La noche de los perdedores (Bermejo y Roncero 6) El juego avanza
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El juego avanza

Os confieso que estoy algo nervioso. Por varias razones, no os vayáis a creer, unas buenas y otras menos buenas. Parece que mi pequeño proyecto vital avanza, este plan en el que he puesto todo mi empeño para alcanzar un nirvana que ahora quizá tenga algo más cerca.

Comencemos por las noticias menos agradables, por lo menos para mí, e imagino que también para los investigadores de esos dos casos que les he puesto en bandeja.

Parece que las pesquisas andan algo encalladas, según me han comentado mis contactos.

Tengo acólitos en todas partes, ojos y oídos que se prestan por un módico precio a traicionar a los suyos.

Nada grave, no os creáis que me van a pillar por ese lado.

Sé jugar mis cartas y cubrirme las espaldas, solo pregunto de vez en cuando por las novedades en dos edificios del poder establecido en la cornisa cantábrica: la comisaría de Erandio y la Comandancia de Santander.

Y parece que no marchan demasiado bien las cosas por ninguno de ellos.

Por supuesto, no tengo acceso al expediente completo ni puedo conocer todos los detalles de las investigaciones en curso.

Sí sé que hay varios equipos conjuntos, formados por miembros de la Benemérita y la policía autonómica vasca, que andan como pollos sin cabeza averiguando lo que pueden sobre dos crímenes tan sorprendentes.

Por el contrario, la furgoneta negra es más nueva.

En su caso, proviene de una remesa de vehículos importados de Rumanía por una compañía española con la que no guardo ninguna relación.

No tienen acceso al número de bastidor, a no ser que lo paren en un control policial, por lo que será difícil localizarlo por ese lado.

Y también se han cambiado las matrículas con frecuencia.

La nave industrial en la que se lleva a cabo la parte más difícil de las pruebas tampoco es fácil de localizar, ni tiene por qué llevarlos hasta mí; por esa parte estoy tranquilo.

El problema es si atrapan a Cómodo, un hombre que lleva años trabajando a mi sombra.

Tampoco es que se haya dejado ver en demasía fuera de las paredes de esta casa, pero puede que alguien lo relacione conmigo.

El pobre no puede hablar y nadie le iba a obligar a expresarse por escrito o en lengua de signos, sé que antes se dejaría arrancar las uñas que confesar lo que ha ocurrido, pero su simple detención podría dar al traste con todo el tinglado.

He preparado un plan de contingencia por si acaso tengo que salir del país, aunque Cómodo me ha prometido que nunca se dejará atrapar.

Sé que antes se quitaría la vida, el honor es muy importante para él y tiene mucho que agradecerme.

Sin embargo, el caso de Aquiles es distinto, por lo que también me he tenido que buscar mi propio seguro de vida para ese caso.

El chófer sabe que puede ser muy rico y olvidarse de todas sus penurias si cumple su parte del trato.

No puedo esperar tanta lealtad por su parte como la mostrada por Cómodo, así que le he ofrecido otro pequeño trato.

Si le pillan y se le ocurre hablar, confesar o simplemente relacionarme de algún modo con los crímenes, mi cólera caerá sobre él y sus descendientes.

No solo me encargaría de que toda su familia y seres queridos tuvieran la muerte más atroz imaginable, también hallaría el modo de que no pudiera decirle ni una palabra a las autoridades.

Más le valdría andarse con ojo y cumplir con su cometido, no le quedaba otra.

No existía un contrato ni una oferta de trabajo publicada en ningún sitio que pudiera relacionar al chófer conmigo, mis gestores se habían encargado de todo desde el primer momento para no dejar cabos sueltos.

Pero el muy capullo me había sacado otra cláusula adicional que me obligó a incluir en un contrato privado.

Si por cualquier motivo él fallecía durante las pruebas, desaparecía del mapa o le metían en la cárcel, yo me encargaría de pagar sus deudas y mantener a su familia, por lo menos hasta que pudieran salir adelante.

No me costó plegarme a sus exigencias, sabiendo que aquel contrato equivalía a papel mojado.

Si él moría, nadie me podría obligar a cumplir con mi parte, aunque yo también albergo cierto honor en este maltrecho cuerpo.

El pobre infeliz me aseguró que no hablaría si lo capturaban y se acogería a su derecho a no declarar ante el juez.

