Un plan inesperado #2
El chico aceptó la invitación y comenzaron a bailar el uno cerca del otro, sin llegar a tocarse.
La canción pegadiza mutó a una de ritmos latinos y ahí Milene no pudo contenerse, sus raíces brasileñas le pedían movimiento de caderas.
Así que le hizo un gesto al joven con las manos, demandando su proximidad, y comenzaron a bailar como pareja al compás de la música.
Milene llevaba el ritmo y se lució con unos pasos que Koldo intentaba seguir, en un baile que combinaba movimientos típicos de bachata, salsa y otros ritmos caribeños.
El roce, el sudor, el balanceo de caderas y la proximidad de sus cuerpos aceleraron la respiración de Milene, que intentó controlarse y fijarse nada más en los movimientos que quería efectuar a continuación.
Sentir cómo la tocaba en la parte baja de la espalda o dar una vuelta a su alrededor mientras le cogía la mano hizo que perdiera el control por unos instantes.
Las luces, la música y el alcohol tampoco ayudaron a que se centrara, por lo que la joven madrileña supo que solo tenía dos opciones: lanzarse a por su premio o salir de allí a la carrera.
Koldo sonreía y la miraba con ojos brillantes, y ese fue el detonante definitivo para elegir una de las dos opciones.
Su yo más racional le gritaba desde lo más profundo de su mente para que no cometiera un grave error.
Pero sus hormonas revolucionadas y el corazón que amenazaba con salírsele del pecho la dirigían en la dirección contraria, dispuesta a lanzarse a una piscina en la que ni siquiera sabía si se encontraría con suficiente agua para no descalabrarse.
Y entonces sucedió lo inexplicable. El hechizo se esfumó, porque justo en ese momento acabó la canción y Carmen llegó hasta su lado demandando su atención.
Koldo se apartó unos metros, quizá avergonzado al saber que la otra guardia civil les había visto bailando tan acaramelados, y Milene decidió escuchar a su compañera.
—Perdona, estaba hablando con unos amigos. ¿Me acompañas un momento al baño?
Milene estuvo a punto de negarse, pero el gesto de Carmen no admitía réplica. Se marchó de allí disculpándose con Koldo, mientras atravesaban un patio en el que divisó a varias personas que no le quitaban ojo según avanzaba hacia los servicios.
—Joder, ¿qué pasa? ¿Por qué me mira así toda esa gente? Ni que tuviera monos en la cara —soltó Milene algo molesta.
—¿No lo sabes? La madre que me parió, pues sí que estás ciega, mi niña. Os habían hecho corro en la pista, teníais a todo el mundo pendiente de vuestro baile. Y por si no te habías dado cuenta, saltaban chispas entre vosotros.
—Anda, no seas exagerada, tampoco ha sido para tanto.
—Lo que yo te diga. Como la mulata no llama la atención, encima se pone a bailar de un modo salvaje con un tiarrón de metro noventa.
Casi nada, menuda parejita. Con esos movimientos sensuales os habéis quedado con el público, y ya te digo yo que todo el mundo ha pensado que sois pareja por vuestra química.
Y si no, que por lo menos folláis, de eso no hay ninguna duda.
—Mira que eres bruta, Carmen. ¿Tan evidente era? Joder, simplemente disfrutábamos del baile, tampoco es un delito. Pero menos mal que has venido…
—¿A qué te refieres?
—A que cuando has llegado estaba dispuesta a lanzarme a su cuello. El bailecito me ha puesto a cien y tenerle tan cerca ha despertado mis bajos instintos. Joder, casi le como toda la boca, soy lo peor.
—Lo que yo te diga, menos mal que he llegado al rescate, no se te puede dejar sola. ¿En qué estabas pensando? Si quieres que te aparten de la investigación o, peor aún, que te expedienten, tú sigue haciendo el tonto con el vasquito.
—Perdona, Carmen, tienes razón. No sé qué me ha pasado.
—Venga, no te preocupes. Un calentón lo tiene cualquiera. Anda, refréscate un poco en el baño y tengamos la fiesta en paz.
Un rato después, regresaron junto a los chicos, que charlaban tranquilamente en uno de los sofás.
