La noche de los perdedores (Bermejo y Roncero 6) La senda mitológica
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La senda mitológica

Nunca habrían imaginado la que se les vendría encima por cambiar sus planes a última hora.

El matrimonio formado por Isabel y Ricardo recordaría esa fecha para siempre, lamentando la mala suerte que los acompañó durante una jornada que amaneció radiante a orillas del Cantábrico.

Durante esa semana tenían a su sobrina Lara en casa y habían decidido pasar el día de excursión con los críos, para que su hijo Daniel y su primita se desfogaran en plena naturaleza.

Mala decisión, aunque en esos momentos fuera imposible aventurar lo que sucedería más tarde.

Ricardo buscó información sobre excursiones para realizar con niños en los alrededores de Santander.

Daniel había nacido en la capital cántabra y le encantaba recorrer la península de la Magdalena en su trenecito turístico, atracción que a sus padres les aburría soberanamente.

El niño conocía también los principales parques y playas de la ciudad y no le gustaba demasiado jugar con la arena al lado del mar.

Así que decidieron buscar otras alternativas.

Además, Lara vivía en el interior de la provincia, por lo que no estaba tan familiarizada con el entorno de la capital.

Pensaron en recorrer la Costa Quebrada o llegar hasta el pinar de Liencres, un lugar estupendo para pasar el día con chavales y comer en plena naturaleza.

Pero al final encontraron una web en la que recomendaban otras excursiones para familias con niños y apostaron por uno de sus destacados en la página: el Parque Mitológico de Mina Pepita.

Se trataba de un lugar muy peculiar que encantaba a los más pequeños, un parque enclavado en una antigua mina de hierro en el centro de Solares, una población situada a veinte minutos de Santander.

Allí conocerían de primera mano, en un entorno al aire libre, a los personajes más emblemáticos de la mitología cántabra.

Ricardo recordaba a algunas de esas criaturas mitológicas, como las anjanas , el cúlebre o el ojáncano , pero hacía tiempo que no pensaba en ellas.

Su abuelo le contaba historias cuando era pequeño y le hizo gracia encontrar un lugar tan especial a pocos kilómetros de su hogar, por lo que quiso que su hijo y su sobrina conocieran también las leyendas de la región.

Por lo visto el parque ocupaba casi dos hectáreas de terreno y había sido reabierto esa misma primavera tras su última rehabilitación.

Aparcaron el vehículo en una explanada habilitada a escasos metros del recinto, que era de entrada libre.

Entre frondosos árboles y formaciones geológicas de maneras imposibles recorrieron las diferentes sendas señalizadas, mientras se hacían fotos con las representaciones de los personajes mitológicos.

Los niños saltaban y reían y se lo pasaron en grande buscando a esos muñecos tan curiosos, aunque en algunas ocasiones se encontraban tan mimetizados con su entorno que era difícil localizarlos incluso dentro de su propia zona, señalizada con un cartel informativo sobre la figura mitológica en cuestión.

Habían llegado pronto y fueron de los primeros visitantes en transitar por las sendas del parque.

La jornada prometía ser calurosa en la región, pero en aquel lugar mágico el frescor era la nota predominante gracias a los fresnos, robles y laureles que jalonaban las diferentes veredas.

Un recorrido en el que las agujas de dolomita creaban espectaculares desfiladeros y rincones mágicos que se formaban con la curiosa mezcla entre las rocas, el musgo o los helechos.

La familia Alonso llegó a un cruce de caminos y se adentró en el lugar en el que se escondían los caballucos del diablo, otro personaje mitológico. Isabel se fijó entonces en el atuendo de su sobrina y le pareció ver algo extraño en él.

—Lara, ven aquí un momento. ¿Qué es eso que tienes en la espalda?

—No lo sé…

La niña intentó mirar la mancha que decía su tía sin llegar a vérsela. La camiseta con dibujos de Disney era completamente blanca en la espalda y ahora tenía un manchurrón de color parduzco que parecía expandirse por momentos.

Isabel se sorprendió al tocar el tejido de la camiseta, aparentemente mojado de algo oscuro.

En un principio pensó que la niña se habría arrimado a algún árbol o rebozado por alguna de esas rocas rojizas que aparecían por todo el recorrido.

Pero aquella textura le sonaba demasiado a otro elemento que la desorientó por un instante.

Daniel se acercó también hasta la posición en la que se encontraban su madre y su prima.

Entonces notó una sensación extraña en la cara y se tocó con la mano, embadurnándose todo el rostro con aquel elemento discordante.

Hasta que su madre se percató de ello y llamó la atención de su marido mientras ella se encargaba de la sobrina.

—¡Ricardo, Ricardo! Coge al niño y límpiale antes de que se ponga hecho un Cristo. Siempre está igual con la nariz, no aprende. Seguro que se ha estado hurgando y ya le ha salido sangre, si es que no puedo con él.

—Pero qué…

El hombre se acercó hasta su hijo y entonces también notó algo caliente que le salpicó la mano.

Parecía sangre, muy viscosa y oscura. Miró hacia arriba y su mujer siguió la dirección de su cuello para encontrarse ambos a la vez con la misma horrible visión que les traumatizaría por el resto de sus días.

Tenía que impedir que los críos se toparan con aquel engendro volador.

—¡Llévate a los niños de aquí! —le ordenó a su mujer mientras buscaba el móvil.

Ricardo se apartó de la vertical desde la que goteaba lo que a todas luces era sangre.

Sobre sus cabezas, colgado a varios metros de altura, se encontraba el cuerpo ensangrentado de un hombre cuya disposición se asemejaba a la de los caballucos del diablo que ocupaban aquel espacio del parque mitológico.

Marcó el 062 para llamar a la Guardia Civil y maldijo su mala suerte. No tenían que haber salido de Santander esa mañana, pero ya nadie podía remediarlo. Solo esperaba que los niños no hubieran visto aquella salvajada.