El hombre silencioso
Su última actuación supondría el aldabonazo definitivo para el devenir de una competición que Cómodo no pensaba perder de ninguna manera.
Y menos contra aquel patán con el que le habían obligado a convivir durante las últimas semanas en casa de su jefe, muy cerca de los acantilados más impresionantes de toda la costa vizcaína.
Por suerte, pudo resarcirse de sus primeros errores, ya que no quería fallarle a su protector.
Debía reconocer que se le atragantó el comienzo de la competición, por lo que tuvo que ponerse serio para igualar la contienda.
Y es que la primera prueba verdaderamente de mérito no le resultó tan sencilla como había supuesto en un principio.
Tanto tiempo como jefe de seguridad del millonario, sin un trabajo efectivo que realizar, le había restado eficacia a la hora de efectuar un cometido de esas características.
El chico sufrió desde pequeño el rechazo de sus compatriotas, ya que en la mezcla de razas habían ganado los genes británicos.
Sí, tenía el pelo negro y los ojos oscuros, solo ligeramente rasgados, pero podía pasar perfectamente por un occidental.
Y ese detalle le supuso numerosos problemas a lo largo de su vida en el lejano oriente.
Así que el futuro Cómodo buscó una de las salidas más comunes para los que no tenían nada en aquella época: echarse en brazos de la Tríada, la peligrosa organización criminal que podría considerarse la mafia china, con diversas ramificaciones radicadas casi todas en la región de Hong Kong.
Los principios no fueron nada fáciles, tuvo que demostrarles que no era un infiltrado de la policía ni de otras organizaciones criminales, por lo que le costó ganarse la confianza de los miembros de la Tríada.
Trabajó como chico de los recados y matón de tercera, recogiendo la recaudación que los pequeños comercios de la zona debían pagar a la Tríada por su supuesta protección.
Necesitaba granjearse el respeto de compañeros y jefes de la organización para que no dudaran de él, por lo que sus delitos fueron cada vez más graves.
Pero lo peor estaba por llegar y ni siquiera le dio tiempo a convertirse en un verdadero criminal a sueldo de la mafia de Hong Kong.
Se aficionó al póker y al blackjack en los casinos clandestinos y enseguida comenzó a perder grandes cantidades.
Se le ocurrió pedir dinero a un prestamista, avalado por su relación con la Tríada, y al no pagar a tiempo acabó con dos costillas rotas y una sentencia de muerte: si no saldaba su deuda antes de una semana sería pasto de los peces en el mar de la China meridional.
Se había metido en un doble problema, primero con el prestamista y luego con su jefe en la Tríada al dar su nombre como supuesto avalista ante el usurero.
Afortunadamente, llegó al rescate aquel excéntrico hombre de negocios proveniente de la lejana España, un empresario que tenía tratos con altas autoridades chinas y estaba muy bien considerado en la región.
Corría el año 2006, poco antes de la gran crisis económica internacional, y el gigante asiático comenzaba a hacer negocios con países occidentales, olvidando sus principios comunistas para abrazar el capitalismo más salvaje.
Un país enorme, con más de mil millones de personas e ingentes recursos, que comenzaba a llamar la atención de muchos visionarios que veían la oportunidad de negocio del siglo.
El joven mestizo coincidió por primera vez con su salvador cuando este acudió a una reunión en uno de los locales de la Tríada.
Por lo visto, el empresario había quedado con un alto cargo del Gobierno chino con conexiones en los bajos fondos y fue testigo de cómo sacaban a rastras al chico de la estancia.
Su silencioso grito de auxilio prendido en la mirada asustada de un niño grande conmovió al invitado, que habló con el anfitrión a través de un intérprete y se apiadó de él, sin llegar nunca a saber muy bien lo que ocurrió allí para que le dejaran en paz.
Por lo poco que le contaron tiempo después, ese hombre pagó su deuda a la Tríada y recompensó a los mafiosos con una generosa cantidad extra por librarle de su fatal destino.
No llegó a conocer la cantidad exacta ni pudo agradecerle de viva voz a su salvador que le hubiera librado de las garras de la muerte, ya que le habían cortado las cuerdas vocales como tortura previa a la terrible muerte que le aguardaba en unos días.
Nunca le podría estar lo suficientemente agradecido a ese hombre.
Y como no podía demostrárselo con palabras y le costó aprender el español sin poder practicarlo, tuvo que demostrárselo con hechos.
Don José María, que así se llamaba su ángel de la guarda, le había sacado del infierno y él estaba dispuesto a pagárselo con cada gota de su sangre.
Se convirtió en su perro fiel, un hombre de confianza que cada vez fue ganando más peso en la organización de su jefe.