Milene se sentó al lado de Koldo, tampoco era plan rehuirle después del baile, pero mantuvo las distancias.
Carmen distrajo mientras tanto a Ander, que parecía más tranquilo y ya no amenazaba con largarse de allí y pedir un taxi para regresar a Bilbao
Decidieron pedir unos refrescos, ya habían bebido bastante por esa noche.
Milene charló con Koldo de temas intrascendentes, hasta que surgió el tema de los deportes que practicaban y otros ejercicios que hacían para mantenerse.
El ertzaina le confesó que le costaba recuperar la forma después de tanto tiempo parado, pero que poco a poco volvía a ser el de antes.
Milene no supo qué contestar y dejó que se explayara.
Él parecía querer desahogarse, casi como si al abrir una espita sacara al exterior toda la angustia que acumuló en unos meses en los que temió por su vida.
Ella solo asentía y le alentaba a continuar, animándole y diciéndole que ya había pasado lo peor.
Quiso ver el reflejo de la angustia en sus bonitos ojos, pero enseguida desapareció de sus pupilas y pareció que el Koldo más cercano regresaba a su lado.
—Bueno, dejémonos de historias para no dormir. Y tú, ¿qué deportes practicas?
—A mí me gustan las artes marciales e incluso he practicado algo de boxeo. A veces salía a correr por el Retiro en Madrid, pero nunca me ha entusiasmado demasiado.
—Guauu, artes marciales, nada menos. Mejor no me meto contigo, que no estoy yo muy en forma.
Eso sí, a intercambiar guantes sí que me atrevería un poco más adelante, cuando de verdad recupere el resuello.
Hice mis pinitos de joven con el boxeo en un gimnasio del barrio, ya ni me acuerdo. Seguro que me pegas una paliza…
—Claro, ni que fuera tan fácil. No me acordaba que tumbar a un tío de dos metros, con ese cuerpo y esa envergadura de brazos, es pan comido. Anda, vete a vacilar a otro sitio, chavalín.
—Bueno, pues en vez de un combate de boxeo te propongo otra cosa.
—¿De qué estamos hablando exactamente? —preguntó Milene con gesto pícaro.
—Nada extraño ni muy complicado, no te asustes.
De por sí, en Bilbao estamos acostumbrados a subir a los montes, siempre llevamos las botas y el cortavientos en el maletero del coche, por si acaso.
En otro momento te llevaría a subir al Paga o al Gorbea, pero mejor no nos movemos de aquí y vamos al monte Buciero, que te pilla al lado, en la entrada a Santoña. ¿Te apuntas?
—No sé yo, miedo me das. Sé cuál es el Buciero, pero desconozco su dificultad, no me he informado mucho sobre el entorno. Y lo mío no son las subidas, te lo advierto.
—Tranquila, haremos una ruta fácil, y eso que hay algunas más complicadas que parten desde el Fuerte de San Carlos, al lado del paseo marítimo.
Quedemos mejor junto al penal del Dueso el domingo a la mañana y damos un paseo chulo por la zona partiendo desde allí mismo.
Te va a encantar, ya lo verás. Ah, y llévate el bañador por si quieres darte un chapuzón.
—¿Quieres ir luego a la playa? —preguntó entonces Milene algo descolocada.
Koldo parecía ofrecerle una jornada de ocio, casi como si fueran una pareja normal. O como dos amigos que pasaban el día, no había por qué pensar mal de la iniciativa del chico. Pero la sonrisa del subinspector le avanzó que no había acertado ni en lo más mínimo.
—No, tranquila. Podemos darnos un chapuzón en el mismo Buciero, en un desvío de la ruta principal que te sorprenderá, te lo aseguro.
—Ok, me fiaré de ti, aunque con esa sonrisita de suficiencia no sé yo… Ni siquiera buscaré información en internet ni le preguntaré a Carmen, así me llevo la sorpresa de verdad. Imagino que hay algún arroyo o laguna en el monte, la verdad es que no me suena de nada.
—Frío, frío…
—Bueno, da igual. Espero que no haga mucho calor, porque llevar el bañador puesto y caminar durante horas puede provocarnos rozaduras.
—No te preocupes, no será para tanto. Siempre puedes llevar ropa interior cómoda de algodón para bañarte…