La noche de los perdedores (Bermejo y Roncero 6) El espectáculo debe continuar
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El espectáculo debe continuar

En un principio me acordé del bueno de Edmundo Dantés, el inmortal protagonista de la obra maestra de Alejandro Dumas, El conde de Montecristo .

No obstante, yo no contaba con tantos años para pergeñar un plan tan elaborado, así que tendría que ser más concreto.

Sí compartía con mi héroe particular de ficción algunas de sus motivaciones, un combustible más para un proyecto tan personal.

Algo que me serviría además para darles una lección a determinados enemigos que me había granjeado a lo largo de tantos años de periplo empresarial, aparte de recuperar mi juvenil instinto criminal.

Una despedida por todo lo alto para alguien como yo, una aventura diferente que esperaba que llegara a ser digna de recordar.

Cómodo ya había metido la pata en su primer desempeño, por lo que Aquiles prefirió jugar con mis reglas para obtener mayor calificación.

Es cierto que solo por el hecho de grabar el asesinato había ganado varios puntos, aunque el vídeo no me impactó tanto como esperaba, no tenía alma en su interior.

Matar a sangre fría no debía de resultar fácil para un hombre como él, pero había resuelto el crimen de una manera rápida y poco dolorosa para la víctima.

La chica no sufrió demasiado, aparte de la tortura psicológica al verse atada y amordazada a merced de un desconocido, y tal vez ni siquiera fue consciente de su destino final.

Para cuando quiso darse cuenta, ya le habían arrebatado la vida tras partirle su esbelto cuello.

Una acción prematura y acelerada que no terminó de satisfacerme, necesitaba mucho más.

Sin embargo, también contaba con otros detalles importantes a su favor.

La joven era muy bella y la ausencia de sangre, hematomas o cualquier otro signo de violencia daban mayor calidad al cuadro pictórico representado en la pasarela de la Universidad de Deusto.

Debo admitir que lo que más me sorprendió fue que Aquiles recreara el auténtico método de crucifixión que utilizaban en la Antigua Roma.

Cierto es que la víctima no había fallecido en una larga agonía en la cruz, como las esclavas crucificadas durante el Imperio Romano, al haber sido ejecutada con anterioridad, pero eso era lo de menos.

Nunca hay que subestimar a una persona, pero no imaginé que el mecánico de coches fuera un experto en las tradiciones romanas.

¿Lo habría visto en algún libro de mi biblioteca?

No sabía si preguntárselo en algún momento para satisfacer mi curiosidad o simplemente darle el beneficio de la duda y otorgarle los puntos que se merecía.

La Antigua Roma es uno de los períodos de la historia fundamentales para mí.

Guardo abundante bibliografía, documentación e incluso obras de arte relacionadas con esa época tan fascinante.

Yo conocía perfectamente el hecho de que en el Imperio Romano se utilizaba la crucifixión como método de ejecución pública y no les importaba para nada que el reo fuera hombre o mujer.

De hecho, los crucificaban completamente desnudos, algo que Aquiles había recreado a la perfección, tal vez por pura casualidad.

El impacto visual era demoledor, aparte de que la imaginería cristiana nos tiene acostumbrados a ver a Jesucristo en la cruz, no a una mujer.

Conozco algunas representaciones pictóricas de mujeres crucificadas, como la de Santa Eulalia o la de Santa Julia de Cartago, pero no es algo habitual en el arte a lo largo de los siglos.

Incluso en época actual creo recordar alguna crucifixión femenina representada en conciertos de pop o rock como una performance , más como elemento transgresor y diferenciador, por llamar la atención.

Así que en ese aspecto tenía que darle la enhorabuena al creador de semejante obra de arte.

¿Y ahora qué?, os preguntaréis. Esto es solo el principio, queridos amigos, tengo algunas sorpresas preparadas para las siguientes fases de un juego que acabará formando parte de la historia de este país.

Sigo albergando algunas dudas al respecto.

Yo quería involucrarme en los crímenes y pensé que si podía verlos grabados saciaría mis instintos más primarios.

Pero reconozco que no me ha emocionado ver el vídeo de la ejecución de Marta Hinojedo.

Tal vez sería mejor que en la siguiente ocasión pudiera ser una conexión en vivo y en directo, para que yo pudiera participar de un modo más íntimo en el desenlace de esas vidas a punto de extinguirse.

