La noche de los perdedores (Bermejo y Roncero 6) El mejor regalo de mi vida
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El mejor regalo de mi vida

Ha sido sublime, jamás podré olvidar ese momento. Por lo menos, en lo que me queda de vida, que no sé si será mucho o poco. Ya me puedo morir tranquilo, he conseguido mi principal objetivo cuando comencé con toda esta historia. Y todo gracias al hombre de Hong Kong, quién me lo iba a decir.

Como ya os he comentado en alguna ocasión, soy un enamorado de las sagas policíacas de ficción.

Y también he leído bastante sobre los criminales más famosos del mundo, esos asesinos en serie que a mí me parecían más chapuceros que otra cosa.

Por ejemplo, el otro día vi un documental sobre Jeffrey Dahmmer, apodado El Carnicero de Milwaukee.

Eso sí que parecía una competición entre zopencos, a ver quién lo hacía peor.

El asesino no tomó ningún tipo de precauciones en sus crímenes a lo largo de los años, pero lo de las fuerzas del orden dejándole marchar en varias ocasiones cuando tenían las evidencias delante de sus narices parecía de broma.

¡Vaya panda de inútiles! Y eso que el angelito se las traía: asesino en serie, caníbal, vampiro y no sé cuántas cosas más.

De estos casos de true crime , ya fueran ensayos, libros de no ficción o documentales sobre casos reales, intentaba extraer conclusiones que me sirvieran sobre el comportamiento de dichos criminales.

Igual que en las novelas sobre el género que siempre había devorado.

La verdad es que a mí me interesaban más sus miedos y angustias, sus anhelos y sus logros, la forma que tenían de conseguirlos y cuáles eran sus motivos reales para actuar de ese modo.

Nunca me han psicoanalizado, tal vez deberían haberlo hecho en alguna ocasión.

Si no soy un hipócrita, y nunca lo he sido, debo reconocer que disfruté con la muerte de Toño en Masustegui, el primer y único crimen cometido hasta la fecha con mis propias manos.

Una sensación de euforia me recorrió por completo en ese instante, una corriente eléctrica me atravesó de parte a parte y creo recordar que incluso tuve una poderosa erección.

Todo lo achaqué al fragor del momento supremo, cuando le arranqué la vida a un tipo que me llevaba hasta entonces por la calle de la amargura, pero igual había algo más.

Tendréis que perdonarme por este soliloquio desgarbado, pero si no saco todos mis fantasmas al exterior podrían enmohecerse dentro de mí y envenenarme hasta pudrirme por completo.

Total, para lo que me queda en el convento, como reza el dicho popular.

No, ya no me voy a andar con medias verdades, vosotros no os lo merecéis ni yo tampoco.

Aquí he venido a desnudar mi alma, aunque eso conlleve asumir algunas cosas que yo creía controladas y que me han estallado en plena cara al darme cuenta de la realidad.

¿Necesito matar para alcanzar una plena satisfacción sexual?

No lo sé, quizá no llegue a tanto mi parafilia.

Si bien es cierto que he tenido muchas compañeras de cama a lo largo de mi historia y he probado todo tipo de placeres carnales, pensé que simplemente me atraía el sexo duro, sin contemplaciones.

Eso, cuando podía moverme, claro. Ahora solo soy un viejo inútil postrado en una silla de ruedas.

Un tullido que se convertirá en eunuco en breve si nos atenemos a la evolución de mi enfermedad.

Vayamos al grano, que me pierdo siempre con tonterías y disquisiciones absurdas.

No conozco ningún caso real con esas características, pero sí en el cine y la literatura.

Ya sabéis, el típico asesino que necesita llevar al límite a su pareja sexual para alcanzar el orgasmo, sin importarle que eso suponga acabar con la vida de la otra persona.

O ese psicópata que mata por simple placer, sin ningún tipo de connotación sexual.

Y en realidad, lo que de verdad le pone es el ansia de poder, el saber que tiene la vida de una persona en sus manos.

Esa es la verdadera gasolina que alimenta su motor criminal, no hay nada más.

A lo largo de mi existencia he reflexionado largo y tendido sobre estas cuestiones.

Quizá más en los últimos tiempos, a raíz de saber lo de mi enfermedad y rememorar mis hazañas imberbes en el antiguo barrio.

Y creo que lo mío no tiene nombre, o no sabría catalogarlo en algo concreto, quizá una amalgama de varias psicopatías.

Si es que nos atenemos a los cánones normales, a esas rígidas costumbres impuestas desde pequeños en nuestra sociedad.

Mi pulsión criminal es distinta, más efímera.

O tal vez he sido yo el que la ha domesticado, escondiéndola a ojos del mundo para no llamar la atención.

Dejé salir a la superficie a mi verdadero yo en aquella noche en la que Toño tomó un frasco amargo de su propia medicina y luego supe que debía aparentar normalidad para prosperar en la vida.

