La noche de los perdedores (Bermejo y Roncero 6) Una llamada inoportuna
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Una llamada inoportuna

Había planeado casi sin querer un rato a solas con Milene, un paseo bucólico por un lugar emblemático de la comarca de la Trasmiera, y eso era lo único que le importaba en esos momentos.

Se sentía como un niño con zapatos nuevos, alguien a quien el destino le otorgaba una nueva oportunidad cuando nadie se lo esperaba. Y él no pensaba desaprovecharla.

Ander no le picó a la vuelta, tanto copazo le hizo efecto y dormitó casi todo el viaje hasta Bilbao. Así que Galarza tuvo tiempo para reflexionar sobre lo sucedido. Comenzando por la investigación en curso y finalizando por ese inesperado baile que terminó por alegrarle la noche.

«¿A qué estás jugando, Koldo?», le preguntó en voz alta al retrovisor.

Esa mañana se había levantado con unas ligeras ojeras, nada que un buen corrector no pudiera arreglar. Nunca había sido un hombre que se preocupara demasiado por su apariencia, pero su larga convalecencia en el hospital tras ser herido le obligó a cambiar.

El subinspector no se consideraba un hombre guapo, por mucho que se lo repitiera su amatxu desde pequeño.

Creía tener algo de atractivo físico, aparte del saber estar.

Su madre afirmaba que poseía una cara agradable, una sonrisa sincera y una mirada limpia.

Sin olvidarse de su pelo crespo, de color castaño por herencia de su padre, y sin ninguna entrada de momento.

Intuía que él no iba a quedarse calvo por su genética, como el pobre Ander, un detalle más que agradecer a la madre naturaleza.

Así que no se podía quejar demasiado, solo le quedaba cuidarse un poco, que los cuarenta años se encontraban a la vuelta de la esquina.

No había tenido suerte en sus relaciones pasadas, pero estaba abierto a encontrar a esa persona con la que compartir su vida.

No es que la fuera buscando por ahí, nunca había sido un ligón ni tenía perfil abierto en esas aplicaciones de citas rápidas, pero no se cerraba en banda al amor.

O a lo que llegara, tampoco se pondría exquisito.

Encontrarse de nuevo con Milene le había revuelto por dentro, como si fuera un adolescente a la hora de su primera cita con una chica.

Koldo sabía que él tampoco pasaba desapercibido, y eso que al lado de una diosa como Milene las comparaciones eran bastante odiosas.

Sí, tenía altura y envergadura, pero los músculos se le quedaron fláccidos después de tantos meses sin poder ejercitarlos en condiciones.

Adelgazó bastante y luego comenzó a recuperar peso, por lo que incluso le salieron pequeñas estrías en la barriga.

Caminaba, hacía senderismo y a veces algo de pesas.

Debía trabajar otras partes de su cuerpo y ejercitarse con otras disciplinas si quería recuperar la autoestima.

Y más al formar parte de una unidad tan exigente como la de Investigación Criminal de la Ertzaintza.

Se lo había planteado como un pequeño reto personal que afrontar para ese verano, antes de que la realidad le atropellara sin remedio.

La inmediatez de la investigación en la que estaba inmerso era lo único importante en ese momento, así que tendría que posponer su plan de entrenamiento.

No planeó nada ni planteó una estratagema para la noche del viernes.

Tras la cena y las copas, fue la propia Milene la que le sacó a bailar.

Al principio se dejó llevar y pronto se animó.

Ver el brillo de los ojos verdes de la chica desde tan corta distancia le puso nervioso.

Nada comparado con lo que vino a continuación: la proximidad de sus cuerpos durante un baile tan sensual.

No podía negarlo, esa mujer lo volvía loco.

Ya lo hizo en aquella ocasión, una noche de hacía tres años, después de asistir a un festival literario.

Y ahora, esa sensación había regresado con fuerza.

Quizá nunca la había olvidado y el recuerdo de sus besos o la sensación del roce de su piel permanecieron ocultos en el fondo de su alma sin él percatarse.

Sí, aquello parecía más una novela romántica que una policíaca, con él de protagonista de ambas.

Como lector, le encantaban los thrillers y la novela negra, sin despreciar las tramas históricas.