Y es que el empresario, aparte de sus numerosos asuntos legales con los que ganaba millones de euros, también andaba metido en otros negocios muy lucrativos que no tendrían tan buena prensa de cara a la opinión pública si se hubieran llegado a conocer en toda su extensión.
Por no hablar de sus cuentas opacas en paraísos fiscales, claro.
Llevaba más de quince años instalado en el norte de España, en un País Vasco que había aprendido a querer a su manera.
Su patrón le había permitido crecer en muchos sentidos, tanto física como emocional o intelectualmente.
Un niño huérfano de Hong Kong, que se había criado prácticamente en la calle, aprendió a moverse en otros círculos gracias a la pericia, el buen hacer y la infinita paciencia de su particular Pigmalión.
En China había aprendido a defenderse, algo imprescindible si te movías en los bajos fondos.
Las peleas callejeras estaban a la orden del día y también sabía manejar un cuchillo.
Tampoco se le daba mal el kung fu, el arte marcial tradicional en el sur de China, una práctica que perdía adeptos a marchas forzadas.
Todas esas habilidades las perfeccionó a lo largo de los años, cultivando su cuerpo y también su mente.
La inmensa biblioteca de su salvador, por no hablar de su videoteca, le ayudó a enriquecerse en más de un sentido.
Cuando supo desenvolverse en español, pudo también comunicarse con don José María por escrito, ya que la pérdida de sus cuerdas vocales era algo irreparable y sería mudo de por vida.
Una minusvalía que sobrellevó con estoicismo, agradecido de seguir vivo.
Hasta entonces se apañaron con el inglés que ambos chapurreaban, un tipo de conversación no exenta de problemáticas diversas, pero siempre de forma escrita.
Aunque tuviera rasgos orientales, el recién llegado pasaba desapercibido entre la población autóctona.
Las personas que se relacionaban con su jefe de una u otra manera aprendieron pronto a apreciar a aquel silencioso ayudante, que tan pronto ejercía de guardaespaldas como de emisario, chófer o lo que necesitara en cada momento el patrón.
La eficiencia en persona, en el cuerpo de un hombre de porte mucho más distinguido que con el que llegó desde su tierra natal.
Se convirtió en un tipo fuerte y fibroso, pero ágil y flexible gracias a los diferentes tipos de ejercicios que practicaba para mantenerse en forma.
Un hombre que se había acostumbrado a vestir siempre con traje oscuro de buena calidad, para deleite de su jefe, y que con su más de metro ochenta de altura y sus anchas espaldas se alejaba bastante del ciudadano chino medio.
Como nunca pudo decirle su verdadero nombre a don José María y al principio no le entendía nada en español, no le importó que su dueño le bautizara a su gusto.
En esos primeros meses se comunicaban por señas y palabras sueltas en inglés que ambos manejaban por escrito, en una época complicada que pronto dejaron atrás.
El millonario confiaba en él, sin que el joven de origen asiático supiera bien los motivos, y le puso incluso un profesor particular para que aprendiera a desenvolverse en una sociedad tan diferente a la suya, incluyendo el idioma, pero también las costumbres y el protocolo a utilizar en determinadas circunstancias.
Y ambos se comprometieron además a aprender el lenguaje de signos para comunicarse en un futuro, sin olvidarse de otras prioridades.
Le costó comprender y reconocer el nombre de Cómodo al principio, y cuando averiguó el verdadero origen de su seudónimo, tuvo que sonreír a la fuerza.
Sabía que su jefe era un enamorado de los clásicos, desde la Antigua Grecia hasta el Imperio Romano.
Había leído alguna reseña breve sobre el emperador romano del mismo nombre, pero hasta que no visionó la película de Gladiator en la pantalla de cine que había instalada en la biblioteca de aquella mansión, no supo bien de quién se trataba.
En la película trataban a Cómodo de cruel y ególatra, un tramposo que se enfrentaba a los gladiadores en la arena del Coliseo con cierta ventaja.
Ignoraba por qué le bautizó así don José María, pero aprendió a soportar su nuevo nombre y a olvidarse de su antiguo yo.
Se había acostumbrado a vivir en aquella casa, como lacayo personal del dueño, y su estancia en el País Vasco podía considerarla como la etapa más feliz de su vida.
Como hombre de confianza de don José María conocía algunos de sus tejemanejes, pero no todos.
Para eso estaba Alberto Ormaechea, el sibilino abogado tanto de la familia como del conglomerado principal de empresas de su acaudalado patrón.
Habían tenido sus más y sus menos al principio, tras conocerse, pero pronto aprendieron a separar sus diferencias personales y a quedarse en su territorio para salvaguardar los negocios y la vida de su benefactor.
Pero todo comenzó a torcerse en los primeros meses de 2020.