El hombre silencioso #2
La pandemia originada en China solo le reportó problemas al hombre de negocios afincado en uno de los mejores enclaves costeros de Vizcaya.
Pérdidas millonarias en diferentes sectores, incertidumbre y, por si fuera poco, su salud comenzó a resentirse.
Y no fue por el dichoso virus que acabó con la vida de miles de personas en España, sino por otro enemigo invisible igual de peligroso en forma de enfermedad degenerativa.
A mediados de 2021, el otrora gran empresario de origen gallego, un hombretón con la fuerza de un roble, comenzó a perder movilidad en las piernas, aparte de otros achaques que le avinagraron el carácter.
Prepararon la silla de ruedas más moderna que encontraron en el mercado para que pudiera moverse a su antojo por la casa, eléctrica y con una sencilla palanca para su manejo.
Además, instalaron un ascensor interior en la mansión para que el dueño de la casa pudiera desplazarse también entre las diferentes plantas de la propiedad.
Compraron un amplio monovolumen para poder trasladar al empresario con su silla si así lo demandaba y adaptaron algunos de sus otros vehículos por si él quería conducir por su cuenta.
Aunque Cómodo no estaba por la labor de esto último y terminaron por contratar tiempo después a un chófer que les vino recomendado para que él pudiera seguir encargándose de otros menesteres mientras don José María se ausentaba de la casa.
Al principio, Cómodo y el nuevo chófer tuvieron sus diferencias, sin que el asunto llegara a mayores.
El tipo debía acostumbrarse a los métodos que regían allí, pero la inflexibilidad del hombre de confianza del millonario atrajo unos problemas que tardaron en solucionarse.
El nuevo trabajador de la casa, que hasta entonces vivía en su propio domicilio, acabó por instalarse en el ala de servicio de la mansión, para su disgusto.
Cada vez se tomaba más confianzas con el jefe, y eso terminó por cabrearlo del todo.
Quiso hacer partícipe a don José María de sus reticencias hacia el nuevo, pero no consiguió su objetivo principal y tuvo que claudicar.
Durante los meses siguientes, el empresario tuvo sus altibajos físicos y emocionales, hasta que don José María le quiso hacer partícipe de su nuevo proyecto, en el que Cómodo tendría un papel fundamental.
Una meta que su jefe se había planteado para antes de su muerte, pero que habría que acelerar por si la parca venía a buscarlo antes de lo previsto.
—Querido Cómodo, ha llegado el momento —le aseguró una tarde que le hizo llamar a su despacho—.
Mis empresas han aguantado la mala racha y están remontando, por ahí no veo mayor problema.
Ormaechea se seguirá encargando de todo y ya tenemos un hombre de paja en el consejo de administración de la empresa matriz para manejar el cotarro, ya que, como sabes, no tengo parientes cercanos vivos.
Pero quiero dejar otro tipo de legado cuando me muera…
Cómodo se comunicó por señas con su jefe, asegurándole que para ese momento todavía quedaban muchos años. El anciano, cada vez más deteriorado aunque él no quisiera darse cuenta, hizo un gesto displicente con la mano y continuó con su alegato.
—Ni todo el oro del mundo me librará de esta silla de ruedas ni me va a dar más años de vida, ya has visto que me han tratado los mejores especialistas.
He tenido una vida larga y plena y estoy orgulloso de mis logros.
Pero cuando echo la vista atrás, sobre todo durante estos últimos meses en los que he vuelto a encontrarme conmigo mismo al bajar mi ritmo de trabajo, descubro con sorpresa que no soy la persona que yo creía.
Y para remediar eso, voy a necesitar tu ayuda, querido amigo.
No sabía hacia dónde se dirigía la conversación, quizá el viejo quería comunicarle que pensaba legarle parte de su fortuna en el testamento.
Había sido su perro fiel durante demasiados años, ocupándose de algunos asuntos turbios que hubieran sonrojado a más de uno de sus amigotes de la Sociedad Bilbaína, pero no se arrepentía de nada.
Daría la vida por don José María y estaba dispuesto a cualquier cosa por satisfacer sus necesidades.
Sobre todo al suponer que en un corto intervalo de tiempo podría convertirse en un hombre libre y, quizá, muy rico.
Sí, siempre le estaría agradecido a aquel señor por sacarle de los bajos fondos de Hong Kong.
Se había convertido en su sombra, su hombre de confianza y mucho más, pero a veces anhelaba tener otro tipo de vida.
Cerca ya de los cuarenta años, Cómodo no tenía amigos ni familiares en el mundo, y no salía mucho más allá de las cuatro paredes de esa casa, por muy grande que fuera y mejores vistas sobre la costa cantábrica tuviera.
