Un plan inesperado
A Milene no le costó madrugar en ese domingo tan atípico. De hecho, se había despertado antes de lo habitual, tal vez porque el hormigueo de su estómago presagiaba una jornada en la que tal vez descubriera lo que de verdad ocurría.
Durante la tarde del día anterior se había acercado a la Comandancia de Santander para hablar con el equipo de apoyo que les ayudaba con las pesquisas.
Seguían sin localizar al misterioso tipo que lanzó amenazas a Marta por email.
Los técnicos se afanaban con la tarea, pero todavía no lo habían logrado.
Para Milene era algo prioritario, intuía que ese hombre podía tener algo que ver con la desaparición y posterior muerte de la joven universitaria.
Tampoco habían podido encontrar ni acceder al móvil de la chica, desaparecido sin dejar rastro tras apagarse en las inmediaciones de Mataleñas, un dispositivo que quizá arrojara algo de luz sobre su misteriosa muerte.
Prepararon el requerimiento a la compañía telefónica para acceder a los registros de las últimas llamadas y mensajes de la joven, pero la burocracia exigía sus propios tiempos de respuesta, desesperantes incluso si la petición provenía de un juez de instrucción.
Sabía que caminaban sobre una cuerda floja, pendientes de cualquier soplo de aire que los arrojara al abismo.
Algunas pistas parecían más prometedoras que otras y el caso podía dar un vuelco en cualquier momento.
Como la noticia que escuchó la noche anterior en el Teleberri , el telediario del canal autonómico vasco que se sintonizaba perfectamente desde Santoña.
Fue por casualidad, mientras hacía zapping en casa de Carmen.
Su anfitriona había quedado con una amiga y Milene prefirió descansar, por lo que tenía todo el piso para ella sola.
Ya se le había hecho tarde la noche anterior, en compañía de los ertzainas, y además, a la mañana siguiente tenía que madrugar.
Esta vez por puro ocio, aprovechando el breve paréntesis de descanso que les habían concedido tras doblar turnos toda la semana.
Era una tregua precaria, una de esas libranzas 'con asterisco' en las que el móvil debía estar siempre a mano y el arma cargada, sabiendo que el operativo podía reactivarse en cualquier momento.
En el programa nocturno de ETB2 habían dado la noticia de la extraña muerte de los dos familiares del conocido empresario vasco, el banquero Labarrieta.
El presentador no pudo dar demasiados detalles, pero sí apuntó a que los fallecimientos no se debían exclusivamente a causas naturales, señalando a agentes externos todavía por identificar, por lo que la policía había comenzado a indagar para averiguar la verdad.
Eso había alterado a la opinión pública vasca, ya de por sí bastante nerviosa tras el hallazgo de la joven crucificada en plena ría de Bilbao.
«¿Nos encontramos ante un asesino en serie en la región?
», se preguntó el locutor en voz alta de una manera un tanto dramática.
Algo que no traería nada bueno para la investigación, una filtración lamentable para la que todavía no podían evaluar sus posibles consecuencias.
Así que Milene no pudo descansar bien durante la noche del sábado.
Primero, porque tenía en mente todos los detalles de unos crímenes que no tenían ni pies ni cabeza.
Y segundo, porque en esa mañana de domingo se iba a ver de nuevo con Koldo.
Y nada menos que para hacer una excursión y subir al maldito monte Buciero.
«¿Por qué le había hecho caso?», se lamentó la joven madrileña antes de levantarse de la cama.
Quizá bajó un poco la guardia por culpa del alcohol que llevaba en la sangre. Sí, ella era una mujer impulsiva, pero no idiota. Lo que le ocurrió años atrás con Koldo no podía volver a suceder, al menos mientras estuvieran inmersos en la investigación.
Reconoció que le costaba concentrarse ante las armas de seducción del ertzaina, si es que así podía considerarse su caída de párpados o esa media sonrisa cínica que le salía sin darse cuenta.
No creía que Koldo quisiera ligar con ella ni nada por el estilo, pero perderse en esos ojos de color avellana no era una buena idea cuando mezclabas cerveza, vino y un par de gin-tonics.
Una velada extraña que apareció de pronto de nuevo en su cabeza, mostrándole en visión panorámica algunos detalles en los que no había reparado hasta ese momento.
No se alejaron mucho de la hamburguesería en la que habían cenado.
El local que les quería mostrar Carmen se encontraba unos pocos metros más allá en dirección al paseo marítimo de Santoña.
Se había quedado buena noche y a los cuatro les apeteció prolongar un poco más la velada, sobre todo después del fragor de la tormenta de ideas sobre la investigación que habían puesto en común mientras cenaban.
