la localidad cántabra de Hoznayo.
Cuando me mostró la solución en un libro y asentí complacido, el pobre no salía de su asombro.
No se puso a gritar como un loco porque le es físicamente imposible, pero vi la alegría de sus ojos y por un momento me reconcilié con el mundo.
Se trata de un enclave natural que tomó su nombre de un abate francés que huyó de la revolución de su país y se refugió en las montañas cántabras, en el interior de una cueva de difícil acceso.
Allí descubrió unas aguas minerales con propiedades excepcionales, un pequeño milagro que le permitió curar sus dolencias de la vista.
Ese fue el inicio de la búsqueda de otros manantiales en la zona con efectos beneficiosos para diversas enfermedades, como afecciones estomacales, intestinales o de la vejiga.
Un lugar que no conozco personalmente y que Cómodo tendría que utilizar para finalizar su tarea con el joven Lazcano.
Y a fe que lo consiguió, sorprendiéndome de una manera que jamás imaginé.
No opinaré sobre la elaboración y recreación llevada a cabo en el parque de Mina Pepita porque el muy cabrón no me ha querido dar detalles.
Solo he visto las imágenes que grabó para mí en la cámara que les proporcioné para estar más cerca de las víctimas a la hora de la verdad.
Y también me han llegado rumores sobre lo que se habla en dependencias policiales merced a mis contactos, imagino que verlo de cerca ha tenido que ser apoteósico.
¿A quién se le ocurriría semejante escena?
El nieto de Lazcano, uno de los mayores soplagaitas con los que he tenido el disgusto de cruzarme en mi vida, colgado de esa forma, como si fuera una figura mitológica más.
Ni que Cómodo hubiera nacido para esto. Quién sabe, igual ha encontrado su vocación tardía, es un auténtico crack.
Y eso que todavía no os he contado lo que me tenía preparado para mí, menudo regalito más inesperado.
De momento, parece que el crimen no ha trascendido a la opinión pública y no sé si me conviene que se filtre o no la noticia.
Me encantaría ver cómo suda el capullo de Lazcano cuando se hundan las acciones de su querida compañía, me da igual que eso arrastre al resto del Ibex-35 por el fango y lastre la economía global del país.
Una empresa con políticos de distinto pelaje a sueldo, ya sean nacionalistas de la región o de los grandes partidos tradicionales.
Ellos sí que son peligrosos, yo soy un simple aprendiz a su lado.
Un lugar de poder en el que realmente se juega con la vida de millones de personas por el mero ansia de amasar dinero e influencias.
No voy a reiterar el chiste de que el hombre de Hong Kong sea parco en palabras, es que ni siquiera puede hablar.
Pero siempre nos hemos entendido a la perfección y hemos mantenido conversaciones, ya fuera por mensajes o en lenguaje de signos.
Y sin embargo, en esta ocasión, el mentor estaba un poco a oscuras con su pupilo.
Este no soltaba prenda sobre sus intenciones y yo tuve que dejarme llevar casi a ciegas, confiando en su buen hacer.
Eso sí, me pidió una única cosa. No quería faltar a ninguna norma del juego y preguntó si mi organización podía conseguirle un producto en concreto: una neurotoxina.
Yo sabía que se trataba de un bloqueante neuromuscular que podía causar la muerte de una persona según la dosis que se le suministrara y me extrañaba que Cómodo quisiera acabar con la vida del joven Lazcano de esa manera.
¿Qué tenía en mente el hombre silencioso?
Cómodo no quería levantar sospechas al buscar ese material en el mercado negro o en la deep web , por lo que me las apañé para agenciarnos una pequeña cantidad del compuesto sin llamar demasiado la atención, todo realizado a través de hombres de paja y empresas fantasma del sector farmacéutico.
Cuando se lo entregué en mano, simplemente sonrió y me dejó allí pasmado, sin darme más explicaciones.
Solo me dijo que estuviera preparado para acompañarle esa misma noche.
Había llegado el momento de ejecutar su segunda prueba y quería que yo fuera testigo de su hazaña.
Me aseguró que podría cumplir mis deseos más insanos y no supe qué decirle tras la sorpresa inicial.
Desconocía lo que tenía en mente y quería averiguarlo.
En un principio me negué en redondo. No quería salir de casa a esas horas de la noche ni poner en peligro toda la operación.
¿Qué necesidad tenía yo de arriesgarme? Sí, ya sé que soy un capullo, para eso soy el inventor de todo esto.
Siempre ha habido privilegios en este mundo y esta vez no iba a ser distinta.
Pero me había picado la curiosidad y él lo sabía.
Tal vez fuera mi última oportunidad de marcharme a lo grande, no podía fallarle a mi hombre más fiel.
Así que me vestí para la ocasión, con ropa totalmente negra, y Cómodo me colocó en la parte trasera de su furgoneta con la silla de ruedas.
El vehículo no estaba adaptado para minusválidos y yo no quería ir en el asiento del acompañante, por si acaso.
Que fuera él quien se arriesgara con las cámaras de tráfico, mi semblante no podía aparecer en ninguna pantalla policial bajo ningún concepto.
Me fijé en la disposición del habitáculo trasero, dividido en dos partes diferenciadas sin que me enterara, detalle para el que más tarde encontraría una explicación.
Me tenía en ascuas, nervioso, sin saber lo que ocurriría.
Imaginé que nos dirigíamos hacia la nave en la que languidecía el nieto de Lazcano e ignoraba cuál sería el fin de fiesta para nosotros.
No me equivoqué en nuestro destino inicial.
El chico tenía una pinta espantosa, tumbado en un colchón mugroso y encadenado a una gruesa argolla.
Cómodo le tenía drogado todo el día para que no montara el espectáculo, me dio incluso un poco de pena verle así. Pero pronto se me pasó.
Mi lacayo se encargó de lavar y adecentar un poco a su pelele humano, aparte de vestirle para la ocasión con un pantalón vaquero y una camiseta blanca sin marcas.
El chico comenzó a espabilarse poco a poco, por lo que a Cómodo no le quedó más remedio que ponerle una mordaza para sacarlo de allí.
Un traslado hacia un lugar que seguía sin conocer por mucho que yo insistiera.
Así que preferí guardar silencio y comprobar lo que nuestro anfitrión de esa noche nos tenía preparado.
Lo colocó en el compartimiento separado de su furgoneta, dentro del habitáculo trasero, para que ambos no tuviéramos que compartir espacio.
Parecía tenerlo todo planeado a la perfección, me enorgullecía por haberle aleccionado tan bien.
Cerró el portón, se colocó el pasamontañas y unas gafas ahumadas para no dejar un centímetro libre de su rostro mientras conducía y se dispuso a sacar el vehículo de la nave industrial. ¿Destino final? Pronto lo sabría.
Antes de salir de casa apagué mi teléfono y extraje la batería por seguridad, aunque lo llevé encima por si al final nos hacía falta.
Toda precaución era poca en esas circunstancias.
Y como no sabía lo que tenía preparado Cómodo para esa velada de medianoche, preferí que en un futuro ningún investigador pudiera averiguar que mi teléfono móvil aparecía encendido y funcionando dentro del radio de influencia de un posible escenario criminal.