La noche de los perdedores (Bermejo y Roncero 6) Recuperando sensaciones
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Recuperando sensaciones

Esto es una especie de diario, ya lo sabéis, pero un poco sin orden ni concierto. No me lo tengáis en cuenta, no soy un experto en estas lides y tendréis que perdonarme estas pequeñas licencias de autor, por llamarlas de algún modo.

Mientras escribía estas líneas me ha venido una imagen a la memoria que bien pudo ser el aldabonazo inicial de esta historia, la chispa que prendió para transformarse en la idea de un duelo al sol entre dos contendientes que luchaban por un botín, pero también por su vida.

¿Hasta dónde está dispuesto a llegar un hombre por dinero?

Aquí contamos con la prueba más fehaciente, y os aseguro que publicaré este escrito para demostraros que tengo razón.

Recuerdo mis conversaciones con amigos y conocidos en la Bilbaína, esa sociedad elitista al más puro estilo inglés en la que había tardado en ingresar, ya que algunos de sus miembros más antiguos no querían que un advenedizo como yo formara parte de su selecto grupo.

Siempre he sido un poco rencoroso, así que esas pullitas que me lanzaban por mi condición de arribista fueron haciendo poco a poco mella en mí, sin que nunca lo haya reconocido en público.

Como si medrar en la vida y alcanzar un estatus propio gracias a tu buena labor empresarial procurara un rango inferior que el de los terratenientes, empresarios de toda la vida o esos hijos de marqueses y duques que no habían dado un palo al agua en su vida.

Y, sin embargo, te miraban por encima del hombro simplemente por haber heredado un título o algunas propiedades.

Mi presencia allí constituía un sacrilegio a ojos de los socios más veteranos, pero se convirtió en un acicate para este pobre galleguito criado en Masustegui.

Y me prometí que algún día pagarían tanta infamia y los desprecios que tuve que tragarme durante esos primeros años, hasta que mi dinero y el poder que me otorgaba fueron más fuertes que cualquiera de sus diatribas.

En aquellas reuniones de alto copete guardaba las apariencias, pero a veces me hervía la sangre y hubiera retado a un duelo a ciertos individuos, como hacían los caballeros ingleses ante cualquier afrenta.

Con el tiempo aprendí a controlarme y planifiqué una venganza más elaborada.

Y sí, lo habéis adivinado. Por allí pululaba la flor y nata de la sociedad vasca, así que os podéis hacer una idea del tipo de enemigos íntimos que me fui creando a lo largo de los años.

Cuando entraba en aquel edificio señorial, situado en pleno centro de Bilbao, me sentía como transportado en el tiempo durante unos breves instantes.

Mi cabecita me recordaba a veces la escena inicial de La vuelta al mundo en ochenta días , la inmortal obra de Jules Verne, cuando el bueno de Phileas Fogg alardeaba en un lugar semejante a la Bilbaína, el Reform Club de Londres, del singular reto que marcaría su vida para siempre.

Y claro, la imaginación se me desbordaba, buscando nuevos alicientes que llevarme a la boca en un mundo tan anquilosado y gris como el nuestro.

¿Por qué no procurarme algún tipo de diversión para entretenerme?

Allí mantenía mis conversaciones filosóficas con otros hombres de bien que frecuentaban aquel edificio de rancio abolengo.

Ya fuera en su señorial biblioteca, en los salones de billar o en alguno de sus restaurantes, ya que lo de la sociedad gastronómica nunca fue de mi agrado, siempre podía encontrar algún contrincante digno de un duelo suntuoso y colorista de verbo florido.

Y, de paso, se le podía poner un poco de picante a la conversación, ¿verdad?

Esa era mi especialidad, me encantaba sacar de quicio a aquellos presuntuosos, escandalizar a los miembros de tan exquisita sociedad en cualquiera de sus distinguidos salones.

Yo peroraba sin desmayo, en ocasiones hasta altas horas de la madrugada si mis obligaciones me lo permitían.

Sobre todo, si me encontraba a gusto o había localizado a alguien concreto a quien amargarle la noche, esos eran los mejores días.

Disquisiciones sobre el bien y el mal, ya que a mí siempre me había gustado buscarle las cosquillas a tanto pretencioso suelto, llevándolos hasta el límite.