Nunca se había planteado tener mujer o hijos ni formar una familia, como millones de personas hacían a su alrededor, y quizá había llegado el momento de dar un giro radical a su existencia.
Sin que ese cambio fuera uno tan sorprendente como el que tenía en mente su todavía dueño y patrón.
—Como sabrás, no soy un santo varón. Con los años supe delegar los verdaderos marrones en otras personas, pero de joven no me asustaba mancharme las manos, aunque fuera de sangre.
Sí, no me mires con esa cara, los principios en los negocios suelen ser complicados.
Y más si te quieres hacer un hueco entre semejante nido de víboras.
Cómodo escuchaba atentamente, sin saber los derroteros por los que iba a transitar una conversación que detonaría la locura que su jefe tenía en mente.
Un juego de muerte que haría palidecer a sus peores momentos en la Tríada china, una espiral de destrucción que haría retumbar los cimientos de la sociedad vasca.
Algo para lo que no se veía preparado en esos momentos, pero que poco a poco fue asimilando tras las explicaciones de don José María.
—Ya sé que Aquiles y tú no os lleváis demasiado bien, y ahora tendrás la oportunidad de resarcirte.
Los dos os encargaréis de llevar a cabo mi plan, pero solo habrá un vencedor de este duelo sin igual, una contienda que pasara a los anales de la historia.
Y el ganador se lo llevará todo, tú ya me entiendes.
Y no, no puedes encargarte del chófer por adelantado, si es lo que estás pensando.
Tendrás que ganarle en buena lid, y en eso tú partes con una ligera ventaja.
Yo seré el único juez de la competición y vosotros seréis los verdugos y ejecutores de los actos supremos que yo no puedo realizar.
El mestizo se sulfuró ante la sola mención de aquel mequetrefe, al que su Amo bautizó también con otro nombre mítico meses después de incorporarse al equipo.
El conductor no se merecía llamarse como el príncipe griego del que él nunca habría oído hablar, no albergaba duda alguna al respecto.
Y su destino sería el mismo, porque Cómodo encontraría su punto débil, ese famoso talón que acabó con su vida en la leyenda.
No sabía a qué tipo de competición tendría que enfrentarse, pero lo que tenía claro era que no pensaba perder con ese desgraciado.
Y menos si estaba en juego parte de la fortuna de su jefe.
El conductor no se encontraba en tan buena forma como él, pero al parecer, don José María le había puesto un entrenador personal para que la competición estuviera más reñida.
Le aseguró que solo ellos dos podrían cumplir con su legado y al no poder participar directamente en ese juego infernal de su invención, tendría que conformarse con sentirlo y vivirlo a través de los ojos y oídos de sus acólitos.
Según le aseguró, tendrían que superar una especie de pruebas preliminares al principio del torneo, para ir cogiendo confianza sin arriesgar demasiado, hasta pasar a las verdaderamente importantes, las rondas definitivas.
La final se jugaría como en una especie de play-off y el juez único de competición puntuaría las diferentes pruebas del uno al diez en diferentes categorías: investigación previa, dificultad, peligrosidad, ejecución, originalidad y puesta en escena.
El que más puntos sumara al final de todas las pruebas sería el ganador.
Cómodo creía conocer a su Amo, aunque le había sorprendido con algunas de sus últimas confesiones.
Estaba acostumbrado a sus formas de dandi, al antiguo estilo del típico caballero inglés, y no ignoraba su gusto por los clásicos, aparte de conocer a la perfección su manera de llevar los negocios y tratar a las personas a diario.
Sabía de los orígenes humildes de su mentor, pero aquel proyecto le descolocó por momentos.
Eso sí, no dudaba de llevarse el gato al agua.
Por no hablar de sus innatas habilidades físicas, en las que Cómodo confiaba ciegamente.
No creía que una persona normal pudiera enfrentarse a él en el cuerpo a cuerpo y salir victoriosa, y mucho menos el alfeñique de su contrincante.
El problema principal vendría después, ya que había que evitar cometer una equivocación que le hiciera caer en manos de la policía tras cumplir con las pruebas previstas.
Don José María parecía tenerlo todo pensado.
Había preparado una lista con varios de sus enemigos, a los que quería golpear dónde más les doliera, y para eso utilizaría a dos brazos ejecutores distintos pero complementarios.
Ellos a su vez contarían con todos los recursos necesarios para llevar a cabo sus planes, sin escatimar en gastos por parte del organizador de la particular batalla, con el fin de alcanzar la perfección en unos cometidos que podrían convertirse en complicados y peligrosos.