Se sometería a las pruebas que tuvieran contra él desde la fiscalía en un hipotético juicio y aceptaría su sentencia, fuera la que fuera.

Llegado el caso, yo no me fiaría de su palabra y ya me encargaría de silenciarle de alguna manera.

Soy un enamorado de las sagas policiales, ya sean de cine, televisión o literatura.

Y sí, sé que las verdaderas investigaciones forenses no tienen nada que ver con CSI y otras series que pusieron de moda el trabajo de la policía científica.

Y menos en nuestro país, donde los medios suelen ser bastante precarios.

Pero contaba con algo de cultura en ese ámbito que había intentado imbuir en mis dos queridos gladiadores.

Les proporcioné la solución compuesta por una parte importante de vinagre con la que limpiar bien los cuerpos de las víctimas para borrar posibles rastros de ADN o huellas que hubieran podido quedar impresionadas.

Mis hombres no contaban con equipos especiales como los que usaban los de la científica para no contaminar los escenarios criminales, pero esperaba que fuera suficiente.

Les inculqué además la necesidad de utilizar guantes, tanto durante los secuestros o traslados de los cuerpos como a la hora de recrear esos escenarios que les darían puntos extras en nuestra competición.

Sin embargo, yo prefería que a la hora del asesinato puro y duro lo hicieran con las manos desnudas para salvaguardar la esencia del crimen, de ahí la necesidad de una limpieza extra al acabar la tarea.

Sí, ya sé que manejo a mi antojo a esos dos infelices, como dos marionetas, y no voy a pedir perdón por ello.

Quizá el dinero, la libertad, el saber que puedes librarte de tus deudas o simplemente el salvar tu vida y la de tu familia sean motivos más que suficientes para obedecer mis órdenes.

Por muy horribles y espantosas que puedan llegar a pareceros, al final es simplemente una transacción comercial.

No seamos hipócritas. Si tuvieras la seguridad de que nadie te pillaría y pudieras agenciarte una considerable cantidad de dinero, pongamos por ejemplo medio millón de euros, por cumplir mis órdenes, ¿no te encargarías de matar al tipo que yo te indicara?

Ah, no, claro, eso es imposible, yo soy un loco desalmado.

Vosotros tenéis moralidad, escrúpulos y toda esa sarta de idioteces que nos han metido en la cabeza desde pequeños.

La famosa culpa de la sociedad judeo-masónica, no lo neguéis.

Y os lo dice alguien con firmes convicciones religiosas, y eso que mi sentido práctico de la vida supera a mi fe, de ahí esta pequeña rebeldía que me he permitido en los últimos meses de mi vida.

De todas estas cosas hablaremos largo y tendido, no os preocupéis.

Luego os cuento el porqué de estos pensamientos, el origen de la idea que estamos desarrollando en estos precisos momentos.

Continuaré por donde iba, no quiero perder el hilo de mi relato.

Ya sé que está todo un poco deslavazado, tendréis que perdonarme.

Seguro que si estos diarios caen en manos de un editor, sea de periódico o de libros impresos, se encargarán de darle la forma más adecuada para llegar al gran público y llamar la atención. De eso no me cabe la menor duda.

Veamos, prosigo entonces con las pautas forenses que expliqué con todo detalle a mis valientes guerreros antes de comenzar la batalla.

Les recordé por supuesto la necesidad de usar pasamontañas para los momentos en los que transitaran por carreteras o ciudades, lugares típicos en los que pudiera haber alguna cámara que captara su imagen.

Tenía un listado de posibles ubicaciones de las cámaras principales y se lo facilité para ayudarles en su tarea, pero entendía que en el fragor del momento pudieran cometer cualquier error que nos costaría muy caro a todos, de ahí la necesidad de que sus rostros no aparecieran en ninguna pantalla policial.

No era un plan infalible y dependía completamente de su pericia a la hora de desplegarse durante unos momentos tan estresantes, pero no me quedaba otra que jugármela con ellos.

Su vida también dependía de esos pequeños detalles y no creía que quisieran defraudarme y acabar entre rejas.

Ambos tenían muy claro que si llegaba ese momento, su destino definitivo sería el mismo que el de sus víctimas.

Imperator no iba a perdonar tamaña ofensa, no tan cerca del triunfo final.

