La noche de los perdedores (Bermejo y Roncero 6) Ecos del pasado
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Ecos del pasado

La conversación de la noche anterior con su amigo Bermejo le había tenido toda la noche en vela.

También él creía entrever un halo diferente en esos crímenes, como si un hilo invisible que no lograba distinguir lo empujara lejos de su alcance.

Allí había algo más, algo oculto entre las sombras.

Quizá a simple vista, solo que todavía no habían logrado dar con las gafas adecuadas que les permitieran discernir la realidad.

Roncero se sentía algo culpable por encontrarse al otro lado del océano Atlántico, muy lejos de España y de esas recreaciones macabras que el criminal había escenificado en lugares icónicos de la cornisa cantábrica.

No tenían nada que ver con los de Jasón o el asesino de las marionetas.

Ni tampoco con la espeluznante yincana que les montó Álex Barreiro en aquel duelo desigual en el que les retaba a vida o muerte.

No, allí había algo más, un detalle que lo cambiaría todo.

De eso estaba seguro el capitán Roncero, algo que comenzaba a afectarle en su rendimiento diario en la sede del FBI.

Su labor allí se encontraba a pocos días de finalizar, pero debía concentrarse para no desentonar con el resto de sus actuaciones.

Aquel encuentro entre investigadores de medio mundo y sus conclusiones era muy importante para los diversos cuerpos policiales allí representados, por lo que debía centrarse y dejar al margen cualquier otro problema que le preocupara en esos momentos.

Incluso Miriam se lo echó en cara esa mañana, acostumbrada tras varios años juntos a esos momentos de zozobra en los que el aparentemente serio y responsable oficial de la Guardia Civil se dejaba llevar por los nervios cuando algo le preocupaba.

—No has parado de moverte intranquilo en toda la noche, Pablo —le echó en cara Miriam a primera hora del día—. Incluso hablabas en sueños, parecías pelearte contigo mismo.

—¿En serio? —preguntó sorprendido.

—Sí, cariño, vuelves a las andadas. No sé, parecías frustrado u ofuscado, no sabría decirte.

E imagino que tiene que ver con los casos de Cantabria y Bilbao, ¿verdad?

Yo también tengo móvil y veo las noticias.

Aparte de que las redes sociales echan humo con cantidad de teorías rocambolescas, a cada cual más ridícula.

—Pues sí, no me lo puedo quitar de la cabeza, qué le voy a hacer. Entre la conversación de anoche con el bueno de Bermejo y mis propias neuras, reconozco que no he descansado en condiciones.

—Ya, si fuera solo eso… —contestó Miriam preocupada—. Te veo alterado, sabes que te conozco muy bien. No quiero que empieces con palpitaciones y taquicardias, que nuestra amiga la ansiedad se puede presentar sin avisar, ya lo sabes.

—Tranquila, estoy bien —mintió Roncero a sabiendas.

Necesitaba un café para despejarse, pero sus pulsaciones se habían disparado un poco y tal vez fuera contraproducente la cafeína en su estado—.

Tampoco quiero traerte malos recuerdos a ti, todos hemos sufrido mucho en el pasado.

Anoche quería cambiar de tema para no afectar a Bermejo, pero él parecía llevarlo mejor.

—Bermejo es un hombre más pragmático, Pablo, no sé de qué te sorprendes —afirmó Miriam—.

Admito que le costó mucho asimilar lo de Macarena, eso es cierto.

Si fue muy duro para nosotros, ni imagino lo que tuvo que pasar el pobre.

Y, sin embargo, parece llevarlo mejor que nosotros.

Todos hemos sufrido lo nuestro, no te voy a recordar nuestros enfrentamientos contra el mal absoluto, pero debemos pasar página.

Y por lo poco que sé, creo que este caso no tiene nada que ver con esas pesadillas que siempre nos atormentan.

—Puede que tengas razón. De hecho, yo también tengo mi propia idea rocambolesca en la cabeza sobre todo este asunto. Cuando lo tenga algo más claro lo hablaré con Milene y con Bermejo, y si quieres, podría compartirlo contigo.

—Muy bien, pero solo si me aseguras que no te obsesionarás con el tema. Te recuerdo que esta noche hemos quedado a cenar con Andy y su familia, así que tendrás que estar presentable.

—No te prometo nada —contestó Roncero—. Pero intentaré comportarme, no te preocupes. Por cierto, ¿cómo van tus historias con agentes y productoras?

El oficial de la UCO prefirió cambiar de tema, aunque sabía que Miriam no se dejaría engañar tan fácilmente.

De todas maneras, ella decidió seguirle la corriente y le contó las novedades en torno a los proyectos literarios y audiovisuales en los que se había embarcado gracias al buen trabajo de sus agentes norteamericanos.

Poco después se despidieron, cada uno con sus obligaciones por cumplir en una mañana de sábado atípica en el corazón de la Gran Manzana.

Una jornada en la que Pablo Roncero comenzaría a dar forma a la idea que se le había colado en el cerebro como teoría, una auténtica locura que todavía no se atrevía a pronunciar en voz alta.