El establecimiento contaba con varios ambientes.
Ellos accedieron por una especie de patio al aire libre decorado con un gusto ecléctico, pero el negocio también tenía un espacio interior habilitado en forma de pub más íntimo.
Y por lo visto, esos espacios tenían comunicación directa por dentro con la sidrería-asador cuya entrada se encontraba en la calle perpendicular, al doblar la esquina a mano izquierda.
Dos locales diferentes, con los mismos dueños y distintos ambientes, que utilizaban la misma cocina para servir a sus clientes.
A esas horas de la noche, con el servicio de cocina ya cerrado, los empleados del local habían retirado algunas mesas del patio principal para dejar más espacio entre sofás, mesas altas con taburetes y otros lugares en los que tomar una copa o charlar con amigos mientras bailaban y disfrutaban del ambiente.
A Milene le encantó el lugar. Un sitio diferente a lo que se estilaba en Madrid, con un toque muy chic, moderno pero a la vez retro, que pareció gustar también al resto de la pequeña cuadrilla de investigadores.
La música era suave, sin estridencias, y eso favorecía las conversaciones.
Ander se acopló pronto en una mesa, con su copazo al lado, mientras las dos chicas se metían con él por no bailar.
Koldo quiso acompañar a su amigo, pero ni Milene ni Carmen se lo permitieron, invitándole a salir a la pista con ellas, aunque fuera para hacer un poco el tonto.
Milene se fijó entonces en Koldo. Recordaba su estatura, de casi un metro noventa, y sus andares desgarbados.
No es que fuera una estrella del baile, pero tenía un estilo particular que a ella le hacía mucha gracia.
Parecía más delgado que la primera vez que lo vio en aquel lejano festival literario, con un rostro algo más macilento que el que recordaba.
No podía olvidar lo que le comentó el ertzaina sobre su baja médica tras un operativo fallido y lo mal que lo había pasado hasta que se reincorporó al trabajo después de meses de suplicio.
Ni siquiera se imaginaba lo que habría sufrido, por lo que intentó mirarlo con ojos menos críticos.
—Como sigas mirándole de ese modo se va a creer el muchacho que le acosas, Milene. Anda, afloja un poco que se te nota demasiado… —le soltó Carmen al oído.
—¿De qué hablas, tía? Yo no le miro de ningún modo.
Milene se retrajo un poco avergonzada y apartó la mirada del subinspector Galarza.
Tal vez su amiga tuviera razón sin que pensara dársela ni en sueños.
Afortunadamente, Koldo seguía a su aire, bailando al compás de la música sin preocuparse de nada más que su copa, un ron con cola ya un poco aguado, o de meterse de vez en cuando con el muermo de su amigo.
—Y voy yo y me lo creo… Bueno, miarma , tú sabrás. Te entiendo perfectamente, el chico tiene su encanto, no te lo voy a negar. Pero no es mi tipo. Y el carcamal de su amigo tampoco, aunque me lo paso bien trabajando con él, tiene su punto.
Carmen señaló en dirección hacia Aguirre y este la saludó con su copa.
Milene creía que se metía con él por su incipiente calvicie, ya que el chico tampoco parecía tan mayor, aunque hubiera cumplido los cuarenta.
No podían negar que la diferencia de edad era evidente, pero imaginaba que su amiga lo mencionaba solo por jugar y divertirse en una noche en la que necesitaban relajarse un poco, sobre todo después del estrés asfixiante de las últimas jornadas.
—Anda, pedorra, vamos a pedir otra copa. Estos gin-tonics están de muerte…
Al rato, Ander comenzó a darle la murga a su amigo para volver a Bilbao.
Ya era tarde, más de las dos de la mañana, y ambos habían llegado a Santoña en el coche de Koldo, por lo que Aguirre no tenía otro medio para regresar a su domicilio.
Galarza pareció darle largas y su amigo siguió insistiendo.
Ambos ertzainas intercambiaron unas palabras y parecieron llegar a un acuerdo, por lo que Milene entendió que en breve se marcharían juntos.
Así que decidió actuar. Ni corta ni perezosa, se acercó más a Koldo y bailó con él de un modo que ella creía sutil.
Quizá, visto desde fuera tal vez se asemejara más a un contoneo sugerente, pero no le importó.
Por suerte, Carmen no estaba a la vista, ya que se había encontrado con unos conocidos y estaba hablando con ellos en una esquina del patio.
Y Ander no se preocupaba nada más que de su copa y de refunfuñar según iban avanzando las manecillas del reloj, por lo que tuvo un rato a solas con el subinspector Galarza.
—Venga, Koldo, baila esta canción conmigo —le pidió con un mohín gracioso.