También había leído algo de romántica, ya fueran más clásicos o de romance contemporáneo.

Pero como aprendiz de escritor solo había probado a perpetrar algún relato corto de género negro.

Y lo que ocurrió en esa improvisada pista de baile podría aparecer bajo el epígrafe Tensión sexual no resuelta en cualquier obra del género que se preciara.

Y eso que ellos ya habían mantenido relaciones carnales en el pasado, aunque fuera una sola vez y hacía ya demasiado tiempo, pero algo se tendría que notar al interactuar entre ambos.

Allí existía química, eso era innegable, y habían saltado chispas entre ambos mientras efectuaban giros al compás de la música.

El bamboleo de sus caderas y el contacto cercano de sus cuerpos derrumbaron las defensas de Koldo, un hombre que a veces se consideraba frío y calculador, pero que en esas cuestiones podía derretirse como el tipo más romántico del mundo.

Lástima que llegara a importunarles la dichosa Carmen justo en el momento más álgido de su apareo en forma de baile caribeño.

¿Había visto un fulgor diferente en las pupilas de Milene?

, llegó a preguntarse segundos antes de que se terminara la magia de ese fugaz instante.

Tal vez fueran figuraciones suyas, pero le pareció vislumbrar una curiosa determinación en los ojos de la joven, como si estuviera dispuesta a cometer una locura.

Afortunadamente, las aguas bravas se calmaron y luego salió el tema del ejercicio.

Cuando se quiso dar cuenta ya le había planteado a Milene lo del monte Buciero, sin encomendarse ni a Dios ni al diablo.

Total, no tenía nada que perder y así mataba dos pájaros de un tiro: hacer ejercicio y pasar una mañana de domingo conociendo algo más a su compañera de fatigas.

Él había realizado varias rutas en el pasado dentro del enclave montañoso de Santoña, y prefirió elegir el camino más tendido y con menos desnivel para no forzar demasiado la marcha, ni por su lado ni por el de la suboficial de la guardia civil.

Una excusa cualquiera para estrechar vínculos, si así quería llamarlo, que le hacía especial ilusión por varias razones.

Había quedado con Milene al final de la espectacular playa de Berria, junto a los merenderos que se encontraban enfrente del penal del Dueso, una de las cárceles más singulares de nuestro país.

Allí encontró un hueco para aparcar el coche, justo unos minutos antes de la hora fijada, sin que llegara a tener que esperar demasiado a su compañera de senderismo.

Se saludaron con los consabidos dos besos después de unos momentos de duda por ambas partes, en un cómico gesto que casi les hizo chocar las cabezas.

— Egunon , Milene. ¿Dispuesta a hacer un poco de ejercicio?

—Claro, aprovechemos este día tan bueno antes de que apriete el sol.

Comenzaron la ruta de buen humor, dispuestos a relajarse en un día diferente. No llevaban un tramo muy largo recorrido cuando Milene se detuvo un momento para contemplar las vistas y realizar algunas fotografías con su móvil.

—La verdad es que me está gustando la ruta, Koldo. Imagino que esta es la parte fácil, espero no arrepentirme más tarde.

—Tranquila, no será para tanto, ya lo verás. Y si te portas bien te enseñaré un desvío que te encantará. No es fácil llegar hasta allí, te lo advierto, pero merecerá la pena. Ah, y así podrás darte ese baño que te prometí —le aseguró Koldo tras guiñarle un ojo.

—Ya está el hombre misterioso con sus sorpresitas. Anda, vamos a continuar que se nos hace tarde. Aunque no sé… Espera un momento, por favor.

Milene se echó mano a la mochila que llevaba con agua, el móvil y unas barritas energéticas para tomar algo a media mañana.

Su teléfono estaba vibrando y por eso se había parado un momento, antes de atender la llamada y alejarse unos metros de su acompañante para hablar con más tranquilidad.

Koldo esperaba que no fuera nada importante, no quería que nadie viniera a fastidiarles la mañana de asueto.

No tuvo tanta suerte. En cuanto vio regresar a la chica con gesto serio supo que el paseo había terminado.

—Lo siento, me tengo que marchar. Me han llamado de Comandancia y parece urgente.