También les había ordenado que no utilizaran los smartphones , aparatos que nos ayudan en nuestros quehaceres diarios, pero que son una bomba de relojería para la profesión de asesino.

Unos dispositivos inteligentes que se podían rastrear y triangular su posición por parte de las operadoras y por ende, de las autoridades, por lo que tuve que prohibirlos tajantemente.

Y los desechables que llevaban apagados y sin batería solo podían usarlos durante un momento, para enviarme un mensaje en caso de emergencia, antes de desconectarlos del todo.

Nada más, sin que tantas precauciones nos aseguraran el éxito de la misión.

Hasta el momento, parecía que los dos luchadores habían seguido mis instrucciones de la mejor manera posible, casi al pie de la letra, porque en caso contrario ya los hubieran pillado.

De hecho, la policía me había defraudado un poco con las miguitas de pan que les habíamos dejado en el caso de Marta Hinojedo.

¿Tan difícil era dar con su amante secreto?

Muchos se iban a llevar una sorpresa y ya me relamía pensando en los titulares de los periódicos cuando la noticia llegara a la opinión pública.

Que llegaría, tenerlo muy claro, de una u otra manera.

Si las autoridades pretendían ocultar el dato del amante y posible sospechoso de la muerte de la joven universitaria, ya me las apañaría yo para filtrar la noticia a algún periodista ávido de fama y fortuna.

Todo lo que sirviera para enrarecer el ambiente y entorpecer la investigación me vendría bien para mis objetivos.

Parecía que Cómodo pretendía darme una sorpresa al respecto, pero el muy canalla no soltaba prenda.

Cosa harto difícil, pensaréis con buen criterio.

No me lo tengáis en cuenta, es un pequeño chiste privado entre nosotros.

A Cómodo no le molesta mi humor negro, al que ya está más que acostumbrado.

Y parece que por una vez en su vida se había salido del guion establecido, en esta ocasión para buscar mi satisfacción personal.

Algo que sabía que podría reportarle también a él pingües beneficios.

Me dio algo de pena cuando se pasó varias noches en vela estudiando en mi biblioteca, mientras buscaba la solución al enigma que le había planteado.

Una prueba muy difícil que superó con creces y yo me alegré por él como un padre primerizo.

Se olvidó de su origen, estudios o de las circunstancias en las que se desarrollaba aquel singular experimento y se afanó en satisfacerme, una vez más.

El hombre silencioso de Hong Kong cumplió de nuevo con su labor, algo que me enorgulleció en lo más profundo de mi ser, casi como si mi labor de Pigmalión hubiera llegado a su meta final.

Ya tenía también al sujeto en su poder y solo le quedaba rematar la faena, por lo que tendría que buscar el momento adecuado.

Y tras el subidón obtenido con la resolución del enigma, Cómodo me aseguró que pretendía finiquitar la prueba de un modo más espectacular, proporcionándome además la posibilidad de participar de una manera más activa en su puesta en marcha.

Yo me emocioné un poco, a veces tengo mi corazoncito, aunque sea de piedra.

El infeliz pretendía que yo me acercara a ese anhelo largamente olvidado.

Se le había quedado clavado en el subconsciente aquello de la pulsión criminal y me pedía permiso para organizarlo todo de manera que no incumpliera las reglas del combate.

En realidad, solo quería encontrar el modo de que yo también pudiera intervenir de una forma más directa en la escena final, algo que colmaría mucho más mis ansias criminales que simplemente visionar un asesinato a través de la triste grabación de una cámara de bajas prestaciones.

El muy ladino jugaba con mis sentimientos, me ponía un caramelito en la boca que sabía que yo no podría rechazar de plano.

Necesitaba calmar esa sed que me consumía por dentro, el ansia viva que hacía crepitar todas las terminaciones nerviosas de mi anatomía.

Y si existía la más mínima posibilidad de conseguirlo, por muy remota que fuera, yo iba a intentar alcanzar ese cielo que se me escapaba de entre los dedos.

Le prometí pensarlo para que no se entusiasmara demasiado, pero la curiosidad me estaba carcomiendo más de lo que lo hacía mi maldita enfermedad. ¿Qué se le habría ocurrido a mi fiel lacayo? Tiempo tendría de descubrirlo, no adelantemos acontecimientos.