Además, no podía engañarme a mí mismo. Cómodo me había decepcionado con su primera prueba, pero sabía que dejaría sus escrúpulos en un cajón y mataría sin piedad a quien yo le ordenara, de forma sangrienta y sin conmiseración alguna si con ello satisfacía mis deseos y ganaba la competencia.

Eso no me preocupaba lo más mínimo, mi fiel lacayo no se arredraría ni un ápice, lo tenía muy claro. Y, sin embargo, yo necesitaba algo más.

Sí, ya lo sé, creéis que soy un megalómano, un loco como Nerón tocando el arpa mientras incendiaba su querida Roma.

Pero no, yo no estoy tan loco. Y eso que no me disgusta que mis esclavos me llamen Imperator.

Lo mejor de Julio César, Augusto y los grandes hombres que les sucedieron se escondía en la esencia de mi alma atormentada, o eso me obligaba a pensar para poder continuar con el legado que quería dejar para la posteridad.

¿Y qué podían ofrecerme esos dos pobres desgraciados que no pudiera conseguir yo por mi cuenta?

Dicen que el dinero lo compra todo, y a veces eso no es cierto.

Por ejemplo, yo tenía firmada mi sentencia de muerte, tal vez demorada durante unos pocos meses o años al albur de la suerte, mi genética o los efectos de algunos tratamientos experimentales.

Y ni todo el oro del mundo me libraría de tan lúgubre destino.

Así que tenía que desahogarme de algún modo y buscar la felicidad en otro lugar, lejos de esas pequeñas cosas que suelen buscar los pobres mortales.

No, yo no quiero visitar ningún lugar remoto ni compartir mis últimos momentos con los seres queridos.

En general, nunca me ha gustado la gente y solo me he relacionado con las personas para mi propio beneficio, sin contraprestación alguna.

Se puede llamar egoísmo, pero yo lo llamo simplicidad y practicidad.

¿Y cuál era mi mayor anhelo en esos momentos?

Arrebatar una vida con mis propias manos.

Sí, no ignoraba que tenía en mi poder la vida de mis dos lacayos, pero eso no era suficiente.

No quería dar una orden y acabar con ellos o con cualquier otro ser inmundo de este planeta.

Yo quería saborear el placer más oculto, paladear el regusto de acabar con un indeseable, inocente o no, al que segarle de raíz toda esperanza.

Ya fuera ejecutar a esa persona con mis propias manos o con algún objeto, necesitaba despedirme de este mundo con una pequeña victoria.

La que significaría para mí que yo pudiera llevar a cabo el plan maestro, ejercer de verdugo final como si la Parca con su guadaña maldita se hubiera reencarnado en mis propios dedos.

Contemplar de frente, desde muy cerca, el terror más absoluto en los ojos de esa persona que moriría delante de mí.

Sumergirme en unas pupilas dilatadas por el miedo y absorber la razón de su ser mientras la vida se le escapa por momentos.

Ese momento supremo sería lo único que daría algo de paz a mi alma.

¿Y cómo conseguir todo esto? Tendría que darle una vuelta, tal vez buscar una prueba extra para mis contendientes favoritos en la que yo pudiera participar.

Reunirme con ellos en un lugar tan infame como la nave industrial a la que llevaban a las víctimas no me llenaba precisamente de gozo.

No, todavía tenía que reflexionar sobre este asunto.

Sería la única manera de revivir esa pulsión criminal que me martirizaba desde joven.

Una sensación extraña que me ha devorado por dentro desde siempre, algo que yo nunca he dejado traslucir ni salir al exterior para no acabar con mi proyecto vital.

En más de una ocasión, cuando las fuerzas me lo permitían, estuve tentado de probar suerte y asesinar a algún mendigo o prostituta que nadie echara en falta.

Pero al final siempre me arrepentía y cuando me quise dar cuenta, el tren de la muerte se acercaba a mi estación a toda velocidad sin posibilidad de dar marcha atrás a la rueda del tiempo.

No, necesito algo menos mundano y más especial.

Un chute de adrenalina que no me permitirá levantarme de esta silla de ruedas, pero sí me otorgará algo de oxígeno extra, una manera de recompensarme por los sinsabores que la vida y este mundo tan cruel me han brindado.