Y para ello me apoyaba en ejemplos de la cultura pop, sacados en muchas ocasiones de mi afición por el cine, si con ello conseguía mis objetivos.

Aunque no la hayas visto, todo el mundo ha oído hablar de la película Una proposición indecente , con un Robert Redford ya maduro pero todavía muy atractivo, y una jovencísima Demi Moore.

Seguro que recordáis también su premisa.

¿Estarías dispuesto a que un tipo se acostara con tu mujer por un millón de dólares?

En el film se mostraban después los problemas de un matrimonio que aceptó las reglas del juego de un millonario soberbio e insolente, mientras el marido se arrepentía enseguida de convertirse en el cornudo más rico del país.

Las moralejas de esa película podían ser muy variadas, pero ese no era el punto al que yo quería llegar.

Y para ello le mostraba a mi auditorio otra escena mítica que a mí me encantó cuando la vi y que se me quedó marcada en el subconsciente.

Se trataba del film argentino Nueve reinas , una historia sobre estafadores más vieja que el mundo, que tenía su gracia y contaba con algunos momentos memorables. Como la escena en cuestión.

No os voy a destripar la trama y, si no la habéis visto, ya estáis tardando.

Solo os pongo en situación. Dos timadores buscaban dar el golpe definitivo que les privara de sufrir estrecheces para el resto de su vida.

Llegaba entonces un momento en el que el estafador más maduro y experimentado, interpretado por el gran Ricardo Darín, sometía al más joven a un pequeño interrogatorio en el interior de un baño público.

Darín quería saber si a su compinche le gustaban los hombres y, en caso contrario, si estaría dispuesto a coger con un tipo por diez mil dólares.

El chico, heterosexual que jamás había pensado en tener relaciones sexuales con otro hombre, respondió inmediatamente que no.

El otro insistió, preguntándole si lo haría por veinte mil dólares.

La respuesta fue la misma: no. «¿Y por cincuenta mil dólares?

», insistió Darín. El joven repitió su respuesta mirándole con gesto extraño.

Un escueto «No» acompañado de una mirada lánguida, mientras el joven intentaba averiguar a dónde quería llegar su compañero de fatigas. Algo que pronto ocurriría.

Cuando el estafador experimentado le dijo si lo haría por medio millón de dólares, el chico ya no contestó tan rápido.

De hecho, dudó un instante y ni siquiera le dio tiempo a replicar antes de que su interlocutor soltara una frase mítica que se me quedó grabada en la mente: «Putos no faltan, lo que faltan son financistas».

Una reflexión que provocaba comentarios de todo tipo entre los presentes. Y es que la palabra «putos» puede cambiarse por cualquier otra y ya teníamos el quilombo montado, como dirían esos porteños que me habían proporcionado la coartada perfecta para sacar el tema que a mí me interesaba de verdad.

¿Qué cantidad necesitaba un hombre corriente para convertirse en alguien diferente, alguien que comete una atrocidad o no impide que otros la cometan?

Yo soltaba la pregunta y allá se las compusiera cada uno.

Un lugar inexplorado que a mí me gustaba hollar sin el equipo adecuado, buscando ese resquicio por el que colarme en las mentes de hombres tan distinguidos.

Y por qué voy a negarlo, el momento más divertido de la velada, os lo puedo asegurar.

A partir de ahí, yo derivaba la conversación hacia un punto diferente y planteaba una cuestión que espero nadie recuerde ahora en el seno de la Bilbaína.

¿Por cuánto dinero estarías dispuesto a cometer un crimen?

Esa era la cuestión principal. El leitmotiv de toda esta historia por mucho que lo queramos disfrazar de otra cosa.

Bueno, sí, y también la manera de satisfacer mis ansias criminales, eso lo confesé desde el principio.

Esa sed infinita que me atormentaba por las noches, en busca de ese momento efímero en el que beber el cáliz de la vida.

Un momento que estaba a punto de saborear, aunque yo todavía lo ignoraba.

Y todo gracias a esta peregrina idea que un día quise poner en práctica.

Hasta entonces, mis fieles lectores, tendréis que ser pacientes.

Ya queda poco para el gran momento. Nos mantendremos en contacto, no os preocupéis. Hasta la vista, amigos.