¿Y qué es normalidad? Y tú me lo preguntas, amigo mío.

Normalidad eres tú y esta sociedad enferma que nos rodea.

Una sociedad en la que vemos como algo cotidiano almorzar en casa al mediodía con el telediario de fondo.

Y mientras deglutimos sin saborear la comida, ni siquiera nos inmutamos por las noticias que aparecen en la caja tonta a cualquier hora del día: crisis, secuestros, asesinatos, pandemias, guerras, catástrofes, desastres naturales, crímenes domésticos y cualquier otra desgracia que los ejecutivos televisivos tengan a bien meternos con embudo.

¿Hace cuánto tiempo que no aparece una noticia buena de verdad en un telediario?

Pues eso, no hace falta que me contestéis. Era una pregunta retórica, nada más.

Por eso hice lo más inteligente en ese momento, al menos eso creí.

Mi ambición y las ganas de triunfar en la vida eran mucho más poderosas que mi impulso criminal, por mucho que recordara siempre ese fugaz instante en el que me sentí completo.

Había alcanzado el verdadero nirvana y yo todavía lo ignoraba.

Así que oculté mi verdadera personalidad, para mi propia vergüenza, en aras de un bien mayor.

Me adapté a esta sociedad hipócrita, luché por abrirme un hueco y me aproveché de esos vestigios morales que siempre han estado ahí.

Alcancé el lugar que me merecía por mis méritos, sin olvidar nunca mis orígenes humildes.

Y en mi camino fui humillado, o por lo menos algunas de esas personas intentaron humillarme, por creer que los nuevos ricos sin rancio abolengo no tienen derecho a llegar a la cúspide de la pirámide alimentaria.

Craso error, ya lo estáis viendo. El lobo siempre acaba devorando a los pobres corderitos.

Y esta gente no me conoce. Podrán ser tiburones empresariales, los mejores expertos en finanzas o los políticos más astutos.

Pero yo tengo algo más. Primero, he salido de la calle y me he forjado a mí mismo.

Y segundo, ellos me obligaron a ocultar mi verdadera naturaleza para prosperar en su sistema de mierda y tenían que pagarlo de alguna manera.

¿Alguien duda de que nuestro planeta seguirá existiendo cuando el hombre desaparezca de la faz de la Tierra?

Se ha visto en los últimos tiempos, al comienzo de la pandemia.

Nos encerraron como a alimañas, con ese confinamiento salvaje que trastocó a muchas personas, y la naturaleza se regeneró, reclamando el espacio que le corresponde.

Sin mencionar los mensajes cada vez más claros que el planeta nos envía: terremotos, volcanes, tifones, huracanes y todas las plagas bíblicas habidas y por haber.

Si nosotros no acabamos con la madre Tierra, ella lo hará con nosotros. Es el destino, y no podemos evitarlo.

La raza humana es una auténtica plaga, siempre lo he mantenido.

Muchos animales matan por necesidad, para proveerse del sustento, de la carne que necesitan para subsistir.

El hombre no, el hombre mata por placer.

O por venganza, ansias de poder, celos, dinero o cualquier otro motivo.

Pero sí, matamos sin miramiento y acabaremos con la especie más pronto que tarde.

¿Qué sentido tienen las guerras? Desde los orígenes del hombre, ya sea con la teoría de la Biblia o con la evolución científica, hemos asesinado por encima de nuestras posibilidades.

Desde la Edad de Piedra, nuestra especie ha acabado con sus semejantes por diversas razones.

Está en nuestro ADN, forjado a fuego en nuestro interior. Entonces, ¿por qué ocultarlo?

Por esa sociedad farisea que os comentaba antes.

Eso está bien, eso está mal, y así con todo.

Nos amoldamos a las circunstancias del entorno en el que nos movemos, para no salir demasiado desenfocados en la foto grupal.

No, al que destaca en algo se le machaca, mejor pasar desapercibidos y continuar con las sendas preestablecidas.

Y sobre todo, hacemos lo que de verdad quieren los que realmente mandan para tenernos a todos controlados.

Aquí englobo muchos aspectos de nuestra vida, no os vayáis a creer que tenemos libre albedrío.

Que si tienes que estudiar, sacarte un título universitario, casarte, tener hijos y formar la familia perfecta.

Encontrar un buen trabajo y establecerte como mandan los cánones.

¿Quién ha dicho que esa sea la única forma de vivir?

Siempre me han gustado los inconformistas, no lo voy a negar.

Incluso los que se negaban a aceptar las normas y cánones impuestos por otros que nadie sabe por qué se arrogan ese poder.

¿No somos libres? Pues vivamos en libertad y dejemos que nuestros instintos rijan nuestras vidas.

Ya es hora de acabar con las ataduras morales y los anticuados principios que lo único que hacen es moldear a diferentes generaciones en un perfil casi único de borrego sin pensamiento propio.