Muchos pensarán que he sido un privilegiado, con todos los caprichos posibles a mi disposición, pero os regalaría con gusto la angustia que me reconcome por dentro desde tiempos inmemoriales.

Y si solo puedo subyugarla un poco y reducir ese ardor que me quema las entrañas, pues bienvenido sea. Caiga quien caiga, ya me da igual.

Tendréis que perdonarme, otra vez me he ido por las ramas.

No quisiera arruinar este pequeño diario de mis filias y fobias, aun pareciendo más bien de mis neuras, con tanta disquisición filosófica que no viene al caso.

Ni quiero aburriros con mis inquietudes artísticas, por llamarlas de algún modo. Así que vamos con algo más concreto.

Yo estoy en ventaja sobre vosotros, eso es innegable, ya que controlo y conozco todas las fases de este proyecto tan inusual.

Y seguro que en el crimen que ahora mismo está en boca de todo el mundo habéis visto alguna diferencia con respecto a nuestras anteriores actuaciones.

Todo tiene su explicación, no os preocupéis.

También me gusta jugar un poco con nuestros amigos, las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, ya sean de la Guardia Civil o de la Ertzaintza.

Y eso que conozco y tengo buena relación con alguno de sus mandos, como es preceptivo para cualquier persona de mi posición y rango social, eso no es importante ahora.

Espero que no me lo tengáis en cuenta, yo solo quiero divertirme un poco.

Si en anteriores ocasiones mis esclavos habían ido a por los familiares de dos grandes empresarios vascos, os habréis llevado una gran decepción al conocer la genealogía de la joven mártir que ha aparecido en la ría de Bilbao.

¿Y quién es Marta Hinojedo? Confío en la pericia de los policías judiciales que investigan el caso, seguro que encuentran algún detalle interesante sobre su vida, algún nexo de unión sobre esa gente con poder a la que quiero dar una lección. Pero no adelantemos acontecimientos.

Eso no quiere decir que la pobre Marta tenga la culpa de nada, simplemente se ha puesto en medio de mi cruzada particular.

Daños colaterales, suelen llamarse, o eso creo.

Eso sí, no os vayáis a creer que la chica es pura e inocente y no tiene que expiar ningún pecado.

Igual el castigo para sus faltas ha sido demasiado contundente, pero eso ya no se puede solucionar.

Por otro lado, dicen que el aburrimiento mata.

Y como yo ya tengo en mi interior algo que me destruye poco a poco, no necesito añadir ningún elemento más a esa ecuación, solo necesito pura y simple diversión.

Quiero innovar para la siguiente prueba y espero que los contendientes pongan toda la carne en el asador al partir en igualdad de condiciones.

No es por hacerles de menos, pero ninguno tiene estudios superiores y como mucho podrán afirmar que han asistido a la universidad de la calle, que es la que de verdad te enseña a sobrevivir en el mundo real.

Y reconozco que un duelo con algo más de altura intelectual me llenaría de gozo.

¿Serán capaces Cómodo y Aquiles de satisfacer mis niveles de exigencia?

No voy a ser demasiado cruel, bastante tienen encima.

Solo les impondré alguna pequeña dificultad para afrontar el siguiente desafío.

Tal vez descifrar un enigma que les conducirá hacia la victoria.

Todavía tengo que planificarlo, varias ideas bullen ahora en mi cabeza.

Quizá tengan que averiguar el sitio exacto en el que quiero que aparezcan los cuerpos siguiendo unas pistas.

O a lo mejor necesitan solucionar un enigma que los llevará a conocer el nombre de su próxima víctima.

No lo sé, tal vez un compendio de ambas o algo que no tenga nada que ver.

Me ha venido a la mente un antiguo concurso de televisión presentado por Constantino Romero.

¿Os acordáis de El tiempo es oro ? Han pasado más de treinta años de su emisión, solo los viejos como yo sabrán de lo que hablo.

Podría basarme en mis recuerdos del programa o buscar alguno de sus episodios grabados para darle forma a mi idea. Ya os iré informando.

Hasta entonces, espero que disfrutéis de estos días convulsos. La función acaba de comenzar y os aseguro que no os arrepentiréis de seguir con nosotros.